1.Veracruz. Enero, 1855. El poeta veracruzano Pepe Esteva me preguntó a qué venía a México. Le había dado ya la carta que me había escrito para él Bartolomé Muriel. —¿Y esto? —continuó él mostrándome desplegado un papel impreso que de su bolsillo sacó. Eché sobre él una rápida ojeada: contenía unas infames quintillas escritas contra los mexicanos y su presidente Santana, impresas en Cuba y firmadas con mi nombre. Quedéme estupefacto, comprendiendo mi desesperada posición; pero sin comprender aún la intención traidora del autor de aquel libelo que infamaba mi nombre, inutilizaba mi viaje y anonadaba mi porvenir. Esteva me contemplaba fijamente con ojo escudriñador, y yo le dije, por fin, lo único que se me ocurría. —Pero si yo hubiera escrito eso, ¿cabe en cabeza humana que fuera yo tan bestia que viniera aquí? —Esteva comprendió sin duda mi sinceridad, pero dijo, meneando la cabeza: —Pues es un mal negocio. Santana es tan orgulloso como quisquilloso de su nacionalidad el pueblo mexicano, y lo mejor que puede usted esperar es ser expulsado del territorio… —Pues subo a México, y ya sabrá usted lo que allí me sucede… ¿Quién había sido el autor de aquellas quintillas, y qué le había hecho yo para que me las hubiese atribuido? Pues ¿y quién sabe, señor?, cuando dicen los mexicanos cuando no quieren responder a una pregunta o resolver una cuestión. Pues, ¿y quién sabe?

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2. Llegamos a México tras cuatro días de viaje sin accidente; cuando mandaba Santana no había ladrones en el camino: todo ladrón cogido, era fusilado. Los enemigos de aquel presidente decían: “Cuando él manda, sólo él roba”: costumbre añeja de nuestra raza española; para todos los partidos contrarios el que manda, éste tiene todos los vicios, y todos los contrarios son unos pillos. En tiempos de mi padre, que fue sargento mayor de realistas, todos los liberales eran unos bribones; después fueron los carlistas unos bandidos; ahora todos los liberales están condenados al infierno por los neos, y hay quien sueña con el petróleo que ha de quemar a éstos en sus Seminarios, como a zorros a los que se ahoga en sus madrigueras. Afortunadamente, todo esto pasa rara vez de palabras en España, y nuestra raza española en México sigue en esto las tradiciones patrias. Mandaba, pues, en aquel delicioso país, cuando yo llegué a su capital, D. Antonio López de Santana, que se firmaba Santa Anna, no sé si con razón o sin ella. Tengo yo para mí que en su primera edad, antes de llegar a ser célebre y millonario, se llamaría Santana, como se firman todos los Santana de nuestra tierra; pero después debió parecerle vulgar apellido para un alto personaje, y cuando yo llegué se llamaba ya y se hacía llamar Su Alteza Serenísima D. A. L. De Santa Anna, y creo que no iba tan fuera de camino. Anna en hebreo tiene dos enes. Someto este procedimiento a la consideración de mi antiguo amigo D. Manuel Santana, propietario hoy de (el diario) La Correspondencia; si yo me hallara en su posición, comenzaría a hebraizar mi apellido, como aquel serenísimo presidente de la República Mexicana.

Fuente: José Zorrilla, Recuerdos del tiempo viejo, Editorial Porrúa, México, 1998.