Luego de la revolución industrial, las técnicas de producción y de reproducción masiva y en cadena le arrancan al arte su valor fetichista, como sostiene Benjamin. La autenticidad ya no marca su función en el mercado. La reproducción serial democratiza porque ensancha las fronteras del consumo. El artista se convierte en productor. El desarrollo de la literatura del siglo XIX y de las principales corrientes estéticas modernas se debe, en gran parte, a nuevos ritmos de lectura y escritura impuestos por la industrialización consolidada y los medios que la acompañan.

La literatura debe reinventarse y adaptarse a una forma dominante de mediación: la prensa (y su parte más visible, el periódico). Solemos olvidar que las obras de Baudelaire, Banville, Hugo, Gautier, Sand o Villiers de L’Isle-Adam, entre otros, son el fruto secular del periodismo. Junto a la idea de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin de la “civilización del libro”, emerge la de una “civilización del periódico” que no acaba de llegar a su fin. La prensa impresa, en sus distintas vertientes, se impone, en el XIX, como un medio mucho más actualizado, inmediato y eficaz que el libro. Éste, por el contrario, tiene un formato que goza de una amplia legitimidad científica, académica y humanista; es un soporte más institucional, perenne y estabilizado por la tradición. Después de la revolución liberal de 1830 la prensa será el medio más legitimo y con más prestigio cultural para vehicular obras literarias de cualquier género.

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Ilustraciones: Raquel Moreno

De esto se desprende una nueva lectura histórica de la modernidad que funda Baudelaire: amante de lo simple y de lo cotidiano —del hecho banal repetido, recreado y representado diariamente—, es hija, como estética y actitud vital, de esa cultura mediática decimonónica. “La modernidad, dopada por el movimiento romántico y luego por la inflación periodística, aprende de ahí en adelante a buscarse a sí misma, fuera de una retórica arcaica, en una cultura del presente”,1 afirma Marie-Ève Thérenty. Entresacar lo eterno de lo transitorio; incorporar la banalidad y lo mundano, las calles de París y sus habitantes, a la visión universal de la belleza, es también poetizar la lectura diaria del periódico. Nuevo vínculo con el mundo, la idea de lo cotidiano, en su forma más palpable (el diario) o en su fulgor empírico, se vuelve, desde la modernidad, absolutamente determinante en nuestro sistema de representación. Les fleurs du mal (1857 y 1861), cuya mayoría de poemas se publicaron, a manera de primicia, en revistas de época (como L’artiste, Le Corsaire, Magasin des familles, Revue de Paris o Revue de deux mondes) es un claro resultado poético —moldeado por la insondable subjetividad del “yo” lírico— de todo lo que expone y narra el periodismo. Experiencias de lectura que le suministran al poeta un amplio material textual, una nueva paleta de colores para su esbozo del mundo moderno, panorama de vicios y crímenes. Los rasgos de este esbozo son las pinceladas de alguien que ha leído el esperpento público sin tregua. “El periódico, de la primera a la última línea, no es más que una sarta de horrores. Guerras, crímenes, violaciones, impudicias, torturas, crímenes de príncipes, crímenes comunes, embriaguez de atrocidad universal. Y el hombre civilizado acompaña su desayuno cada mañana con este asqueroso aperitivo. Todo en este mundo rezuma crimen: el periódico, la muralla y el rostro del hombre” (Baudelaire, Mon cœur mis à nu).

Para el investigador Alain Vaillant, Baudelaire es el pionero de una “poesía-periódica”: aquella que se vierte en cualquier medio de prensa; que “acompaña el hilo de los acontecimientos o sustituye su disposición narrativa”; poemas que conversan con una realidad fragmentada, heterogénea, banal y aterradora, como las páginas, columnas y secciones de un periódico. Desde entonces el lenguaje del poema incorpora elementos del fait divers, de las efemérides culturales, de los salones y las exposiciones, de las anécdotas cotidianas. Convivir con una alteridad, con una polifonía de voces en la que, en oposición a la novela con su narrador finalmente único (no unificado), la voz del poeta debe destacarse del bullicio de un grupo, de un colectivo de redactores a su vez imprescindible. Es decir, “evitar que la alharaca informe de la prosa periodística contamine el poema mediante la consolidación y la fijación, tanto como sea posible, de la armadura del poema: de manera paradójica, la integración del poema al espacio polifónico del periódico es la que favorece, sino es que provoca directamente, las posturas estetizantes y artísticas que han caracterizado a la poesía francesa, del romanticismo hasta las primicias del surrealismo”.2

