El gran cambio comunicacional que se está viviendo en estos días, dice el autor de este ensayo, muestra que la edad de la razón está agonizando y que las sensaciones ahora ocupan su sitio (de la mano de los medios masivos). Los retos de la nueva era son la aceptación del otro y evitar que su transformación social sea violenta

El triunfo de Donald J. Trump en las elecciones estadunidenses sorprendió al mundo. Algo similar a lo ocurrido con el Brexit hace pocos meses, pero con mucha mayor resonancia. En ambos casos la explicación a la que más se recurre tiene que ver con la globalización y sus costos económicos. Se afirma que quienes han perdido con el proceso globalizador han decidido votar en su contra. En el caso del Brexit, interrumpiendo la construcción de la Unión Europea; en Estados Unidos, votando por un candidato abiertamente contrario al libre comercio.

No es raro que la primera explicación para fenómenos sociales provenga de la economía. Tampoco es extraño que esa explicación se haya vuelto hegemónica. Nos hemos acostumbrado a pensar en términos economicistas, en parte porque suenan muy lógicos, en parte por la abrumadora presencia de la “izquierda” en las escuelas de ciencias sociales. Ya se hizo lugar común el que la estructura económica determina la superestructura política, jurídica e ideológica, y no hay más que hablar.

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Ilustración: Víctor Solís

Sin embargo, aunque es indudable que la economía tiene un impacto parece que las razones detrás del voto son mucho más complejas. En el caso de Estados Unidos ya varios estudiosos han apuntado esto para la elección reciente: desde antes, Niall Ferguson en The Boston Globe o Jonathan Haidt en The American Interest; después de la elección, Joan C. Williams en HBR, Héctor Schamis en El País o Danielle Kurtzleben en NPR. Y las encuestas de salida (por ejemplo, en The Economist o NYT) indican lo mismo: los votantes que eligieron a Trump no son necesariamente quienes más han sufrido económicamente. El voto se correlaciona más con el nivel educativo, la práctica religiosa o el tamaño de la localidad en que se vive, que con el ingreso del votante.

De esos materiales se desprende que el voto a favor de Trump, o del Brexit, fue emitido principalmente por personas mayores de 40 años, con estudios inferiores al promedio e ingresos del hogar superiores a la media pero que viven en localidades de poca población y con ingreso promedio menor al nacional. No es exactamente el desempleado dañado por la globalización, sino un votante que percibe que el mundo que conoció desaparece y, con él, el grupo al que pertenece y el estatus que ha tenido hasta ahora. Joan Williams habla de “dignidad”, y un amplio editorial del Project Syndicate alguien más enfatiza el resentimiento de estos votantes frente a los habitantes de las grandes ciudades, con muchos estudios, que se sienten superiores, algo que Charles Murray había ya descrito en “Coming Apart”. Schamis dice que son dos países, el de Uber y el iPhone de un lado, el de la Smith&Wesson y la Ford F-150 del otro.

Es decir que hay una población con mucho miedo del proceso que estamos viviendo y quiere, al menos, aminorar su ritmo. Porque los valores atesorados en esos pueblos no coinciden con los de las grandes ciudades, especialmente los de grupos de personas con más educación.

Y es que lo realmente difícil de la vida social de los seres humanos no es producir, lo difícil es precisamente vivir con los demás. Eso es lo que explica los altos sueldos de los directivos de empresa, la importancia de los políticos, la diferencia que hace un entrenador deportivo, o el impacto de un director de orquesta. Coordinar el esfuerzo de otras personas, limando asperezas, creando un sentido de unidad, alineando intereses, es lo más difícil de hacer.

Nuestro problema más importante es vivir con los otros, sean quienes sean. Y es que nosotros, como los demás animales sociales, necesitamos pertenecer a un grupo y dentro de él alcanzar el mayor nivel posible. Es decir, la pertenencia y el estatus son determinantes para los seres humanos. Por eso es fácil confundirse con lo económico porque, más allá del nivel de supervivencia, el dinero permite a los seres humanos elevar su estatus. Como ocurre con los chimpancés, en donde el estatus garantiza el primer lugar para comer y reproducirse, entre humanos el estatus mejora ambas cosas, y produce placer en sí mismo —a algunos, de forma exagerada, como ocurre con buena parte de los políticos, o incluso patológica, como parece ser el caso de Trump.

