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Presentamos uno de los relatos incluidos en Nuestro mundo muerto (Almadía) de la joven autora boliviana. En sus páginas crea atmósferas calamitosas.


El día que llegamos a París la policía confirma que el caníbal se esconde en la ciudad. Aterriza en un vuelo comercial y las cámaras del aeropuerto lo muestran atravesando los controles de seguridad, apenas disfrazado con una peluca cobriza. Lleva una polera de Mickey Mouse y posee una belleza distante, una fragilidad que lo acerca más a una estrella de rock adolescente que a un carnicero. Es mayo y llueve y desde el séptimo piso del hotel las calles de París se ven como un océano de cabezas en movimiento, salpicadas aquí y allá por paraguas de colores. Mi maleta está todavía intacta en el banquito, tal como la dejó el mozo del hotel cuando Vanessa y yo entramos a la habitación, hablando en susurros como si el chico pudiera entender lo que decíamos.

Vanessa se vuelve hacia mí sonriendo y me da un beso larguísimo al que respondo con todo el cuerpo, un beso que nos sostiene mientras caemos en la cama y su olor se mezcla con el mío. Mis manos buscan debajo de su ropa. Vanessa suspira y se estremece entera en mis brazos. De pronto me empuja suavemente, se apoya sobre los codos y dice que más tarde, que ahora tiene que trabajar. Pero estamos de vacaciones, me quejo, y Vanessa me asegura que todo el asunto tardará menos de una hora, que lo más difícil ya está hecho, que dentro de poco seremos completamente libres. ¿Viste que todo salió bien?, dice, y añade, como en los viajes anteriores: Sos mi amuleto de la buena suerte. Se acomoda el cerquillo frente al espejo que ocupa toda la pared del cuarto, busca el celular en la cartera, instala el chip francés y marca el número acordado. Me meto debajo de las sábanas y la observo dar vueltas, ocupada con el teléfono y el lápiz labial al mismo tiempo. Le soplo un beso con la punta de los dedos y ella sonríe distraída y se acerca a dejarme el menú del room service.

Enciendo la televisión y busco un canal en español mientras Vanessa orina con la puerta del baño abierta y discute los detalles de la entrega en ese lenguaje en clave que de vez en cuando intento descifrar (los perros son los pacos, por ejemplo), y entonces vuelvo a encontrar el rostro delicado del caníbal, el mismo que vi hace poco en todas las pantallas del aeropuerto. Ahora mismo puede estar en cualquier parte, dice la presentadora, y muestra un retrato computarizado en el que el caníbal aparece con los labios pintados y el cabello largo, porque es un actor de películas de porno de travestis y las autoridades creen que es posible que al llegar a París se haya hecho pasar por una mujer. Pienso proponerle a Vanessa que esta noche cenemos en algún restaurante donde sirvan caracoles; en Francia los caracoles se llaman escargots y los hacen ayunar durante una semana antes de cocerlos vivos. ¿Sienten dolor los caracoles? Me veo recorriendo París con Vanessa en unas horas, riéndonos a carcajadas como cuando ella se levantó la blusa y le mostró las tetas a un par de viejos en una plaza en Barcelona, o como la vez que subimos a la montaña de la muerte en Ámsterdam, ella aterrada por la velocidad. Veo a Vanessa bronceándose en la terraza del hotel de Ibiza con el bikini blanco, un martini en la mano y la plata en la cartera. Vanessa atravesando migración con pasaporte falso sin ponerse nerviosa. Vanessa de madrugada con todo el maquillaje deshecho. Vanessa a punto de irse, Vanessa yéndose.

La presentadora de noticias dice que la policía de París ha recibido más de doscientas llamadas de gente que asegura haber visto al caníbal en distintas partes de la ciudad. Su víctima es un estudiante chino al que también muestran en la tele, posando al lado del caníbal. Un chico igual a tantos otros que se tomó una selfie junto al novio que días después lo descuartizó con una picadora de hielo y alimentó al gato con pedazos de su cuerpo. El novio que se filmó comiendo la carne cruda del amado con cuchillo y tenedor. Me pregunto qué gusto tendrá la carne humana. Una vez, mientras le hacía masajes a mi abuela, ella dijo que el ser humano tenía un sabor parecido al chancho. Somos sucios, el cuerpo es algo impuro, nos parecemos al chancho incluso en el sabor, dijo ella con los ojos cerrados mientras yo, de rodillas frente al sillón, le sobaba las bolitas duras de las várices. ¿Cómo sabe?, pregunté, y al pasar el dedo por un nudo de venas la cara se le arrugó en un gesto de dolor. La abuela dijo que había escuchado en la radio la noticia de una mujer en La Paz que destazó a su hija con un cuchillo carnicero y la sirvió en el mercado como chicharrón: ninguno de los clientes se dio cuenta del cambio de sabor. Y añadió sin abrir los ojos: Así son esos collas, se comen entre ellos, todo el mundo sabe.

