Por las fronteras de Europa. Un viaje por la narrativa de los siglos XX y XXI (Galaxia Gutenberg) de Mercedes Monmany es la exploración de muchas de las voces más notables de las letras del viejo continente. La lista de autores y tradiciones literarias analizadas por Monmany en el libro de mil quinientas páginas es extensísima: literatura en lengua alemana, inglesa, francesa, portuguesa, italiana, rusa, hebrea, turca, holandesa, el mosaico centroeuropeo y los Balcanes o los países nórdicos. Presentamos el prólogo del volumen, escrito por Claudio Magris.

En 1924, un extravagante, genial y solitario escritor austríaco, Franz Blei, publica un Bestiario de la literatura. Católico tradicionalista, próximo al comunismo (“Viva el comunismo y la santa Iglesia católica”, exclama en 1919), fascinado por las curiosidades intelectuales y morales, aun las más olvidadas, biógrafo de personajes célebres, pero sobre todo ocultos y estrambóticos, gran cultivador y experto en literatura y arte eróticos, narrador intermitente y de una originalidad extraordinaria, Blei es uno de los maestros más auténticos de la gran literatura de la vieja Austria, un personaje todavía por descubrir, y al que será difícil descubrir precisamente por su apego a la sombra, el disimulo, su reticencia a dejarse apresar en ninguna fórmula y, por consiguiente, su aversión a la fama y el consumo.

En su bestiario, describe a varios escritores como si fueran animales de un tratado zoológico, o mejor, etológico: “La kafka es un magnífico ratón de color azul luna que se deja ver muy raramente; no se nutre de carne, sino sólo de hierbas muy amargas; su mirada fascina por la humanidad de sus ojos”.

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Ilustración: Kathia Recio

A saber cómo habría descrito Franz Blei a Mercedes Monmany, por la que sin duda habría sentido cariño, y no sólo porque ella conoce y ama a fondo, como pocos, el mismo mundo de Blei, ese universo centroeuropeo tantas veces iluminado y celebrado, mas siempre en penumbra. Poniéndome indignamente en su lugar, oso sugerir que la habría definido y descrito como Umberto Saba define a Nora Baldi: como un “halcón”. El halcón Mercedes todo lo ve con su agudísima vista; no se le escapa ninguna de las demás aves que vuelan, ninguno de los animales que corren o se esconden en el bosque, ni siquiera los peces que afloran, se asoman apenas a la superficie del agua o se entrevén nadando en aguas más profundas.

Ligero y fulmíneo, el halcón Mercedes ve las cosas que los demás todavía no ven y se apodera de ellas, las hace propias, alimentándose cual ave de presa. Sin embargo, a diferencia de los depredadores rapaces, a Mercedes la mueve el amor, un amor extraordinariamente generoso por los autores y las obras que descubre y de los que se enamora, que hace suyos entregándose a ellos, dándolo todo de sí: su entusiasmo, su pasión, la agudeza de su juicio, su fraterna cercanía, su inteligencia analítica, su conocimiento. Amor en ocasiones incluso severo, cuando es preciso, por la vida y el mundo. Éste es un libro de crítica literaria, cierto, pero sobre todo es un libro de ensayo, lo cual es mucho más. La escritura de Mercedes Monmany no es de las que pone notas y calificaciones a los autores, sino de las que los penetra, los comprende, los integra en sí misma al objeto de enriquecer su visión del mundo y comunicársela a los demás, retomando, por así decir, el discurso de tal o cual autor e insertándolo en el coro del mundo. Escritura ensayística, creativa; el ensayo es un auténtico género literario que parte de un tema, un texto o incluso una anécdota para hablar de otra cosa, para afrontar por vía indirecta las grandes preguntas de la existencia y de la Historia que no pueden afrontarse de forma directa. El ensayo es una escritura que al principio no conoce con exactitud su meta, pero que la busca y, en parte, la crea avanzando y palpando el terreno, “ensayando” las posibilidades de la vida y la palabra.

También por eso en el libro de Mercedes Monmany se habla sobre todo de autores y libros amados, con la generosa urgencia de hacer que lleguen a los demás, de lograr que otros los entiendan y los amen, con la conciencia de estar enriqueciendo su vida con ello. Me siento orgulloso de formar parte, desde hace muchos años, de esos autores caros a Mercedes Monmany, a quien tanto debo. No creo que afirmar esto deba causarme turbación, pues no se trata de un “conflicto de intereses”, como hoy en día se repite a cada momento, sino de un diálogo de los máximos sistemas a través de aquellos libros que se preguntan por el sentido de la vida.