Para poder vivir con otros, con muchos otros, fue necesario que los seres humanos creáramos construcciones culturales. Sin ellas nuestra capacidad de vivir con otras personas se reduce mucho. Robin Dunbar ha estimado que tan sólo podemos mantener relaciones con poco más de 150 personas. Por encima de ese número, son las construcciones culturales las que resuelven la gran complejidad que representan los otros.

Mi planteamiento es que esas construcciones culturales dependen, fundamentalmente, de las posibilidades de comunicación con que contamos. Cuando desarrollamos el lenguaje pasamos de vivir en bandas aisladas a grupos con una relación más frecuente, y después a las primeras sociedades con centenares de personas. Fue este último paso lo que nos permitió entender los ciclos de las plantas e inventar la agricultura. La escritura potenció las construcciones culturales, que dejaron de depender del culto a los antepasados para centrarse en dioses, que nos permitieron sociedades mucho mayores, de miles de personas, con las que creamos ciudades, reinos e imperios.

Hace apenas 500 años que inventamos la imprenta, ampliando todavía más el poder de la letra escrita para construir historias, narraciones que nos explicaran qué somos y cómo vivimos. Pero esas nuevas historias, originadas en Europa porque fue ahí en donde la imprenta tuvo éxito, pusieron a Dios en duda, y sustituyeron la religión con la razón. Sin Dios no se podían construir reinos ni imperios, de forma que inventamos la nación: una entidad imaginaria en la que los ciudadanos (es decir, los habitantes de la ciudad que sabían leer y escribir) podían, mediante la deliberación, construir un contrato social. Ya no con base en Dios, sino en otra entelequia: el pueblo.

Nos es difícil imaginar el tamaño de esa transformación, y las reacciones que produjo. No tenemos suficiente evidencia para saber cómo ocurrieron las dos transformaciones previas, con la aparición del lenguaje y luego de la escritura, pero de la llegada de la imprenta sí tenemos mucha información, y no fue nada fácil. Toda la escala de valores centrada en Dios, su iglesia y una amplia narrativa moral y política, resultaba incompatible con el pueblo, el contrato social, la razón, la ciencia, la deliberación. Y el enfrentamiento fue violento: la guerra más cruenta de la historia es la ocurrida entre 1618 y 1648, llamada de los Treinta Años, un enfrentamiento religioso-político que ocurrió en todo el norte de Europa al fin del cual se crea el concepto de Nación.

Un fenómeno similar ocurre cuando volvimos a cambiar de plataforma comunicacional. En los años veinte del siglo XX inventamos la radio y el cine sonoro, y dos décadas después la televisión. Y, a diferencia de la imprenta, que promueve la razón y la deliberación, los medios masivos lo que enfatizan son las sensaciones (sentimientos/emociones). Es lo que pueden transmitir mejor. Y haciendo uso de esa transmisión de sensaciones crecieron liderazgos como el de Mussolini (radio) y Hitler (gracias al cine de Leni Riefenstahl). Como ocurrió 400 años antes, los nuevos medios fueron usados por personajes que buscaban regresar a un pasado mítico: una religión, un imperio, que sólo existía en su imaginación, pero por el que estaban dispuestos a destruir lo que fuese.

El mundo centrado en la razón, la ciencia y la deliberación empieza a morir con la aparición de los medios masivos. A partir de entonces se centra en las sensaciones, y ya no es el pueblo la referencia que mantiene unidas a las sociedades, sino la celebridad, que nunca existió como en el siglo XX. Picasso, Dalí o Warhol son celebridades, no sólo pintores importantes. Eso es aún más evidente en la música popular. Cuando John Lennon dijo “somos más populares que Jesucristo”, no tenía idea, creo, del tamaño de la transformación social que estaba describiendo.