Vanessa sale del baño y me encuentra con los ojos fijos en la televisión. Cuando me concentro en la pantalla puedo ausentarme de todo, incluso de ella. Frunce la boca, malhumorada, como cuando alguien la contradice. ¿No podés ver otra cosa, amor?, reclama, apaga el televisor y me hace jurarle que dejaré de llenarme la cabeza con historias truculentas. Después dice que tiene que irse de inmediato, la gente del negocio la espera para recibir la maleta. Quisiera pedirle que me muestre el compartimiento en el que está escondido el paquete, pero no me atrevo. Ella cree que mientras menos sepa del asunto estaremos más a salvo. A mí me parece una precaución innecesaria, porque siempre me siento a salvo con Vanessa: si hay una persona capaz de caer parada en cualquier parte, esa es ella. Vacía en la alfombra todo el contenido de su maleta, que de todas formas no es mucho. Más tarde la acompañaré de tienda en tienda gastando a manos llenas, pero en este momento acabamos de llegar y hay un trabajo por hacer. ¿Sienten dolor los caracoles?, pregunto de repente. Ella se arregla el cabello, absorta con su imagen multiplicada en todos los espejos de la habitación. Vanessa siempre está viéndose a sí misma en todas partes. El mechón castaño sobre la frente le da un aire infantil que la acerca más a una actriz de cine mudo que a la mujer de un taxista de Cobija. Siento celos del hombre que conoció a Vanessa cuando era una chica fascinada por su taxi y por la posibilidad de una vida diferente en otra parte. Finjo que el taxista no existe, me esfuerzo por negar ese mundo paralelo en el que crecen los dos hijos de Vanessa. Erradico de mi cabeza la imagen de Vanessa esposa y madre y la reemplazo por la mujer de negocios que duerme conmigo en hoteles elegantes. ¿Sí o no?, insisto al darme cuenta de que ahora es ella la que está lejana. Todo lo que está vivo sufre, ¿no?, me contesta, ansiosa porque la reciba el ruido de la calle.

Vuelvo en una hora, dice Vanessa con el abrigo amarillo abotonado hasta el mentón, las botas altas por encima de los jeans y la maleta vacía en una mano, a punto de salir a la calle y a los hombres extraños. ¿Dónde es?, le digo. En la casa de un tal Alain, responde: por la música, parece que hay una fiesta. ¿Puedo ir?, pregunto a último momento, casi sin convicción. Prefiero mantenerte fuera de esto, dice ella. Pasala bien, añade antes de cerrar la puerta y desaparecer llevándose su olor y su tibieza.

Me siento en el sillón al lado de la ventana, abro una botella de champán del minibar y pienso que llevamos vidas veloces y románticas. Estoy en un puto hotel de cinco estrellas en París, digo en voz alta, como si diciéndolo fuera posible capturar este momento, darle alguna permanencia. Podría acostumbrarme a vivir así, a pedir hamburguesa y Coca Cola en el room service, a amanecer cada vez en una ciudad nueva. Voy al baño y al lado del jacuzzi encuentro un jaboncillo con las iniciales del hotel grabadas en bajorrelieve. Me lo llevo a la nariz, aspiro el perfume y lo guardo en el bolsillo. Colecciono jaboncillos de todos los hoteles en los que dormimos, quizás para convencerme de que esto es real, de que no va a despertarme la voz de la abuela gritando “¡La inyección!” en la madrugada. La abuela desconfía de los médicos y hace años me enseñó a inyectarle unas vitaminas que espantan las enfermedades y que le dejan abscesos en las nalgas. Después del pinchazo me obliga a masajearle la nalga con aceite de bebé hasta que la sobada la adormece, y así se queda, cabeceando, hasta las ocho y media, que es cuando me vuelve a llamar reclamando el caneco de café con leche y la marraqueta. Alzo mi copa y brindo con el fantasma de Vanessa por el alivio de no tener que ver nunca más las nalgas maltratadas de mi abuela, por no volver a usar jamás un caneco de lata para tomar café. Vanessa dice que estos viajes forman parte de mi desprogramación, del proceso de olvido de mi vida anterior, de la que me tengo que curar. En una ocasión me contó que creció vistiendo la ropa que heredaba de sus hermanas mayores, todas más gordas o más altas que ella, y que se prometió que algún día iba a tener un armario lleno de cosas caras y sin estrenar. Cuando viajó a España para el primer trabajo compró un abrigo de angora que se llenó de hongos en la humedad de Santa Cruz. Nunca tuvo la intención de ponérselo: el objetivo de dejar que el abrigo se pudriera era arrancar de sí misma la marca del pobre, para quien todo tiene una utilidad. Me persigue la fragancia asquerosa del champú de motacú con el que nos bañábamos, me dijo esa vez; no me da miedo ni la migra, y sin embargo ese olor me hace temblar: a los pacos les podés mentir, pero el olor a pobre no se quita con nada.

