El 19 de septiembre de 1580 Miguel de Cervantes, a la sazón esclavo de Hasan Pasha, un veneciano renegado y gobernador de la ciudad-Estado de Argel, fue subido a una galera y encadenado a una banca con varios grilletes. Pronto la nave de Hasan partiría hacia Constantinopla. Hacía cinco años que Cervantes había caído prisionero de los piratas bereberes cuando, junto con su hermano Rodrigo, se dirigía de Nápoles a Barcelona. La goleta Sol en la que viajaban había perdido momentáneamente su escolta cuando fue sorprendida por los corsarios que la tomaron después de una corta pero sangrienta lucha. El capitán del navío pirata, Dalí Mamí, operaba protegido por el imperio otomano, bajo cuya jurisdicción se encontraba Argel, una cosmopolita ciudad que vivía del tráfico de esclavos. Miles de ellos, de todas condiciones, permanecían ahí en cautiverio. La mayoría era vendida, pero algunos cuantos prisioneros eran lo suficientemente valiosos para pedir por ellos cuantiosos rescates. Aunque Miguel de Cervantes no llegaba a los 30 años cuando fue capturado, a los piratas no debió haberles impresionado mucho; era un lisiado que había perdido el uso de la mano izquierda en la batalla de Lepanto, flaco y algo desgarbado. Y, como el ingenioso hidalgo que aún no creaba, tenía muy pocos recursos en su haber. Sin embargo, entre los miles de desafortunados cautivos Cervantes recibió un trato privilegiado. Al momento de su captura llevaba consigo cartas de recomendación de nada más ni nada menos que de don Juan de Austria, el hermano del rey Felipe II, cartas que reconocían su valor en la batalla más importante para la cristiandad. Las referencias debieron impresionar grandemente a Dalí Mamí y al gobernador de Argel, pues decidieron fijar el precio del rescate de Cervantes en 500 escudos de oro, una cantidad que su familia simplemente no podría reunir. Cervantes no se resignó a su suerte y en cuatro ocasiones distintas intentó escapar de su captores, y en las cuatro fracasó. Sorprendentemente, no sufrió el destino de la mayoría de los fugitivos que eran capturados. Era común que los ejecutasen o, al menos, que les cortasen las orejas. No es claro cómo fue que el manco de Lepanto evitó esos terribles castigos, aunque algunos de sus cómplices sí sufrieron tormento y muerte a manos de Hasan Pasha. Al parecer, durante una buena parte de su cautiverio Cervantes no estuvo confinado a un calabozo, sino que gozó de relativa libertad para deambular por las sucias callejuelas de Argel. No sólo eso, sino que los piratas alentaban a los cautivos prominentes a que escribieran a sus parientes para que juntaran los rescates que les devolverían la libertad. Así fue que en 1577, en el tercer año de su cautiverio, decidió escribirle a Mateo Vázquez, secretario particular del rey Felipe II , una carta en verso.

De Miguel de Cervante [sic], cautivo, a M. Vázquez, mi Señor.
Vos sois, señor, por quien decir podría,
y lo digo y diré sin estar mudo,
que sola la virtud fue vuestra guía,
y que ella sola fue bastante y pudo
levantaros al bien do estáis agora,
privado humilde, de ambición desnudo.
¡Dichosa y felicísima la hora
donde tuvo el real conocimiento
noticia del valor que anida y mora
en vuestro reposado entendimiento,
cuya fidelidad, cuyo secreto,
es de vuestras virtudes el cimiento!

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Ilustraciones: David Peón

Después de halagar a Vázquez, Cervantes continuaba recordándole su participación en la batalla de Lepanto:

