Mi abuelo cometió un terrible error al venir a Estados Unidos. Siempre he vivido en el país equivocado, decía H. L. Mencken. Para Borges el periodista norteamericano era tan admirable como irrepetible. Imposible exportar la figura de un crítico dedicado al arte de vituperar al país propio. Cuando le preguntaron por qué vivía ahí, en un país del que tanto se burlaba, respondió con otra pregunta: ¿por qué la gente va a los zoológicos? Estados Unidos era, en efecto, el paraíso del burlón. Solía hablar de las raíces alemanas de su familia pero fue un personaje esencialmente americano. “Por sus virtudes y por sus no en pocas ocasiones colosales defectos, Mencken —dice Christopher Domínguez— es uno de los ejemplos más característicos del genio de los Estados Unidos: audaz, pragmático, inventivo, ingenuo, filisteo, oportuno y oportunista”.

01-crueldad

Ilustración: Adrián Pérez

No es extraño encontrar en nuestra prensa alguna frase suya como condimento, pero es poco leído. Reportero infatigable, tenía la precisión del aforista. “Un cínico es el hombre que, al ver una rosa, busca el ataúd”. Si fue el crítico más poderoso de su tiempo fue porque no aspiró a la popularidad, porque despreció la influencia. Era despiadado, temible, implacable. El “Sacro Terror de Baltimore”, lo llamó Walter Lipmann. Mencken sabía que su obituario estaba listo en los archivos de la redacción del Sun, como buitre en espera de su muerte. A quien lo había redactado le hizo solamente una sugerencia: agrégale que, a medida en que fui envejeciendo, me fui haciendo más malo.

Escribió que una carcajada puede más que mil silogismos. Era risotada de quien ha perdido toda ilusión. Estaba convencido de que, si uno no tenía la ventaja de haber nacido mascota o actriz de Broadway, el cinismo era la ruta más sensata de la felicidad. Aceptar que nuestros problemas no tienen solución puede alegrarlos la tarde. El ateo militante veía en toda fe, no un consuelo sino una enfermedad. Sabía del absurdo de considerar al hombre la medida del universo. Así resumía el absurdo de las teologías: 1) El universo es una rueda gigantesca que gira a 10 mil revoluciones por minuto. 2) El hombre es una mosca enferma atrapada en ese vértigo. 3) La religión es la teoría de que la rueda fue diseñada y puesta a girar para el paseo del insecto.

Publicó millones de palabras. ¿Sobre qué? Sobre cualquier cosa: el nuevo idioma de los Estados Unidos, Debussy, los panzones, Nietzsche, los hot dogs, Mark Twain, los quiroprácticos, el martini. No son escasas las muestras de su racismo, de su misoginia, su antisemitismo. Presumió que no había cambiado de ideas. A sus ensayos los llamó, con alguna razón, Prejuicios. La política, esa mezcla de circo y zoológico, aparece una y otra vez en sus notas. Mapaches y payasos; focas y charlatanes; idiotas y sinvergüenzas. Odiaba a los políticos pero sentía una curiosa fascinación por su disposición al ridículo, por su ingenio para sobrellevar la indignidad, por su terco esfuerzo por fracasar ante los ojos del mundo. Sólo una tribu llegó a despreciar más: la de los académicos. Prefiero a cualquier político que a un profesor, dijo. Sudan con mayor libertad y son mucho más divertidos.

Anarco individualista, creyó que todo gobierno era una desgracia, una conspiración contra el talento, una industria dedicada a aniquilar la imaginación del solitario. El género humano, lo sabía bien, no merecía la plenitud de la anarquía. Si llega al mundo esa alegría, dijo, será después de que haya cumplido yo unos veinte o treinta siglos de servicio en el infierno. Si se concentró en la burla de la democracia fue porque ése era el gobierno que estaba ahí, no fue porque imaginara alguna una alternativa preferible. “La democracia es el arte de administrar el circo desde la jaula del chango”. Al elitista le irritaba la cortesanía moderna. Había algo esencialmente indigno en los rituales democráticos. Le parecía simplemente absurda la superstición electoral. ¿Por qué entregar el trofeo del poder a quien tiene el talento de impresionar al ignorante? Esa habilidad para el engaño podrá ser requisito profesional de los curas y los actores de cine pero no parece ser una vía adecuada para seleccionar gobernantes competentes. Esperar algo más que rapiña e incompetencia de un gobierno democrático es la ingenuidad que sostiene nuestro civismo. “Para la abrumadora mayoría de la humanidad, la verdad es indistinguible de un dolor de cabeza”.

Mencken no podía ser demócrata, lo confesaba, por una carencia en su temperamento: la envidia. No me conmueve la fortuna de los otros. No me deleita ni me aflige. Que un idiota sea electo presidente de Estados Unidos, que lo nombren profesor en Harvard o que se case con una mujer guapa es para mí tan significativo como lo son las noticias más recientes de Europa del Este. El periodista estaba convencido de que la democracia, como el puritanismo, eran doctrinas de la envidia. Puritano es quien no tolera la felicidad de nadie. Demócrata es quien se imagina superior a su adversario, quien es incapaz de reconocer cualquier dignidad en su antogonista, quien disfraza su ambición con los aires de una superioridad moral. La democracia entroniza la envidia. Mencken no quiso robarle premios a nadie, no buscó el asiento de nadie, no aspiró al elogio de nadie. De esta nobleza surge la crueldad de su crítica.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

2 comentarios en “La nobleza de la crueldad

  1. Que atinado comentario de H.L.Menken, al resultado de la democracia, aderezada con la supuesta sabiduria de un colegio electoral para evitar que la masa al equivocarse le de el trofeo al indebido, considerando el resultado que el ultimo ejercicio en EUA a dado al mundo:
    “¿Por qué entregar el trofeo del poder a quien tiene el talento de impresionar al ignorante? Esa habilidad para el engaño podrá ser requisito profesional de los curas y los actores de cine pero no parece ser una vía adecuada para seleccionar gobernantes competentes. Esperar algo más que rapiña e incompetencia de un gobierno democrático es la ingenuidad que sostiene nuestro civismo. ”
    Caulquier parecido con la realidad actual con el presidente Trump, ¿es simple coincidencia?
    Saludos

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