Este es un artículo para recordar el nacimiento, hace 125 años, de Martin Niemöller, un pastor protestante alemán que empezó siendo votante del nazismo y terminó en diversos campos de concentración y condenado a muerte; se trataba de uno de los pocos alemanes que tuvieron el coraje de enfrentarse, a pecho descubierto, contra la barbarie de aquel régimen aspirante al milenio y que duró doce años, y al que casi de milagro pudo sobrevivir. Pero la efeméride es tan sólo la causa anecdótica del artículo. Su propósito más acuciante es devolver al César lo que es del César, y restituirle la autoría de un poema que en el mundo hispanoamericano sigue circulando como de Bertolt Brecht, y no es suyo sino de Martin Niemöller.

plagio

Es un poema datado en 1945 y que dice así, traducido por mí directamente del original:
“Cuando los nazis buscaron a los comunistas/ me callé/ porque yo no era comunista.//
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas/ me callé/ porque yo no era socialdemócrata.//
Cuando buscaron a los católicos/ no protesté/ porque yo no era católico.//
Cuando me buscaron a mí/ ya no había nadie/ que pudiera protestar”.

[Conste que esta es la versión “oficial” autorizada por la Fundación Martin Niemöller, ya que se sabe de otras que el patrón de la misma fue perfeccionando a lo largo de sus sermones en los días de la posguerra, y en las cuales, por ejemplo, no olvidó mencionar a los judíos].

Recuerdo la primera vez que lo vi, me eché a reír, y me preguntaron por qué tanta hilaridad después de leer un poema tan serio. “Porque no puede ser de Brecht”. Tan seguro lo afirmé que quisieron saber las razones de mi certeza. “No hay sino una: el primer verso. Brecht era un cínico de siete suelas, pero no hasta el punto de empezar un poema afirmando que se calló porque no era comunista”.

Lo cierto es que pensé que todo se reducía a un error, y ni siquiera sabía quién pudiera ser el autor de aquellos versos, pero con una regular insistencia me seguí encontrando el poema (eso sí, siempre en español) atribuido a Brecht. Comenté el tema con mi esposa, y ella creyó recordar haberlo leído alguna vez, en alemán, en los boletines de amnistía internacional. Le rogué que tratase de ubicarlo, se puso en campaña, y lo encontró. Era de Martin Niemöller.

Ahora bien: una vez establecida la autoría del poema, lo que se planteaba era averiguar cómo y por qué había sido atribuido a Brecht. Esa indagación me llevó mucho más tiempo, pero al final descubrí de qué manera se armó este malentendido.

En la temporada teatral 62/63, la Asociación de Mujeres Universitarias de Madrid puso en escena dos de las veinticuatro piezas de la obra Terror y miseria del Tercer Reich, de Brecht. Una de las dos piezas fue Aria, hermana mía, y el director, Julián Marcos, que evidentemente debía de conocer el poema de Niemöller, integró su traducción en la del texto de Brecht.

Pero con el tiempo, lo que no pasaba de ser un legítimo recurso intertextual, degeneró en una presunción tácita de autoría en favor de Brecht. La cosa no deja de tener cierta gracia si pensamos que Brecht ha sido uno de los piratas literarios más depredadores en los anales de la literatura, que entró a saco en la obra de clásicos y contemporáneos sin ningún escrúpulo y sin ningún remordimiento. Y el que a esta genial sanguijuela le hayan hecho el regalo de un poema que no robó él mismo, no deja de ser una simpática ironía de Clío, la diosa de la Historia.

La primera vez que mencioné en público este descubrimiento, hace casi diez años, en una columna que mantengo en el diario El Espectador, de Bogotá, me llegaron al foro de la misma opiniones como la que transcribo: “Don Ricardo, la sanguijuela es usted. La columna es una canallada y no dice nada nuevo además de dejar ver su perversidad, su ignorancia y su poca valía como ser humano”. En un tono menor, esta otra: “¿Ladrón? ¿Depredador? Sanguijuela? Se le nota el sesgo, Sr. Bada, ¿es político? Recuerde que al fin y al cabo como decía Borges: ‘El lenguaje no es sino un conjunto de citas’ y la literatura es lenguaje”. Y más sosegadamente alguna como esta: “La trasliteración suele ser un género prolífico. La Odisea es la obra más grande de trasliteración universal y es el principio de Occidente. Las mil y una noches, el Quijote mismo, Borges, y en Colombia Cien años de Soledad. Esta no es más que la trasliteración de las viejas historias y leyendas del Caribe, de escritores descomplicados que vertían en noches enteras los cuentos que luego firmó García Márquez. En la juglaría popular aún es mayor. Los casos en el vallenato abundan sobremanera. Lo mismo en la canción popular francesa y sus romances. Los libros y las obras no son de su autor. Sabiamente un trasliterato de la estatura de Borges lo afirmó con gallardía. [Y el comentario finalizaba de manera pirandelliana: ] Es un albur que sea yo quien haya escrito estas líneas y usted quien las lea”.

