La crítica española Mercedes Monmany ha trazado la geografía de un continente siguiendo sus lecturas personales. En esta conversación explica cómo dio forma a Por las fronteras de Europa. Un viaje por la narrativa de los siglos XX y XXI (Galaxia Gutenberg), libro que frecuenta autores de diversas latitudes que han dado voz a la realidad europea

Alejandro García Abreu: En el ensayo dedicado a Elif Shafak escribiste sobre dos de sus personajes: “tejerán […] puentes inauditos de conexión, compartiendo sus mundos e inscribiéndose de un modo nuevo, personal, en la Historia”. La línea incluida en “Elif Shafak: Un puente con el pasado armenio” podría resultar la esencia de Por las fronteras de Europa. Un viaje por la narrativa de los siglos XX y XXI, libro que tiende puentes entre los múltiples fulgores de la historia literaria europea reciente. ¿Cuál es el origen de tu vocación de cazadora de afinidades en las fronteras?

Mercedes Monmany: Lo has visto muy bien. En el caso de “Elif Shafak…” el tema es qué hacer con las fronteras: decidir si las fronteras tienen que interrumpir, cerrar, bloquear los intercambios —muchas veces culturales, científicos, de conocimiento, de negocios— o seguir siempre con la herida abierta, de que una vez hubo un conflicto y hubo esa frontera, porque las fronteras son simbólicas. Pueden ser políticas, sociales, de tipo histórico-ideológico; y también internas: las fronteras mentales, los prejuicios. Fronteras de creencias, religiosas, de razas. Por las fronteras de Europa evidentemente trata muchos contenedores separados. En el libro está encerrado un espejo del proceso que implican las fronteras.

AGA: En “Olivier Rolin: El escritor y sus ciudades” escribiste sobre una frase de Eudora Welty citada por Malcolm Bradbury: “Una frase que explica la importancia en la literatura del lugar, del impulso del viaje y también de la curiosidad en la exploración para la realización final de ese mapa inmaterial poético, novelesco o teatral que cada autor plasma con su obra”. ¿Cómo se ha desarrollado tu “mapa inmaterial”, generado por la lectura, el deseo del viaje y la escritura?

MM: Cada autor va trazando, de forma consciente o inconsciente, un mapa a lo largo de su obra. La realidad es infinita. Entonces tienes que apropiarte de una selección de esos momentos, de esas inspiraciones, de esos paisajes, de esas epifanías poéticas, de esos personajes que para uno han sido el reflejo, la condensación del ser humano en cada momento de la historia. Llevamos un mapa personal y ese mapa personal está formado por nombres, está formado por obras, por un gran núcleo biográfico. Se trata de mi vida de lectora. De mi mapa propio. Me he ido apropiando del mundo, de la literatura. Me interesan, al lado de los grandes, de los indiscutibles, autores que en ocasiones pueden pasar descuidados, porque no tienen tanta obra para defenderse. Algunos autores sobre los que escribí en Por las fronteras de Europa son como una pequeña gota dentro del océano de diversas literaturas. Para mí tienen mucha importancia.

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Ilustración: Mariana Villanueva

AGA: Recuerdas que al escritor vienés Robert Menasse se le ha relacionado numerosas veces con Musil y su Kakania inmortalizada en El hombre sin atributos. ¿Cómo lo relacionas con la tradición iniciada en los últimos años del imperio austrohúngaro a través de Hermann Broch, Robert Musil, Karl Kraus, Joseph Roth y Elias Canetti?

MM: Siempre he dicho que hay momentos mágicos, momentos de una gran condensación en la historia de los países y de regiones de éstos. Me ha interesado mucho este tema. Tú lo planteas muy bien, piensas en los escritores del imperio austrohúngaro. Hay una impresionante concentración de genios; tú los has mencionado. Me nace recoger esta herencia, este legado. También hay otros casos que me han gustado mucho en Europa. Por ejemplo, Sicilia. A Sicilia he llegado por casualidades biográficas. Voy cada verano, soy jurado del Premio Lampedusa y he sido lectora de todos los escritores sicilianos. En la isla italiana surgieron dos premios Nobel. Luigi Prandello es fundamental para la literatura moderna. Y luego un autor que me gusta mucho: Salvatore Quasimodo. Pero aparte de Quasimodo y Pirandello también están Leonardo Sciascia y Giuseppe Tomasi di Lampedusa. De repente un genio como Lampedusa da una obra universal —El gatopardo— antes de morir. Son misterios excéntricos sicilianos. Gesualdo Bufalino y Vitaliano Brancati me han gustado muchísimo. Entonces hay zonas mágicas europeas; puede ser Sicilia, puede ser Irlanda con cuatro premios Nobel en el mismo siglo. Es muy fuerte. Siguen teniendo maestros; no acaban nunca. Me gustan mucho John Banville y William Trevor. Quiero decir que a veces no depende de que sea un conglomerado, un encerrado, un país, sino que son zonas. De la Bucovina, que me ha interesado mucho, provienen Norman Manea y también Paul Celan.

