Aún ahora, con las pruebas de impresión entre las manos, me confieso incrédulo. Me parece válido anticipar una reacción similar en el lector, quien habrá encontrado este insólito volumen por casualidad en alguna librería de segunda mano. ¿Una novela de Borges? Debe tratarse de una broma de mal gusto, o tal vez de un gesto vanguardista con dudosas implicaciones políticas. Este es un libro imposible, pero su imposibilidad no procede del hecho de que el autor haya fallecido hace décadas: el descubrimiento de un par de poemas borgianos sería improbable pero no por eso increíble. Lo que resulta inimaginable, por turnos absurdo y milagroso, es que el libro en cuestión sea una novela. Borges, al menos el Borges que conocemos, jamás hubiera acometido un proyecto de esta magnitud. Y sin embargo, como espero aclarar aquí, no queda espacio para la duda: las páginas que siguen pertenecen al autor de Ficciones. Anticipando las escanda-losas acusaciones que estoy seguro tacharán este volumen de apócrifo, me parece apropiado dedicar este prólogo a la narración esquemática de los sucesos que precedieron a la publicación de este texto. Considerando que Borges siempre fue partidario de la mentira y de la fabulación, esta tarea resulta un tanto humillante. Tal, sin embargo, es mi cruz —y rechazarla sería un crimen o, lo que es peor, un acto de cobardía.

 

Hace un año recibí un correo electrónico de parte de una de mis estudiantes de doctorado. La misiva era breve y descuidada, como suelen serlo las comunicaciones electrónicas. En tres líneas vacilantes, la joven me informaba de un misterioso descubrimiento, efectuado mientras rebuscaba en los rincones más polvorientos de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Se trataba de tres cajas de cartón, las cuales contenían doscientos casetes de audio. Movida por la perversa curiosidad de los archivistas, mi estudiante pidió al policía que guardaba la puerta de la biblioteca que le prestara su estéreo portátil. Buscó un rincón callado y echó a andar un casete elegido al azar. Lo que emergió del estéreo la dejó fría. Era una voz titubeante y cantarina, que aspiraba las sibilantes en lo hondo de la garganta, convirtiendo las eses en jotas criollas. Era la voz fantasmal de la ironía, que mi alumna conocía bien de innumerables videos en blanco y negro, consultados en horas insomnes en lo profundo de internet.

“Puede ser que me haya vuelto loca”, leía su correo. “Pero creo haber encontrado grabaciones inéditas de Borges”.

Por supuesto, no le creí. Su defensa de tesis se aproximaba: las horas en el archivo eran largas, el sueño escaso y las alucinaciones posibles. Le respondí sugiriéndole que se tomara un día de descanso, cometiendo una mala broma acerca de cómo el exceso de lectura había causado al menos un caso de secamiento cerebral. Me fui a casa sin darle demasiada importancia al asunto.

Esa noche soñé con una falsa catedral gótica, que después reconocí como la biblioteca de Yale. En el centro de la nave, sentado en un trono de ébano, había bibliotecario que ocultaba los ojos tras lentes oscuros. Por un momento pensé que se trataba de Borges. Apenas hice gesto de acercarme, sin embargo, el bibliotecario se quitó las gafas, revelando el horrible rostro de Umberto Eco. Lleno de súbito terror vi que el impostor italiano tenía pupilas rojo brillante.

¡Si non è vero!”, gritó el falso Borges, “¡è ben trovato!”.

Su voz dio tumbos por entre las bóvedas, multiplicándose hasta volverse ensordecedora. Caí de rodillas, cubriéndome los oídos con las manos. Entonces desperté.

01-prologo

Ilustración: Kathia Recio

 

Al día siguiente llegué al edificio de la Facultad y encontré a mi alumna dormitando en el piso junto a la puerta de mi oficina. La desperté suavemente y le pregunté qué pasaba. Me respondió que había venido a buscarme tarde en la noche, presa de una angustia incontrolable.

