Las novelas mexicanas dispuestas a imaginar o a consignar las muchas caras que adopta el narcotráfico han prosperado desde que Felipe Calderón tocó los tambores de guerra en 2006. La violencia, el olor a sangre, las complicidades entre el crimen a gran escala y el poder político son materiales con los que puede montarse cualquier argumento. Para qué la invención cuando la realidad provee con suficiencia. De modo que el narcotráfico ha ocupado la novela con la misma ambición con la que se ha instalado en todos los estratos de la sociedad mexicana. Se diría que es un asunto ineludible para los narradores que se sienten atraídos por la historia inmediata.

Un malentendido se impone cada vez que hablamos de la novela dedicada al narcotráfico: que es un producto reciente, un fenómeno con casi veinte años de vida. Se ha multiplicado en las dos últimas décadas pero su nacimiento podría fecharse al menos en la década de 1960. Ya es una obligación referirse a Diario de un narcotraficante, publicado en Sinaloa en 1967, del escurridizo Pablo Serrano, como uno de los antecedentes más remotos y, por qué no, como una obra que alienta la más desbocada imaginería pues sólo es conocida por un puñado de especialistas mucho más interesados en las claves sociológicas de la novela del narco que en sus virtudes y defectos literarios.

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Ilustración: Ricardo Figueroa

Hay, pues, un interés anterior a la epidemia actual. Mencionemos tan sólo Contrabando —ganadora del Premio Juan Rulfo en 1991 pero apenas publicada en 2008—, Tierra Blanca (1996) de Leónidas Alfaro Bedolla, un escritor sinaloense a quien también debemos La maldición de Malverde, y La vida de un muerto (1998), de Óscar de la Borbolla, uno de los escasos intentos por contar el ascenso del narcotráfico en tono fársico.

Podemos atribuirle la prosperidad del género al escritor nacido en Culiacán Élmer Mendoza. Ya en 1992 había aparecido Cada respiro que tomas (DIFOCUR), una serie de cuentos que sorprenden por la irrupción de un habla que se nutre de los corridos, las viejas consejas y los códigos populares de quienes aprenden a nombrar lo innombrable: el trasiego de marihuana y amapola por las rutas inaccesibles de la sierra. Los batos locos que protagonizan cada historia son una suerte de prototipos de aquellos que salen a la luz en Balas de plata (2008), la novela donde irrumpe el Zurdo Mendieta, encarnación del policía que se mueve con igual prestancia en el mundo de la ley que en el del crimen organizado. Tanto La prueba del ácido (2010) como Besar al detective (2016), pasando por Nombre de perro (2012), construyen escenarios donde resulta inútil distinguir la naturaleza de los actos humanos. Los sicarios son capaces de sacrificarse en aras del sentimiento más noble, los representantes de la ley pueden avergonzar a un alma piadosa. No hay, se supondría, diferencias morales entre unos y otros, salvo el rumbo de sus propósitos. El Zurdo Mendieta ilustra con creces esta rotunda ambigüedad. Si en sus primeras andanzas coqueteaba con el Cártel del Pacífico, en su última intervención ya actúa bajo su protección: juega al gato y al ratón con el FBI, hace escarnio de los oficiales del ejército mexicano y hasta flirtea con la capisa de cuya voluntad dependen la vida o la muerte de sus cómplices o enemigos, Samantha Valdés, cuya casa y módulo de operaciones ha tomado el sitio de la política.

César López Cuadras, también nacido en Culiacán, avanza por igual dirección. En 2013 apareció su novela póstuma Cuatro muertos por capítulo. Desencantado de las versiones al estilo de los corridos que identifican a los grandes narcotraficantes con criaturas dotadas de poderes casi sobrenaturales, entrega una historia por donde se mueven los destinos de una familia dedicada al negocio que apenas sobresale de los pequeños o medianos agricultores. Tal normalidad contrasta con la existencia de verdaderos centros de poder económico. López Cuadras rehúye así la consabida interpretación —difundida por la prensa escrita y electrónica— que ve en el narcotráfico a una empresa multinacional a la que ningún gobierno puede sofocar. ¿Una lectura antioficial? Sin duda, como su novela Cástulo Bojórquez (2001), la biografía imaginaria de un narcotraficante en quien concurren la lealtad, el amor filial y la tentación de la violencia. Es a un tiempo verdugo y víctima y se resiste a quedar congelado en la figura del matón y trepador serrano.