Entretanto pasaron casi diez años y casi había olvidado el tema y la indignación que despierta entre la izquierda y los brechtianos a ultranza, cuando por purísima casualidad, rastreando en internet a la busca de otros materiales, encontré una grabación del poema por la gran actriz argentina Cipe Lincovsky, en la versión más conocida en nuestro idioma:
“Primero se llevaron a los judíos,/ pero a mí no me importó porque yo no lo era.//
Luego, arrestaron a los comunistas,/ pero como yo no era comunista tampoco me importó.//
Más adelante, detuvieron a los obreros,/ pero como no era obrero, tampoco me importó.//
Luego detuvieron a los estudiantes./ pero como yo no era estudiante, tampoco me importó.//
Finalmente, detuvieron a los curas,/ pero como yo no era religioso, tampoco me importó.//
Ahora me llevan a mí, pero ya es tarde”.

Las dos cosas que más llaman la atención en este recitado son: a) la discriminación a la que se somete a los gitanos, los testigos de Jehová y los homosexuales, por el sencillo procedimiento del ninguneo (¡qué le hubiese costado a Brecht decir que tampoco pertenecía a ninguno de esos tres colectivos!); y b) la insistencia en afirmar que no era comunista. Esos dos versos tendrían que haber alertado a Cipe Lincovsky acerca de la superchería. Pero no, afirmó de lo más pancha que el tal poema lo compuso Brecht en 1933, recién llegado Hitler al poder, y que Niemöller lo debió citar más tarde como propio.

Malpensante que lo soy, y a mucha honra, pienso que a la ingenua Cipe quizá le hayan vendido el pescado podrido de la autoría de Brecht en los años que trabajó para el Berliner Ensemble, con la viuda de don Bertolt. Y es que su familia debe haber heredado el gen argentofílico [en el sentido de amante de la plata] del autor de La ópera de los tres peniques —otro de sus robos a mano armada—, y sentirse felices de recaudar royalties hasta por un poema que ni siquiera tuvo que “trasliterarle” a otro. Y la argentofilia de BB se halla harto más que probada.

En un libro publicado en Alemania en 1988 y titulado El genio y el dinero, se documenta la intensa relación de los literatos de este país con el vil metal, y entre ellos el ciudadano Bertolt Brecht cuenta como uno de los que más y mejor tajada le supieron sacar a cualquier clase de situación. Valga como botón de muestra que allá por 1922, cuando sólo contaba 23 años de edad, se hizo íntimo amigo de Arnolt Bronnen, un dramaturgo vienés de mucho renombre en aquellos tiempos. La amistad funcionaba casi como una razón social (Arnolt & Brecht, S.C.) cuando uno de los pontífices de la crítica de la época, Herbert Ihering, propuso el nombre de Bronnen para el sustancioso Premio Kleist. Sólo que Bronnen, fraternal, le pidió a Ihering que el Premio se repartiese entre él y Brecht. A su vez, y en base a la súplica de Bronnen, Ihering le pide a Brecht unos datos biográficos. A lo que nuestro hombre, ni corto ni perezoso, y como dirían en el Río de la Plata, le llora la milonga a Ihering en una carta que no tiene desperdicio, apelando sin ningún género de escrúpulos a la misericordia del jurado; una carta donde sólo falta la frase de que sus pobres hijos se mueren de hambre… tal vez porque Brecht aún no era padre entonces. Consecuencia: el Premio Kleist le fue concedido en solitario a Brecht, por un jurado de corazón tierno.

Véase, pues, cómo es que de un artículo escrito para recordar el nacimiento, hace 125 años, de Martin Niemöller, pudo derivarse otro subrepticio acerca del poderoso caballero Don Dinero.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

 

6 comentarios en “Martin Niemöller (14-1-1892)
Lo que el viejo Brecht se llevó

  1. ¡¡¡Felicitaciones!!! y mil gracias por aclarar las cosas y sacudir las telarañas…

  2. En primer lugar, muy agradecido quedo por conocer el origen real del manoseado poema y en segundo lugar por poner al señor Bertoldo en si idem.

  3. Hablar siempre con la verdad, es correr el riesgo de que te llamen mentiroso, y sin embargo por honestidad hay que correr el riesgo.