Yo, que el camino más bajo y grosero
he caminado en fría noche oscura,
he dado en manos del atolladero,
y en la esquiva prisión, amarga y dura,
adonde agora quedo, estoy llorando
mi corta, infelicísima ventura,
con quejas tierra y cielo importunando,
con suspiros el aire oscureciendo,
con lágrimas el mar acrecentando.
Vida es ésta, señor, do estoy muriendo,
entre bárbara gente descreída
la mal lograda juventud perdiendo.
No fue la causa aquí de mi venida,
andar vagando por el mundo acaso,
con la vergüenza y la razón perdida.
Diez años ha que tiendo y mudo el paso
en servicio del gran Filipo nuestro,
ya con descanso, ya cansado y laso;
y, en el dichoso día que siniestro
tanto fue el hado a la enemiga armada,
cuanto a la nuestra favorable y diestro,
de temor y de esfuerzo acompañada,
presente estuvo mi persona al hecho,
más de esperanza que de hierro armada…
…Con alta voz, de vencedora muestra,
rompiendo el aire claro, el son mostraba
ser vencedora la cristiana diestra.
A esta dulce sazón, yo, triste, estaba
con la una mano de la espada asida,
y sangre de la otra derramaba.
El pecho mío, de profunda herida
sentía llagado, y la siniestra mano
estaba por mil partes ya rompida.
Pero el contento fue tan soberano
qu’a mi alma llegó, viendo vencido
que no echaba de ver si estaba herido.

Pero el héroe de Lepanto se había convertido en el cautivo de Argel:

Cuando llegué vencido, y vi la tierra,
tan nombrada en el mundo, que en su seno
tantos piratas cubre, acoge y cierra,
no pude al llanto detener el freno,
que, a mi despecho, sin saber lo que era,
me vi el marchito rostro de agua lleno.

Cervantes apelaba al orgullo herido de Felipe II para que lanzara una expedición de rescate:

Pero si el alto cielo en darme enojos
no está con mi ventura conjurado,
y aquí no lleva muerte mis despojos,
cuando me vea en más alegre estado,
si vuestra intercesión, señor, me ayuda
a verme ante Filipo arrodillado,
mi lengua balbuciente y casi muda
pienso mover en la real presencia,
de adulación y de mentir desnuda,
diciendo: “Alto señor, cuya potencia
sujetas trae mil bárbaras naciones
al desabrido yugo de obediencia,
a quien los negros indios, con sus dones,
reconocen honesto vasallaje,
trayendo el oro acá de sus rincones,
despierte en tu real pecho el gran coraje,
la gran soberbia con que una bicoca
aspira de contino a hacerte ultraje.
La gente es mucha, mas su fuerza es poca:
desnuda, mal armada, que no tiene
en su defensa fuerte, muro o roca.
Cada uno mira si tu armada viene,
para dar a sus pies el cargo y cura
de conservar la vida que sostiene.
Del amarga prisión, triste y escura,
adonde mueren veinte mil cristianos,
tienes la llave de su cerradura.
Todos, cual yo, de allá, puestas las manos,
las rodillas por tierra, sollozando,
cercados de tormentos inhumanos,
valeroso señor, te están rogando
vuelvas los ojos de misericordia a los suyos,
que están siempre llorando…
…haz ¡oh buen rey! que sea por ti acabado
lo que con tanta audacia y valor tanto
fue por tu amado padre comenzado”.1

Estas líneas no debieron conmover mucho a Felipe II, si es que alguna vez llegó a leerlas. ¿Qué pensaría Cervantes del rey mientras lo encadenaban en el barco de Hasan Pasha? En 1577 su hermano, al cual los piratas no consideraron tan valioso, había sido rescatado mediante un pago mucho menor al exigido por Cervantes. La probabilidad de regresar a Europa desde el corazón del imperio turco era muy remota y todos los prisioneros lo sabían. Sin embargo, ese mismo día subió a bordo, junto con Hasan Pasha, Juan Gil, un misionero trinitario, con la intención de rescatar a cuanto cautivo le permitiesen las promesas de pago que llevaba consigo. La familia de Cervantes había logrado juntar con muchas dificultades 300 escudos. Ahí se irían, entre otras cosas, las dotes de las dos hermanas. Los galeotes eran todos VIP. Por uno de ellos, Jerónimo Palafox, se pedía la friolera de mil escudos. Al trinitario no le alcanzaba para pagar el rescate de Palafox, pero tenía lo suficiente para completar los 300 escudos de la familia Cervantes y liberar así a Miguel. Hasan quería el pago en metálico, así que dio de plazo hasta la puesta del sol para que Gil regresara a bordo con las piezas de oro acordadas. Contra todo pronóstico, el trinitario logró conseguirlas con los agiotistas de Argel y volver por el incrédulo Cervantes. Por fin era un hombre libre.2 Dos semanas después, el 24 de octubre de 1580, zarpó rumbo a España. Lo acompañaban otros cinco cautivos rescatados por el trinitario. Antes de partir, Cervantes tuvo la precaución de escribir una larga deposición de los años que permaneció en cautiverio y de hacer que numerosos testigos dieran fe de ella.

