Quiso reinventar el mundo pero no salió del espejo. Imaginó el pacto de la fraternidad, llamó a refundar la escuela, exigió la clausura de los teatros y el abandono del pentagrama. Soñó con la recuperación de la inocencia. Le cantó, como nadie, a la libertad. Cada empresa intelectual era, sin embargo, más que un proyecto, una confesión. No escribo libros, dijo, pinto autorretratos. Cada párrafo de Jean Jacques Rousseau, no importa si denuncia tiranos o maldice las artes, es una melodía que refleja su imagen o, más bien, su sufrimiento. El dolor era el salvoconducto de su escritura. El suplicio, fuente de su autoridad. La soledad del perseguido era, para él, origen de escritura auténtica. Fue un romántico intratable.

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Ilustración: Adrián Pérez

Rousseau envidió la gloria de los mártires. Por eso hizo arte de la queja, por eso fue un exhibicionista del sufrimiento. No temió mostrarse. Se deleitaba en las ofensas que había sufrido. Ostentó sus tormentos como el rico presume sus joyas. Luciendo sus heridas, caminó por el mundo creyéndose el primer hombre honesto en el planeta. Más que sumergirse en sus defectos, lloraba la incomprensión, la malevolencia de los otros. En alguna carta daba cuenta del refugio de su esperanza: ser juzgado por todo lo que había soportado. No creo que exista algo tan bello como sufrir por la verdad, llegó a decir. Sus Confesiones son el itinerario de sus desgracias. La primera, por supuesto: nacer. Existir fue para él, un pecado. La vida, una culpa. “Le costé la vida a mi madre; mi nacimiento fue la primera de mis desdichas”. Así se presentaba frente al confesor que lo leería.

El consuelo de Rousseau fue el sufrimiento. Los latigazos de la vida lo confortaban. Se convenció de que una perversidad celestial lo perseguía. Ése era su signo. En sus Ensoñaciones escribió: “Dios es justo; él quiere que yo sufra; y el sabe que yo soy inocente. He ahí el motivo de mi confianza; mi corazón y mi razón me gritan que no me engaña. Dejemos, pues, hacer a los hombres y al destino; aprendamos a sufrir sin murmurar”. Aprender a sufrir no era curtirse para sobrellevar el infortunio serenamente y en silencio, era pavonear el dolor. Hacer alarde de un destino maldito. El favorito de Dios goza del privilegio de sufrir. Ahí está, como bien advierte Jean Starobinski en su admirable estudio sobre el ginebrino, la materia prima de la literatura de Rousseau: el dolor. Si el bienestar es para él una sensación pasajera, las calamidades son perpetuas. Volver a sufrirlas, recrearlas en el recuerdo y en la página es un bálsamo que convierte el dolor en “voluptuosidad”. Eso pretende Rousseau: “convertir el dolor en voluptuosidad”.

El autor comparece como víctima. Rousseau se presenta una y otra vez ante el tribunal de sus contemporáneos, ante Dios y ante sí mismo como un atormentado. El sufrimiento parece ser su distinción. Al final de su vida, los jueces serán irrelevantes. Ya no buscará la absolución. Quizá en el dolor está el indulto. El doliente no necesita de nadie porque sólo confía en la “santa verdad de su corazón.” La humanidad se engaña, mi corazón es honesto. El republicano de Ginebra termina reduciendo el mundo a su herida. Pascal Bruckner vio ahí el origen de un sofisma perdurable: “si lo único que cuenta es la autenticidad, cada cual, en nombre de sí mismo, está habilitado para no someterse a las leyes comunes que le desposeerían de su fidelidad a sí mismo. ¡No me juzguen: tendrían que ser yo para comprenderme!”.

En el lamento constante de Rousseau hay una esperanza de comunicación que se ahoga lentamente. Tras buscar la comprensión, el paseante se recoge en el silencio. La palabra termina siendo meditación, ya no alegato. Lo único que los hombres serán incapaces de arrebatarme, se dice en sus Ensoñaciones, es la “dulzura de conversar con mi alma”. Ahí se separaba de Montaigne. Mientras el señor de la montaña conversaba con el desconocido, Rousseau renunciaba, al final de su vida, al diálogo. En sus últimos escritos no hay siquiera una carta a los dioses. Ya no hay confesión ni testimonio ante el jurado. El lamento recluye. La soledad se convierte en la recompensa definitiva. Frente a la infinita maldad de los hombres, el cobijo de las plantas. Frente a la vanidad de las ideas, la suavidad del sentir. Rousseau se propone renunciar al pensamiento mismo. De ahí el tono de sus Ensoñaciones: delirios, distracciones simples, sensaciones inatentas. Un hombre sin esperanza se dirige con la pluma hacia sí mismo. No busca ya la absolución de sus contemporáneos. Ya no le interesa ser comprendido. “Heme aquí, pues, solo en la tierra, sin más hermano, prójimo, amigo ni compañía que yo mismo”. El papel, un consuelo del espejo.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

Un comentario en “El encierro del lamento

  1. Tal como lo dice una parte de este interesante artículo, es “escritura auténtica”.
    La imagen que lo acompaña… excelente, afin.
    Muchas gracias, un placer leer a este autor, Jesú Silva-Herzog M.