Antes de febrero de 1989, se consideraba que la democracia de Venezuela era un caso excepcional en América Latina. Durante las décadas de los años setenta y ochenta, los venezolanos tuvieron elecciones libres y respeto a los resultados (para muchos algo impensable en una región llena de gobiernos autoritarios). Era, en ese entonces, “la democracia más estable de América Latina”.1 Pero algo pasó hacia finales de los años ochenta y principios de los noventa que, hasta la fecha, sigue siendo difícil de explicar. Hubo inestabilidad política y social en 1989, dos intentos de golpe de Estado en 1992 (en febrero y noviembre), se destituyó al presidente Carlos Andrés Pérez en 1993 por cargos de corrupción y, por primera vez, llegó un candidato independiente a la presidencia en 1994.

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Desde entonces empezó una discusión interesante sobre los elementos que podrían explicar esta serie de eventos inesperados: la crisis económica, la corrupción, la “partidocracia”, las identidades partidistas, la marginación, la dependencia del petróleo y los disturbios de febrero y marzo de 1989 (seguidos de una represión brutal), conocidos como el caracazo. Desde luego, el caracazo es más un síntoma que una causa de los cambios políticos de esos años, pero no hay duda de su importancia simbólica en el imaginario colectivo de los venezolanos. Apropiarse del significado y la representación del 27F ha sido una práctica común desde entonces (ya sea para legitimar candidaturas independientes, posturas políticas o golpes militares). En estos casos, nunca está demás contar la historia, fragmentarla y repensarla desde el presente.

 

I

Domingo, once de la mañana. Pasé el día como lo hacían muchos venezolanos (algunos por gusto, otros por obligación): sentado en el sillón viendo Aló, Presidente, el programa maratónico de televisión moderado por Hugo Chávez. El presidente canta, dibuja, regaña, discute, reflexiona en voz alta, desmiente notas del periódico (siempre con constitución de bolsillo en mano), lee a Einstein o a Chomsky, improvisa, “gobierna”. Es el programa número 269, transmitido el 27 de febrero de 2007: se cumplían 18 años del caracazo.

Chávez canta mientras hojea y hace anotaciones en un documento. Lee la fecha en voz alta y empieza un recuento de “la noche de los tanques”, el caracazo de 1989. Él estaba ahí. Era lunes. Tenía rubéola. No sabía bien qué estaba pasando.

Al día siguiente, llegó a Palacio con medio tanque, pues en esos días “uno pedía nada más medio tanque, uno siempre andaba corto de dinero”. La gente estaba en las calles, se transmitían saqueos de tiendas y comercios en la televisión y los soldados buscaban armas en el parque del Palacio de Miraflores. Cuando el joven Chávez preguntó a su compadre qué iban a hacer, el Coronel le respondió: “Ay Chávez, yo no sé qué va a pasar aquí. Pero la orden es sacar las tropas a las calles. A parar al pueblo”.

 

II

16 de febrero. El presidente Carlos Andrés Pérez hablaba en la televisión unos meses después de haber arrasado en las elecciones de 1988. “Seguro estoy de la comprensión y el esfuerzo unitario, concertado y solidario, de todos los venezolanos, sin ningún tipo de discriminaciones”. El presidente Pérez, que había prometido todo, ahora daba un revés con El Paquete Económico y pedía comprensión; decía que lo hacía por el bien de todos los venezolanos, que era algo casi inevitable y que requería de la solidaridad de todos. Se necesitaba dinero para pagar la deuda y el Fondo Monetario Internacional estaba dispuesto a prestarlo, pero había que implementar algunas reformas estructurales para asegurar el pago: liberalización de precios, subir tasas de interés, unificar el tipo de cambio, aumentar el precio de la gasolina y el transporte a lo que “realmente vale”. Ése era el precio de la deuda.

 

III

27 de febrero. Era lunes. Las protestas empezaron en las terminales de autobuses: los transportistas habían aumentado las tarifas más de lo que el gobierno había anunciado y los pasajeros (la mayoría estudiantes) se resistieron. Los choferes decían que sólo estaban haciendo su trabajo, pero nadie parecía escuchar.

