Para L. H. Balbuena

En las historias de Carson McCullers (Columbus, Georgia, 1917-Nyack, Nueva York, 1967) los tiempos no son largos ni cortos. Mas bien flotan sobre el lector como las nubes. Así, se da cuenta de la nostalgia del mundo encerrada en cada uno de los hombres.

Carson McCullers eligió su oficio de escritora, pero no el tema al que se avocaría. Al destino no se escapa. “Lo que yo escribo —decía— es de las cosas que me sucedieron o me sucederán”. Con esa certeza se dedicó a construir atmósferas que describen cómo se arrastra la vida cuando se opta por objeto del amor eso que no le ama a uno.

Los personajes de Carson McCullers, al margen de cualquier interpretación arquetípica o clínica, son seres que eligen amar aquello que no les puede corresponder, para completar su propia soledad con la contemplación de ellos mismos amando; que construyen en torno suyo un deseo amorfo que les mantiene vivos en la esperanza de un hecho irrealizable; una ilusión que se presenta como más fuerte que cualquier voluntad y les mantiene en la espera sin término, atrapados en su propia ilusión.

Carson McCullers urde las sutilezas con las que el amar así se constituye como dolor; la consistencia de una angustia que no se puede nombrar ni se sabe de dónde surge; la frustración que carcome y fascina, hasta convertirse en “una dulzura que casi llegaba a pena”.1

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Ilustración: David Peón

Los paisajes en los que trascurren sus historias son aquellas cafeterías rurales de pueblos olvidados con costumbres antiquísimas, en ese sur de los Estados Unidos al término de la Segunda Guerra Mundial: pueblos desolados, con racismo y prejuicios latentes, donde los sueños se ponen a secar al sol hasta convertirse en nostalgia. Ese es el campo fértil sobre el que escribió, con la cualidad no elegida que ella otorga a uno de los personajes de su primera novela: “tenía en los ojos una mirada profunda, de quien es un sabio o ha sufrido mucho”.2

Con ambientes heredados del universo literario de William Faulkner, que comparte con los miembros de su generación, todos formados en ambientes sureños (Truman Capote, Katherine Anne Porter, Flannery O’Connor y Europa Welty, entre otros), Carson McCullers aportó a esas atmósferas desoladas la añoranza por lo que no será.

Por convicción aprendida de su madre de que el destino le tenía preparado un futuro privilegiado, quiso ser primero pianista y luego de una fiebre reumática en la adolescencia, que sería tan sólo la primera de muchas de sus convalecencias, creció en ella la convicción de que se convertiría en escritora.

Lula Carson Smith vivió inmersa en amoríos tormentosos y sobrevivió poco y mal a las enfermedades de su cuerpo. A los 15 años quedó por primera vez convaleciente; a los 30 tenía paralizado el lado izquierdo del cuerpo; a los 45 era una inválida y a los 50 entró en un estado de coma que la introdujo a la muerte.

Amó con pasión a dos mujeres y formalmente se casó con Reeves McCullers, de quien tomaría su apellido para firmar sus textos y a quien en diversos momentos amaría y odiaría. Reeves fue incapaz de soportar su frustración de no triunfar en la literatura, el papel al que quedó sometido por el éxito de su esposa y el amor apasionado que su mujer sentía por escritoras que le rechazaban. Compartió con Carson una relación tensa donde el exceso de alcohol era lo habitual mientras él se esforzaba por mantener vivo un amor exigente que no le era correspondido del modo que necesitaba. El esposo de Carson McCullers optó por anularse a sí mismo con un suicidio. Carson estaba segura de que ese acto ya no había sido necesario: “de todos modos, para mí, Reeves había muerto hacía muchísimo tiempo”.