Las grandes referencias de la izquierda de la segunda mitad del siglo XX son personalidades: Lenin y Stalin, Mao, pero también el Che, Fidel y Sartre. El culto a la personalidad es precisamente un reflejo de la época. En el mundo occidental esas referencias son artistas como los ya mencionados, deportistas, y ocasionalmente políticos, como Churchill, De Gaulle o JFK. Las campañas políticas se desplazaron de los impresos y los cafés a la radio y la televisión, y con ello los argumentos ceden el paso a los eslogans y a maquillistas e iluminadores, que pueden hacer atractivo a casi cualquiera. Figuras mediáticas empezaron a ganar elecciones: Ronald Reagan, Arnold Schwarzenegger, Silvio Berlusconi.

A fines del siglo XX apareció una nueva forma de comunicación: las Tecnologías de Información y Comunicaciones, TIC. El año de arranque puede ser 1994, porque ahí se crea la red de redes, www, o puede ser 2006, cuando despegan las redes sociales. Lo relevante es que esto implica una nueva transformación. Las redes empiezan a destruir los sentimientos, porque los hacen vanos, inanes. En las redes sociales tiene el mismo valor un gato que un ser humano, importa lo mismo un perro perdido que un niño asesinado en Aleppo. Terminan los sentimientos e inicia la información. En las redes todos tienen información, aunque no puedan entenderla, y todos la repiten, amplían, transforman, corrompen. (Joshua Benton, para NiemanLab documentó el uso de redes para difundir información falsa rumbo a la elección de Trump.)

Pero las redes tienen otro efecto de gran importancia: corresponden a la utopía comunicacional. Todos tienen voz. Y de pronto encuentran que hay personas con los mismos intereses que ellos, y forman grupos, que en la vida real serían imposibles. Y cada grupo promueve su interés común como si fuese el del mundo entero: desde derechos humanos hasta costumbres insólitas, todo tiene detrás un grupo que lo promueve. La agenda pública, que hasta mediados del siglo XX se construía en los periódicos, y hasta fines del siglo en los medios electrónicos, ahora se construye en las redes. Y mientras en las dos ocasiones previas eso podía controlarse, y era el mismo gobierno (junto con los dueños de los medios) quien fijaba la agenda, ahora el proceso es totalmente descentralizado, y todos, es decir, nadie, fija la agenda pública. Los políticos son incapaces de responder, porque nadie puede hacerlo.

Es ahí en donde podemos entender lo que hoy ocurre, y no en la economía. El gran desprestigio de los políticos no tiene su origen en una economía que no funciona. De hecho, la economía sí funciona, como lo muestra cualquier recopilación de datos razonablemente imparcial. El problema es que ahora los políticos tienen una agenda inmanejable: matrimonio igualitario, aborto, derechos de animales, derechos de peatones, cambio climático, comercio justo, corridas de toros, y todo puesto al mismo nivel, sin priorización alguna. Porque eso ocurre cuando todos tienen voz: la disonancia, el desconcierto.

Al mismo tiempo, nuestra concepción contemporánea de izquierda y derecha se vino abajo. Porque era resultado de nuestra forma previa de comunicación, y ésa ya no existe, de forma que el mundo ya no se divide en dos polos, sino en esa multiplicidad de grupos con intereses comunes. Al respecto, es importante hacer notar que la división tradicional entre izquierda y derecha, que damos por un hecho casi eterno, en realidad duró lo mismo que la Unión Soviética, que es el mismo periodo en que los medios masivos fueron la plataforma comunicacional relevante. Por lo mismo, quienes interpretan el mundo todavía en esa bipolaridad se muestran sorprendidos con cada nueva acción, y siguen intentando acomodar la realidad a su forma de pensar, inútilmente.

En suma, me parece que podemos entender mucho mejor lo que ocurre con nosotros bajo un esquema como el que aquí he propuesto. Las formas de comunicación permiten a ciertas ideas florecer, mientras que otras se marchitan. Por eso la frase apócrifa de Víctor Hugo: “nada hay más poderoso que una idea cuyo tiempo ha llegado”. Y ese tiempo lo define la forma comunicacional. Esa diferente ecología de ideas es lo que sustenta una interpretación particular del mundo, y con base en ella la organización de la sociedad. Porque comunicarnos exige un contexto común, y organizarnos exige esa interpretación compartida.