El alcohol me sube a la cabeza, me llena de un letargo caliente y agradable. Me acerco al minibar, abro una cerveza y me la acabo casi sin darme cuenta. Saco otra botella. Ha pasado media hora y empiezo a aburrirme sin Vanessa. Mi mano avanza hacia el control remoto de la tele, pero recuerdo mi promesa y me detengo. ¿Por qué no me dejó acompañarla a hacer la entrega? Un mal presentimiento me aletea en el pecho y lo ahuyento encendiendo la televisión. El canal pasa una y otra vez los detalles del crimen del caníbal. La noticia me succiona hacia un lugar completamente alerta. Eso consigue cortar el rumbo venenoso de los pensamientos y regresarme al presente puro. Imagino al caníbal en algún hostal de la ciudad, buscándose a sí mismo en las noticias. Pienso en todas las historias que tendré para contar cuando volvamos a Santa Cruz y en la cara que pondrá la gente del Camboya cuando sepan que estuvimos en París al mismo tiempo que un psicópata famoso. Aunque la verdad es que los del antro nunca leen las noticias y no se enteran de nada. En el fondo, eso es lo que nos hace volver una y otra vez al bar.

Fue en el Camboya donde vi a Vanessa por primera vez. Los parientes me buscaban para pedirme cuentas y yo me ocultaba en el bar con una gente que acababa de conocer. Por entonces Vanessa tenía el pelo azul, se había vuelto a separar del taxista y salía con un chico que intentó suicidarse tomando lavandina cuando lo dejó por mí. Ese chico después andaba por el antro deseándome la muerte. No me gusta pensar en sus hombros flaquísimos y en sus ojos rencorosos, y en especial no ahora.

A medida que pasan los minutos, mi corazón se llena de cosas en movimiento. Recuerdo esa noche en Río, hace apenas unos meses. Vanessa se perdió entre la gente en una discoteca de Lapa con la excusa de ir al baño y me abandonó en la barra mientras el funk arrasaba en la pista de baile. Tuve que volver a pie al hotel a las cuatro de la mañana huyendo de unos niños cleferos que intentaron robarme la billetera vacía: a Vanessa no se le ocurrió dejarme plata para el taxi antes de abandonarme. Apareció borracha al día siguiente, cayéndose en esos tacos altísimos que hacían tic-tac en el lobby, y apenas me vio corrió a mis brazos y lloró. Porque Vanessa se va pero siempre vuelve.

Repaso cada uno de sus gestos al salir y los lleno de significados. ¿Por qué se separó de mí cuando empecé a besarla? ¿Por qué se arregló tanto para salir? ¿Por qué no me dio la dirección de la casa a la que iba? Me acerco a la ventana y apoyo las manos en el cristal. Busco el abrigo amarillo de Vanessa entre la gente que camina por la calle, pero el vidrio se empaña con la nube de mi aliento. El vapor se desintegra y el reflejo me devuelve los contornos de la cara del caníbal flotando sobre el fondo de la calle. Veo en sus ojos el chispazo de una alegría feroz pero también indiferencia. Doy un salto hacia atrás y los ojos del caníbal se convierten en mis propios ojos. Hace tiempo que el noticiero ha acabado y ahora pasan un documental sobre gorilas en el Congo. Se está haciendo oscuro allá afuera, la lluvia continúa y yo quiero que Vanessa atraviese la puerta y me diga una vez más que todo está bien, que ahora somos libres, que soy su amuleto de la buena suerte.

Varias horas después ha dejado de llover y yo le pido otro gin tonic al barman peruano que me ha estado sirviendo en ese bar oscuro y ruidoso al que llegué después de caminar sin rumbo. Dentro de poco vamos a cerrar, me dice el barman mientras la contestadora automática del celular de Vanessa comienza a repetir el mismo mensaje en francés que ha sonado ya más de diez veces. Cuelgo antes de escuchar el timbre de la casilla de mensajes y bajo de un trago el gin tonic que el mesero acaba de dejar sobre la mesa. Uno más, le pido. Los últimos clientes se aferran a sus vasos y a la música que sale de los parlantes, canciones que nos mantienen suspendidos en la soledad de los borrachos. Miro en la pantalla del teléfono una foto de ella y yo en una playa de Ibiza. Poco después nos peleamos. Vanessa dijo que me quería pero que también tenía necesidades. Al final de cuentas soy una mujer, quiso explicarse, y ella misma debe haberse dado cuenta del insulto porque esa noche buscó reconciliarse insistiendo con el viaje a París. Vuelvo a buscar su número e intento convocar la palabra que sea capaz de neutralizarla, de destruirla. Puta, escribo con dificultad en la pantalla, y veo a Vanessa en la fiesta de Alain, bailando con varios hombres a la vez. Perra, escribo, y pienso en Vanessa de rodillas con el cerquillo húmedo pegado a la frente, chupándosela a un tipo mientras otro se la coge por atrás. Presiono el botón de enviar y el mensaje viaja hasta dondequiera que pueda estar Vanessa a estas horas.

