La botánica era una de las obsesiones de Charles Darwin. Las plantas trepadoras le llamaban poderosamente la atención. Escribió un libro sobre ellas, On the Movement and Habits of Climbing Plants (1864), en el cual alegaba que éstas tenían volición: podían moverse de acuerdo a su voluntad. A Darwin el mundo vegetal le parecía mucho más interesante que a sus contemporáneos, que consideraban a la botánica como una rama menor de la biología. Los animales, el mundo zoológico, era lo realmente sexy para los científicos victorianos. Por eso el naturalista se esforzó en presentar a las plantas con características propias de los animales. Así, comparó los zarcillos de las enredaderas con los tentáculos de los pulpos, bichos inteligentes y astutos. Esta es la historia que cuenta Jim Endersby, un historiador de la ciencia de la Universidad de Sussex.1

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Ilustración: David Peón

El sabio Darwin estaba perplejo, nos cuenta Endersby, por tres misterios de sus plantas preferidas, las orquídeas. El primero era que muchas especies de orquídeas no producían néctar. El líquido azucarado de las flores es clave para la reproducción de las plantas, pues atrae a los insectos que las polinizan. ¿Cómo hacían las orquídeas para reproducirse sin néctar? El segundo acertijo era: ¿Por qué las flores de algunas orquídeas se asemejaban a insectos? La tercera interrogante estaba relacionada con la anterior: ¿Por qué las abejas “atacaban” a las flores de una especie de orquídea británica en particular? El naturalista nunca logró encontrar las respuestas a estas interrogantes. Sin embargo, sus trabajos echaron a andar la imaginación popular y ésta, a la larga, posibilitó que los científicos en el siglo XX elucidaran los misterios de las orquídeas.

Hasta Darwin las plantas —y las flores en particular— eran concebidas como pasivas, casi inertes. Eran seres inocentes, puros, virginales. En su afán por hacer interesantes a la plantas el naturalista las describió como seres vivos provistos de una compleja inteligencia evolutiva. Estaba fascinado, por ejemplo, por la astucia de las plantas carnívoras que atraían a insectos incautos con gotitas de lo que parecía ser néctar, pero que en realidad era una mortífera goma que los atrapaba para después ser devorados. Los divulgadores de la ciencia tradujeron estos hallazgos de Darwin para un público amplio. Este imaginario se naturalizó en las novelas. En los relatos y la ficción las plantas dejaron de ser vegetales de verdulería para cobrar una nueva personalidad, a menudo siniestra. Los libros de finales del siglo XIX —y las películas del XX— en los cuales aparecen bosques sembrados de peligrosas plantas carnívoras dispuestas a devorar a los incautos no serían posibles sin las investigaciones de Darwin sobre las trepadoras.

En particular las orquídeas cobraron en el imaginario un carácter seductor; se convirtieron en la femme fatal del mundo botánico. En un cuento de H.G. Wells publicado en 1894 el señor Winter-Wedderburn, un solterón empedernido, cuyo único interés en la vida eran las orquídeas, lleva a su casa una misteriosa planta que al florear produce un aroma tan intenso que provoca su desmayo. La planta entonces aprovecha para rodear con sus raíces el cuello de su víctima y chuparle la sangre. De esta forma las plantas, y en particular las orquídeas, perdieron su inocencia. Eran sagaces maestras del engaño. Esa nueva caracterización en el imaginario popular hizo posible concebir soluciones antes inconcebibles a los tres acertijos que desconcertaron a Darwin.

Desplazada la imagen virginal de las orquídeas podemos atisbar explicaciones al misterio de la ausencia de néctar y la similitud de las flores con insectos. Impensable para una mente victoriana, el ardid de las orquídeas es evidente para nosotros, modernos de mentes cochambrosas. A Darwin la posibilidad de la pseudocopulación de lascivos insectos seguramente le habría parecido obscena. En efecto, en el siglo XX un naturalista aficionado, Alexandre Pouyanne, quien era un juez francés en Argelia, descubrió que orquídeas africanas del género Ophrys, que tienen un pétalo cuyos colores semejan el abdomen de algunos insectos, atraían a los machos de ciertas avispas. Los insectos no buscaban néctar —las avispas son carnívoras— ni tampoco presas: buscaban, en cambio, aparearse con la flor que pasaba por ser la hembra de la especie. El resultado era que transportaban el polen de una flor a otra. La atracción era el resultado de una combinación del aroma —las feromonas, sabríamos más tarde— y la forma y el color de las flores. Las orquídeas sólo atraían a los machos. La floración de la plantas coincidía exactamente con el periodo en el cual emergían de sus túneles, unos meses antes que las hembras. Así, descubrió Pouyanne, las plantas aprovechaban el apetito sexual de los machos antes de que las hembras aparecieran en escena. Para avispas y orquídeas la relación era mutuamente ventajosa. Algunos naturalistas han descrito a estas orquídeas como maquiavélicas, maestras insuperadas en el arte de la seducción.

Eso era, más o menos, lo que Darwin había visto en Inglaterra cuando las abejas “atacaban” a la orquídea. En realidad, lo que el naturalista había presenciado era una frenética pseudocopulación de un abejorro con una flor. Eso mismo ocurre con las orquídeas del género Mormodes, del sur de México. Cuando florean atraen moscas de una especie que nunca se ve en mi jardín. Ahora entiendo que se la están pasando de lo lindo.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.

 

Un comentario en “Darwin, el sexo y las orquídeas

  1. Conozco las orquideas, un amigo las cultiva con especial pasión. Conozco a los insectos que polinizan. Conozco al dueño de la pluma que escribe esto. Lo que no conocia era la intensa y exótica relación que existe entre estos tres. Gracias. Muy revelador as allways