América, te lo he dado todo y ahora no soy nada.
—Allen Ginsberg

La noche antes de la elección organizamos fiestas. En Brooklyn, en Berkeley, en Portland —los rincones liberales del país donde he pasado mi vida adulta— el humor era optimista. Era el 8 de noviembre de 2016, el cielo brillaba despejado y el futuro parecía prometedor. Las encuestas dejaban poco espacio para la duda: los Estados Unidos estaban a punto de elegir, por primera vez, a una mujer a la presidencia.

Cierto, la candidata dejaba mucho que desear: se trataba de la quintaesencia del centrismo norteamericano, una especie de Angela Merkel neoyorkina. Nosotros —yo y mis pares: los jóvenes liberales del noreste y la costa oeste— hubiéramos preferido al socialista gruñón de Vermont, o tal vez a una mujer afroamericana. A esas alturas, sin embargo, el consenso señalaba que la candidata era por lo menos competente. Además —y esto era lo más importante— su triunfo evitaría la catástrofe. Hillary Clinton podría ser gris, pero la alternativa era un charlatán psicopático y racista que presumía de haber cometido acosos sexuales con impunidad, hablaba como si la Constitución no existiera, y prometía una serie de políticas públicas difíciles de distinguir del fascismo.

Aterrador, sin duda, pero no había problema: Clinton iba a ganar. La victoria de Donald Trump era inimaginable y, por lo tanto, imposible. Así que nos reunimos en casas y en bares para ver las noticias como uno ve las Olimpiadas o el Super Bowl: con cervezas en mano y risa en el aire. Nos imaginábamos una noche larga y alegre, una borrachera divertida, que tal vez terminaría en alguna pista de baile. Los Estados Unidos, creíamos, se acercaban un poco más a la versión ideal de sí mismos: América, un lugar dedicado a la idea de que todos los seres tienen el derecho inalienable a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

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Ilustraciones: Jonathan Rosas

Y entonces las cosas empezaron a ir mal. Poco a poco los estados en el mapa de la televisión se fueron tiñendo del mismo rojo de la famosa gorra del aspirante a autócrata. Perdimos Ohio, Michigan, Florida, Iowa. Las predicciones matemáticas de los gurús de los datos, los mismos que nos habían prometido una victoria casi segura, se tornaron primero alarmantes y después desesperadas. Era como ver el video de una demolición en cámara lenta: las horas se alargaron, la agonía se extendió hasta pasada la medianoche. Y entonces, de pronto, Pennsylvania se declaró por Trump, y la derrota de Clinton se volvió una certeza matemática.

Un silencio escalofriante se extendió por los bares y las salas de las casas donde nos habíamos reunido. Por un momento nadie dijo nada. Entonces empezó el llanto. Era un llanto violento, de niños aterrados. Esta era una derrota política, pero también una herida personal. Muchos de mis amigos y conocidos comenzaron a hacerse preguntas ansiosas:

¿Qué pasa si se rompe el condón y este cabrón hace ilegal al aborto?

Después de que este hijo de puta instale algún racista en el Departamento de Justicia, ¿qué garantía tengo de que un policía blanco no vea mi piel oscura y me dispare sin pensar?

¿Qué le va a pasar a las decenas de miles de dólares que le debo al banco por la universidad?

¿Me voy a quedar sin seguro?

¿Me voy a tener que registrar con el FBI porque mis padres vinieron de Pakistán?

¿Voy a poder casarme con mi pareja?

¿Voy a poder seguir tomando las hormonas que necesito para mi transición?

¿Qué le va a pasar a mi permiso de trabajo?

¿Van a deportar a mi mamá?