Así, lo que hoy ocurre me parece que debemos entenderlo a la luz del gran cambio comunicacional que está ocurriendo. La edad de la razón empezó a morir hace ya mucho tiempo, y los medios masivos colocaron las sensaciones en su lugar. Ahora eso es lo que se derrumba, y es sustituido por la información bruta. No es que ya no estemos pensando racionalmente, sino que ni siquiera lo hacemos “sentimentalmente”. Hemos hecho equiparables todos los sentimientos, de forma que ahora lo único que importa es lo que nos interesa, que es lo que nos hace pertenecer a un grupo, virtual, que junto con centenares de otros impulsa esos intereses en una agenda pública absolutamente inmanejable. La producción de bienes y servicios paulatinamente sigue ese proceso de dispersión.

Esto es un mercado fértil para quienes tengan la capacidad de ofrecer a cada grupo el cumplimiento de su interés particular. Evidentemente, eso exige muy pocos escrúpulos, porque la oferta es imposible de cumplir. Quien logra convencer a cada grupo de que está dispuesto a enarbolar sus intereses cuenta con su voto. Lo ha dicho Felipe González (en entrevista con Leonardo Curzio): este panorama de múltiples grupos hace fácil ganar elecciones pero hace imposible gobernar.

Si los humanos hemos aprendido algo tal vez sea posible evitar que en este tránsito entre formas comunicacionales no suframos una tragedia similar a las ocurridas en los procesos anteriores. Espero que así sea. Más allá de eso, la conclusión que podríamos extraer de esta propuesta de análisis es que la sociedad está viviendo un proceso de dispersión y aislamiento como resultado de las TIC/redes sociales, que permiten construir grupos de personas con intereses comunes de forma virtual e impulsar esos intereses en la agenda pública. Por la rapidez del cambio convivimos quienes siguen creyendo en la razón y la deliberación, quienes deciden con base en los sentimientos promovidos por los medios, y quienes sólo tienen sus propios intereses, y mucha, mucha información… que no comprenden.

Nuestra plataforma comunicacional actual es impresionante. Puede ocurrir de forma sincrónica, como el lenguaje, o asíncrona, como la escritura. Permite alcanzar millones de personas (miles de millones, de hecho), pero ahora también permite que esos mismos millones, o miles de millones, sean emisores de mensajes. Como los medios masivos, permite el flujo de comunicación no verbal. Es la suma de todas las comunicaciones.

Lo que hemos comentado acerca de la plataforma comunicacional como base de la interpretación del mundo y de la organización de la sociedad no intenta reemplazar otras propuestas. Así como la imprenta antecede (o inicia) la producción industrial, y los medios electrónicos la producción masiva, las TIC/redes sociales han dado inicio a la producción “hecha a la medida”, desde la impresión en 3D hasta la medicina genética, pasando por la internet de las cosas. Dentro de esa secuencia hay ciclos de negocios, ciclos de precios de materias primas, recesiones y muchos otros fenómenos que no dependen de la plataforma de comunicación, pero que son más o menos importantes debido a ella.

Si mi interpretación es correcta, en los próximos años, tal vez décadas, veremos dispersión en muchos ámbitos: ya no más celebridades únicas, sino específicas a sus grupos de fans (o seguidores); multiplicidad de propuestas políticas en elecciones, también sumamente específicas, con las que puede convivir el demagogo ocasional capaz de mezclar todo en un movimiento electoral, para después fracasar en el gobierno; producción de bienes y servicios cada vez más orientada a los intereses y necesidades del consumidor, de forma independiente, y no como parte de una masa.

Veremos la dilución de las naciones. Por un lado, porque el globo entero tendrá la misma plataforma de comunicación (en 2016 ya 50% de los seres humanos estaba conectado a www); por otro, porque nos dispersaremos en miles de grupos. La secuencia religión-razón-sensación-información se reflejará en una forma de organización distinta, que continúe su propia secuencia imperio-nación-bloque.

