Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”. Esta columna intenta recuperar las postales que han dejado los escritores de lugares para ellos entrañables

La vida artesanal y comerciante de Estambul se desenvolvía en los caravanserrallos, hermosas construcciones de piedra, con un gran patio central, que servían a la vez de taller, almacén, tienda y albergue de viajeros. Algunos, como el Kürkcü Hani, próximo al Gran Bazar, o el Rustampachá Hani, en el actualmente demolido barrio de Gálata, ofrecen al forastero un panorama apenas distinto del que brindaban hace cuatro siglos: edificados como los claustros de los conventos europeos, disponen de una fuente central y abrigan bajo sus arcadas hileras de tiendas en las que se fabrica y vende toda clase de objetos. En las galerías superiores, idénticas a las arcadas que las sostienen, las habitaciones eran alquiladas a los mercaderes venidos de fuera, como en los fnadek de Marruecos. Los viajeros occidentales y cronistas otomanos nos han dejado numerosas relaciones circunstanciadas de su funcionamiento y reglamentación así como de las condiciones y tarifa de alojamiento. Aunque su uso se reservaba exclusivamente a los musulmanes, Gérard de Nerval, en una de sus escapadas de Gálata, logró pernoctar en uno de ellos, aprovechando la confusión y bullicio de Ramadán.

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Ilustración: Pablo García

Pero hoy, como ayer, la atención de los visitantes europeos se centra de preferencia en el Gran Bazar. El Kapali Çarçi —dígase Kapale Charche— data del siglo XV y procede de un bedesten edificado sobre las ruinas de un mercado bizantino. Incendiado dos veces, fue reconstruido con mayor solidez en el reinado de Mustafá II y sus sucesores. […]

En el siglo XVII se compone ya, según las crónicas, de sesenta y siete calles denominadas de acuerdo con el gremio que las ocupa; sus encrucijadas o plazuelas congregan a los fieles durante las preces canónicas; cinco mezquitas y siete fuentes satisfacen igualmente las necesidades de limpieza y devoción del público. Sus dieciocho puertas cierran de noche y los vigilantes de los gremios efectúan frecuentes rondas para velar por la seguridad de sus bienes. Conforme a Mantran, el recinto del Gran Bazar incluye más de tres mil tiendas.

Ciudad en medio de la ciudad, constituye en verdad una medina autónoma con sus calles, plazas, fuentes, pasajes, cubiertos de bóvedas por las que se cuela la luz y resalta la animación de sus infinitos bazares: “ese reino absoluto de lo improbable en el que, como dije en otra ocasión, todo tiene cabida”. Vagar por él, extraviarse en los meandros de su laberinto, es uno de los goces que más fascinan a este linaje de animales urbanos que va de Baudelaire a Walter Benjamin y al que pertenezco de modo instintivo. Como en Marraquech o Fez, el tiempo no transcurre y las descripciones de ayer del Bazar Egipcio se aplican a otros ámbitos y a un presente inmutable: “un olor penetrante, compuesto de las esencias de todos los productos exóticos, os sube al olfato y os emborracha. Allí, expuestos en montículos o sacos abiertos, veréis alheña, sándalo, antimonio, polvos coloreantes, dátiles, canela, benjuí, pistachos, ámbar gris, almáciga, jengibre, nuez moscada […], guardados por mercaderes con las piernas cruzadas y aspecto indolente, como adormecidos por la densidad de esa atmósfera saturada de perfume, esas montañas de drogas aromáticas”.1

Fuente: Juan Goytisolo, Estambul otomano, Ediciones Península, 2015.

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir, coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas, Anuncios clasificados y compiladora del volumen Así escribo.


1 Théophile Gautier, Constatinople, París, 1853.