A las seis de la mañana, estudiantes del Instituto Politécnico Luis Caballero Mejías tomaron todo Nuevo Circo y bloquearon la carretera. En la tarde ya había coches y camiones en llamas, bloqueando algunas de las avenidas principales de Caracas. Empezaron los saqueos: jóvenes y viejos, madres y padres, todos daban cristalazos para entrar a las tiendas —que estaban acaparando sus productos para cuando subieran los precios por la liberalización anunciada— y salir con algo. Algunos despistados no quisieron perder la oportunidad y se unieron al caos.

 

IV

Se vino la noche. Se bajaron los cerros e inundaron la ciudad —así como se llena un hoyo en la arena cuando sube la marea. Y había subido la marea. Empezó a bajar la gente, juntos en manada. Estábamos todos pero no estaba nadie, porque de eso se trataba: era la gente. La gente es el mar.

De la noche a la mañana, el precio de la gasolina se había duplicado. Subió el transporte, la ruta Caracas-Guarenas era impagable, subieron los alimentos, se devaluó la moneda. Había coches y camiones en llamas. En la pared se lee una consigna con grafiti: “El pueblo tiene hambre”. Hasta el carajito peor dotado se lanzaba con furia hacia el vacío lleno de las calles.

La ciudad estaba detenida —pero más viva que nunca. Las calles llenas, los comercios vaciándose, estudiantes y obreros gritando: parecía más una fiesta que una revolución (sino es que son dos caras de la misma cosa). Las personas se veían contentas mientras cantaban o tomaban del whisky que alguien había conseguido ese día. El barrio tenía colores que nunca había visto. La anarquía se había hecho ley —y todo estaba bien.

 

V

28 de febrero. Caracas había despertado inundado y en llamas, como un campo de batalla. Al principio, los policías no detenían a los que estaban saqueando, sólo procuraban que no se pelearan entre ellos. Nos convertimos en hormigas, cada quien con su carga, todos formados en fila por la acera. Grupos organizados (a veces vestidos de policías) empezaron a detener personas y a quitar lo que se estaban llevando. Unas horas después, Pérez anunció el toque de queda y la suspensión de garantías constitucionales. De 6 a 6, nadie podía estar afuera. Empezaron a llegar camiones del ejército, llenos de soldados armados y dispuestos a restaurar el orden, y los ánimos se alebrestaron.

Primero disparaban al aire. Cuando vieron que nadie iba a dar un paso atrás, bajaron la mira. No sé si apuntaban a las paredes o a nosotros, pero terminamos igual. Lo que comenzó como un movimiento de resistencia —o venganza, dirían algunos— terminó en varias olas de represión violenta. Pasaban las horas y los hospitales se estaban llenando. La ciudad lloraba. Unos empezaron a buscar a sus desaparecidos, otros a llorar a sus muertos. El hoyo se había desbordado.

 

VI

1 de marzo. Las paredes en el Barrio 23 de Enero están llenos de agujeros, todas baleadas. Los soldados dispararon contra los edificios porque decían que ahí arriba había francotiradores. Varios inocentes perdieron la vida en la inseguridad de sus casas. Policías y soldados entraban a las casas buscando todo lo que se había robado en los saqueos. Algunos dicen que, antes de salir, prendían fuego a las casas que dejaban.

Otra vez estaba Pérez en televisión: “Hoy tenemos que lamentar varias decenas de muertos.2 Esto es algo sumamente grave. Tenemos que lamentar más de dos centenas o tres centenas de heridos. Más de 300 negocios han sido saqueados. Desde luego que, para un gobierno dictatorial, a quien poco importara la vida humana, esos saqueos no se hubieran producido porque los fusiles del Estado lo hubieran impedido”.

