Me parece un acierto que a la película American Pastoral la hayan rebautizado en español El fin del sueño americano. Basada en la novela de Philip Roth (Alfaguara, 1999), el film de Ewan McGregor fue exhibido en México sin pena ni gloria. Y es una lástima. Cierto, la película no alcanza ni la densidad ni la complejidad del libro, pero sí reproduce su tensión dramática ejemplar: el derrumbe de un mundo privado, de una trayectoria, de una ilusión compartida, y anuncia o expresa el final de una época preñada de esperanzas que se cumplían.

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Ilustración: Jonathan Rosas

Seymour Irving Levov, El Sueco, es nieto de inmigrantes judíos. Fue una estrella deportiva en la escuela. El futbol americano, el basquetbol  y el beisbol fueron el terreno de sus proezas. Se convirtió en el símbolo del anhelo, la resolución, el deber cumplido. Rebasó las metas de los pioneros, “hombres limitados con una energía ilimitada”. Heredó una fábrica de guantes fundada por su enjundioso padre y la hizo crecer y se integró al país como quizá su abuelo jamás hubiese imaginado. Se alistó de manera voluntaria en el cuerpo de Marines en 1945, pero fue tarde ya para entrar en combate. Era sobre todo un “desafío viril y patriótico” del que estaba convencido. Y se casó con Miss Nueva Jersey 1949, católica de origen irlandés, porque sus proyectos podían fundirse sin los rotundos prejuicios de sus antepasados. “Fue un niño (y joven) judío con la aspiración de ser totalmente norteamericano”. Creía y aceptaba las normas sociales y era un hombre que irradiaba confianza. Moderado, sensato, conciliador, embonaba a la perfección con los vientos que corrían en el país.

Son los años del ensueño. Estados Unidos ha contribuido con creces a ganar una guerra justa. La derrota de las potencias del Eje (Alemania, Japón, Italia) devela la fuerza de las convicciones democráticas y es un acicate para el crecimiento y la prosperidad. “Recordemos aquella energía. Los norteamericanos no sólo nos gobernábamos a nosotros mismos, sino también a unos doscientos millones de personas en Italia, Austria, Alemania y Japón. Los juicios por crímenes de guerra estaban limpiando a la tierra de sus demonios… Sólo nosotros teníamos el poder atómico. El racionamiento llegaba a su fin… Millones de obreros exigían más y hacían huelga para obtenerlo… (A los muchachos) la paga de desmovilización les llenaba los bolsillos… (Vivíamos) una embriaguez colectiva… era contagiosa… Estaba el barrio, la determinación vecinal de que nosotros, los niños, nos libráramos de la pobreza, la ignorancia, la enfermedad, los agravios sociales y la intimidación… la insignificancia…”. Es parte del discurso que El Sueco nunca leyó en una de las múltiples reuniones anuales de ex alumnos, pero que ilustra el clima ilusionado, vigoroso, febril que se vivía y las expectativas desbordadas que modelaban el tono anímico de la época: optimista, seguro, alegre.

Pero parece existir un destino inexorable. Y la quimera siempre es pasajera. Su hija, Meredith Levov, tartamuda, de sólo 16 años, en 1968 colocó una bomba que no sólo destruyó la oficina de correos, no sólo mató a un médico, sino convirtió el sueño en pesadilla. Fue su grito de condena contra la guerra de Vietnam, una reacción indignada por los monjes que se inmolaban, un acto de insubordinación y repulsión contra la armonía inane del mundo paterno. Lo que había parecido consistente volaba por los aires. La edad de la inocencia quedaba atrás. La responsabilidad y la autocontención fueron barridas del escenario. Lo que tenía sentido dejó de tenerlo. Los conflictos raciales en Newark, el movimiento antibélico, las consignas radicales y panfletarias de los Panteras Negras, los atentados reiterados, el juicio a Ángela Davis, Nixon y Watergate, el odio como sentimiento de autoafirmación, develaron el otro rostro del país. Una profesora izquierdista al final se jacta del derrumbe: “Los pilares de la sociedad… se hundían con rapidez”. “El desenfrenado desorden” puso a la vista “la vulnerabilidad, la fragilidad, el debilitamiento de las cosas que eran supuestamente robustas”. Luego de un cuarto de siglo de bonanza e ilusiones aparecía su némesis. Y lo peor: no había regreso posible. El paraíso se había perdido. “El viejo sistema que creaba el orden ya no funcionaba. Todo lo que quedaba era el temor y el asombro… pero ahora sin nada que lo ocultara”.

Después del desplome de la Unión Soviética y los países que giraban en su órbita, no fueron pocos los que proclamaron el triunfo definitivo de la democracia, de las libertades y la economía de mercado. Han pasado 25 años y la irrupción de Donald Trump, montado en 60 millones de votos y en un lenguaje rijoso, misógino y racista, con la arrogancia propia de quien no aprecia ni entiende lo que lo rodea, parece anunciar otro fin de otro sueño americano.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).

Fe de erratas: En el número anterior, en el segundo párrafo de esta columna, dice: […] en septiembre el Consejo Estudiantil Universitario aprobó un paquete de reformas […]. Debió decir: […] en septiembre el Consejo Universitario aprobó un paquete de reformas […]