De la muerte lo que más espanta es que la vida siga ahí, tan serena. Que se oiga el paso de los autos tras la ventana, que llueva, que en la televisión aparezca el mismo noticiero en el mismo horario, que el mar, allá, en todos los lugares de la tierra a los que se acerca, siga sonando, vaya y venga como si nada.

Porque de esta pena sabe y habla mejor que nadie es que queremos tanto a Arnoldo Kraus.

No me obsesiona la muerte, me obsesiona la vida. Dice al principio de su segundo relato, como si temiera confundirnos. He leído con pasión y compasión el libro Quizás en otro lugar.

Creo yo que a quien le obsesiona la vida no puede pasar de largo al ver la muerte. Arnoldo no pasa de largo.

Cada vez que lo leo, ahí está la sabiduría de su misericordia, la certeza de que acompaña al mundo todo en esta pena que no tiene más remedio que saber, cerca, a los demás. A los vivos y a la memoria de los muertos. A la belleza, las alegrías y la barbarie de la existencia.

01-lugar

Ilustración: Gonzalo Tassier

“Somos lo que dejamos en los otros”, parece que dicen, a cada tanto, sus personajes.

Todo lo que yo había leído de Arnoldo, que es mucho y ha sido siempre un cobijo, fueron sus ensayos, sus artículos, los textos de su blog, su diario afán de explicar y explicarnos. Pocos saben hacerlo mejor.

No hay en Quizás en otro lugar fe ciega, ni consuelos como el del cielo, como la certeza que abrigan tantos de que hemos de cruzar un puente para llegar a otra vida de la que saldremos resucitando, plenos de olvido, a un lugar en el que no existan ni el dolor ni la desesperanza. Pero tampoco su contraparte: el enamoramiento y la música. No hay fe en otras emociones que no sean las que nos toquen o nos ganemos mientras estamos vivos. Hay, en cada historia suya, la compañía de la razón y el apego a la vida; al tiempo que a la urgencia de vivirla bajo la ética del bien, la verdad y la belleza.

¿Por qué han de ser buenos quienes no esperan ni premio ni castigos en otra parte? Porque sí. Porque así ha de latirles a quienes sólo quieren de la vida la emoción estar con ella. A pesar del modo en que su contraparte nos lastima.

No somos ni mejores ni peores quienes pertenecemos al escaso grupo de humanos que han perdido las creencias religiosas en que crecieron. Pero en algo necesitamos creer para despertar con interés y curiosidad, con deseos y paz. Para indagar eso, para describir y hurgar en la índole impaciente de los humanos cada vez que se puede, está cerca Arnoldo, con sus palabras y su intensa, apasionada vocación de conocimiento.

Arnoldo el médico al que deslumbra la filosofía, el que tiene personajes que descreen del psicoanálisis y confían como nada en la conversación.

Quizás en otro lugar es un libro de relatos que salen y vuelven a esta obsesión. A este cavilar en qué nos mueve, qué nos alumbra, quiénes somos.

Yo soy médico, internista es mi especialidad. Los pacientes que buscan internistas desean ser escuchados. Eso hago, escuchar.

Esto dice uno de los personajes de Arnoldo. Uno que se parece, como otros, a este médico que se convierte en escritor de fábulas sin dejar de ser científico, de privilegiar su espíritu reflexivo.

Escribimos para contar, para contarnos, para mirar a los demás. La mayor parte de las veces los personajes de este libro son lo que hacen, por lo que piensan. Las anécdotas no importan tanto como quien se detiene a mirarlas. Quien las juzga. Quien decide.

Escribe en letras grandes el tío Jaime:

Crecer cuesta.

Cuesta tiempo y trabajo.

Cuesta vivir, cuesta morir.

El tío Jaime es un hombre bueno, demasiado bueno, al que según su hermano por eso le ha ido mal.

Muchas vueltas le da a su ir y venir antes de llegar a la sentencia: el destino no existe.

¿Quién afirma esto? ¿El escritor o el personaje? ¿Cuál de los tres personajes que es el escritor, no según yo, sino a confesión de parte? En la infancia, cuenta el Arnoldo del primer relato:

No tenía un doble, como sucede en la realidad, o en los libros de ficción, tenía la gracia de ser, en lugar de una persona, tres personas.

Esto dice de sí mismo quien empieza el libro hablando del nombre de su autor. Creo que eso le gustó hacer para sentirse más libre. Para que los lectores no creyéramos que él no estaría deambulando por todas las historias. Las suyas, las de sus pacientes, las de sus amigos.

Me gusta la vida, por eso leo sobre la muerte, le dije en una ocasión a mi socio cuando me interrogó acerca de mis lecturas y escritos.