VII

“Como soldados, nos sentíamos tan avergonzados, tan adoloridos, después de aquella tragedia”, continúa Chávez después de recordar esos días. Saca un periódico y enseña la primera plana a las cámaras. “Fíjense en lo que dice toda esta página. Cómo comienza diciendo: ‘Aunque el escenario actual es similar al del pasado’”, se detiene y sonríe. “¡Vaya qué intento de falsificación tan gigantesca de la historia!”.

 

VIII

El breve recuento del caracazo y la representación que elabora Chávez me sirven de pretexto para decir dos cosas. Primero, que el caracazo no fue una reacción automática a un alza de precios. Efectivamente, a la gente le enoja que suba el precio de las cosas, pero eso no explica las movilizaciones colectivas. La cosa es un poco más complicada, y tiene que ver con los cambios en las identidades partidistas, las percepciones de niveles de corrupción y subrepresentación política. Pero más que nada, se configuran de acuerdo a formas y prácticas políticas. El saqueo per se no es más que un crimen de oportunidad; es la elaboración simbólica de los saqueos lo que adquiere relevancia política.3 Si se piensa desde esta perspectiva, los saqueos adquieren un sentido político y se vuelve una forma de resistencia. Más que una conducta simplemente “oportunista”, se trata de mandar un mensaje.

Segundo, para decir que toda decisión económica tiene una dimensión moral —no en el sentido de que sean buenas o malas, sino en que están condicionadas por diferentes sistemas de valores compartidos en una sociedad. Es decir, hay ciertas reglas y expectativas sobre lo que debe hacer el Estado para regular los mercados, que cambian dependiendo del contexto. Cuando esos supuestos se rompen, la gente normalmente reacciona —a veces de manera violenta.4 Ninguna decisión es completamente técnica (aunque a muchos economistas les guste decir que sí), y no tomarlo en cuenta se puede traducir en un costo político para cualquier régimen.

 

IX

Sobre México: se han hecho algunas comparaciones entre la situación actual (entre gasolinazos, protestas y saqueos) y lo que ocurrió en Venezuela durante esos años. Es cierto que el entorno era muy distinto y una comparación histórica directa parece, por decir lo menos, bastante simplista. Pero hay algunos elementos que valdría la pena repensar desde esa perspectiva: los riesgos de un sector público dependiente del petróleo, los escándalos de corrupción frecuentes y el descontento con “la clase política” pueden tener consecuencias que, de no articularse por canales políticos y de conversación válidos, suelen escaparse de las manos. Algo se puede aprender de Venezuela.

 

Rodrigo Salido Moulinié


1 Manuel Alcántara, Sistemas políticos de América Latina, Madrid, Tecnos, 1999, p. 491.

2 Hasta la fecha no se sabe con exactitud la cantidad de muertos. Las cifras van desde 277 (conteo oficial) hasta mil  (Paula Vasquez Lezama, “El caracazo (1989) y la tragedia (1999): economía moral e instrumentalización política del saqueo en Venezuela”, Cuadernos Unimetanos, 30 (2012), p.8). Lo más probable es que la cifra se encuentre alrededor de 400 personas (COFAVIC, Comité de familiares y víctimas del 27 de febrero).

3 Cabe cuestionar también la capacidad explicativa de las variables económicas en los procesos políticos. Una crisis económica no es suficiente para provocar una crisis política. La crisis de la deuda latinoamericana tuvo consecuencias muy distintas en cada país, y sólo en Venezuela se tradujo en un colapso del sistema tradicional de partidos (en México y Argentina siguió gobernando el mismo partido). Véase Jana Morgan, Bankrupt Representation  and  Party  System  Collapse,  Pensilvania,  University Press, 2012, y Jason Seawright, Party-System Collapse: The Roots of Crisis in Peru and Venezuela, Stanford, University Press, 2012.

4 Estoy pensando obviamente en la escuela de la economía moral, inaugurada por E.P. Thompson, con su estudio sobre la resistencia frente a la liberalización de los mercados de granos en Inglaterra a finales del siglo XVIII. Véase E.P. Thompson, “The Moral Economy of the English Crowd in the Eighteenth Century”, Past & Present, 50 (1971), pp. 76-136.