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El ex cautivo desembarcó en Valencia y de ahí se dirigió a Madrid. Era un veterano de guerra, ex esclavo y ahora desempleado. Felipe II no había enviado ninguna armada para rescatarlo de sus captores; por ese entonces estaba empeñado en hacerse del reino de Portugal. Debido a ello el rey no estaba en Madrid; había establecido su corte cerca de la frontera, donde esperaba entrar a Lisboa como soberano. Miguel marchó a la corte de Felipe II y se convirtió en uno de los muchísimos peticionarios de su majestad católica. Ahí le dio audiencia Mateo Vázquez, a quien le había dirigido su infructuosa súplica desde Argel. Cervantes era, después de todo, un héroe de Lepanto. Sin embargo, muchas otras consideraciones preocupaban a la corte de Felipe II entonces. En el aire había rumores de un ataque inminente del almirante turco Uluch-Ali a las posiciones españolas en el Mediterráneo. La incorporación de Portugal a la monarquía era una pesadilla burocrática para las autoridades españolas y las revueltas en los Países Bajos distraían la atención del rey y sus favoritos. Así que Lepanto, y sus veteranos, habían quedado en el olvido y nadie les ponía mucha atención.3 El protector de Cervantes, Juan de Austria, había muerto, así que básicamente se había quedado sin padrino en la corte. Con todo, estaba convencido que la patria y el rey estaban en deuda con él, deuda que debía pagarse con un favor real, un reconocimiento de los servicios prestados. Cervantes quería, además, que se le concediera una pensión de veterano. En Thomar, Portugal, donde estaba la corte en 1580, Cervantes hizo su primera petición al rey. No era el único; cientos o miles de personas buscaban lo mismo que el manco de Lepanto. A pesar de gozar de una fama literaria modesta, Cervantes era para fines prácticos un desconocido. Vázquez, su carta fuerte, había caído de la gracia de Felipe II por sus acciones durante la anexión de Portugal, así que no servía de mucho. La solicitud de la pensión de soldado le había sido negada por el Consejo de Castilla, así que indignado apeló al rey directamente. Vázquez recibió a Cervantes, pero no le dio muy buenas noticias. Sin embargo, el ex cautivo debió haber sido muy persuasivo porque no todo estaba perdido. No le darían a Cervantes ni puesto administrativo ni pensión, pero sí le ofrecieron un trabajo de espía.

El 21 de mayo de 1581 el rey autorizó que se le pagaran 50 escudos como adelanto de una misión secreta. Cuando la concluyera podría cobrar otro tanto. A cambio de esta paga el manco de Lepanto debía prestar ciertos servicios confidenciales en Orán, una posesión española en la costa de África, no muy lejana de Argel. Hacia esa ciudad había intentado huir Cervantes en uno de sus intentos fallidos. La misión era investigar ahí, y en la vecina ciudad de Mostaganem bajo control turco, los movimientos de la flota otomana. Debía también informar si las fortalezas portuguesas en África del norte le eran leales a Felipe II. A los pocos días el agente secreto estaba de regreso en tierras africanas. Cervantes fue a ver al alcalde de Mostaganem (que estaba comprado por los españoles) para obtener la información requerida. Ahí confirmó lo que ya era sabido: que el almirante Uluch-Ali había regresado a Constantinopla con sus barcos. No se preparaba ninguna invasión naval otomana, por el momento.

