El 13 de julio de 1991 los estudiantes del internado de San Kizito, en el condado Meru, en Kenia, organizaron una protesta contra las autoridades. Ruidosa, ambigua, volátil. Exigían que se les sirviera leche con el té de la merienda. También pedían que se cerrara el kiosco que se había abierto en la escuela para evitar que saliesen a las tiendas del pueblo. Y se quejaban de que se hubiera levantado una barda alrededor de los edificios. Así pasa a veces con las protestas. Por la mañana convocaron una huelga porque sus equipos deportivos habían quedado fuera de las competencias regionales, porque la escuela no había pagado la cuota correspondiente —quedó en nada.

Al anochecer alguien cortó la luz. Es posible que fuesen los estudiantes, también es posible que fuese el director. Según estaba previsto en el reglamento, al no haber luz todos tuvieron que retirarse a sus cuartos.

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Ilustración: Estelí Meza

A medianoche alguien comenzó a lanzar piedras contra el dormitorio de hombres desde el exterior de la escuela. No se supo quiénes ni con qué intención iniciaron la pedrea. Se dijo que habían sido los propios estudiantes, también se dijo que un grupo de comerciantes locales —que también estaban interesados en que se cerrase el kiosco. Los estudiantes salieron corriendo, armados de piedras, tubos, palos, y fueron directamente a asaltar el dormitorio de mujeres. El ataque duró casi tres horas, y fue una masacre. Al llegar, la policía encontró 19 niñas muertas, otras 70 heridas, violadas.

Circularon varias explicaciones. La más dramática atribuía el episodio a la “cultura de la violencia” de la sociedad keniana. Otras señalaban a los maestros, la corrupción, el desarreglo administrativo de la escuela. Otra muy atractiva apuntaba al atraso de la sociedad meru y sus prácticas tradicionales. En el juicio, al director le preguntaron sobre todo por los fantasmas que solían aparecer en los alrededores.

El juicio fue breve, condenas ligeras para cuarenta muchachos. Pero el incidente sigue siendo opaco (así pasa a veces). Y más, conforme se acumulan los detalles.

La sociedad meru no es particularmente proclive a la violencia. El orden tradicional depende del movimiento de los grupos de edad que se relevan más o menos cada quince años. Mediante un rito de paso los jóvenes se convierten en adultos, el grupo dominante, los adultos pasan a ser mayores, y sus mayores, ancianos. Los adultos son los guerreros, responsables de proteger a la comunidad. Pero no hay ninguna guerra en la que puedan probar sus aptitudes, de modo que se ejercitan en pequeñas incursiones para robar ganado, en pleitos con los vecinos, a veces los políticos los reclutan como golpeadores —igual que sucede en todas partes.

La escuela introduce un factor de tensión. Para la sociedad meru ya son adultos, son guerreros: tendrían que buscar esposa, casarse. Para el sistema educativo son todavía niños.

En la historia hay también otros sedimentos. Los tigania, que son mayoría en la zona, se dedicaban básicamente al cultivo del café, y estaban densamente integrados en la economía moderna de Kenia, eran partidarios del progreso. Los igembe, en cambio, otra de las familias del grupo meru, habían comenzado a hacer mucho dinero con el tráfico de khat hacia Etiopía y Somalia: es un mercado peligroso, ilegal en algunos tramos, pero muy lucrativo. La prosperidad había dado autonomía a los igembe, pero sobre todo hacía que la educación formal fuese para ellos cada vez más irrelevante. Las relaciones entre los dos grupos eran complicadas —entreveradas de juicios morales, recelos, resentimiento. El director de la escuela de San Kizito era igembe, también la mayoría de los que participaron en el ataque; la mayoría de las niñas violadas eran tigania.

Algo más. La educación había sido el recurso fundamental de legitimidad del sistema político de Kenia desde la independencia: en la educación estaba la promesa del desarrollo (con todas las ambigüedades que pintó Ngugi wa Thiong’o en Petals of blood). Pero en 1991 la economía llevaba años sumergida en una crisis devastadora. Los maestros, empobrecidos, obligados a buscarse la vida de cualquier modo, ya no inspiraban respeto, la educación tampoco ofrecía nada —era imposible mantener la disciplina en las escuelas, donde se concentraba toda la amargura por la falta de futuro.

Están también los detalles de la pequeña historia. Al parecer, el kiosco de la escuela era de una amante del director. Y entre las niñas algunas eran “esposas” de sus compañeros de clase, y abrieron la puerta del dormitorio para dejarlos entrar.

Otra reverberación. San Kizito fue un niño mártir de Uganda. La tradición dice que era una especie de recadero del malvado rey Mwanga, que lo mandó matar porque se rehusó a tener relaciones sexuales con él. Fue quemado vivo el 3 de junio de 1886. Debe haber hecho los milagros reglamentarios, porque fue canonizado por Paulo VI en 1964.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

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