En el ámbito hispanoamericano las obras poéticas de nuestros fundadores (Martí, Nájera, Darío, Del Casal, Gómez Carrillo, etcétera) tampoco podrían leerse sin considerar su compleja relación con la cultura del presente, además de que asimilan y se apropian de los recursos poéticos franceses a través de las revistas y periódicos. Precursores o impulsores directos, todos ellos fueron poetas-periodistas cuya escritura se desarrolla en un nuevo ámbito laboral. El mercado reemplaza progresivamente al mecenazgo. A pesar de la alienación —la libertad divinizante del romanticismo se resquebraja— los poetas modernistas hallan en los periódicos no sólo pan y oficio sino sus verdaderas tribunas, sus talleres y telares experimentales, la horma de una expresión anhelada. Es “arte por el arte” que busca encarar la polifonía ensordecedora de la prosa diaria, distinguirse de la prensa mercantilista y, sobre todo, enfrentar a como dé lugar el materialismo de la sociedad burguesa —sus procesos industriales— mediante una concepción artística que, de ninguna manera, proviene de un grupo de estetas etéreos, encerrados en la torre de marfil, cortados del mundo, ajenos al relato mediático del día a día.

Paradójicamente, esta poesía “aristocratizante” fue la primera en relacionarse con el público —ese lector-consumidor permanente—, sometida a las exigencias de la oferta y la demanda, producto de nuestros primeros reporteros continentales que revolucionaron tanto la prosa como la poesía en lengua española. Para Ángel Rama, el periodismo deja su clara impronta en el poema modernista: el formato se reduce, los esquemas lingüísticos se concentran, se adoptan recursos para intensificar la apertura y el remate, los textos se apoyan en ritmos cambiantes y sorpresivos, buscan lo insólito, se adopta un lenguaje urbano y secular; sobre todo, las siguientes tendencias se vuelven directrices: “novedad, atracción, velocidad, shock, rareza, intensidad, sensación”. La novedad y la noticia se convertirán en una fuente inagotable de originalidad.

El caso de México es un ejemplo claro de esta comunión, tan fecunda como paradójica, entre poesía y periodismo. No sólo por su herencia directa del periodismo decimonónico francés, a través de la crónica y la poesía modernistas, sino porque revistas, periódicos y suplementos fueron una forma hegemónica de expresión, innovación y difusión literarias durante todo el siglo XX. En particular, los años setenta simbolizan un auge de publicaciones periódicas que manifiestan la riqueza de esta otra literatura mediática. La columna Inventario (1973-2014) de José Emilio Pacheco fue, en este ámbito, la más longeva y arriesgada de nuestro siglo. Se publicó primero de manera anónima en la contraportada del Diorama de Scherer, entre 1973 y 1976, y luego del “golpe a Excélsior”, en Proceso con el acrónimo JEP. La crítica ha tenido que recurrir a una larga lista de géneros, subgéneros e híbridos, para concebir la pluralidad de tonos, matices y estilos de sus páginas. Sin adentrarse jamás en los géneros más “exteriores”, el reportaje y la entrevista, Inventario es un registro semanal del acontecer cultural que despliega fábulas, biografías ficticias o reales, poesía, traducción, diálogos teatralizados, ensayos literarios, retazos y narraciones históricas, reseñas, distopías satíricas. Erudición que se arriesga a la sencillez pedagógica, enciclopedia de vasos comunicantes, la columna es, en palabras de Armando González Torres, “toda una cátedra de la ensayística recreativa”.