Probablemente Cervantes tomó este trabajo de espía como el comienzo promisorio de una carrera en la burocracia de los Austria. En todo caso, fue una misión rápida. Para finales de junio de ese año estaba de regreso en la corte en Lisboa para rendir su parte y recibir el resto de su paga. No conocemos el informe del espía Cervantes, pero sí sabemos que no recibió más comisiones de agente secreto. Con los turcos fuera del radar de proximidad inmediata ya no le era útil a Felipe II. Sin embargo, el ex espía se quedó en Lisboa. Ahí suspiró por un puesto hasta que, frustrado, decidió volver a Madrid, probablemente en 1582. Cervantes estaba fuera del círculo del poder de la corte, su padrino estaba políticamente lisiado, como él lo estaba físicamente, y su nombre era uno más de los muchos aspirantes. Cada año Felipe II recibía miles de cartas solicitando empleos o favores. Sabemos que sólo en el mes de mayo de 1571 recibió, por ejemplo, mil 200 peticiones. El rey se había quejado con Mateo Vázquez de que en un solo día había firmado más de 400 documentos.4

También es cierto que Cervantes no estaba hecho para la vida cortesana, con su falsedad, frivolidad e inconstancia. La intriga política y la grilla de la corte están retratadas en su primera novela, La Galatea (1585). En una de las historias aparecen cortesanos disfrazados de pastores discutiendo teorías neoplatónicas del amor. Mientras que los cortesanos se entretenían en divertimientos, él había perdido una mano en combate, había sido esclavizado y había espiado, todo esto en servicio del rey. ¿Su recompensa? 100 escudos y ninguna pensión ni empleo permanente. Cervantes afirmaría más tarde que él no estaba hecho para la vida palaciega porque no sabía cómo halagar.5 No sería el perro faldero de la corte. Las virtudes personales y el mérito eran mucho menos importantes para el éxito cortesano que la capacidad para halagar, incluso “encantar al rey o al heredero al trono”.6 Cervantes también había sido ingenuo al confiar sólo en Vázquez y no buscar a otros secretarios del rey. Para algunos biógrafos, a pesar de su agudeza, Cervantes no entendió cabalmente el funcionamiento de la corte. Acosado por miles de peticionarios el rey no tenía otro remedio que esconderse detrás de sus secretarios, sus privados. Para tener éxito en conseguir empleos y gracias “siempre era necesario recurrir a una amplia gama de individuos e instituciones”.7 Si los nobles bien conectados a menudo tenían problemas para superar estos obstáculos y conseguir lo que deseaban del rey, ¿cómo le iría al aspirante de Argel? Cervantes no tenía el estómago para hacer lo que le recomendaba Antonio de Guevara, el autor de moda entonces, a los aspirantes a cortesanos: visitar, servir, sufrir, hacerse visibles y perseverar.8 Mas esto no era suficiente; por más serviles que fueran los peticionarios si no tenían acceso al despacho del rey, fracasarían. Y Cervantes no tenía ni lo uno ni lo otro. Y por ello fracasó.

No hallaría empleo estable hasta 1586, cuando logró a través de sus modestos contactos obtener un trabajo de segundo orden como recolector de aceite y grano para el esfuerzo de guerra entonces en curso. Felipe II quería lanzar una formidable armada en contra de Inglaterra y Cervantes formaba parte de un ejército de agentes de requisa que recorrían el país juntando abastecimientos para la aventura del rey, que exigía alimentar a 30 mil soldados durante un periodo de ocho meses. Cervantes estaba autorizado para confiscar provisiones e imponer multas. Sin embargo, no recibiría un maravedí de su paga hasta que entregase las provisiones, lo que quería decir que durante varios meses debía subvencionar los costos de su bolsillo: viáticos, sueldos, mulas, etcétera. No era inusual que se retrasara la paga de su salario y en varias ocasiones fue falsamente acusado de malversar los recursos que requisaba. Cuando se le ordenó tomar el trigo propiedad de los clérigos se encontró excomulgado. Para 1590 Cervantes estaba harto de ese ingrato trabajo y solicitó al Consejo de Indias uno de los puestos vacantes en América. Los trabajos en Granada, el Soconusco, Cartagena y La Paz eran de medio rango, en regiones de importancia secundaria en ultramar, pero a Cervantes no le importaba. En su petición hizo un recuento pormenorizado de los múltiples servicios prestados a la corona —incluyó la deposición escrita en Argel— y mencionó que su “graciosa majestad nunca le había concedido un solo favor”.9 Algunos de los subordinados de don Juan de Austria estaban en posición de reconocer su mérito y ayudarlo en el Consejo. Cervantes se equivocó una vez más: esos puestos eran para hombres conectados, no para desfacedores de entuertos. Su petición le fue devuelta con una lacónica frase garabateada en los márgenes: “busque algo aquí”. Así, renuentemente, siguió siendo agente de requisas.