Como en las ocasiones anteriores, la misma tecnología debe ser la solución. Si la letra impresa destruyó la referencia religiosa, también proveyó la razón como eje constructivo. Si los medios debilitaron la razón, nos permitieron, mediante las sensaciones y las celebridades, manejar un mundo de increíble complejidad. Lo que no podemos hacer es suponer que las herramientas que funcionaron en esos otros modos pueden tener éxito ahora.

¿Cómo es la democracia bajo las TIC? ¿Es un diálogo múltiple? ¿Es factible imaginar que la secuencia reinos-imperios-naciones-bloques continúe ahora en una especie de globalidad virtualizada? ¿Construirla implicará una transformación violenta como las ocurridas anteriormente?

Las preocupaciones acerca de la tecnología y la pérdida de empleos, o los cambios en la distribución del ingreso, son parte del economicismo que nos hace olvidar que lo difícil para nosotros no es producir nuestra comida, energía y satisfactores, sino convivir con los otros. Desde siempre eso ha sido lo que nos cuesta trabajo, y ha sido sólo construyendo narrativas, cada vez más amplias, que hemos logrado aprender a vivir juntos, razonablemente en paz. Cada cambio de referencia ha dependido de la transformación de la plataforma comunicacional y, en cada caso, el proceso ha sido difícil, traumático, violento. Creo que eso es lo que estamos viviendo, y el Brexit, la elección de Trump, y otros casos que seguiremos viendo son sólo reflejos de ello.

Las TIC/redes sociales no son una variante de los medios, o una simple diversión: son una nueva plataforma comunicacional, y por lo mismo modificarán todo: desde nuestra interpretación del mundo hasta nuestra forma de producir, pasando (y es lo traumático) por la manera en que organizamos nuestras sociedades. Comprender el proceso y construir esa nueva interpretación que nos permita una nueva organización es lo que importa. Evitar que la transformación sea tan violenta como las previas sería maravilloso. ¿Será posible?

 

Macario Schettino
Analista económico y político. Es articulista de El Financiero y autor de Economía en un día y Cien años de confusión.

 

4 comentarios en “La culpa es de los otros

  1. Análisis interesante y novedoso.
    Sin embargo los datos duros deben apoyar la hipótesis sostenida; en términos electorales en donde se concentraron los votos, grandes ciudades vs pequeños pueblos y cuál es la estructura del voto: por edad, sexo, educación, actividad económica, religión, etc.

  2. Muy buen esfuerzo, Sr. Schettino, pero creo que está usted diluyendo la poderosa tésis de Habermas, le está usted desviando su eje estructural, que liga a la acción comunicativa con la razón de la modernidad. La visión que nos da usted en su ensayo es anecdótica y, con respeto se lo digo, las verdaderas explicaciones que nos aclaran lo que pasa, siempre se identifican como el punto de avanzada de una tradición, en el caso de Habermas la tradición que retoma Frankfurt. Sin tradición reconocible, una propuesta se vuelve algo incomprensible, romper la tradición es algo que sólo se ha dado en Nietzsche, pensador muy lejano a sus planteamientos. Aclaro, no dejo de reconocer su esfuerzo y ojalá siga usted alimentando de madurez su propuesta de la “desintegración social”, que por lo demás no considero tenga valor de verdad alguno, sino que simplemente dice usted de un modo muy extenso lo que el gran Wittgenstein resumió en una frase: “El mundo es todo lo que acaece”.

  3. Buen argumento y gran pensamientos estructural y empirico acerca de la incertidumbre tras el relevante cambio social y económico.

  4. Difiero de alguno de los comentarios y quizá de todos. Que me parecen demasiado “intelectualoides” y arrogantes. La propuesta de Scattino me parece una forma clara, simple y a la vez completa para que la gente común y corriente entendamos la compleja realidad que existe en una sociedad que coexiste entre lo real y lo virtual, entre el mundo físico y la digitalización de nuestra vida. A mi me sirvió por ejemplo para ver “mas allá” de lo que normalmente percibo. Gracias.

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