“Tendríamos que estar armados, no encuentro ninguna razón de peso para no llevar con nosotros un arma cuando salimos de casa y nos enfrentamos a tanto rostro extraño, a tanto canalla blandiendo su mirada furtiva y aguardando nuestro descuido. El ser humano no es respetable por naturaleza, al contrario, es extensión de la maldad latente y un peligro para la vida. ¿Es eso verdad, querido Hobbes?”. Quiero pensar que tales han sido las palabras de un personaje que no soy precisamente yo, sino un ser desesperado, medroso y apocado ante la violencia que ocurre dentro de ese territorio que desde niño sus mayores, necios y tradicionales, han llamado “país”. ¿Y yo? ¿Tengo una opinión distinta a la de mi personaje? No, de ninguna manera me atrevería a contradecirlo. Cada vez que me opongo a la voz de alguno de mis personajes me sucede una contrariedad: me enfermo del estómago o derramo licor sobre un libro, un apreciado escritor muere o simplemente no encuentro las llaves de casa donde las dejé una noche anterior. Hay algo de cuento de fantasmas en lo que afirmo, pero es así. De modo que también esta vez concuerdo a medias con mi personaje: “Tendríamos que estar armados”, pero no todos nosotros, puesto que el ebrio o el irascible, el adolescente o la mujer celosa, el estúpido y el fanfarrón, se convierten de un momento a otro en torbellinos de muerte, en barrancos inesperados. Y a joderse. Pero los hombres y mujeres honrados y prudentes tienen derecho a defenderse cuando nadie lo hace por ellos y a los caminos y carreteras vuelven los salteadores; cuando los criminales te amenazan y la calle retorna a su ser inhóspito e impredecible; cuando tus enemigos se pertrechan de las armas más sofisticadas y tú apenas si tienes un tenedor en la mano y estás a ciegas. ¿Se imaginan ustedes mismos blandiendo un tenedor en contra de una pandilla de hombres armados con sofisticadas ametralladoras? ¿Qué cosa harán entonces con ese inocente tenedor? ¿Lo usarán como arma para defenderse? No, es preferible utilizarlo para sacarse los ojos e imaginar que se duerme en los brazos de una violencia imaginaria.

02-armas

Ilustración: Alberto Caudillo

Corrían los años sesenta y volvíamos de unas breves vacaciones en Veracruz cuando mi padre detuvo el automóvil en una estación de gasolina. Sólo sé que habíamos pasado ya las famosas Cumbres de Maltrata y nuestro Valiant Duster corría firme sobre el pavimento oscurecido. Recién comenzaba la madrugada, los tres hijos dormíamos en el asiento posterior del auto y mi madre cumplía su papel de piloto somnoliento. Una vez repuesto el tanque de energía, la gasolina pagada, y el empleado surtidor ya de vuelta en su dormitorio clandestino, un hombre se acercó hacia mi padre y lo amenazó severamente con un machete; le pidió llevarlo, dentro del auto, a la población siguiente: “Es sólo un favorcito”, dijo. De tal magnitud eran los gruñidos de aquel hombre que yo me desperté y lo miré horrorizado, su barba hirsuta y negra y sus ojos de perro salvaje. Mi padre ni se inmutó e incluso esbozó una sonrisa pasajera, extrajo su pistola atada al cinto y apuntó el cañón hacia el rostro endurecido de aquella bestia quien al verse amenazado amenguó, dio varios pasos hacia atrás y echo a correr gritando y suplicando: ¡No me mate! ¡No me mate! Mi padre, tranquilamente, se acomodó en su asiento ante el volante, retomó de nuevo el camino, miró por el espejo retrovisor y vio el rostro de su hijo mayor aún paralizado de espanto. “No pasa nada, hijo, ¿ves a aquellos hombres? —señaló hacia un grupo de tres personas que esperaban a un lado de la carretera doscientos metros después de la estación de gasolina—. Nos estaban esperando; el tipo del machete sólo nos llevaría a ellos; quizás en unos minutos estaríamos ya todos muertos”. Nunca olvidé este pasaje, colofón de nuestras vacaciones, y tampoco olvidé la firmeza y seriedad en la voz de mi padre, la huida del tlacuache y su machete, el grupo de animales depredadores aguardando nuestra llegada para “desollarnos”. Y mi mente aliviada bendecía el arma salvadora, su eficacia en las manos de un hombre prudente que defendía a su familia de los salteadores de caminos.

Mi abuela guardaba en su cajón del buró, a un lado de su cama, una pistola calibre 22 y mi padre llevaba en el auto un arma consigo, amén de las que guardaba en casa: una Colt 45 y un revólver que requería de manos fuertes y huesudas para empuñarse. Yo crecí en medio de calibres y de balas, fui a una escuela militarizada en donde armaba y desarmaba ancianos mosquetones y carabinas usados en la Revolución, y aún ahora no me tentaría el corazón para matar a un animal que me amenaza. Me declaro de forma abstracta contra la pena de muerte, sí, pero no contra el merecimiento que se han ganado muchos en morir y largarse de este mundo. En consecuencia, cuando observo a una población amedrentada, indefensa, dependiente de la policía o de alguna imagen religiosa para protegerse, me desespero y acuerdo con mi personaje que es una arbitrariedad desarmar a las personas que ningún gobierno emanado del pacto civil (Estado) es capaz de cuidar. No voy a recitarles ahora ninguna teoría o perorata ética al respecto del uso de las armas o de la violencia, pues no es ésta la intención de mi columna; y no obstante, me parece un dislate lógico desarmar a las personas en nombre de su propia seguridad y luego no protegerlas. Hay cierta clase de armas que sólo los criminales, la policía y el ejército tienen “derecho” a usar. Nosotros, las personas comunes, requerimos de un permiso para portar en la calle una resortera o tener en nuestra casa una pistola casi de juguete, etcétera. Mundo idiota, no me cabe duda. Al menos desequilibrado. Al menos desorganizado. Recuerdo ahora aquel episodio vivido al lado de mi padre y familia. Fuera de mi ventana el mundo sobrevive como puede; recuerdo también un poema de Michel Houellebecq que dice: “Yo daba vueltas en mi habitación,/ Los cadáveres ajustaban cuentas en mi memoria;/ Ciertamente ya no cabía esperanza”. Los cadáveres de mi memoria ajustan cuentas, lo sé, espero que todos estén desarmados, pues de lo contrario tal ajuste no será sino injusticia y masacre.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

Un comentario en “Armas

  1. Mi querido Guillermo:
    Te leo y me leo: cada vez estamos más solos, más amenazados, más endebles. Tus palabras sobre la necesidad de las armas, necesidad casi real, aunque me declaro incapaz de matar una hormiga, empujan: ¿por qué fracasamos?, ¿por qué se rompe el mundo? ¿Será cierta la idea de Kant: esa que dice, palabras más, palabras menso, que “el Mal esta determinado ontogenicamente?.
    El mejor de mis abrazos, armado gracias a tus armas,
    Arnoldo