Historiador y estudioso incansable del modernismo (y atento a esas imbricaciones entre prensa y poesía), Pacheco asumió, como nadie en su generación, el deber y la función ética de instrucción y democratización literaria. Renovador asumido de una larga tradición que remonta desde Lizardi y los liberales de la Academia de Letrán3 hasta Contemporáneos, y luego Benítez o Monsiváis, el autor de Tarde o temprano creó, con su entrega periódica, un género propio —como afirma Olea Franco—, único, marcado por la erudición, la concentración y la crítica vinculante.

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Como género, el Inventario es la fragua creadora del poeta. Ahí se revelan los procesos de asimilación, apropiación y diálogo recíproco que son, para JEP, el corazón de toda literatura. En todos los sentidos, la columna del autor engarza con su poética abiertamente intertextual, colectivista, utópica, defensora del anonimato y de la generosidad referencial. “No leemos a otros/ nos leemos en ellos”, son los versos archicitados del poema-epístola “Carta a George B. Moore en defensa del anonimato”. Son también una clave de lectura para el casi millar de “inventarios” vertidos en la prensa y que nunca quiso recopilar su autor. La columna exhuma, desde la antigüedad grecolatina hasta la poesía hispano-americana contemporánea, textos y autores (versos y versiones), aquellos en los que el poeta también se lee. Corresponden a la vitrina de su taller, al anaquel de su biblioteca, al afecto de su memoria. En este sentido, el Inventario lleva la democratización a un nivel inusitado: ya no se trata nada más de afirmar que el lector es productor y poeta potencial (siguiendo a Barthes) sino que la prensa, médula del espacio público, vuelve transparente la fábrica del poema. Fábrica más que taller, por aquello de que la sociedad de masas a su vez ha transformado el preciosismo modernista en “exteriorismo” y poesía conversacional a partir de los sesenta. Si la literatura necesita una serie de intercambios para vivir y es una incesante circulación de textos que diluyen poco a poco la propiedad privada en el anonimato, levantar su inventario es una forma de ponerla en movimiento, preservarla de una capitalización voraz y dar acceso al lector a la invención de una tradición.

El diálogo y la presencia del Otro son un fundamento tanto poético como periodístico para permitir dicha circulación. Al acercarse a Auden, JEP escribe: “La poesía le pareció un juego, pero un juego en serio, un medio para conocer al hombre y mejorarlo y fundar lo que llamó la ‘ciudad justa’. Su obra entera puede resumirse en un verso suyo de 1939: And no one exists alone. Como si desviando el lugar común de Ortega y Gasset dijera cada hombre: yo soy yo y mis semejantes”.4 Contra el anatema de Platón, la poesía recobra así su poder social: el poeta puede revelarnos nuestra existencia de soledades compartidas en la ciudad ideal. Estos versos de “En resumidas cuentas” poetizan justamente el mismo postulado: “[…] A medida que avanza el tiempo/ vamos haciendo más desconocidos/ De los amores no quedó/ ni una señal en la arboleda/ Y los amigos siempre se van/ Son viajeros en los andenes/ Aunque uno existe para los demás (sin ellos es inexistente)/ tan sólo cuenta con la soledad/ para contarle todo y sacar cuentas”. Las cuentas de la soledad son también los cantos y cuentos del poema para encontrarnos en los demás. En otro extracto, sobre Alí Chumacero, esta dialéctica se rectifica: “La poesía no cuenta (para eso está la narrativa): nos hace participar desde dentro en una experiencia ajena, apropiarnos de ella corporalmente, materializarla por medio de una lectura que es el menos pasivo de los actos. El reposo de estas palabras no es la inercia. Es el reposo que Heráclito asignó al fuego, su poder de transformarse en cada lectura y en cada lector”.5 En el poema “2. Don de Heráclito”, la filosofía naturalista del presocrático reaparece como principio ético y estético: “Y el reposo del fuego es tomar forma/ con su pleno poder de transformarse./ […] Fuego es el mundo que se extingue y cambia/ para durar (fue siempre) eternamente”.