 

Si la corte de Felipe II era algo odioso, la de su hijo y sucesor, Felipe III (1598-1621), sería mucho peor porque estaría bajo la égida del favorito Francisco Gómez de Sandoval, mejor conocido como el duque de Lerma. Lerma sería el privado más poderoso en la historia de la monarquía española. Francisco de Quevedo describió célebremente a Felipe III como “un monarca que acabó de ser rey antes de empezar a reinar”.10 Quevedo consideraba al favorito del rey como corrupto e inepto. En escritos anónimos se afirmaba que la única virtud de Felipe III era la ignorancia y la de su valido era la codicia.11 La impronta del duque de Lerma en la España de su tiempo no pudo pasar desapercibida para Cervantes. Como parte de su estrategia de legitimación Lerma y el rey promovieron la publicación en España de tratados de teoría política que justificaban el poder real a través de la razón de Estado. Las obras de Botero y Lipsio fueron traducidas al castellano y, por primera vez, aparecieron los libros de Fernández de Medrano, Alamos de Barrientos y Moncada sobre el mismo tema. La idea era reemplazar la noción de España como una monarquía mixta (gobierno político) por otra en la que prevaleciera la noción de gobierno real; el gobierno de uno. El rey no sería el primero entre sus pares, sino el soberano absoluto.12 De estos afanes por afirmar el poder del rey en la razón de Estado se burla abiertamente Cervantes en El Quijote, cuando en el primer capítulo de la segunda parte pone a conversar al cura, el barbero y a don Quijote. Los dos primeros habían acudido a ver cómo se encontraba el último después de su reciente aventura. Lo encuentran sentado en la cama con un gorro colorado y muy despierto. Le preguntan por su salud, “y él dio cuenta de sí y de ella con mucho juicio y con muy elegantes palabras. Y en el discurso de su plática vinieron a tratar en esto que llaman razón de Estado y modos de gobierno, enmendando este abuso y condenando aquél, reformando una costumbre y desterrando otra, haciéndose cada uno de los tres un nuevo legislador, un Licurgo moderno, o un Solón flamante; y de tal manera renovaron la república, que no pareció sino que la habían puesto en una fragua, y sacado otra de la que pusieron”.13

