Los últimos descendientes de los agotes viven en el barrio de Bozate, cerca de Arizcun, en Navarra. El censo más reciente contaba allí noventa y dos vecinos, hoy serán menos.

Los agotes fueron un grupo social segregado, separado de la vida comunitaria en pueblos del sur de Francia, Bearn y Navarra, desde el siglo XV, acaso antes. A los agotes no se les permitía vivir dentro de los pueblos ni aprovechar las tierras comunes, no podían casarse con los vecinos ni comer con ellos en la misma mesa; no podían recoger madera en los bosques ni pescar en los ríos de propiedad comunal, no podían ejercer casi ningún oficio, ni tener ningún cargo público. Los agotes tenían su propio cementerio, y en la iglesia no podían ir más allá de la pila de agua bendita —había para ellos una pila distinta. Oían misa fuera del edificio, se recogía su limosna con un cepillo diferente, y para no tocarlos, no se les daba la paz.

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Ilustración: Estelí Meza

Estaban obligados a llevar en la ropa una marca roja con la forma de una pata de oca, y tenían que hacer sonar unas claquetas de madera para anunciar su paso. Si alguno andaba descalzo, le desgarraban los pies o se los quemaban con un hierro —porque se suponía que sus pisadas hacían la tierra estéril.

Es imposible saber a qué obedecía la discriminación. Las prohibiciones son parecidas en todas partes, se les llama agotes, cagots, cagous, que obviamente son palabras emparentadas, pero no está claro a qué corresponde el nombre. Ni que se refiera a un mismo grupo. A principios del siglo XX, Julio Altadill describe así a los agotes de Navarra: “abatidos…, raquíticos, llagados por la lepra…, rechazados de todos los lugares, repelidos como apestados, aborrecidos de toda la especie humana”.

Algunos han supuesto que eran descendientes de los godos, y de ahí agotes. Otros han dicho que eran progenie de musulmanes aislados entre las montañas después de la batalla de Roncesvalles. También se ha imaginado que fuesen judíos, gitanos, francos, descendientes de leprosos o albigenses, de los templarios.

Se les atribuían rasgos físicos repelentes, monstruosos, como suele suceder con los grupos segregados. Se decía que tenían el lóbulo de la oreja pegado, aliento fétido, escamas en la piel, y se decía que nacían con rabo —como los judíos. Las descripciones más precisas los pintan con cabeza grande, cuerpo raquítico, bocio, mirada apagada, que parece un retrato de la miseria, nada más. Pero las imágenes repugnantes, incluido el rabo, persisten. En el siglo XVII lo decía Martín de Vizcay: “con ser contra lo que se ve y palpa cada día, con todo se difunden y derivan por tradición de padres a hijos…”.

Las prohibiciones que separaban a los agotes eran casi iguales a las que aislaban a los leprosos en la Edad Media. Y seguramente por eso arraigó la idea de que eran descendientes de leprosos, o prófugos de los leprosarios. Acaso comenzaran llamándolos leprosos, y terminaran convencidos de que lo eran. La lepra era más que una enfermedad, el signo de un castigo divino, hereditario. La ausencia de síntomas visibles entre los agotes significaba que padecían la lepra blanca, es decir, la lepra del alma. Y de ahí la idea de que fuesen descendientes de los partidarios del conde Raymond de Toulouse, cátaros. Y la leyenda de que fueron agotes quienes fabricaron la cruz y la escalera para la crucifixión de Cristo.

Sólo es indudable la segregación de un grupo de gente, por lo demás, imposible de reconocer. Nadie podía recordar el motivo, pero la discriminación tiene su propia inercia —y se mantuvo durante siglos, explicada con un hojaldre de razones fantasiosas, disparatadas.

Algunas historias dicen que a los agotes de Navarra los protegían los señores de Ursúa, que tienen su casa solariega en Arizcun, y se infiere que eran vasallos, infeudados, de los Ursúa, y que por eso los vecinos de Arizcun no permitían que viviesen en el pueblo, para no otorgarles derechos sobre tierras, bosques, aguas. O sea, que en el origen sería un pleito de vecinos —con toda la aspereza, y la crueldad, que suelen tener.

En 1951 publicó Pilar Hors un estudio seroantropológico de los agotes. El análisis comparado del factor Rh de la sangre le permitió llegar a una conclusión rotunda: “Los agotes no son vascos españoles”. Y más: “A nuestro juicio son producto de infiltraciones procedentes de las leproserías y no por tratarse de leprosos sino de individuos de pocos escrúpulos en todos los aspectos…, que encontraban más cómodo exponerse al peligro de un contagio que enfrentarse con la dura lucha que significaba vivir en aquella época”. El hecho de que haya “cagots” en Francia, “con nombre que significa hipócrita… encaja perfectamente en nuestra hipótesis y en su psicología”. La voz de la sangre da mucho de sí —y la ciencia.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.