La mañana del 9 de noviembre de 2016 una generación entera de norteamericanos despertó con una resaca espantosa y la terrible certeza de que los años de Obama habían sido justamente eso: años, una era entre las otras. Lo que creíamos era el comienzo de “un largo resbalar hacia la felicidad” resultó ser una nueva belle époque: la calma inocente e idiota antes de la catástrofe. A partir de ese momento tendríamos que aceptar que América no era un jardín, ni una “ciudad resplandeciente en la colina”, ni siquiera un Estado neoliberal lleno de fallas e injusticias que podía sin embargo garantizar ciertas libertades básicas. Esa mañana nos reveló que la esencia de Estados Unidos no era América, sino Amerika: el país que perpetró el genocidio de las naciones indígenas, la esclavitud de los afroamericanos, y las atrocidades de Vietnam y Guantánamo.

Por supuesto, muchos ya lo sabían: la historia ha hecho imposible que los verdaderamente marginados de Estados Unidos se crean por un momento el mito de América. Después de todo, Obama, el gran estadista liberal, había deportado a dos millones y encarcelado a otros tantos. Pero el hecho es que, después de vivir años en Nueva York disfrutando de los beneficios de una tez clara, resulta fácil olvidar que los Estados Unidos no son una nación excepcional, sino un país entre los otros, navegando a ciegas en el mar de la historia, yendo quién sabe a dónde. Esa noche todos, incluso los más privilegiados, nos acordamos.

 

Los esfuerzos de minimización empezaron casi de inmediato. Días después de la elección los grandes periódicos de Nueva York, tanto conservadores como liberales, comenzaron a publicar artículos sugiriendo que todo iba a estar bien, o que por lo menos no iba a estar tan mal. Después de todo, insistían los comentaristas, los Estados Unidos poseían una serie de sólidas instituciones que sin duda lograrían controlar los impulsos más desbocados del presidente. Además, Trump seguramente no creía las cosas que decía en la campaña: nadie en su sano juicio, por ejemplo, sería capaz de pensar seriamente que el gobierno de México iba a pagar por la construcción de un muro fronterizo.

Estos esfuerzos, sobra decirlo, rindieron frutos. Las protestas que marcaron los primeros días perdieron fuerza; los mercados se estabilizaron. En México las elites políticas y empresariales decidieron —por lo menos eso parece— que no hacía falta hacer nada. De un lado y otro de la frontera incontables personas inteligentes llegaron a la conclusión de que lo que acababa de pasar no podía ser tan terrible. Sencillamente no era posible.

Por eso es importante decirlo claramente: el triunfo de Trump marca el fin de una época histórica privilegiada. El orden mundial liberal-democrático que quedó establecido tras la caída de la Unión Soviética no existe más. No podemos asumir nada: ni la supervivencia del Tratado de Libre Comercio, ni la longevidad de la detenté entre Washington y Beijing, ni la frágil paz con Moscú y Teherán, ni el respeto a las libertades individuales garantizadas por la Constitución norteamericana. Todo es posible, desde el colapso de la economía más importante del mundo hasta la aparición de campos de concentración para musulmanes y mexicanos. Una guerra devastadora, también, es posible.

Frente a nosotros se extiende lo desconocido. Pretender lo contrario, a estas alturas, no es ceguera sino cobardía. A lo largo de más de un año los liberales e izquierdistas a ambos lados de la frontera —yo el primero de todos— nos negamos a aceptar la realidad. No va a lanzar su candidatura, dijimos. No va a ser nominado, dijimos. No va a ganar la elección, dijimos. No es posible, dijimos, una y otra vez, cerrando los ojos y tapándonos los oídos como niños haciendo berrinche. Pues bien, resultó que sí era posible. ¿Qué tiene que pasar para que despertemos, para que nos demos cuenta que la historia nos ha dado alcance, que las circunstancias nos han rebasado?

El problema parece ser que el liberalismo es incapaz de imaginar su propio fin, de distinguir sus propios límites. Decir que Trump no va a cumplir sus desastrosas promesas porque hacerlo iría contra los intereses de su país implica asumir que el presidente electo de Estados Unidos es un actor racional. Esta es la premisa central del liberalismo, tanto político como económico: que los individuos y los Estados buscan defender sus intereses. Si bien existen actores con impulsos irracionales, dice el refrán liberal, la mayoría racional los mantiene a raya. Las elecciones abiertas y el libre mercado, se supone, previenen catástrofe por sí solos, como un avión en piloto automático.

