El primero de septiembre de 2005 el lomo verde de la revista Nature indicaba a los lectores de la edición impresa que en sus páginas los esperaba un hallazgo de trascendencia mayúscula y suficiente para destacarla visualmente de los pálidos números con las que desde entonces se apilaría en las hemerotecas científicas.1 La distinción cromática se debía en este caso a la publicación del genoma del chimpancé por el Consorcio de Secuenciación y Análisis del Chimpancé, constituido por 67 científicos pertenecientes a diversas universidades y centros de investigación de cinco países.

Los resultados del Consorcio no eran nada inesperados y, si acaso, subrayaban todavía más nuestro parentesco evolutivo con una de las dos especies más cercana a la nuestra: el chimpancé común (siendo la otra especie el chimpancé pigmeo o bonobo). Pero, antes que nada, constituyen evidencia contundente de que chimpancés y humanos compartimos un origen común y nos encontramos en la misma rama del árbol evolutivo. En consecuencia y siendo taxonómicamente correctos, tendríamos que incluir a los chimpancés en el mismo género que el nuestro: Homo.

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Ilustración: Oldemar González

El planeta de los inhumanos

—…¿Eran los monos los únicos seres racionales, los reyes de la Creación en aquel planeta?

—¿Tú qué crees? —dijo ella—. El simio es, con seguridad, la única criatura racional, la única que posee un alma al mismo tiempo que un cuerpo. Los más materialistas de nuestros sabios están de acuerdo en reconocer la esencia sobrenatural del alma simiesca. (Pierre Boulle, El planeta de los simios.)

En El planeta de los simios (tanto la versión clásica como la reciente, aunque acentuado más en la primera) los espectadores nos inquietábamos ante la posibilidad de compartir un destino como el de Charlton Heston (o Mark Walhberg, según se prefiera): servir como bestias de carga o de laboratorio para otros primates que nos habrían sustituido como especie dominante. ¿Quién, en un caso así, abogaría por nuestros derechos humanos? A pesar del parecido físico entre monos desnudos (haciendo referencia al zoólogo Desmond Morris y su obra más famosa) y peludos, ¿no les parecería ridículo y extremista a éstos que alguien propusiera no enjaular ni exhibir a esta extraña especie casi lampiña, en comparación? Para la especie dominante de El planeta de los simios ¿sería ético experimentar con humanos para así salvar las vidas de sus congéneres? Los humanos, claro está, serían excluidos por los taxónomos de ese futuro imaginado y enviados a otra rama del tronco evolutivo.

De regreso a nuestra realidad y a El planeta de los humanos, quienes, con mucho esfuerzo (y no siempre) logramos pensar y actuar como humanistas, las preguntas no dejan de tener validez, más aún si dejamos de pensar en los chimpancés como miembros del género Pan, y comenzamos a tratarlos como —nunca mejor dicho— nuestros congéneres: Homo troglodytes (chimpancé común) y Homo paniscus (chimpancé pigmeo). ¿O tal vez preferiremos mejor renombrarnos como Pan sapiens?

Tarzán y Chita “encadenados”

Llegado a este punto, es posible que más de un lector escéptico se cuestione si en verdad tiene bases sólidas esta propuesta o si se trata únicamente de juegos de palabras creados por activistas de los de-rechos de los animales con la finalidad de hacer reflexionar a las personas sobre la necesidad de tratar con ética a éstos y, en este caso, en particular a los primates. Nada de eso. Si los científicos tardaron tanto en darse cuenta del actual error taxonómico, esto se debió a que no fue sino hasta la década de los ochenta que las biotecnologías permitieron llevar a cabo los análisis necesarios para establecer con certeza las relaciones filogenéticas y evolutivas de humanos y otros primates.

En 1984 Charles Sibley y Jon Ahlquist utilizaron lo que en ese entonces era una técnica novedosa, conocida como hibridización de ADN, para demostrar la facilidad con que hebras de ADN de humanos y chimpancés forman pares complementarios.2 Esta técnica se aprovecha de que el ADN se encuentra constituido por dos cadenas complementarias formadas a su vez por los cuatro nucleótidos que estudiamos en la escuela (adenina, citosina, guanina, timina): para determinar cambios ocurridos en la estructura del ADN de dos especies distintas se mezclan las cadenas de ambas especies y se mide la disminución en la temperatura de fusión del ADN mezclado o híbrido con respecto a la temperatura de fusión del ADN perteneciente a una sola de las especies. Por ejemplo, si la diferencia en las temperaturas de fusión es de x grados Celsius, ello significa que la variación entre el ADN de las dos especies es de un porcentaje y. Los resultados del experimento realizado por Sibley y Ahlquist señalan que el genoma de chimpancés y humanos es similar en un 98.4%.

Más de 10 años después, en 1997, Edwin McConkey y Morris Goodman iniciaron el Proyecto Evolución del Genoma Humano, con la meta de comparar los genomas de humanos y chimpancés. Para Goodman, el enfoque antropológico tradicional tiene un fuerte sesgo antropocéntrico que resalta qué tan diferentes somos del resto de los seres vivientes y favorece la separación taxonómica entre humanos y los demás primates; sin embargo, partiendo de los estudios de genética molecular realizados a la fecha por Goodman y otros investigadores, chimpancés y humanos estamos relacionados en más de 98.3%, si consideramos todas las secuencias de ADN, funcionales o no (dado que una buena parte de nuestro ADN al parecer no nos ayuda en nada pero, como tampoco nos perjudica en algo, no hay razón alguna por la que se haya eliminado por selección natural), y en más de 99.5% si consideramos únicamente secuencias que corresponden a genes funcionales.