Mercedes Monmany posee el sentido de la totalidad y de la irreductible singularidad; el halcón ve el todo desde la altura de su vuelo y se precipita con precisión impecable sobre lo particular, un autor o una obra, incorporándolos al gran tapiz que teje su libro. Zambulléndose en el mar de la diversidad, Mercedes Monmany subraya sus similitudes, los vínculos recíprocos de los que acaso los autores no son plenamente conscientes, las correspondencias temáticas o estilísticas que aparecen una y otra vez en este libro.

Inmersa en el presente, en la actualidad y el devenir de la literatura, con toda la frescura y la inmediatez del periodismo másauténtico (un género literario que nos une), y por consiguiente explorando en tiempo casi real la cultura contemporánea, Mercedes Monmany se integra, no sé hasta qué punto de manera consciente, en una gran tradición clásica de la crítica y el ensayo literario. Alleer esta summa, a la vez orgánica y fragmentaria, que acoge en sí todo el mundo y toda la literatura posibles, pensaba en los grandes del pasado, sobre todo alemanes, que leían e interpretaban la literatura, o mejor, las literaturas, como enciclopedias de lo humano y de la Historia, como expresiones de la diversidad y peculiaridad de las distintas culturas; como “voces de los pueblos en cantos”, como reza el título del gran Herder, amigo y después adversario de Goethe, uno de los padres del historicismo.

Por las fronteras de Europa es también un atlas espiritual, una geografía literaria; un libro tan armonioso y poético en su rigor es asimismo una geopolítica cultural. Los países nórdicos con once autores, Rusia con dieciséis, Irlanda con nueve, Gran Bretaña con treinta y nueve, Países Bajos y Flandes con ocho, el área de tradición alemana con treinta y cuatro, Centroeuropa más Balcanes con sesenta y seis, Yiddishland e Israel (una relación estrecha y compleja) con catorce, Francia y la francofonía con treinta y nueve, Italia con sesenta (con un alto porcentaje de mujeres, catorce), el mundo lusófono, desde Portugal a Brasil más algunos países africanos, con catorce, la Turquía actual con cuatro. Puede sorprender la ausencia de España, pero ello se debe al hecho de que la literatura interrogada en este libro está ligada a las “fronteras” de Europa, es decir, a sus dramáticos desplazamientos acaecidos en los decenios recientes, o incluso lejanos, que han visto cómo las fronteras se alteraban, se reconfiguraban, avanzaban y retrocedían, y cómo la geopolítica, también la cultural, cambiaba. España representa una excepción, pues ni sus fronteras se han modificado ni ha provocado o sufrido desplazamientos fronterizos en otras tierras o continentes. Mercedes Monmany ama la literatura que está hecha y se ocupa de esos desplazamientos, la que ha vivido a fondo el drama, el trauma, la riqueza y la tragedia de las fronteras construidas, destruidas, trastocadas, levantadas sobre la tierra, los corazones y las cabezas, fronteras como muros que dividen y puentes que comunican.

Mercedes Monmany se adentra en esa selva, a menudo una jungla de banderas agitadas con el fin de afirmar la propia identidad, a vecesplural, aunque más a menudo monolíticamente compacta o simulada e idolatrada como tal, cerrazón torva y sueño regresivo de pureza endogámica.

La literatura, para Mercedes Monmany, que tan formidablemente indaga en ella, con tanto amor y tanta lucidez, en ocasiones severa, es el libro maestro, el balance del siglo breve/largo (el XX, más los inicios del XXI) de los totalitarismos, de los conflictos, de las aperturas o los cierres, de las masacres, de las caídas de los imperios, de las escisiones, de los nacionalismos, de los demoniosque reaparecen disfrazados, de los fantasmas que custodian fronteras mortales, de los estados de guerra permanentes que, antes de estallar de manera sangrienta en el campo de batalla, aguardan latentes en las ideologías.

Mercedes Monmany busca en la literatura la desmitificación de la maldición de quienes afirman su identidad mediante el rechazo y el odio hacia el Otro, situando el mal en el Otro en lugar de reconocerse y redescubrirse en el encuentro con él. Las fronteras —‍positivas y negativas, rígidas y mudables, fronteras no sólo geopolíticas, sino de toda especie—‍ son las protagonistas de este libro bellísimo, tan variado como la vida y la Historia. Protagonistas perseguidas y encontradas en las páginas de escritores grandes y menores, iluminados o cegados también ellos, pero siempre memorables en sus parábolas. La frontera se convierte así casi en sinónimo de Europa, en su elemento constitutivo y su impedimento, espacio físico y mental; espacio que se abre y se cierra, paso y barrera de la unidad y la unificación europea. Leer su libro es como pasear por las calles de una ciudad a la vez conocida y desconocida, reconocible y sorprendente, real e inventada, fascinante e inquietante. Que a menudo se haya servido, con una generosidad que nace de la profunda afinidad electiva que existe entre nosotros, de mí y de mis libros para cruzar este laberinto de fronteras es un regalo que me reconforta el corazón.

