Este es un breve comentario acerca de la muerte de un amigo noble y de un escritor genuino. Eusebio Ruvalcaba estuvo presente en una época que yo suelo llamar: la injusta rebeldía. Yo cultivaba la guerra contra el todo y mi desconfianza hacia el medio profesional de la literatura era comprensible, sanguínea y también exagerada. Eusebio no sólo me alentó a escribir, sino que celebraba nuestras coincidencias literarias en su aspecto lúdico, romántico y subjetivo. Fui personaje de alguno de sus poemas. Estuvo en mi casa varias veces y nos llevó, a Yolanda y a mí, alegría y sagacidad en sus comentarios. Coincidimos en cantinas y bares de Santa María la Ribera, en el Centro, en la Roma y en San Ángel. Lo visité un par de veces en su casa de la calle Once Mártires y puedo decir que pocas personas han sido tan diligentes y buenas anfitrionas conmigo. Ya escribiré más adelante acerca de su obra, pero en este momento sólo quiero comentar que él fue un escritor atípico y que mantenía una fiel y leal inclinación hacia la honestidad de los sentimientos humanos. No fingía lo que sentía, ni quería convencernos de su talento. No era lo que podríamos llamar un estilista, pero sí fue un escritor irrepetible: nadie podría imitar el vitalismo, la tristeza y la contundencia de sus creaciones literarias. Él era un escritor que no buscaba la celebridad, acaso sólo deseaba hacer coincidir su talante lúdico y melancólico con un buen relato o un poema espontáneo e inesperado. Escribió mucho y a toda hora. No le importaba la editorial para la que escribía: no hacía negocios. Yo lo leía hace dos décadas en El Financiero y estaba al tanto de sus libros, los cuales hacía llegar a mis manos. Un hilito de sangre; Gritos desde la negra oscuridad; Con olor a Mozart; Clint Eastwood hazme el amor y Homenaje a la mentira, fueron algunas de mis obras preferidas (cito de memoria y de forma desordenada). Y lo fueron por motivos incidentales, anecdóticos o porque él sabía cómo traerte a la realidad y exiliarte de la abigarrada zona de pedantería literaria. Hijo del talentoso violinista Higinio Ruvalcaba, fue también un melómano exigente, pero sabio, es decir tolerante. Sabía querer a sus amigos y también distanciarse cuando la atmósfera comenzaba a tornarse inhóspita. Fue un escritor piadoso y los sentimientos no lo asustaban ni incomodaban; bebía como creo debe hacerlo una persona honesta; sin miedo, sin rabia y entre amigos. Lo voy a extrañar.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

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