Poética del cambio orientada hacia el exterior, hacia el lector que es siempre Otro y se renueva, aparece así una función política de primer orden. El inventario titulado “Rimbaud en Abisinia” retoma tanto la lectura pachequiana de Auden como el postulado de “En resumidas cuentas”: “Hay un trasfondo ocultista en la poesía rimbaudiana, sí, pero sobre todo un sustrato político. Su frase Je est un autre ¿no es en sí misma un eco de lo que escribió Chamfort durante la Revolución Francesa?: ‘La democracia consiste en decir: yo soy otro’”. En el ideal de JEP, poemas y artículos de prensa siempre podrán encarnar acción política. El laboratorio interior y reservado del escritor, su escritorio y biblioteca, nos devuelve páginas constantes que entrelazan los hallazgos asombrosos del poeta-periodista con el registro de sus propias empatías y fomentan una ética de la escritura.

Un lector atento encontrará también en el Inventario la historia editorial de las distintas reescrituras poéticas de Pacheco. Son incontables los ejemplares de poesía-periódica pachequiana. Sus poemas aparecen como primicia en la columna, después mutan, recorren poemarios, se ensamblan, se arman o desarman. “Todo poema es un ser vivo:/ envejece”, escribe su heterónimo Julián Hernández. El médium periodístico es el único espacio en que se revela la cualidad orgánica de los textos. Sobreviven al tiempo si pasan al medio estable del libro que los absuelve del olvido, a sabiendas de que este último se lo lleva todo, tarde o temprano. De otra manera, los diluye la marea textual de revistas y periódicos efímeros. En “14 poemas inéditos: en los veinte años de la muerte de Julián Hernández”,6 JEP recrea su propio fallecimiento. Se mezclan textos que firmará él o su heterónimo, en “Cancionero apócrifo”, No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969). Otros no sobreviven a la transferencia: nunca serán recopilados en los poemarios del autor. Como el poema “10. Consejos (¿1951?)” que revela el quehacer en marcha del poeta: “Publica un solo libro/ No entorpezcas/ con fardos excesivos/ la poda inexorable del desdén,/ la agobiada tarea del olvido”. Irónicos y autocríticos, estos versos son una defensa de la economía verbal, la contención y el arte de la mesura. De la tarea del jardinero depende la salud de las plantas: entresacar la belleza del convulso follaje, metáfora de la literatura o de la realidad convulsa que el periódico revela.

En Inventario JEP cumple sin faltas con esa poda tanto en textos propios como ajenos. Su columna enseña la reacción directa de los textos sometidos al vendaval del tiempo. La poética del intento, como en Eliot, llega así a su cúspide; más que otro medio impreso, el del periodismo sucumbe a lo efímero. En él se da esa lucha incansable por recobrar lo perdido. No obstante, poemas y autores se vinculan y resurgen a pesar de las circunstancias del presente, o gracias a ellas. La actualización del pasado es un ejercicio duradero que demuestra la capacidad de la conciencia poética de ligar elementos disímiles, como pretendía el surrealismo. Los epigramas griegos, por ejemplo, regresan en nuevas versiones para relativizar el peso de los acontecimientos cotidianos, como este de Simonides de Ceos titulado “Los que teníamos veinte años”: “Fuimos al matadero en un barranco/ en tierra extraña./ Y como era justo/ erigió nuestras tumbas el Estado./ Porque al partir al frente le obsequiamos los días/ de nuestra juventud irrecuperable”. El mismo texto, con ligeras variaciones, aparece en dos “inventarios”, uno de 1974 y otro de 2011 para Javier Sicilia. A largo o mediano plazo, los acontecimientos siempre podrán leerse a la luz de viejos poemas y viceversa.