Dicha afinidad explica que la parte del león de este panorama esté formada por los autores de Centroeuropa y los Balcanes. De ello resulta un mosaico centrífugo de identidades continuamente redefinidas, mudables y pesadas, afirmadas ora en el odio violento hacia el Otro, ora en mezcolanzas indisociables. Un auténtico panta rei sociopolítico en el que la pluralidad está constituida por unas diferencias destinadas a construir grupos más amplios, naciones que aspiran a convertirse en estados y viceversa, etnias y religiones inextirpables de los corazones y desgajadas de los acontecimientos, mil telones de acero que generan odio y locura, muros en círculo que intersecan con otros, armonías vehementes e irónicas y feroces conflictos. La lengua —‍las lenguas—‍ se convierten a menudo en instrumento de una identidad buscada y negada, las mezclas se entrelazan con sangrientos rituales de pureza. El Imperio habsbúrgico es el gran aglutinante de esta Babel, pero también el foco de un destructivo incendio en expansión.

La escritura es testimonio, fuga, memoria, herida, salvación. Encontramos páginas admirables sobre Andrić, puente que se arquea sobre multitud de ríos turbulentos; encontramos a autores que entierran el Imperio austrohúngaro y autores que entierran el Imperio soviético, como Andrujovich. Escritores, como Stasiuk, que provienen de tierras míticas y compactas como Galitzia; testimonios grandiosos del exterminio, como los de Kertész o Manea; irónicos, como el de Esterházy; vehementes, como el de Márai; genialmente grotescos, como el de Schulz; humanistas tenaces, como Konrád. Voces de ayer, como Bánffy, y testimonios de hoy, como Dubravka Ugrešić. Centroeuropa como paraíso perdido, como infierno, como teatro del mundo, como prueba general del futuro.

Especialmente fascinante resulta la sección dedicada a los países nórdicos, confín y corazón de Europa, genial encrucijada creativa de arcaísmo mítico y contemporaneidad lacerada. Cristianismo y misticismo nórdico se entrelazan en un nudo en el que Mercedes Monmany indaga con gran finura interpretativa y participando emotivamente de los distintos, contradictorios y complementarios aspectos que encontramos en la obra de sus autores: el eterno vagar del hombre solo y extranjero no sólo por las landas y los bosques, sino por la existencia misma, como en las obras maestras de Hamsun, nostálgicas, encantadoras, agrias y nihilistas.

Mercedes Monmany desciende al maelstrom de esta literatura en la que genialidad y neurosis parecen indisociables, y donde el silencio, el vacío y el hielo de la Naturaleza se muestran como imagen de la vida misma, en una incomunicación teñida de nostalgia y alimentada por fermentos culturales que convierten ese continente del alma en un sensible observatorio de la crisis general de nuestra época. La periferia de Europa como centro de la propia Europa, los fiordos como desierto del alma. La misantropía de Kjell Askilden, con su tensión de la vida en pareja; el rigor luterano, la alienación y la tensión metafísica de Ingmar Bergman; las identidades intercambiables de Lars Gustafsson; el nexo entre nihilismo y melancolía del capítulo dedicado a Jacobsen, acaso el capítulo en el que la gran afinidad y correspondencia entre Mercedes y yo halla su expresión más intensa, en la atención apasionada y, a la vez, rigurosamente analítica de la crisis de la imagen unitaria del mundo, en la poetización de la vida que no logra refrenar la vida misma, en la vida siempre postergada y ausente, en el crepúsculo del artista y el individuo.

La reivindicación femenina, desde la clásica Sigrid Unset a los fermentos posteriores, más turbios y agresivos; los esqueletos en elarmario del danés Erling Jepsen o la estela del odio de la guerra de su compatriota Knud Romer, la soledad y la protesta del finlandés Arto Paasilinna, impregnadas de un humor potente y sagaz.