El siglo XX, sin embargo, demuestra que lo irracional —la frustración, la impaciencia, el odio— es una fuerza política tanto o más fuerte que lo racional. Los votantes que eligieron a Trump votaron contra sus intereses no porque quieran ser más pobres y menos libres, sino porque su odio contra los afroamericanos, los musulmanes, los homosexuales, los mexicanos y las mujeres es más fuerte que su instinto de autopreservación, o es tal vez una perversión de aquel instinto. Del mismo modo, Trump no le tomó la llamada a la presidenta de Taiwán porque cree que hacerlo va a mejorar las relaciones de Estados Unidos con el resto del mundo, sino porque su deseo de ser percibido como “duro con China” es más fuerte que su interés en preservar la paz mundial, o tal vez porque es un idiota ignorante. Construir el muro, desmantelar el TLC, deportar a 11 millones, acabar con el Obamacare, bajar los impuestos a los más ricos, bombardear a Irán, crear un registro de musulmanes; todas estas propuestas son malas ideas, el tipo de errores que el liberalismo democrático está diseñado para prevenir. Pero pensar que las instituciones liberales —la prensa, las cortes, el libre mercado— van a evitar estos desastres implica asumir que el sistema liberal sigue en pie, y eso sencillamente no es cierto. Un solo ejemplo entre muchos: los sitios web que publican propaganda falsa pro Trump —fake news, como les dicen en inglés— frecuentemente tienen más lectores que el New York Times y otros medios tradicionales. Esto significa de la tarea periodística —decir la verdad sobre la cosa pública— un gesto honorable pero ineficaz. Bajo las condiciones actuales la irracionalidad de las ocurrencias de Trump las hace más probables, no menos.

O, para decirlo de otra manera: el problema parece ser que el liberalismo es incapaz de recordar que la historia no ha terminado. Detrás del mantra de los liberales —“No es posible”— se esconde la idea de que la época de los Acontecimientos ha quedado atrás, que a estas alturas ya no sucede nada de importancia, que hay ciertas garantías —la libertad de prensa, por ejemplo— que podemos dar por sentadas. Esta idea existe en ambos lados de nuestra frontera. Las universidades y think tanks norteamericanos están llenos de fukuyamistas que ni siquiera saben que lo son. En nuestro país hasta los marxistas pecan de ceguera liberal: he leído a intelectuales brillantes proclamar, inexplicablemente, que los antagonismos ideológicos son cosa del pasado, que los desacuerdos políticos que van más allá de las peleas en las redes sociales murieron con el siglo XX. Esta ceguera nos costó cara: un fascista, la quintaesencia del antagonista ideológico, ganó la presidencia del país más poderoso del mundo armado con poco más que un peluquín y una cuenta de Twitter.

La lección que tenemos que extraer de todo esto es que seguimos siendo modernos. Los grandes dramas del siglo pasado —los nacionalismos étnicos, la lucha de clases, el imperialismo— continúan sin interrupción. Como evidencia basta citar la crónica que Maurice Merleau-Ponty escribió en 1945 sobre 1939 y preguntarse si no suena un tanto familiar: “No nos guiaban los hechos. Habíamos resuelto en secreto ignorar todos los elementos infelices y violentos de la historia, pues vivíamos en un país demasiado débil y demasiado feliz para darles cara. […] Vivíamos en una época de paz y libertad que había sido formada por circunstancias excepcionales. No entendíamos que estos privilegios eran algo que había que defender; creíamos que le pertenecían a la humanidad por derecho de nacimiento”.

La lección de los treinta, la lección que no podemos permitirnos olvidar, es que todo, incluso lo inconcebible —incluso Auschwitz— es posible.