No debemos omitir que los porcentajes de similitud entre los genomas de ambas especies varían mucho de un estudio a otro (aunque nunca por debajo de 95%), que la gran mayoría de los especialistas considera que una cifra “moderada” sería superior a 98% y que tenemos en común casi todos nuestros genes. Con base en la genética molecular, despojada del sesgo mencionado por Goodman, chimpancés y humanos necesariamente debemos compartir el mismo género. Con base en esta evidencia, en 2003 Goodman y sus colaboradores señalaron la necesidad de este cambio taxonómico en un artículo de PNAS,3 la revista científica publicada por la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

Los tres monitos y el experimentador / entrenador / custodio feroz

“Exigimos la ampliación de la comunidad de iguales para incluir a todos los grandes simios: seres humanos, chimpancés, gorilas y orangutanes”. (Declaración sobre los Grandes Simios, 1993.)

En The third chimpanzee (El tercer chimpancé, versión en español publicada por la editorial Debate), Jared Diamond se pregunta si estos hallazgos sobre la corta distancia genética entre los chimpancés y nosotros tendrán alguna implicación más amplia, además de las puramente científicas y taxonómicas. “Probablemente”, especula Diamond, “las implicaciones más importantes tendrán que ver con lo que pensamos sobre el lugar de los humanos y los simios en el universo”. […] al igual que El origen de las especies de Darwin, probablemente influirán en cómo pensamos, y probablemente nos tomará muchos años reajustar nuestras actitudes”. ¿Qué actitudes? La principal de ellas: cuáles son los derechos que gozan nuestros parientes más cercanos. ¿Podemos usar individuos de Homo troglodytes para experimentación médica? ¿En qué casos debemos prohibir esta práctica? ¿Podemos exhibirlos en zoológicos? ¿Podemos entrenarlos como animales de circo? ¿Y a los orangutanes? ¿Con qué criterios debemos incluir o no a otras especies?

Para demandar lo que sus participantes consideran como derechos legales de chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes, en 1993 se fundó The Great Ape Project. Esta organización, formada por científicos y defensores de los derechos animales, busca que las Naciones Unidas haga suya la Declaración sobre los Grandes Monos, que otorga a estas especies de primates tres derechos fundamentales:

1. El derecho a la vida. No debe matarse a los miembros de la comunidad de iguales salvo en situaciones estrictamente definidas, como en defensa propia.

2. La protección de la libertad individual. Los miembros de la comunidad de iguales no deben ser arbitrariamente privados de su libertad; en caso de ser aprisionados sin proceso legal, tienen derecho a ser liberados de inmediato.

3. La prohibición de la tortura. Infligir deliberadamente daño severo a un miembro de la comunidad de iguales se considera como tortura y está prohibido.

¿Es exagerado, o de plano absurdo, otorgar derechos a otras especies animales? Parafraseando a cierto prohombre (que no prohombre, y mucho menos prosimio) de la escena política mexicana contemporánea: ¿“los derechos de los humanos son de los humanos, no de los chimpancés” y lo único que debemos compartir con ellos son genes?

Hoy en día, con la notable excepción de Estados Unidos, la gran mayoría de los países occidentales no emplea ya monos como animales de investigación. En 1999 Nueva Zelanda prohibió el uso de primates en cualquier experimento, sin importar que éste pudiera ser benéfico para los humanos. Y el 24 de abril de este año una corte de Austria se negó a nombrar a un custodio legal para el chimpancé llamado Hiasl, que en la actualidad vive en un refugio para animales. De haberse aprobado, la custodia legal habría representado un precedente mundial y creado en el público la percepción de que chimpancés y humanos comparten, por lo menos en este caso, los mismos derechos.

Haciendo de lado el que algún día los chimpancés sean parte de una pequeña revolución científica al grito, desde las gargantas de los científicos a favor de ello, de “¡Todos somos Homo!”, esperemos que la lucha del tercer chimpancé por los derechos de los otros dos finalice de manera favorable para estos últimos y, sobre todo, antes de que no quede nadie a quien defender.

           

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Es autor de Ciencia Pop, La física del Coyote y el Correcaminos, y más ciencia (y muchos más dibujos animados) y de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas.


1 The Chimpanzee Sequencing and Analysis Consortium, 2005, “Initial sequence of the chimpanzee genome and comparison with the human genome”, Nature, 437, pp. 69-87. El placer casi fetichista de más de un suscriptor de Nature al recibir por correo un número cuyo contenido ameritara un lomo a color pertenece ya más a la nostalgia que a la actual consulta en línea de las revistas científicas.

2 Sibley, C.G. y J.E. Ahlquist, 1984, “The phylogeny of the hominoid primates, as indicated by DNA-DNA hybridization”, Journal of Molecular Evolution, 20(1), pp. 2-15.

3 Wildman, D.E., M. Uddin, G. Liu, L.I. Grossman y M. Goodman, “Implications of natural selection in shaping 99.4% nonsynonymous DNA identity between humans and chimpanzees: Enlarging genus Homo”, Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 2003, 100(12), pp. 7181-7188.