Carson McCullers escribió tres libros indispensables para pensar en la exploración de las transformaciones del amor, en relatos hermosos y distorsionados, llenos de emoción y sabiduría. El primero, publicado cuando ella cumplía 24 años, lleva el título de El corazón es un cazador solitario (The Heart is a Lonely Hunter). Ahí se cuentan los eventos de la vida cotidiana del pueblo de Georgia, durante las cuatro estaciones del año desde que John Singer, un sordomudo pulcro y decente, es separado de su amado Spiros Antonapoulos y tiene que abandonar el hogar que habían compartido con éste durante 20 años, para ir a rentar una habitación en casa de la familia Kelly. Esa habitación es el nodo donde se concentran los deseos, pesares y frustraciones de las personas que visitan al sordomudo, todos con la convicción de que él, como nadie, es capaz de comprender lo que ellos necesitan decir. Carson McCullers construye un lugar donde rigen las reglas de la desolación y cuya frontera, vetada para siempre, es la felicidad. Los personajes que caminan en ese borde son ella misma, rota y recompuesta en la realidad literaria.

En El corazón…. cuatro seres visitan con frecuencia a John Singer. En la misma casa vive Mike Kelly, una chica a la que la pobreza va alejando paulatinamente de su sueño de convertirse en pianista. En ella, Carson McCullers despliega su conocimiento natural de alma femenina y construye pasajes que adentran al lector a la mente de una adolescente, una exploración que alcanzaría un nuevo nivel con la que sería su última novela, Frankie y la boda (The Member of the Wedding). En Mike Kelly se mezclan la fantasía de la infancia con los deseos de la adolescencia. Por medio de ella McCullers descubre los pensamientos de una mujer en momentos cruciales de su existencia, como cuando mira el reflejo de su cuerpo cubierto por el primer vestido de su vida que usará en la primera fiesta de su vida; un acto que naturalmente sorprende: “Mike permaneció bastante tiempo ante el espejo y por último llegó a la conclusión de que o estaba ridícula o muy hermosa. No existía otra alternativa”.3

Además de Mike, aparece una vez por semana en la habitación de John Singer el doctor Copeland, un médico negro que lucha por los derechos civiles de su gente. Convencido de que Dios no existe pero que la vida nos pertenece y es una cosa sagrada, Copeland intenta convencer a su raza de la necesidad de creer en la misión que cada uno tiene por cumplir, aun cuando él mismo, inmerso en sus accesos de ira y el pragmatismo de la filosofía marxista, ha creado entre su corazón y sus seres queridos un abismo por donde se precipita su propia misión malograda.

Jake Blount es un forastero que incita a los obreros a organizarse y buscar justicia. El resultado de sus intentos termina en la burla o la indiferencia de los otros. Lo consume un rencor contra sí mismo que lo orilla al alcoholismo y una alienación que sólo se disuelve en los ratos en que visita al sordomudo. Frecuenta la cafetería del pueblo, donde le atiende Biff Brannon, un taciturno restaurantero de sexualidad ambigua, varonil en su apariencia, pero con marcados rasgos femeninos, que lleva en el dedo pequeño de la mano derecha el anillo de compromiso de su madre.

John Singer, por su parte, mira a las personas con cierta dulzura, se mantiene atento cuando se le habla, nunca se atreve a terminar abruptamente una conversación y siempre está dispuesto a ayudar. Pero Singer, dentro de sí mismo, vive ausente y en espera. Las visitas que recibe no le causan más que curiosidad. Se pregunta por qué las personas gastan tanta energía en hablar si continuamente dicen las mismas cosas. No se comunica porque tendría que hacer señas con sus manos, que siempre lleva escondidas en los bolsillos. Utilizarlas está reservado para hacer lenguaje en las brevísimas visitas que le rinde a Antonapoulos en el hospital, donde el tiempo se le escurre y nunca le alcanza para decir todo lo que ha acumulado. Su amado Antonapoulos vive adormilado e indiferente a las conversaciones de su amigo. Se limita a aceptar sus regalos y mirarle confundido cada vez que lo ve.

Singer es para sus interlocutores un refugio a su soledad. Pero su voz (sus manos) sólo surge para hablarle al hombre que ama, que a su vez es incapaz de prestarle atención. Poco le importa si es escuchado o no. Es por ello que en el mismo instante en que le anuncian la muerte de Antonapoulos su ilusión colapsa y con ella el soporte de su vida; así, John Singer se transforma en un ser abominable, indecente, que roba, insulta y agrede sin motivo. Deja de ser el refugio que era para mutar en un hombre que “mantuvo la cabeza baja e inclinada hacia un lado como un animal enfermo”.4