AGA: Don Quijote en los Cárpatos incluye el ensayo “Robert Musil y el diario de un vivisector”. “Yo vivo en las regiones polares”, escribió Musil al inicio de su diario. Su autor se denominaba a sí mismo “Monsierur le vivisecteur”. ¿Crees que la vivisección pueda ser una metáfora de la crítica literaria?

MM: Sí. La vivisección puede ser una metáfora. Yo me considero ensayista. Creo en la interpretación de textos, creo mucho en las divulgaciones. Fernando Savater lo ha dicho en el campo de la filosofía. Me importa la libertad que cada uno puede tener —cualquier lector: tú, yo u otro— en viviseccionar los supuestos cuerpos —las obras de cualquier género— a la manera que uno desee. Me han parecido muy atractivos estos caminos; hay autores que no son muy conocidos pero yo los citaba en Don Quijote en los Cárpatos. Siempre me han gustado los ensayistas que de repente toman una bifurcación un poco más curiosa, más personal.

AGA: En “Jean Améry: Un muerto en vacaciones” afirmas que, en el caso del escritor vienés quien prescindió de su nombre auténtico, Hans Mayer, “todo son recuerdos, elecciones atravesadas muchas veces, inconscientemente o no, por el eco y peso tremendo del pasado europeo”. Antes de suicidarse, Améry escribió Levantar la mano sobre uno mismo, estremecedor ensayo sobre la muerte voluntaria. También has mencionado a otros suicidas: Zweig, Celan, Levi, quienes se quitaron la vida a causa de las experiencias sufridas como víctimas del nazismo. ¿Cuál es tu percepción del suicidio en términos literarios?

MM: Jean Améry es uno de mis autores secretos, pero no todo mundo se da cuenta. Es fundamental para reflexionar sobre el pasado europeo. El suicidio, en este caso, es una metáfora de la gran tragedia, del gran fracaso europeo. Cuando personas de este nivel literario se tienen que suicidar, es que algo realmente ha fallado. Es el símbolo del fracaso de un continente, de una cultura; a estos escritores los fusilas o los mandas a campos de concentración. La muerte voluntaria, a fin de cuentas, es una prolongación de una muerte que en determinado momento no se finalizó, y ellos lo arrastran durante años. Stefan Zweig, quien ni siquiera espera ver acabar la guerra, se quita la vida. Hay historiadores que dicen que el suicido de Walter Benjamin fue precipitado, que fue por una crisis de angustia, porque había muchos que escapaban a través de la frontera. Pero él tiene un momento de pánico; creía que la Gestapo lo iba entregar a la policía española y se suicida, cuando muchos, ese mismo día, estaban atravesando la frontera. Estos periodos tremendos de la historia —de tiranías y de persecución— ocasionan la aniquilación del estado mental de estos grandes genios. Kafka muere antes del desastre, pero no sabemos cómo hubiera reaccionado. Él era un gran pesimista. Hubo un “genocidio literario”. La primera persona que me lo dijo fue un amigo de Claudio Magris, Predrag Matvejevic. Me habló sobre el caso de Rusia: “Mercedes, vosotros habláis de la generación del 27; bueno, murió García Lorca. El caso de Rusia fue un genocidio literario: murieron en el estalinismo los mejores: Ósip Mandelstam, Nikolái Gumiliov, Boris Pilniak, la lista es enorme”.

AGA: Don Quijote en los Cárpatos y Por las fronteras de Europa revelan en la suma de sus ensayos la narración de una vida literaria. ¿Piensas en los volúmenes en términos autobiográficos?