Sí, todo es posible. Esta proposición incluye la posibilidad de que logremos evitar la catástrofe. Es posible, por ejemplo, que Trump tenga más en común con Berlusconi que con Mussolini, que sus instintos cleptocráticos sean más poderosos que sus impulsos totalitarios. Es posible, también, que las intrigas palaciegas de la incipiente Corte Trumpiana —que incluye tanto a un propagandista antisemita como a un nuero judío— resulten tan enmarañadas que la administración quede paralizada. Es posible que el Partido Demócrata renazca de sus cenizas como la institución socialdemócrata que siempre debió ser, y que enero de 2020 nos encuentre celebrando la elección de la presidenta Elizabeth Warren.

Sí, todo aquello también es posible. Pero en momentos de gran peligro no hay nada más peligroso que el optimismo. Tenemos que alistarnos para lo peor. Sólo así estaremos preparados para darle cara a la catástrofe, si es que llegara a venir. Los tiempos están cambiando: hoy en día hay quien se toma selfies haciendo el Sieg Heil en restaurantes elegantes de Washington D.C. Cuando alguien te dice que es nazi, créele, y funda un partido socialista y antirracista.

 

La mañana después de la elección desperté en Iowa City, una pequeña ciudad universitaria en un estado agrícola en el medio del medio oeste, a donde me mudé hace seis meses para hacer estudios de posgrado. Salí de mi departamento, con las manos en los bolsillos y el ánimo derruido, a buscar café y claridad. En la calle me topé con las multitudes de estudiantes de licenciatura que constituyen la mayor parte de la población del pueblo. La inmensa mayoría son los hijos de los granjeros postindustriales de Iowa; muchos otros vienen de los suburbios satélites de Chicago. Casi todos son blancos de clase media o trabajadora. En otras palabras: ellos y sus familias son los votantes de Trump.

Me dirigí hacia la cafetería y me senté frente a la ventana a verlos pasar. Eran altos y fornidos, rosados y rubicundos. Cornfed, dirían con desdén mis amigos en Brooklyn: criados a base de maíz. En ese momento no me parecieron criptonazis aterradores, sino adolescentes simples, alegres, incapaces de matar una mosca. La idea que muchos de ellos habían decidido votar por un hombre que dedicó la totalidad de su campaña a sembrar y cosechar odio contra la gente de mi país me resultaba difícil de comprender.

Y sin embargo el hecho era innegable: éstos eran los trumpistas. De pronto caí en cuenta de que dentro de algunos de estos estudiantes se esconde la semilla que, hace 70 años y al otro lado del mar, germinó en los Buenos Alemanes. Bajo las circunstancias correctas, estos plácidos chicos granjeros, amantes del futbol americano y de la cerveza barata, serían capaces de participar en actos grotescos de violencia, como casi todos los seres humanos. La potencialidad del mal estaba allí, escondida, esperando la oportunidad de manifestarse.

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Esa, por lo menos, ha sido mi experiencia en Estados Unidos. Este país se ha ganado mi admiración y cariño, pero en mis años aquí también he descubierto que América y Amerika son almas gemelas, que debajo de la ciudad resplandeciente corre un torrente de mierda y sangre. Buena parte de este descubrimiento tuvo lugar durante la época en la que trabajé como reportero. Todavía recuerdo el cadáver del niño dominicano al que asesinaron frente a la casa de su madre en el Bronx a las ocho de la mañana. O la escopeta con la que me amenazó un pariente del supremacista blanco que masacró a nueve afroamericanos en una iglesia en Carolina del Sur. O el olor del gas lacrimógeno en Baltimore.