Es posible afirmar que las miradas de Élmer Mendoza y César López Cuadras contravienen las imágenes construidas por el periodismo. Se niegan a ofrecer una visión en blanco y negro, hecha sólo de la confrontación entre grupos criminales y el Estado, y no tanto de individuos que aun pueden alcanzar cumbres trágicas.

Que el periodismo —es decir, el registro de lo inmediato que se enfría al día siguiente y una cierto propensión al dictamen activista— ha impuesto su personalidad en muchas de las novelas sobre el narcotráfico es patente en Las paredes desnudas (2013) de Imanol Caneyada. El narcotráfico juega ahí un papel invisible. Nunca se hace presente pero gobierna una trama que se erige sobre la desaparición de una joven a manos de una banda dedicada al tráfico sexual. Basta la dedicatoria para hacerse una idea de su intención primera: “En memoria de Marisela Escobedo, asesinada frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua, después de dos años de exigir justicia y luchar por el esclarecimiento del homicidio de su hija”. Creemos encontrarnos en Ciudad Juárez, con su estela de prostíbulos y travestis que saben combinar la administración de falsos salones de masajes, hoteles y bares con la venta de drogas. Los personajes, sin embargo, son caricaturas de sus presuntos modelos reales. El diputado es una enciclopedia de imposturas y amaneramientos, el travesti se deja acompañar por un joven musculoso, la policía recibe dinero mientras finge proteger las calles, la prensa es empleada de las fuentes oficiales. Nada en lo que la opinión común no crea de antemano. De esta manera, en vez de espesor psicológico tenemos ideas preconcebidas, siempre ajustadas a la desconfianza ante toda acción de gobierno: la impartición de justicia es un montaje en beneficio del politicastro ambicioso. La sabiduría de la novela que tanto maravilla a Milan Kundera se reduce a un activismo político en pie de guerra, inevitablemente bienintencionado.

De la misma estirpe provienen Sicario (2007) de Homero Aridjis; Trabajos del reino (2004) de Yuri Herrera, a pesar de su apuesta por rendir homenaje a la fábula como espejo del saber popular; y Tiempo de alacranes (2005) de Bernardo Fernández. Pero muy pocos son tan ingenuos como Asdrúbal (2016) de Héctor Fabricio. El narcotráfico guarda tantas historias fabulosas —o eso nos gusta creer— que inspira a escritores primerizos deseosos de alzar una voz crítica en mitad de la arena pública. La vulgaridad de esos argumentos en los que jóvenes miserables se sienten atraídos por el prestigio efímero de una camioneta con vidrios polarizados y un arma automática, junto a la puesta en escena de una rivalidad entre dos grupos encargados del trasiego de droga por pueblos en desahucio y caminos polvorientos, se antoja una fórmula demasiado familiar como para retar a la imaginación.

El periodismo ha sido un rico surtidor de buscadores de justicia cargados de buenos deseos aunque se hagan pasar por tipos rudos. Vientos de Santa Ana (2016) de Daniel Salinas Basave cae en la extendida tentación de introducir una voz harta de los abusos del poder para hacer la apología sobre el trabajo del reportero y las decenas de colegas asesinados por los políticos metidos hasta el cuello en el negocio del narcotráfico. Ya que hay una indigna anomalía en el mundo —presumiblemente Tijuana—, el protagonista se siente llamado a sacar la verdad a la luz a pesar del riesgo y la amenaza. Se trata de un borrachín con media vida laboral consumida por la mediocridad… hasta que una enorme oportunidad para saltar a la primera plana, y de paso imponer justicia, llama a su puerta. Entre denuncias de las prácticas más reprochables del periodismo y la pintura extensa del imperio de la corrupción, Vientos de Santa Ana llama a la indignación pero se olvida de servir a la literatura. No crea; reproduce el ruido exterior.

