Cuando se negoció el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) el referente ineludible era la Comunidad Europea (CE). Poco más de un lustro después de que el TLCAN entrara en vigor en 1994 se instauró el euro como moneda única en la CE. El proyecto europeo era fundamentalmente político. La desaparición de las fronteras no atañía solamente a los bienes y mercancías sino que involucró la movilidad de personas, la adopción de instituciones supranacionales y un ideario político compartido. Todo eso se veía francamente imposible para América del Norte. Desde un comienzo la integración entre México, Estados Unidos y Canadá fue concebida como una empresa mucho más modesta. El tratado no incluiría ni la unidad monetaria ni el libre tránsito de personas y los componentes políticos eran limitados. Sin embargo, el proyecto debe verse en contexto. Jamás antes tres países tan dispares en cultura, nivel de desarrollo e historia tendían un puente de esa naturaleza. Para México la integración con Estados Unidos representó nada menos que una apuesta civilizacional: dejar atrás el antiimperialismo histórico para confiar en un futuro común. En el centro de ese proyecto había una peculiar fe liberal. La misma que creó la Europa integrada a partir de los cincuenta y que muchos años antes había confiado en que el comercio y la integración económica transformarían radicalmente y para siempre las relaciones internacionales.

04-norteamerica

Ilustración Belén García Monroy

Si bien jamás se plantearon instituciones compartidas, más allá de los mecanismos trilaterales creados por el mismo tratado, los forjadores de la integración norteamericana compartían un optimismo en la irreversibilidad del proceso que estaban poniendo en marcha. Creyeron —y muchos creen aún— que las economías y las sociedades se imbricarían de tal manera que sería imposible desvincularlas. Así, sus arquitectos se concibieron a sí mismos como cautos Ulises que se ataban al mástil de sus barcos en previsión de futuras sirenas. Esa compenetración económica haría, a la larga, posibles cosas que a mediados de los noventa del siglo pasado eran impensables: una integración política más estrecha y la invención de una identidad continental. El arreglo económico haría que eventualmente fuera impensable no incluir en el proceso de integración al tema migratorio. El tiempo y la experiencia cotidiana de la cooperación modificarían paulatinamente las actitudes y nociones de estadunidenses, canadienses y mexicanos respecto a los otros miembros de esta desigual sociedad. Para los mexicanos la perspectiva de esa sociedad con los norteamericanos era monumental, porque negaba la compleja historia de desencuentros con Estados Unidos.

De la misma manera, el TLCAN fue también una apuesta por la ley. Sobre todo para los mexicanos, la sociedad con norteamericanos y canadienses implicó profundas modificaciones legales que hicieran a sus instituciones compatibles y aceptables para sus socios. Fue, de esta manera, una forma de caminar hacia el establecimiento del imperio de la ley, por lo menos en algunas áreas. Para los tres países el TLCAN fue un sueño de prosperidad compartida en un contexto de globalización. Habría costos para sectores específicos en los tres países, pero el resultado neto, se esperaba, sería una ganancia neta para todos.

México, ahora se ve, si no logró abolir la enemistad instintiva con los gringos, sí la moderó de manera muy notable. Las encuestas dan cuenta de ello. Cuando en 2001 los terroristas derribaron las Torres Gemelas en Nueva York una buena parte de la opinión pública mexicana —con la excepción de algunos sectores de la izquierda recalcitrante— se solidarizó con los norteamericanos. La indignación mexicana ante la imposición de visas por parte de Canadá tampoco puede comprenderse al margen de las expectativas producidas por el tratado. Hoy, cuando toda la empresa se tambalea y amenaza con caer, muy pocos de quienes en su momento criticaron ferozmente al TLCAN en México se mantienen en sus posiciones.

Como a los europeos que creían que la marcha hacia la unidad económica y política de Europa era irreversible, para los mexicanos la idea de que la integración norteamericana se revirtiese era impensable. Sin embargo, no hay necesidad histórica. Las bases que en Europa permitieron avanzar en la integración no eran, al final de cuentas, económicas, sino políticas. La política hizo posible la integración y la política puede deshacerla. La fe en el poder autónomo de la interdependencia económica es, empieza a verse, ingenua.

Pero estas décadas sí produjeron cambios. Jamás antes una elección estadunidense había sido vivida como propia por los mexicanos como en 2016. Era claro para los mexicanos que no presenciaban los acontecimientos como observadores externos. Era casi anómalo que no pudiéramos votar en una elección en la cual nuestro futuro estaba en juego. La apuesta mexicana al sueño norteamericano, que hizo obsoleto al nacionalismo revolucionario, nos deja en una inédita situación. Literalmente no podemos creerlo. Pero haríamos bien en hacerlo, porque estamos próximos a despertar.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.

 

4 comentarios en “Un sueño que era Norteamérica

  1. Americanos somo todos desde el ártico canadiense hasta la última región de Chile! Los gringos son Estadounidenses, no confundir con Norte Americanos.

  2. Creo que el autor ve solo la superficie ideológica del problema, es decir, el discurso emitido por el poder político. Hay que ver la cuestión fiscal. Como se sabe, la emigración de inversiones industriales de EU fue consecuencia de la presión fiscal sobre las empresas ahí. Hubo incluso una “revuelta fiscal” a fines de los setenta. El presidente Reagan propuso crear una sola zona económica “del Yukón a Yucatán” en la Cumbre Norte-Sur de Cancún en 1981. La oportunidad se presentó con la crisis de deuda externa de México en los ochenta. El arreglo consistió en el canje de bonos de deuda mexicana por bonos del Tesoro de EU (“Bonos Brady”) a cambio de la ampliación de la frontera maquiladora (primera fase) con el doble objetivo de reducir la carga fiscal para empresas de EU e inyectar divisas a México para que pagara su deuda. Fue un buen arreglo, acaso el único que se podía hacer en aquellas condiciones. Pero no podía ser para siempre. La salida fue fiscal y el cierre es fiscal también. Cuenta el hecho de que los políticos norteamericanos que impulsaron el arreglo eran políticos texanos vinculados a la industria petrolera. De ahí el nombre del tratado: Nafta. Nuestros vecinos tienen genio lingüístico.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>