Sí, bajo la superficie de este país se esconde una enorme violencia que espera la oportunidad de expresarse. Durante los años de Obama, los liberales —y aquí incluyo a buena parte de la izquierda norteamericana, que si bien dedica muchas de sus energías a criticar al liberalismo peca de muchos de sus errores— hicimos lo que pudimos para combatir a esta violencia. La estrategia, casi sin excepción, fue tratar de extender las garantías básicas del Estado a grupos marginalizados. Este esfuerzo se tradujo en una serie de causas: la brutalidad policiaca contra los afroamericanos, la expansión del acceso al aborto, los derechos transgénero, la legalización de la marihuana, la diversidad en las representaciones mediáticas, la reforma migratoria, etcétera. Estas, sin duda, eran tareas urgentes, y lo siguen siendo. No haberlas emprendido hubiera sido un fallo moral imperdonable para los más privilegiados y un acto suicida para los menos afortunados.

El problema, en retrospectiva, es que las estrategias liberales para avanzar estas causas suponían al liberalismo. Esto suena tautológico, pero no lo es. La lucha contra la brutalidad policiaca, por ejemplo, dependía de que las fiscalías norteamericanas se decidieran a llevar a juicio a cualquier policía que asesine a un afroamericano; Trump acaba de nombrar a Jeff Sessions, un senador ultraconservador con una larga historia de coqueteo con el Ku Klux Klan, como procurador general. Del mismo modo, los esfuerzos para extender el acceso al aborto suponían la legalidad del mismo; es casi una certeza que Trump va a llenar la Suprema Corte de Estados Unidos con justicias antifeministas que no descansarán hasta echar atrás Roe v. Wade. El triunfo de Trump no solamente ha empujado a los Estados Unidos hacia la derecha: ha alterado las reglas del juego. Los mecanismos que el liberalismo había empleado para contrarrestar la violencia latente de Amerika han quedado mermados, tal vez heridos de muerte.

 

De todo esto surge una pregunta para México y los mexicanos: ¿qué hacer? Entre las propuestas que he leído en la prensa internacional hay una que me preocupa. Hace no mucho Jorge Castañeda publicó una columna en el New York Times en la que sugiere que nuestro gobierno debería adoptar una actitud obstruccionista y negarse a cooperar con el gobierno de Trump. Hasta ahí el análisis es correcto: dado que la relación bilateral es asimétrica, México no tiene ninguna carta que jugar excepto la protesta, el plantón.

Cuando la columna se vuelve preocupante es el momento en el que Castañeda sugiere que nuestro país debería negarse a aceptar a cualquier deportado que el gobierno norteamericano no pueda acreditar como ciudadano mexicano. Muchos de los migrantes en Estados Unidos son indocumentados dos veces: carecen de visas norteamericanas, pero también de pasaportes mexicanos. México por lo tanto podría rehusarse a aceptarlos. Esto, sugiere Castañeda, obligaría a Trump a enfrentarse a una crisis de relaciones públicas: multitudes de hombres, mujeres y niños internados en centros de detención cerca de la frontera, sufriendo frente a las cámaras de televisión.

Es importante decirlo claramente: esta propuesta nos haría responsables de la creación de cientos de miles de apátridas —stateless people— en un Estado cuyo gobierno es abiertamente racista en su contra. De nuevo, basta con citar a Hannah Arendt reflexionando sobre los años treinta y preguntarse si no suena familiar: “[La violencia en los países con Estados débiles] fue seguida por migraciones de grupos que, a diferencia de sus predecesores, no eran bienvenidos en ningún lado y no podían ser asimilados en ninguna parte. Habiendo dejado sus países de origen, quedaron sin patria; habiendo dejado su Estado, quedaron sin la protección de su gobierno. Pronto fueron privados de sus derechos humanos y quedaron indefensos: los condenados de la tierra”.

Rehusarse a aceptar a mexicanos indocumentados implicaría quitarles la protección de su nacionalidad dejando intacta la identidad étnica que los hace objeto del odio de los trumpistas. ¿De verdad queremos abandonar a nuestros paisanos en las manos no sólo de Trump, sino de los herederos de Joe Arpaio? ¿Cuál, exactamente, es la diferencia entre estos centros de detención y un campo de concentración?