Un lugar destacado de este fascinante atlas del mundo y de la palabra que lo dice, o que dice la imposibilidad de decirlo, lo ocupaIrlanda, isla fronteriza y origen de viajes sin retorno, lugar de raíces desgarradas con violencia, de exilio y de redención sangrienta, de identidad desarraigada y obsesivamente representada, negada en su patria y reencontrada en el exilio y, sobre todo, en la literatura, nacionalismo conculcado y exasperado. Mercedes Monmany evoca y explora con maestría la relación entre literatura y nacionalismo, la tradición oral y el solapamiento entre el legado pagano y el cristianismo radical, el gesto sanguíneo, heroico y, a la vez, cómicamente antiheroico, analizando el sentido del Yo como leyenda insostenible. John Banville ocupa aquí un lugar central con su narrativa variada y múltiple, increíblemente vital, penetrada por un sentido de la vida y de la muerte abierto a todas las interpretaciones posibles, aun las más trágicamente erradas. El alma irlandesa de la literatura de Brendan Behan, el universo desolado y sin piedad de la infancia en los libros de John McGahern. Observaciones especialmente felices son las dedicadas al tema típicamente irlandés de la relación entre la ebriedad y la genialidad, como en las páginas sobre Flann O’Brien, las tragicomedias góticas de Seumas O’Kelly y la marginalidad como condición humana esencial y específicamente irlandesa en la obra de William Trevor.

Después de Centroeuropa, Italia es la mejor representada en este compendio de la literatura europea contemporánea, con sesenta autores. Italia —‍su cultura, su paisaje, su aura—‍ son para Mercedes Monmany una segunda patria del corazón, un lugar fantástico pero, ante todo, real, con el que mantiene vínculos fundamentales. La autora ama e interpreta con agudeza —‍sin que el amor vele el juicio crítico—‍ a los escritores italianos para los que el amor y la pasión son el motor de la vida; capaces de abrazar a los demás y a sí mismos. De aquí su predilección por autores como Sibilla Aleramo, Dino Campana, Marisa Madieri, Natalia Ginzburg oTommaso Landolfi. Su interés —‍personal y crítico—‍ se dirige a los escritores que se rebelan contra el conformismo, eldespotismo ideológico y la pasividad. Mercedes Monmany ama la tradición, que enriquece incluso las novedades que se oponen a ella, pero no a quienes la convierten en frontera cerrada a lo nuevo y al devenir de la vida. Ella es una compañera de camino y de combate de quienes luchan contra la manipulación de la memoria, contra la fanática absolutización de la identidad unívoca y contra la arrogancia de la sistematización que aspira a clasificarlo todo.

Se siente fascinada por los autores que van más allá de las fronteras de lo conocido, como Ceronetti o Elsa Morante, por los que corren en busca de un nuevo sistema social, como Bianciardi, por el realismo mágico de Bontempelli y las máscaras de Pirandello. Ama la literatura de las promesas desatendidas, del amor imposible, de la “vida en suspenso” en la obra de Marisa Madieri, a la que dedica un admirable análisis del “tiempo aislado y secuestrado” de la infancia y la adolescencia, del desarraigo y del éxodo, del extrañamiento, de la existencia convertida en puente —‍al principio, forzado; después, querido—‍ entre Italia y Croacia, de la vida vivida “a espaldas de la Historia”, de la crueldad de la muerte disfrazada de narración delicada e infantil.

La literatura recoloca a Italia en el corazón de la Historia; deviene voz de una Europa que se busca a sí misma en la lucha por un nuevo mundo político, a la búsqueda de una poesía de lo invisible —‍tema especialmente caro a la autora—‍ en el ajuste de cuentas con la memoria, en la posibilidad de soñar “el sueño de una cosa”. Se dedica una atención especialmente feliz al universo literario siciliano, de Pirandello a Tomasi di Lampedusa, de Brancati a Sciascia, pasando por Consolo. Ensayos de una intensa cercanía y de gran rigor hermenéutico que se miden con autores como Umberto Eco, Natalia Ginzburg, Alberto Savinio o Primo Levi, ese gran escritor que es mucho más que un gran escritor.

Y muchos otros países, otras culturas, otros libros, otros autores. No acabaríamos nunca de comentar, parafrasear y apostillar este libro de Mercedes Monmany, penetrante, profundo y, a la vez, fresco y ligero. Mercedes es una guía del universo de la literatura, compuesto, como el de Dante, de infiernos, purgatorios y paraísos; una guía salvífica y propensa a acoger mucho más que a rechazar, más próxima a Beatriz que a Virgilio. Resulta un placer perderse y reencontrarse con ella en estos laberintos de historias, palabras y destinos.

 

Claudio Magris

Escritor. Ha publicado: El Danubio, Otro mar, Conjeturas sobre un sable, Microcosmos, La exposición, A ciegas, Así que Usted comprenderá y El infinito viajar, entre otros libros.

Traducción de David Paradela López.