Reportero es también Luis Kuriaki, a quien César Silva Márquez arroja a las calles sombrías de Ciudad Juárez, donde la muerte toma la forma de atavismos rituales y el recelo campea a su gusto. No estamos aquí frente a una novela que pretende conocer las entrañas de esa bestia que es el narcotráfico sino descifrar las secuelas que impone el narcotráfico una vez que secuestra a una ciudad entera. La balada de los arcos dorados (2014) consigue superar la mera indignación gracias al protagonismo de una escritura gélidamente precisa, con la dosis justa de horror y truculencia. En su caso, la pesada realidad no es una condena; es una oportunidad para arriesgar respuestas literarias.

Por esos terrenos, los de las preguntas y las respuestas exclusivamente literarias, se mueve Eros díler (2012), la primera novela de Nazul Aramayo que, como Silva Márquez, no quiere entender la conducta del narcotráfico sino ocuparse de una de sus fronteras, esa zona donde cualquier droga está al alcance de la mano a condición de que nada importe. Aramayo tiene sensibilidad musical y por eso es capaz de escribir: “Bebí, garabateé versos, insectos rodearon el foco que colgaba del techo, seguí bebiendo. Sentí burbujas estallando en mi cabeza, hora del pase, caspa del diablo, mis manos temblaron, la hoja en blanco bailó como rellena de letras, me levanté de golpe”.

 

Ciudad Juárez, Torreón, Durango, Culiacán: la novela del narcotráfico apunta hacia el norte. No mira, hasta el momento, a la Ciudad de México. Pero puede mirar hacia Guerrero. Ladydi (2014) de Jennifer Clement basa su efectividad en un lenguaje que no cede frente a los imperativos de la realidad. Mientras Chilpancingo y sus alrededores se vuelven una sucursal del infierno en la Tierra, mientras las madres ocultan la belleza de sus hijas para que no sean raptadas por los narcotraficantes —nunca visibles pero siempre al acecho como los alacranes—, Clement narra el miedo con una sensibilidad que proviene de la poesía. Presenciamos el cuerpo mancillado de una víctima que ha tenido la suerte de huir de sus captores y leemos: “Podía ver las estrellas de quemadura de cigarro que formaban Orión y Tauro. Hasta sus pies estaban cubiertos de quemaduras redondas. Paula había atravesado la Vía Láctea caminando y cada estrella le había quemado el cuerpo”. Lejos estamos de la ambigüedad moral de los personajes de Élmer Mendoza y aún más de las consignas de Imanol Caneyada. Si las niñas hermosas de Guerrero parecen condenadas a servir de esclavas sexuales de pistoleros al servicio de los dueños de los campos de amapola, si el horror supera las pesadillas concebidas por el cine y la televisión, es posible rebelarse mediante las palabras provenientes de un mundo inmaculado.

Una estrategia de igual talante descubrimos en El país de las mandrágoras (2015) de Ethel Krauze, que hunde sus raíces en el Morelos donde los cuerpos que aparecen colgados de un puente conducen a las complicidades entre la policía y el narcotráfico. Puede leerse como un responso que elude la banalidad sociológica para interpretar el dolor en clave lírica. Los hechos —decididamente cruentos, como la tortura o el desmembramiento— adoptan la forma de las metáforas: son poderosos, y telúricos, no por lo que hacen evidente sino porque se presentan con una dimensión extraordinaria, porque se transforman en arte moral.