MM: Sí, sobre todo en Por las fronteras de Europa. También en Don Quijote en los Cárpatos, pero era menos consciente. Por las fronteras de Europa es la suma de una vida, porque también soy hija de la frontera. Yo vivía en Barcelona con mi familia y mi abuela era francesa; durante años, durante generaciones, mis familiares habían sido dueños de agencias de aduanas, en el otro lado de la frontera. En mi infancia, desde Barcelona íbamos a ver a mi abuela francesa y cruzábamos con mucha naturalidad, éramos adolescentes, enseñabas —me acuerdo— a la guardia civil el pasaporte y atravesabas la frontera. En cuanto atravesabas era otra realidad. Desde niño percibes que nada más con cruzar una línea, una línea muy leve, el mundo cambia y eso siempre me obsesionó. Entonces cuando hice Por las fronteras de Europa también había mucho de este pasar fronteras y conocer realidades continuamente. Las lecturas también se tratan de pasar fronteras. Es una metáfora también de la propia vida. Me muevo un poco con el espíritu de que estoy en la casa de una comunidad cultural; voy a museos y a librerías. También ocurre que ahora se traduce más. Acabo de terminar un texto para una publicación francesa muy conocida. Sacan ediciones especiales monográficas dedicadas a múltiples escritores. Le dedicarán un volumen a Orhan Pamuk y me invitaron. Le pregunté a la coordinadora: “¿De qué le interesa que hable? Las aproximaciones a Orhan Pamuk pueden ser muchas”. Me contestó: “Mire, si puede hable de la más reciente novela, que todavía no está traducida al francés”. Qué bueno, en España ahora se traduce mucho. Entonces sí hay un componente autobiográfico relacionado con las fronteras.

AGA: ¿Se trata de Cahiers de L’Herne?

MM: Sí. Ellos preparan el volumen sobre Orhan Pamuk.

AGA: “El sueño de Tabucchi es la vida por completar: los otros, o el otro ausente, la huella que dejan en la vida que continúa tan sólo como una hipótesis realizable”, afirmaste en “Antonio Tabucchi: Entre la Toscana y Lisboa”. ¿No es, acaso, el de Tabucchi el sueño de toda vida y de toda literatura?

MM: Es uno de mis autores preferidos. Tabucchi me ha gustado mucho porque es uno de los escritores que mezclan momentos oníricos e hipótesis. Por ejemplo, se encuentra con Pessoa, sostiene diálogos con él. Me gustan mucho los autores que mezclan géneros y escenarios posibles, hipótesis de escenarios; lo onírico, lo real, que se mueven cruzando fronteras. En una misma narración recorres posibilidades de espacio, de tiempo; el tiempo se concentra y, por qué no, otras vidas.

AGA: En Por las fronteras de Europa analizas variadas tradiciones: literatura en lengua francesa, italiana, alemana, portuguesa, rusa, holandesa, hebrea, inglesa, turca; el universo centroeuropeo y los Balcanes y la obra de los países nórdicos. ¿Cómo planteaste la estructura del libro?

MM: Lo hice por bloques. Intenté integrar a los autores por lenguas. Esto lo recuerdo de una forma simpática con mi editor. Cuestionamos: “¿Dónde empieza y dónde acaba?”. Empezamos por el bloque de arriba, nórdico. Al final surgió este orden un poco azaroso, al haber empezado por arriba.

AGA: En “Mercedes Monmany, ¿halcón o Beatriz? Guía del infierno y los paraísos de la literatura europea” —prólogo de Por las fronteras de Europa— Claudio Magris escribió: “en el libro de Mercedes Monmany se habla sobre todo de autores y libros amados, con la generosa urgencia de hacer que lleguen a los demás, de lograr que otros los entiendan y los amen, con la conciencia de estar enriqueciendo su vida con ello”. Y el escritor triestino concluye: “La escritura es testimonio, fuga, memoria, herida, salvación”. ¿Suscribes la línea de Magris?

MM: Sí. La escritura es salvación; es salvación de la especie humana, esa especie humana que decía Robert Antelme que no sucumbe ni en las peores condiciones, ni en campos de concentración, ni en intentos de aniquilación. Por consecuencia, por añadidura, la escritura es la muestra de que aquí ha estado, aquí ha vivido, aquí ha sufrido, aquí ha disfrutado el ser humano. Es la prueba de que más que la palabra testimonio, yo prefiero siempre el término salvación, resguardo de esta especie humana que muchas veces está amenazada físicamente e incluso hay destrucción interior, aniquilación con la cantidad de prejuicios que surgen, otra vez racismos, xenofobias. Una forma de luchar del humanismo es dejar una huella, la escritura de lo mejor, de lo que una cultura, un país, un grupo social siente orgullo. Yo creo que por eso es salvación de la especie.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.