“Sé muy bien que le parece imposible”, dijo con voz temblorosa, “pero necesito que escuche la grabación. Así podré tener por lo menos la certeza de que he perdido la razón”.

Accedí sin prensarlo dos veces, sacudido todavía por el sueño de la noche anterior. La hice pasar al despacho. De un cajón de mi escritorio extraje una radio arcaica. Le pedí que me diera el casete. Después de pocos segundos tuve que admitir la verdad increíble: esta era la voz del Borges tardío, el ciego, el de la cara paralizada. Imaginé las diáfanas tardes porteñas cuando el anciano escritor habría tomado la grabadora con manos temblorosas y buscado a tientas la apertura para el casete. Imaginé la fatiga de hablar durante horas y horas, repitiendo párrafos enteros para introducir una corrección diminuta. Escuché e imaginé, y de pronto comprendí: toda su vida Borges había trabajado hacia una novela. Las diatribas contra Proust no eran sino el producto de una frustración rabiosa, las maldiciones de un hombre que se sabe encomendado con una tarea titánica —y que sin embargo duda de su capacidad de llevarla acabo. El significado de los cuentos más oscuros y de los poemas más impenetrables se volvió de pronto evidente: la novela era el hombre soñado en las ruinas circulares, la enciclopedia del planeta inventado, aquella cosa que pudiera haber sido. Las referencias a libros inexistentes, las biografías de novelistas ficticios —¿qué eran estos gestos sino manifestaciones de un deseo insatisfecho de ser demiurgo, de dar a luz a un mundo absoluto, completo en sí mismo? ¿Qué eran estos fragmentos sino los intentos fallidos de producir un libro infinito?

Mi alumna y yo escuchamos la grabación por largo rato, presas de un vértigo aterrador. Este era el último esfuerzo de Borges —su intento infirme, al aproximarse la muerte, de dar cuerpo a la obra que los dioses le habían dejado entrever.

 

Con la ayuda de mi alumna, quien ha preferido permanecer anónima, dediqué las siguientes semanas a transcribir las grabaciones. No es mi intención revelar los detalles de la narración, que espero el lector descubrirá por sí mismo. Por lo pronto esto diré: la novela toma lugar en Buenos Aires a finales de los años treinta. Es la historia de un escritor argentino obsesionado con la tipografía del diecisiete, los relojes de arena, y la prosa de Robert Louis Stevenson. Por un azar —es decir: por un destino— al escritor lo invitan a asistir a una fiesta privada en un barrio elegante de la ciudad. Es un asunto de champagne, de corbatas negras y vestidos rojos. Una pianista rubia toca una reducción de Wagner; hombres de buenas maneras discuten las infelicidades de varias traducciones castellanas de Nietzsche. Poco a poco, al avanzar la noche —en cuya dilatada narración Borges agota veinte casetes— el escritor descubre que la velada no es otra cosa que la reunión mensual de una sociedad secreta filo-nazi. Alguien entre los miembros más intelectuales del grupo ha malinterpretado un reciente ensayo suyo sobre Schopenhauer, tomándolo como una declaración de principios fascistas. Es por eso que lo han invitado esta noche, es por eso que mujeres de labios finos lo cortejan y que hombres robustos le palmean la espalda.

El escritor presiente que lo más sabio sería excusarse, pero una cierta curiosidad (tal vez sería mejor decir: un cierto anhelo por la tragedia, una cierta tendencia a confundir la vida y la literatura) lo empuja a quedarse, y no sólo a quedarse, sino a volver. Los fascistas lo adoptan como uno de los suyos; lo inician en sus ritos, lo instruyen en sus misterios. El escritor toma nota de todo, no porque crea en las falaces ideas de los filo-nazis, sino porque en el fondo de su corazón ha comenzado a urdir su última obra de arte, la que está destinada a inmortalizarlo. No se trata de un libro, sino de un acto: una traición ética, una perfidia moral —una acción paradójica que será a un tiempo despreciable e irreprochable, malvada y honorable. Para preparar el escenario de este drama privado el escritor se hace amigo entrañable de los fascistas. Enamora a la más hermosa de las mujeres, hace juramentos de sangre con el más varonil de los hombres. Entonces, una tarde fatídica, el valiente pone en marcha su plan —pero el resultado no es lo que esperaba.