Versos que son entonces una forma de poetizar las circunstancias y darle a ese género menospreciado, el poema de circunstancia, un valor novedoso. Los poemas de la sección “En estas circunstancias” de No me preguntes…  o de “Ocasiones y circunstancias” de Los trabajos del mar (1983) reúnen poemas prepublicados en Inventario: repertorio de pastiches y homenajes a Rulfo, Flaubert, Huerta y Guillén que constituyen un inventario versificado a partir de ocasiones fortuitas, efemérides escogidas con precisión. Son poemas o “artículos en verso” (en el caso de Flaubert) que muestran esa comunión innovadora de poesía y periodismo que alcanzó JEP a lo largo de cuatro décadas. Las efemérides sirven no sólo como recurso periodístico y homenaje sino como vía para exhumar textos y generar nuevas lecturas creativas de nuestra herencia cultural. En el Inventario “Homenaje a Fray Bartolomé de Las Casas (1474-1974)”, la conmemoración de este quinto centenario se traduce en varios poemas que se refieren a personajes, eventos y mitos de la Conquista. Por ejemplo, en los últimos versos del poema “IV. Francisco de Terrazas”: “Al callarse las voces de la tribu/ quedó en silencio el escenario. Terrazas/ fundó nuestra poesía y escribió/ —con la seguridad de quien repite—/ el primer verso del primer soneto: ‘Dejar las hebras de oro ensortijado’”. No hay acaso mejor manera de acercar al lector a estas antigüedades mexicanas (sección de Islas a la deriva a la que se trasladan) que creando un diálogo culturalista, un palimpsesto, con otros poetas y cronistas. Al ser difundidas mediante la “poesía-periódica”, las antigüedades serán saqueadas y, así, modernizadas.

Acaso el rasgo que menos hay que perder de vista en Inventario es el humor, ese refugio indestructible que, al cabo de los años, se vuelve una resistencia aguerrida frente a la calamidad mexicana, ante el desastre de la ciudad capital. En una serie de entregas de la columna, tituladas “Diálogo de los muertos”, poetas y escritores fantasmas se reúnen. Las efemérides los invocan y los traen del pasado. Anacronismos vivos, observan el presente con la sabiduría de su época, como en este encuentro entre Vasconcelos y Reyes: “VASCONCELOS— Déjame ver tus libros. Qué anticuallas. Mira. Toynbee. Dedicado. Ya nadie lee a Toynbee. […] REYES— Pero Toynbee fue el único que predijo adecuadamente lo que iban a ser los terribles setentas. Fortuna nuestra no haberlos vivido”. En otra entrega de esta serie, de diciembre de 1980, los fantasmas de Nervo y López Velarde son asaltados al final por ladrones-policías: “EMPISTOLADOS— Quedan detenidos. ¿Qué hacen aquí a estas horas y con esos disfraces? NERVO— Suéltenme. Soy el ministro plenipotenciario de México en las Repúblicas del Plata. LÓPEZ VELARDE— Soy el secretario particular del ministro de Gobernación. EMPISTOLADOS— Sí, cómo no. Pues yo soy Ronald Reagan”. Son sólo algunos fragmentos de esa cátedra humorística, guiada por la historia y la poesía, que es Inventario.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Investigador.


1 Dominque Kalifa, Philippe Régnier, Marie-Ève Thérenty y Alain Vaillant, La Civilisation du journal, Nouveau Monde, 2011.

2 Alain Vaillant, “Baudelaire, artiste moderne de la ‘poésie-journal’”, Études littéraires, 2009, vol. 40, núm. 3.

3 “Letrán permitió los intercambios y apropiaciones sin los cuales no puede existir la literatura […] sus miembros fundaron una tradición literaria que llega hasta nuestros tiempos. Escribieron muchos de los primeros poemas, dramas y narraciones que podemos llamar mexicanos y, sobre todo en su actividad periodística y editorial establecieron una línea que, con los naturales cambios y variaciones, se mantiene en pie”, José Emilio Pacheco, “A 150 años de la Academia de Letrán. Discurso de ingreso al Colegio Nacional”, 1986.

4 JEP, Inventario. “En memoria de W.H Auden (1907-1973)”, Diorama de la cultura, 14 de octubre 1973.

5 JEP, Inventario. “Contar y cantar”, Proceso, 26 de mayo 1980.

6 JEP, Diorama, 23 de noviembre 1975.