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Este va a cuenta de la casa, dice el barman con el vaso de gin tonic servido hasta los bordes. Es un tipo moreno y retacón y detrás de sus palabras veo a la mujer y a los hijos esperando su llamada en algún lado. Hago el gesto de pagarle pero él aparta el billete y niega con la cabeza. Tiene un aro de oro en la oreja izquierda y un nombre tatuado con letras góticas en el cuello, en el que brillan gotitas de sudor. Con un movimiento del mentón señala mi celular. En busca de alguien, ¿no?, dice con falsa complicidad, y yo quiero pedirle que se calle, pero en su lugar digo que sí con la cabeza y doy un sorbo largo al gin tonic. ¿De vacaciones?, pregunta él. Me quedo en silencio, estrujo el vaso escarchado con tanta fuerza que me parece que va a estallar entre mis dedos. En un minuto cierro y conversamos, dice el barman y sonríe como si hubiera inaugurado un secreto entre nosotros. Antes de que se dé la vuelta noto por primera vez el anillo de oro en su mano corta y morena, un anillo enorme y ceñido sobre esa carne gruesa, y entonces vuelvo a acordarme del estudiante chino, de su mano pudriéndose en la caja que el caníbal envió a un colegio en Canadá, del pie hinchado esperando en la oficina de correos. Y veo las piernas de mi abuela estiradas sobre el toquito de madera, las várices que brotan como islas. La voz de la radio anuncia una canción, bailemos el bimbó, que está causando sensación, hace calor y mi abuela se duerme con la cabeza sobre el pecho, las rodillas me arden, con esta melodía que te va derecho al corazón, las várices duras de sangre vieja y coagulada. Presiono hacia arriba y hacia abajo con la palma de la mano, bailando cantarás sus aires tan románticos, ¿será que a ella alguna vez la desearon?, la sangre de mi abuela se hace piedra debajo de la piel y yo me desespero pero no puedo irme de acá aunque eso y nada más que eso es lo que deseo, verás qué fácil es bailar bimbó, no puedo moverme hasta haber acariciado cada una de esas venas abultadas y azules, dejándote llevar por el vaivén y el ritmo mágico, la mosca camina en el borde del caneco y vuela, hace calor y el día pasa lento y aprieto la vena entre las uñas, la abuela abre los ojos asombrada y yo vuelvo a apretar, esta vez con todas mis fuerzas, y la vena se hincha y se levanta y va a estallar.

Días después, cuando todo esté irremediablemente perdido, intentaré recuperar esos momentos para Vanessa, hablarle del pie y de la mano y del torso del estudiante chino, de la polera de Mickey Mouse y de todas esas horas en el hotel mientras afuera llovía y ella no llegaba. Vanessa no me escuchará, Vanessa se emborrachará y me pedirá perdón y exigirá que la disculpe, me llamará gatita y se acercará para besarme y en el momento en que su olor se derrame en mi cabeza yo sentiré algo distinto o más bien no sentiré nada en absoluto, y entonces sabré que es el último viaje que hacemos juntas. Y seguiré sin sentir nada durante mucho tiempo, hasta que una noche en el Camboya alguien me contará entre punta y punta de coca que la policía ha encontrado el cuerpo de Vanessa en un vertedero de São Paulo. Todavía no han agarrado a nadie, explicará, y yo vomitaré al lado de la barra y al llegar a casa de mi abuela veré el amanecer con whisky y Rivotriles; horas más tarde me despertarán los gritos de la abuela y me levantaré a atenderla con la ropa manchada de vómito, sabiendo que ese es el principio de una vida sin Vanessa, sin la risa de Vanessa, sin la posibilidad de Vanessa.

El barman acaba de despedir al último cliente hacia la noche. Afuera se acumulan las bolsas de basura debajo del farol. El barman baja la cortina metálica del bar y me mira con ojos codiciosos. Las luces de la barra brillan para nosotros, todo se vuelve nuevo. Ahora estamos solos, dice el hombre, sonriendo. Ahora estamos solos.

 

Liliana Colanzi

Escritora. Ha publicado Vacaciones permanentes y La ola.

 

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