Cuán tedioso resulta llevar a cabo un proyecto, cualquiera que éste sea. Concebirlo es más que suficiente, y ya de por sí el acto de la concepción resulta agotador: ¿para qué ir más allá si tantos proyectos pueden ser resueltos en la mente? No sólo los proyectos, sino sus consecuencias, su celebridad o su desgracia, su función y su derrumbe. He ahí un dolor poco tomado en cuenta: el dolor de anticiparse a lo que será creado y, por lo tanto, aniquilar así la sorpresa y satisfacción que ofrece el proyecto consumado, el hecho, la cosa concreta. ¿Cómo se puede vivir con cierto decoro espiritual si uno consume dicha satisfacción sin ni siquiera haber puesto manos a la obra? Una desazón de tal naturaleza anula la posibilidad de encarnar en el desdichado y ciego Sísifo, pues no se ha comenzado a empujar la piedra hacia la montaña cuando ya uno está imaginando su caída. ¿Se trata acaso de una malformación neuronal, de una subjetividad disparatada o de un comportamiento impredecible y demasiado fuera de lugar para el rigor científico? No lo creo, la conciencia puede bosquejarse como una autoapreciación personal del cambio y, como lo ha planteado ampliamente Stuart Hameroff, doctor en medicina, las reacciones impredecibles han representado una enorme ventaja evolutiva en el devenir de la conciencia.

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Ilustración: Kathia Recio

Para prevenir el acoso de las reacciones impredecibles y evitar dañar a los demás suele ser bueno fingir. Aprender a fingir no significa necesariamente devenir hipócrita, ni tampoco convertirse en un ser estoico, prudente y observador. Se trata de desempeñar un papel para garantizar la supervivencia y de un querer estar sin conocer las razones de ello ni comprender el ciego impulso de continuar viviendo. Ese escritor notable que fue Mark Twain, escribió un relato al cual dio por título Rogers y cuyo personaje podría formar parte de la familia de los Bartleby o de los Akakiyevich. Es en realidad un relato breve en el que un hombre finge vestir un traje elegantísimo cuando a ojos de otros anda desarrapado; lo mismo finge contar con el auxilio de varios sirvientes, cuando vive solo y sin ayuda de ningún criado; y cree también tener a la mano las mejores viandas y vinos mientras que la realidad nos muestra que apenas si puede subsistir. Asimismo presume de sus amistades importantes e incluso llega a visitarlas causando en ellas asombro o simpatía ya que es tal su convicción a la hora de mentir que el hilo frívolo que une lo real con lo no real se rompe aquí o demuestra su inutilidad. Cito este relato para acentuar el hecho de que Rogers probablemente ignoraba su locura y tal pareciera que cuando fingía no sabía que lo estaba haciendo. Se había acostumbrado a tal acción que seguramente la disfrutaba y era, como escribe Twain, realmente honesto en sus asuntos.

Yo he aprendido a fingir, no empujado por la cortesanía, ni siquiera a causa del pudor o la vergüenza de existir, sino porque sólo así puede uno mantener relaciones pacíficas con los demás. Escucho las historias de mis amigos jóvenes o viejos y procuro poner atención, pero en realidad estoy concentrado en mi bebida. Me gusta comer solo y creo que es una grosería masticar frente a los otros. Y pongo atención a la comida y a los vinos porque después de un cuarto de siglo de beber vino aprende uno a reconocer los sabores y a tener preferencias (hay quien toma un curso y ya da lecciones). Los vicios hablan por sí mismos y eligen su presa sin acudir a la tradición cultural ni a la enciclopedia gastronómica. Recuerdo ahora el halago que les hacía el ilustre enólogo y conocedor de viandas José N. Iturriaga a las tortas mexicanas en el libro Conquista y comida que coordinó Janet Long, en 1996. “¡Qué abismo de diferencias hay entre la insípida baguette francesa o el pepito tan desprovisto o el magro bocadillo español o la hamburguesa o el hot dog, y una torta compuesta mexicana! Las propiedades nutricionales de una torta bien hecha rebasan con mucho a las de la hamburguesa”.

En El practicón (1893), Ángel Muro comienza su ya mítico libro disertando sobre la comida de sobras y deja muy claro que está contra el despilfarro en la cocina, sin por ello querer aconsejar sordidez y avaricia a la hora de considerar sus recetas. Yo he repasado varias veces ambos libros citados (les sugiero leer también Mestizaje alimentario —el abasto en la Ciudad de México en el siglo XVI—, de Ivonne Mijares; o La gula, del escritor y sibarita Antonio Calera en el cual se hace la defensa del hot dog y de las viandas urbanas actuales), pero la lectura no me ha hecho apreciar más o menos la comida. El gusto es una construcción personal, vital e insobornable. Y también diría yo, incomunicable. Hoy comprendo por qué E.M. Cioran se interesó en el retrato de la cortesanía francesa y plasmó a ésta en su Antología del retrato (de Saint Simon a Tocqueville); quería exponer la intimidad de los franceses más ilustres de aquella época y mostrar la frivolidad de sus intereses, descubrirlos en su ser más ordinario y en su condición de animales vestidos y almidonados (el retrato que hace, por ejemplo, Brissot acerca de Marat es, aunque comprensible, en verdad monstruoso, y más si pensamos en este último como en uno de los mayores símbolos revolucionarios). Escribe Cioran: “Los franceses, si le creemos a Talleyrand, hicieron la Revolución por vanidad. Se podría decir lo mismo del resto de los acontecimientos de la historia de Francia. Nadie se atrevería a negar que todos los pueblos son vanidosos”. Al menos yo no lo haría. Me río de pensar en una guerra entre tortas y baguettes.  ¿Hay vanidad en fingir que se vive? Quizás arrogancia, mas si uno posee cierto talento para ello, entonces a uno se le olvida que no es lo que es, como le sucede al personaje de Mark Twain, y logra arrebatarle a la vida un poco de tranquilidad.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

2 comentarios en “Confieso que he fingido

  1. Muy buen artículo. Fingir es un arte. Aquellos que dicen que siempre hablan con la verdad, mienten. En La frontera de cristal, Carlos Fuentes también habla mucho de la comida. ¿Escritores sibaritas ?

  2. Sin duda interesante manera de ver la relación del suejto con los otros. Me interesa saber en qué año ha sido escrito aquel relato de Mark Twain, me refiero a “Rogers”. Si pudieran proporcionarme el dato, sería fantástico. Muchas gracias y felicidades por este artículo.