En El corazón McCullers elabora pasajes memorables que construyen un universo que se mueve independiente de su autora pero que lleva pedazos de ella. Los niveles de interpretación que se han dado a El corazón son casi tan numerosos como los intereses de cada lector: los críticos ortodoxos discuten si debe leerse como una novela realista o cargada de símbolos. Hay quien habla de ella como una parábola de los mecanismos psíquicos que hacen posibles los regímenes fascistas; otros encuentran en el personaje de John Singer una alegoría religiosa a la figura de Cristo. Se han disecado fragmentos de la novela para hacer interpretaciones de una posición feminista; investigadores de todo el mundo han espulgado los aspectos autobiográficos de la historia. En los anales de la crítica se le coloca en la tradición de la literatura gótica del sur de Estados Unidos.

Lo cierto es que El corazón es un retrato tierno y terrible de la soledad, de individuos frustrados e imposibilitados para expresarse, amarse, ser aceptados y cumplir sus sueños. Un libro en que la joven Carson McCullers se presentó a sí misma descarnada y rota, para reconocerse en un espejo espantoso y al mismo tiempo bellísimo, con un conocimiento del alma humana que le implicó llegar al límite máximo de la experiencia con uno mismo.

El corazón es un cazador solitario, dedicado a su esposo y a sus padres, pondría a McCullers en el panorama de la literatura norteamericana y le abriría las puertas de los círculos intelectuales de Nueva York. Ahí conocería a la escritora suiza Annemarie Clarac-Schwarzenbach, la mujer cuya vida apasionada e intempestuosa despertaría el amor de Carson y cuyo rechazo le provocaría irreparables y tormentosas angustias.

Luego de que Annemarie comenzó una relación más bien cercana a Reeves McCullers, una dolida Carson generó la idea de lo que sucede cuando seis soledades convergen en una base militar. En Reflejos en un ojo dorado (Reflections in a Golden Eye) McCullers enlaza dos triángulos amorosos compuestos por seres incompletos y de sexualidades complejas, que ante la incapacidad de establecer verdaderos vínculos se conectan de maneras violentas pero discretas.

El capitán Penderton, cruel y cobarde, con la “triste tendencia a quedar fascinado por los amantes de su mujer”,5 opta por el recurso de transformar la pasión que le inspira el soldado Ellgee Williams en odio. Ese soldado, joven de mirada felina, incapaz él mismo de permitirse la expresión de sentimientos, se conforma con observar al objeto de su ilusión, la esposa del capitán, mientras ella duerme. Esa mujer, Leonora, es una hermosa belleza femenina, que se limita a vivir sin querer comprender del todo lo que sucede a su alrededor.

El amante de Leonora es el general Morris Langdon, un hombre que adora el ejército porque le permite funcionar aun a pesar de su incapacidad para pensar por sí mismo; carece de explicaciones y se da por bien servido cuando transforma sus sentimientos dudosos en lástima o piedad. Su esposa, Alison, es una hembra débil aquejada por la enfermedad, cuyos actos son resignación a la circunstancia y no voluntad. Su verdadero amor es Anacleto, un filipino que la adora sinceramente desde la seguridad que ofrece ser un sirviente.

Esos seis personajes son los que construyen Reflejos en un ojo dorado, donde la acumulación del deseo tensa la trama hasta el límite último; un relato de las frustraciones sexuales donde la sutileza es la herramienta principal: la escena que desborda el deseo que se ha acumulado en la novela es la del cuerpo desnudo del soldado Williams, que se tuesta bajo el sol mientras monta a caballo por el bosque.

No hay peor infierno que amar a quien no le ama a uno. Eso lo supo bien Carson McCullers. En el mejor momento de su vida, cuando encontró el ambiente ideal para escribir en la colonia para artistas de Yadoo, en Saratoga Springs, fue también cuando conoció a Katherine Anne Porter, de quien se enamoró a pesar de que la ya aclamada escritora le rechazó desde el principio.