Castañeda admite que negarse a aceptar a deportados provocaría una crisis humanitaria, pero peca del error fatal de los liberales: falta de sentido histórico, incapacidad de darse cuenta de que todo es posible. Para garantizar la muerte de cientos de mexicanos en estos centros de detención —que por cierto ya existen: el Congreso republicano ha obligado a Obama a llenar un cierto número de celdas con migrantes indocumentados— no harían faltan cámaras de gas, ni siquiera una decisión consciente del gobierno de Trump. El olvido y el descuido serían más que suficientes: bastarían el sol de la frontera, la falta de atención médica, las condiciones insalubres. Pensar que los trumpistas cuidarían de nuestros connacionales detenidos implica asumir que son actores racionales que, si bien no quieren a los mexicanos, entienden que una crisis de esa magnitud le haría daño a sus intereses. Tenemos que recordar que muchos de ellos nos odian irracionalmente.

La pregunta, sin embargo, sigue ahí: ¿qué hacer? ¿Cómo protestar, cómo resistir desde el sur de la frontera? La respuesta, creo, yace en el opuesto dialéctico a la propuesta de Castañeda: México debería ofrecer pasaportes y libre pasaje no sólo a los deportados, sino a quienquiera que los necesite, independientemente de su nacionalidad. Si llegara a ocurrir la catástrofe —o incluso si no, pero las cosas se ponen difíciles— es posible que un segmento importante de la población estadunidense no pueda contar con la protección del Estado. Musulmanes, homosexuales, personas transgénero, afroamericanos, judíos, centroamericanos: todos ellos podrían verse seriamente victimizados, ya sea por el gobierno de Trump o por los más radicales entre sus seguidores: el envalentonado Ku Klux Klan, por ejemplo, o las milicias de voluntarios armados que patrullan la frontera a la caza de “ilegales”.

Anticipando esa posibilidad, la posición del gobierno de México debería de ser explícitamente antifascista. No sería la primera vez. Recordemos uno de nuestros mejores momentos: cuando el gobierno de Lázaro Cárdenas dio la bienvenida a multitudes de exiliados republicanos después de la guerra civil española. En una época neonacionalista, donde los refugiados de todo tipo son vistos como parias y subhumanos, nuestro país tiene la oportunidad de tomar partido por la dignidad humana.

Es cierto que ésta es una visión improbable, incluso soñadora. Pero es importante recordar que la falta de imaginación de los liberales funciona en los dos sentidos. Muchos somos incapaces de imaginar la catástrofe, pero también la utopía. Los tiempos están cambiando. Todo es posible, incluso la redención.

 

El próximo año voy a dar un curso de introducción a la interpretación de la literatura en la universidad. Antes de la elección pensaba dedicarlo al amor y la muerte —¿qué mejor manera de ganarse el interés de un montón de chicos de 18 años que hablando de pérdidas y enamoramientos, yuxtaponiendo a Safo con Beyoncé?— pero ahora creo que será mejor dedicar el curso a la literatura distópica y la ciencia ficción. Pienso asignar a George Orwell y a Octavia Butler: autores que cultivan la imaginación política, que invitan a expandir los límites de lo concebible, tanto en su vertiente utópica como en la catastrófica.

En la era de Trump mi papel va a consistir en hacer lo posible para que los chicos blancos de Iowa consideren el hecho de que las acciones de hombres como el presidente electo han tenido consecuencias terribles a lo largo de la historia. Que consideren la posibilidad de que, tal vez, su destino está atado al de los propietarios del restaurante mexicano que tanto frecuentan. Que se pregunten, seriamente, si no es posible que su futuro dependa de sus compañeros musulmanes.