La gravedad sin peso de Ladydi y El país de las mandrágoras encuentra su antagonista en Perra brava (2010), una primera novela en la cual las palabras tienen el poderío de la venganza. Orfa Alarcón ha imaginado una ciudad de Monterrey donde el hip hop y el reguetón marcan el ritmo trepidante y cocainómano de las acciones. No hay en sus páginas mujeres esclavizadas por narcotraficantes, hijas de la miseria y la ignorancia, sino estudiantes universitarias encandiladas por el brillo del dinero. La protagonista es una de ellas y apenas tiene voluntad para elegir lo que no signifique sumisión. Pero tan natural como el amor por un sicario de bajos vuelos es el cambio que sufre. Atrás queda la fatalidad para dar paso a la rabia: “Yo, tan propia, educada a la súper retro por mi tía Marina para casarme virgen y tener hijitos, había tenido que aprender a hablar como los Cabrones para hacerme respetar. Yo, tan chiquita y tan menuda, tenía que alardear y gritar para no convertirme en la mascota de todos”, dice antes de la conversión definitiva. Perra brava es más que una novela sobre el narcotráfico; una vez que entendemos el propósito de mostrar a un grupo de personajes que mudan de objetivo y apariencia, no queda más que calificarla como una novela de personalidades y mundos divergentes.

Dos novelas completan este rápido acercamiento: Lo que mata no es la bala (2016) de Alberto Mansur y La caída de Cobra (2016) de José Miguel Tomasena.

La primera contradice una de las máximas que señalan el rumbo de la mayoría de las novelas dedicadas al narcotráfico: plantea historias y personajes que se obstinen en permanecer iguales a sí mismos desde el inicio hasta el final. Mansur, es cierto, emplea ingredientes demasiado socorridos: un reportero de dudosa entereza, un narcotraficante bendecido por la Santa Muerte, un político entrenado en la traición, una belleza morena que confía en sus caderas y en su ambición. Pero lo que en muchos es copia dócil de los expedientes policiacos, en Mansur es temple narrativo para minar las convenciones. Todo en Lo que mata no es la bala resulta mudable. Los personajes están enteros en un principio y a medida que avanza la trama emprenden el camino hacia los actos más abominables. Son juguetes de los hechos y los hechos respetan las leyes dictadas por la política convertida en la faceta conciliadora del narcotráfico.

La segunda no se instala en la línea de fuego, donde policías, militares y criminales cobran sus cuotas de sangre, sino en un indeseado después: la cárcel y sus códigos que reproducen los mismos que hacen posible la existencia en las calles de verdugos que matan por unos cuantos pesos. El narrador creado por Tomasena no acusa ni siente piedad. Sólo ve y registra con una economía de palabras que corresponde al propósito de guardar distancia. Cobra no es otro que un cobrador satisfecho de su trabajo: escarmentar a quienes rompen las normas impuestas por el grupo de narcotraficantes que gobiernan el penal de Boca Chica, una réplica de aquellos a los que únicamente ingresan violadores, pederastas, secuestradores, desechos. Pero cae en desgracia. Debe entonces recobrar la confianza de sus patrones y, sobre todo, guardarse las espaldas de todos a los que humilló y sacudió a golpes. La caída de Cobra es una de las mejores noticias dadas por el combate al narcotráfico. Rinde homenaje a la buena literatura al dar vida a un ser que con hondura sabe encarnar la orfandad que parece multiplicarse entre nosotros.

La novela sobre el narcotráfico puede servir para volver a preguntarnos qué tanto depende la literatura de la realidad inmediata y, sobre todo, para establecer los vínculos entre el deseo de contar historias y la fascinación por la violencia. Decía Italo Calvino que al momento en el que un objeto aparece en una narración, se vuelve siempre un objeto mágico, “un nudo en una red de relaciones invisibles”. ¿Será que el narcotráfico interpretado por la novela goza ya, como en la realidad, de una carga especial?

 

Roberto Pliego
Escritor y editor. Autor de 101 preguntas para ser culto.

 

Un comentario en “Las novelas que el narco ha dejado

  1. Una visión panorámica y muy rápida, casi diríamos superficial, de las novelas con el fenómeno del narcotráfico como tema central. Podríamos estar más bien ante una emergencia de la realidad inmediata que alcanza la literatura, lo cual, por cierto, es legítimos en términos estéticos. En el universo infinito de la literatura caben todos los mundos, desde luego los que ya existen y los que esperan a ser inventados; de manera que el problema no es tanto el tema que cada autor escoge para contarnos una historia, aunque importa también, claro está, sino el modo como lo hace, esto es, el tratamiento estético que le da a su trabajo.

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