Aquí la mofa es explícita, pero algunos autores aducen que en el mismo libro hay otra crítica cifrada a Lerma. Se trata del alucinante pasaje en el cual don Quijote desciende a la cueva de Montesinos (cap. XXIII). Según Harold Bloom la aventura resiste cualquier tipo de análisis. La visión ha sido puesta por Cervantes deliberadamente más allá de la interpretación.14 Sin embargo, otros no lo creen así. A comienzos del siglo XX Justo de Lara adujo que se trataba de una parábola, una acusación de Cervantes al duque de Lerma. Era éste, “altanero, vengativo e injusto” sostiene el crítico. El favorito fue un hombre que tuvo parte en “los graves desastres de la Nación”.15 Así, en el trance de la caverna de Montesinos Cervantes supuestamente describió y satirizó “el maléfico influjo de Lerma en Palacio y sobre el Rey”.16 En ese memorable capítulo don Quijote desciende a una cueva donde encuentra un palacio de cristal. Ahí se topa con un “venerable anciano”, Montesinos, que lo abraza y saluda. En el castillo había un sepulcro de mármol sobre el cual estaba tendido, ni vivo ni muerto, un hombre: Durandarte, “flor y espejo de los caballeros enamorados y valientes de su tiempo”, amigo de Montesinos. A Durandarte y a Montesinos los tenía encantados el mago Merlín, el cual a decir de Montesinos, “dicen que fue hijo del diablo; y lo que yo creo es que no fue hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto más que el diablo”. Nadie sabía por qué ni para qué los había hechizado Merlín. Durandarte, como cuenta la leyenda, le había pedido a Montesinos que le sacara el corazón y se lo llevara a su amada Belerma, cosa que Montesinos había hecho diligentemente, por lo cual no entendía cómo era que Durandarte seguía medio vivo ahí abajo. A Belerma y a su séquito Merlín también los tenía encantados en la cueva. Tanto así que de pronto apareció la mentada Belerma, vestida de negro, “con tocas blancas tan tendidas y largas, que besaban la tierra”. Según De Lara, el duque de Lerma había “hechizado” a Felipe III: “este ‘encantamiento’ del Rey por su ministro… y la situación análoga de la Emperatriz, de la familia real, de los consejeros y la servidumbre, fue la que pintó don Quijote al describir los habitantes del ‘real y suntuoso palacio o alcázar’ de la cueva de Montesinos, que estaban ‘encantados’ por el astuto Merlín”.17 El rey era el desdichado Durandarte, la emperatriz doña María, Belerma; Montesinos era uno de los viejos consejeros reales y el maloso Merlín no sería otro que el odiado Lerma. Para De Lara no hay duda de esta interpretación, pues sostiene que el propio Cervantes le confesó, en una tregua, a Lope de Vega sus “resentimientos contra el duque de Lerma y los ataques que escribió contra el mismo en el libro inmortal”.18 La fuente de dicha confidencia es el padre René Rapin en un libro escrito en siglo XVII.

 

Podemos leer a Cervantes como un patriota desencantado, un escritor que halló en su azarosa vida materia de sobra para narrar su tiempo. No sólo fue víctima de los turcos en Lepanto, de los piratas bereberes, de la curia que lo excomulgó, de los acreedores que lo pusieron en prisión, de la mezquindad de un imperio podrido y corrupto. También fue víctima de la corte, la grilla y la ingratitud. Pero tuvo una espléndida venganza en la figura de don Quijote, que se burlaría de todos ellos y más. Y que viviría para siempre.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Profesor-investigador de la División de Estudios Políticos del CIDE.


1 Miguel de Cervantes Saaverdra, “Epístola a Mateo Vázquez”, Bulletin of the Cervantes Society of America, 23.1, 2003, pp. 215-22. Este texto fue descubierto en el siglo XIX, pero después desapareció hasta que fue redescubierto en 2005. Véase: José Luis Gonzalo Sánchez-Molero, “La ‘Epístola a Mateo Vázquez’, redescubierta y reivindicada”, Bulletin of the Cervantes Society of America 27.2, 2008, pp. 181-211.

2 Donald P. McCrory, No ordinary man. The life and times of Miguel de Cervantes, New York, Dover, 2005, pp. 90-93.

3 Ibíd., p. 96

4 María José Rodríguez Salgado, “The Court of Phillip II of Spain”, en Ronald G. Asch y Adolf Birke (eds.), Princes, Patronage, and the Nobility: The Court at the Beginning of the Modern Age c. 1450-1650, Oxford, Oxford University Press, 1991, pp. 205-44.

5 McCrory, op.cit., p. 103.

6 Ibíd., p. 104

7 Rodríguez Salgado, op. cit., p. 228.

8 McCrory, op. cit., p. 104.

9 Ibíd., p. 149

10 Antonio Feros, Kingship and Favoritism in the Spain of Phillip III 1598-1621, Cambridge, Cambridge University Press, 2000, p. 1.

11 Ibíd., p. 165

12 Ibíd., p. 126

13 Miguel de Cervantes Saavedra, “Capítulo I. De lo que el cura y el barbero pasaron con Don Quijote cerca de su enfermedad”, Don Quijote de La Mancha II, Madrid, Cátedra, 2001, pp. 29-30

14 Harold Bloom, Genius, New York, Warner, 2002, p. 39.

15 Justo de Lara, Cervantes y el Quijote. El hombre, el libro y la época, México, Frente de Afirmación Hispanista, 2016, p. 53.

16 Ibid., p. 54.

17 Ibid., p. 55.

18 Ibid., p. 56.