Mi tarea como profesor, por supuesto, no será más que una parte diminuta de lo que espero sea un esfuerzo enorme para rescatar a América de Amerika. Una parte importante de esta lucha tendrá que ser trabajo electoral del tipo menos glamoroso y más aburrido. Trump ganó la presidencia tras haber perdido la elección popular por más de dos millones de votos; encima de esto, el candidato republicano recibió más o menos la misma cantidad de votos que Mitt Romney, mientras Clinton recibió cinco millones menos que Obama. Lo cerrado de la elección hace al fracaso del Partido Demócrata tanto más vergonzoso: detener a Trump debería haber sido fácil, todo se redujo a un manojo de votos en tres o cuatro estados clave. Por otro lado, esto revela lo frágil que era la situación: el orden mundial estaba en manos de 10 mil personas en los suburbios de Filadelfia.

La clave de la reinvención electoral de los demócratas, creo yo, estará en moverse varios pasos hacia la izquierda. El Partido de Clinton tendrá que convertirse en el Partido de Warren y ofrecerle a los blancos del medio oeste lo que un colega de la universidad, el ensayista californiano Emmett Rensin, llama “un enorme soborno socializado”. Puede que sea imposible convencer a los blancos del medio oeste y del sur que defender la dignidad humana de mexicanos y musulmanes es un deber moral, pero tal vez sea posible convencerlos de que voten por un partido comprometido con proteger a las minorías si éste les ofrece redistribuir parte de la riqueza de las elites de las costas hacia las regiones empobrecidas del interior.

Sí, gran parte del trabajo que queda por hacer es electoral, trabajo de campo. Pero otra parte del esfuerzo implicará reinventar —mejor dicho: trascender— al liberalismo. La victoria de la derecha en Estados Unidos e Inglaterra, así como el fortalecimiento del neofascismo en Francia, Austria y Grecia, nos presenta con un dilema que no tiene nada de novedoso, pero que lo parece porque nuestra generación no había tenido que enfrentar algo parecido: ¿Cómo proteger la dignidad de las minorías cuando las mayorías deciden democráticamente quitarles esa misma dignidad? No soy capaz de responder a esa pregunta. Pero, a veces, cuando los Estados Unidos se me aparecen más como América que como Amerika creo poder entrever el inicio de una respuesta. Lo que necesitamos es renovar al universalismo, darle nueva vida a la idea de que todos los hombres y mujeres merecen un lugar inalienable en la humanidad.

Que quede claro: no estoy proponiendo que ignoremos las diferencias que siglos de violencia han creado entre hombres y mujeres, entre blancos y gente de color, entre ricos y pobres. La “política de identidad” es más necesaria que nunca. El reto, justamente, consiste en reconciliar la idea de que todos los seres humanos merecen una dignidad absoluta con el hecho de que la gran mayoría nunca la ha tenido, y con el hecho de que la idea misma de la dignidad universal ha sido usada una y otra vez para justificar atrocidades. Además del socialismo del Partido de Warren, lo que yo quisiera ver es un nuevo humanismo: una retórica que logre convencer a los hombres que el feminismo es esencial, a los blancos de que el antirracismo es esencial, a los americanos que el cosmopolitismo es esencial. Lo que yo quisiera ver, lo que espero que logremos encontrar, es una nueva solidaridad. De otro modo, estamos perdidos.

 

Nicolás Medina Mora
Reportero y ensayista. Es miembro del Programa de No-Ficción de la Universidad de Iowa.

 

3 comentarios en “La democracia en Amerika

  1. Valiente documento y esperanzador. Invita a la acción y a pensar que siempre hay algo que puedo y DEBO hacer. Gracias por escribir… digno Medina-Mora!

  2. Gracias Nicolas por despertarnos y mostrar la triste realidad de nuestra naturaleza humana, poco solidaria y que no quiere actuar para no perder un “status quo”. Que tengas éxito en tu cocientizacion. Un fuerte abrazo.

  3. Gracias por tus palabras. Tal vez estamos viendo por fin el rostro del siglo XXI aunque parezca que nos aferramos al siglo XX con uñas y dientes.

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