Oigo a otro personaje:

Escribir y diferir comparten mañas y retos, dice este nuevo narrador. Alguien que cuenta a un solitario. Alguien, que mira: Nadie entendía por qué en el prodigioso cajón de su memoria no existía un espacio para el tiempo.

Otra ocupación de Arnoldo: el tiempo. ¿Qué hacemos con él y qué él con nosotros?

Cada vez olvido más cosas. Lagunas dicen mis amigos.

Lagunas es una variante de olvidos.

En la vejez los veredictos médicos suelen ser desagradables, por no decir demoledores.

Nunca he pertenecido a ese grupo donde la esperanza predomina a pesar de que las evidencias demuestran lo contrario.

Eso dice su personaje y, sin embargo, lleva un diario. Escribe, ¿Qué mejor forma de la esperanza?

Publicar es un compromiso. Decir “algo” útil, nuevo, bello, trascendental, no es fácil.

Así piensa este otro personaje, otro Arnoldo, que a pesar de lo que dice, escribe: Síndrome Soberbia, se llama el cuento con estas reflexiones.

Uno de las historias que más me gustaron es la que trata de una niña que le pregunta a su abuelo, “zeide” en hebreo, ¿qué lee? El abuelo le responde que un libro viejo y ella le pregunta por qué compra libros viejos.

Mientras la niña va y viene, el abuelo piensa en otra niña y su padre. Ellos andan por un cementerio y la niña pregunta: ¿por qué las tumbas viejas dan más tristeza que la recientes?

Los que han muerto hace poco están más cerca y justo por eso los amamos más, dice el abuelo.

Qué reflexión para ser leída por un zeide más interesado por la vida que por la muerte. Un zeide interrumpido por su nieta que quiere saber por qué está despegado el libro que él lee, por qué está marcado con papelitos, por qué el abuelo quiere leerlo al tiempo en que escribe, ¿para qué deja notas en el libro viejo?

Para que cuando seas grande te acuerdes de mí, dice el abuelo al que no obsesiona la muerte, pero sí el futuro de sus nietas, en el que no estará. Por eso escribe:

Frente a los muertos la vida se comprende mejor. Frente a ellos la muerte se incorpora a la vida. Frente a ellos la vida adquiere otros significados y otras obligaciones.

¿Cuáles obligaciones, Arnoldo?, le quiero preguntar.

Sigo, porque no lo tengo cerca y en unas páginas llego al relato de su relación con los perros.

Él tenía dos en la infancia. ¿Es él o su personaje quien dice?

Mi padre y mi madre discutían, en parte por el precio de los nuevos zapatos, en parte por mí y en gran parte por estar casados.

Este párrafo, del que podría desprenderse una novela, es el tercero de un relato a propósito de perros y humanos.

Conmovedor relato. Hay almas, seres y animales irrepetibles. Dice. ¿Y qué decirle? Cierto, los irrepetibles están ahí siempre, enseñándonos a ambicionar la eternidad. Y ni cómo ayudarnos a olvidar la sonrisa con que miran los perros.

Me gusta mucho el relato que sirve de pretexto a su ironía, su duda y al tiempo su rivalidad con el psicoanálisis. Y se defiende.

 A propósito del suicidio de su psicoanalista, el narrador se divierte con Woody Allen y afirma que no quiere hablar mal de los psicoanalistas que hacen el amor con sus pacientes. …cualquier herramienta para mejorar la salud es válida. A pesar de mi ateísmo tengo una única duda de orden moral: no sé si será válido hacer el amor en el diván.

Quiere evitar el enojo de quienes vindican a ultranza el psicoanálisis o sus sucedáneos. Pero al personaje lo tiene muy enojado que su doctor haya tenido la mal pensada idea de suicidarse dejando a medias la historia interminable de todos sus pacientes. Cómo es divertida esa historia. Y la del paciente hipocondríaco con doctor hipocondríaco.

Los hipocondríacos miran y se miran mucho. Esa mirada los hace diferentes, son perceptivos, buscan entender alma y cuerpo, saben del dolor y la vida, escuchan.

“Contar cura”, dice un letrero colgado en el consultorio del doctor Gumersindo. Otro gemelo de Arnoldo.

Sí —responde el doctor—. Permite tocar y tocarte.

Dicho así, los escritores somos o querríamos ser como los hipocondríacos. También los escritores miramos mucho, también buscamos entender la índole de los otros, saber del dolor y de la vida, escuchar.

Arnoldo Kraus es médico, científico, buen escucha, sabio, generoso. Y sin duda, sin duda, escritor. Los invito a leer Quizás en otro lugar. Sé que me lo han de agradecer.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

Un comentario en “Arnoldo Kraus: Quizás en otro lugar

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