No diré más, salvo que el héroe traidor muere en el casete ciento noventa y nueve, que corresponde al capítulo cincuenta de esta edición. La grabación delata que Borges rompió en llanto al momento de describir el sonido del disparo en la noche y la entrada de la bala en la espalda del escritor.

 

Este no es el lugar para aventurar un análisis crítico de la novela, por lo que me limitaré a resaltar algunos de sus procedimientos estéticos más importantes. En términos formales, la prosa que emerge de las grabaciones tiene —esto resulta obvio— un cierto sabor a narración oral. Las oraciones son más largas y menos pulidas que las que aparecen en los textos clásicos del autor. Sin embargo, los elementos centrales del lenguaje borgiano permanecen en la novela. Los adjetivos tienen más peso que los sustantivos. El diálogo escasea. De cuando en cuando aparecen argentinismos. A veces es posible escuchar un dejo de dicción anglosajona. Otras, uno se topa de bruces con una metáfora tan sorprendente que hace falta tomar aliento.

En lo que respecta al contenido, el lector que se aproxime a El valiente esperando encontrar espejismos metaficcionales quedará decepcionado. El libro carece por completo de laberintos; se trata de una novela perfectamente convencional. El narrador habla en la tercera persona omnisciente, avanzando del principio al final siguiendo los más puros principios aristotélicos. Aunque la trama está llena de suspenso, la naturaleza del final queda en claro desde la primera oración. La fuerza irresistible de la novela yace en el avance fatídico hacia esa trágica conclusión. En este sentido, la novela de Borges está más cerca de Sófocles y de Chandler que de Joyce o Unamuno. Se trata de la narración de la caída de un hombre —y nada más.

La pregunta más obvia que surge de este sorpresivo romanticismo es la de la relación entre la novela y el resto de la obra borgiana. ¿Es El valiente una abjuración de los textos menores? ¿Es un esfuerzo independiente, que debe interpretarse por sí solo, sin referencia al pasado? ¿Es una alegoría, la llave de la cual se esconde entre las páginas de Otras inquisiciones? ¿O es acaso la culminación de toda la obra anterior, la piedra final en la pirámide? Dejaré la respuesta a estas preguntas a las generaciones futuras de estudiantes de doctorado.

 

Al releer estas páginas que me dispongo a entregar a la imprenta, no puedo sino admitir que he fracasado en mi propósito. Nada en mi prólogo puede aspirar a convencer al incrédulo de que esta novela es, en verdad, producto de la mente de Borges. Quizás sea mejor así. Quizás esta sea la última broma del maestro —la respuesta a todas las interrogantes de la sección anterior. Borges dejó su obra maestra sin publicar porque esperaba, precisamente, que se debatiera su autoría. Solamente así, dejándole el debate metaliterario a los lectores, pudo reconciliar sus dos impulsos contradictorios: el romántico y el metafísico. De haber firmado la novela, Borges hubiera tenido que narrar como Borges, y contaminar la trama de la tragedia con comentarios parentéticos y sortilegios verbales. Solamente al saber desde un principio que iba a dejar la novela como la dejó —abandonada en un rincón de la biblioteca, esperando a ser descubierta— pudo dar rienda suelta a su imaginación y concebir un cuento moralista, psicológico, incluso por momentos sentimental.

Así, tal vez resulte mejor dejar las cosas como están, y terminar este prólogo de manera prematura. ¿Qué importa si la novela es de Borges o no? ¿No es esa la pregunta que Borges mismo hubiera lanzado? ¿No es la contradicción entre estas dos preguntas el centro de gravedad de toda literatura? No lo sé. No importa. No digo más.

 

Nicolás Medina Mora
Reportero y ensayista. Es miembro del Programa de No-Ficción de la Universidad de Iowa.