Fue en esa circunstancia que escribió su célebre La balada del café triste (The Ballad of the Sad Café), donde Miss Amelia, una mujer tacaña y varonil, dueña del mejor whisky de la región, se enamora del jorobado forastero Lymon, un alma que disfruta de engatusar gente e inventar mentiras. McCullers propone el ingrediente del amor malogrado y la deformidad sentimental y física, en una historia que retoma el espíritu faulkneriano y lo despoja de todo simbolismo, para plantear con personajes y pensamientos un cuadro a la vez triste y lleno de expresividad, donde lo real se queda a punto de ceder a la magia de lo inesperado.

En La balada, narrada como una anécdota íntima y melancólica, más que en ningún otro de sus relatos, McCullers postula sus conceptos de un amor doloroso y malentendido, y la autora confirma que “la mayoría preferimos amar a ser amados. Casi todas las personas quieren ser amantes. Y la verdad es que, en el fondo, el convertirse en amados resulta algo intolerable para muchos. El amado teme y odia al amante, y con razón: pues el amante está siempre queriendo desnudar a su amado. El amante fuerza la relación con el amado, aunque esta experiencia no le cause más que dolor”.6

La vida de Miss Amelia amando a Lymon transcurre más o menos tranquila hasta que vuelve al pueblo el antiguo esposo de ella, Marvin Macy, quien es como un imán para el jorobado. Juntos, terminan por traicionar y despojar a Miss Amelia de todo lo que es. Ante la traición, Amelia sufre en silencio y espera; “su voz había perdido el antiguo vigor… era rota, suave, y tan triste como el resoplido quejumbroso del armonio de la iglesia”.7

La balada constituiría a la postre el primer paso en el camino que más tarde abonarían los autores latinoamericanos de la generación de Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa, que recuperaron esas mismas atmósferas de McCullers para crear sus propios ambientes pueblerinos y desesperanzados, tan intensos como los de la autora norteamericana, pero menos dolorosos después de pasar por el filtro del espíritu latino, que termina por incorporar la magia como un elemento más de esos microcosmos, para reducir en algo la brutalidad de las desgarradoras historias que se narran.

En La balada del café triste se da cuenta de cómo el amor, aun en sus facetas más dolorosas, es el único momento en que la vida vale la pena; un sentimiento tan poderoso que transforma la maldad en virtud, desaparece la voluntad de los más fuertes y ofrece al mundo refugio para distraerse de sus heridas.

Carson McCullers fue incapaz de sublimar sus dolores en literatura. Los llevó a su cuerpo, quedó atrapada en sus amores no correspondidos y se mantuvo firme en una ilusión sin esperanza para infligirse dolor. Permaneció en esa circunstancia que de a poco la fue apartando del acto creador. Hacia el final de su vida se concretó su profecía de El corazón: su amada Annemarie murió en un hospital psiquiátrico, adicta a la morfina y diagnosticada con esquizofrenia. Carson pasó sus últimos días encerrada en una enorme casa a las afueras de Nueva York, atendida y mimada por Mary Mercer, que había sido su psiquiatra y con quien estableció lo que fue quizá su único vínculo sinceramente recíproco.

El amor de Carson McCullers es azul y triste como el canto de los negros. De triángulos amorosos imposibles y esperas prolongadas. De esa posposición que termina por convertirse en hábito y desgasta hasta a la más obstinada de las esperanzas. Un sentimiento que se nombra amor pero que es aplazamiento perpetuo, ganas contenidas, ilusiones que no se concretan, que sólo existen vívidas en la imaginación y los corazones de los amantes.

Si hubiera que descifrar un mensaje en la literatura de Carson McCulles, quizá sería que la única misión de los hombres es aprender a amar, pero en el camino es fácil perderse y confundirlo todo. Entonces uno corre el riesgo de quedarse anclado al vacío, en espera de satisfacerse con la ilusión de poseer algo que no existe.

 

Carlos Rojas Urrutia
Periodista y gerente de mercadotecnia de librerías Educal.


1 “Un dilema doméstico”, incluido en La balada del café triste, Colección Biblioteca Breve, Seix Barral, España, 1965, p. 151.

2 El corazón es un cazador solitario, Libro Amigo, Bruguera, España, 1982, p.336.

3 Ibíd., p. 117.

4 Ibíd., p. 347.

5 Reflejos en un ojo dorado, Colección Libro Amigo, Bruguera, España, 1984, p. 177.

6 La balada del café triste, p. 33.

7 Ibíd., p. 81.