Es probable que una de las mayores tragedias del futuro sea su imposibilidad de construirse sin el presente. En árabe, la conjugación de porvenires no existe por sí misma. No se escribe un correré, comeré, jugaré o rezaré. El futuro depende de una estructura compuesta, de un complemento con intencionalidad que se sume al verbo para plantearse hacia adelante. El anhelo, la orden o la idea de que ocurrirá un hecho formulado en tiempo presente, marcará sus posibilidades. El tiempo es eso, posibilidades, salvo en Siria. El futuro, decía, en árabe, es una mera adecuación del presente. La imposibilidad de separarse del momento que se ve por doquier, en simultáneo, en cada pantalla, periódico o emisión informativa; quizá el más documentado del que tengo memoria, condena a algo que el resto del mundo ha solapado durante casi seis años de lo que un día fue la guerra civil siria y hoy es masacre y genocidio.

No hay ningún análisis noticioso que permita entender qué significa vivir sin futuro. La muerte se conjuga en el instante. Sin siquiera la capacidad de vislumbrarlo, el futuro, en ese país del que salió mi familia y cuya realidad he tratado de entender y explicar en los últimos años, es más que un asunto gramatical pero contiene la misma limitación de su lengua.

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Ilustración: Raquel Moreno

Cerca de medio millón de muertos, cinco millones de refugiados, once millones de desplazados, dentro o fuera de lo que parecían las fronteras de un país que ya sólo existe de nombre. Ninguno de los teléfonos que marcaba antes de 2011 funciona. La mayoría de la gente que conocí en Siria ha abandonado sus casas o ha muerto. Ni una de las calles que caminé en Alepo conecta a algún lado. Apenas a escombros que ya no sirven de trinchera. Ese no es el mayor problema, los muertos no tienen de qué preocuparse. Los vivos ya no tienen futuro. Cuándo perdimos la vergüenza de saber que el fin es lo único que le queda a quien no puede salir por los corredores humanitarios de Alepo, mañana de Idlib, en unos días de Palmira. Con la muerte se acaba todo. Termina la guerra, termina la indolencia del mundo entero. Termina el abandono y la impotencia.

Dejé de contar qué me pasa cuando pienso en Siria. Nadie tendrá la respuesta adecuada. Siria no la tiene. A la empatía que pedía necesito que se le agregue el enojo.

Hace pocos meses escribí en estas páginas que Alepo contendría el simbolismo del inicio y del fin. No de la guerra, tampoco de una nueva etapa. Tal vez, el inicio de la historia que a la hora de revisarse esgrimirá en el mundo entero las responsabilidades del desamparo. Alepo es el fracaso de la memoria, el fin de la decencia.

Los pasados tienen jerarquía, por supuesto, pero se hacen uno para los que saben que el mundo está viéndolos morir y sólo esperan despedirse. Fue la brutal violencia de la dictadura, su absoluta negativa a negociar. Fueron los rusos con su apoyo al régimen, también los iraníes. Fueron los excesos de los grupos que se llamaron rebeldes. Fue la religión, el sectarismo; el surgimiento de grupos armados en cada esquina que exacerbaron lo más primitivo de nuestra especie. Fue la mirada pasiva de occidente ante crímenes de guerra y lesa humanidad. El análisis escueto que transformó la guerra en pecata de buenos y malos. En números crecientes. Fue la ignorancia y el oportunismo de los que ven en Siria un conflicto que se diagnostica sólo desde los síntomas, sin tomar en cuenta las causas. No todo fue el terrorismo, tampoco su peor vía a través de los fundamentalistas. La tragedia empezó con la dictadura. Fue la escasa reacción de los que se escandalizaron con las imágenes de un niño muerto en la playa y otro herido al interior de una ambulancia. Gritaron qué espanto, y la indignación no pasó de los titulares. ¿Qué países levantaron la mano en la Asamblea General? ¿Qué Estados han suspendido relaciones con Rusia o Irán? ¿Cuántas manifestaciones han llenado las calles del mundo, exigiéndole a Moscú o a Damasco que cesen los bombardeos? ¿Cuántas pidiendo que los gobiernos de los países demanden las vías para salvar civiles? El holocausto, Ruanda o Srebrenica, debieron enseñarnos que su aceptación guarda en nosotros una dosis de responsabilidad. No nos excusemos ni confundamos con las culpas, esas ojalá estén algo claras.

2016 no terminó con la total destrucción de Alepo, el año claudicó. En septiembre, distintas milicias lograron romper el asedio del régimen a esa ciudad ocupada por fuerzas contrarias. Para noviembre, el gobierno de Damasco contó más que nunca con el apoyo de Moscú para recuperar el bastión rebelde.

Algunos miles lograron salir de las ruinas. Se evacuaron pocos. ¿Qué se desea cuando se camina en una fila de gente que se sumará a los incontables desplazados? ¿Qué futuro es pensable en los deseos de año nuevo? Es enero, los refugiados topan en Europa con un muro tan duro como el invierno.

El futuro sólo se conjuga con un mínimo de seguridad. Pensarlo para Siria es de la mayor hipocresía. Demandar que se le dé asilo masivo a quienes escaparon no remplaza el que por seis años hicimos lo ínfimo ante las causas que los hicieron arriesgar la vida para emprender partida. Gobiernos, organizaciones y gente que prestó atención cuando era muy tarde. Aún hay tiempo, todavía queda medio país bajo las bombas. Si es imposible que el mundo acoja a más de diez millones, está la urgencia de que esa cifra no se duplique.

Alepo bajo asedio, Alepo liberada. Palmira ocupada, recapturada. Invadida de nueva cuenta. Ciudades y poblaciones víctimas de sus dos peores males: Assad con Moscú y Teherán, y el Daesh.

A fin de la década de los noventa, en Siria se hablaba lo que iba a pasar cuando muriera Hafez Al-Assad. Al comenzar los años dos mil, abundaban los augurios de la modernidad que vendría con los teléfonos celulares, un mercado más abierto y la salida de las tropas sirias de Líbano. En mi casa, la televisión satelital pronosticaba que el país se iría incorporando a un mundo más extenso, con todo y las múltiples limitaciones que la dictadura imponía a través de sus instrumentos de corrupción e infames métodos de control en manos de la policía secreta. Cuando el hartazgo explotó en las Primaveras árabes se respiraba un asomo de esperanza que desapareció en poco tiempo. Las ilusiones se quedaron en el deseo de que la guerra terminara. Ya nada de eso tiene lugar en lo que viene.

Siria tiene dos no futuros. El de los que aún se encuentran en el territorio y el de los que han salido, ya sea a Europa o a campos de refugio o asentamientos en Líbano. Los millones que huyeron no tendrán dónde volver. De ellos, esos que están a salvo están destinados a hacer una nueva vida envuelta entre la rabia y la nostalgia. Quienes sobrevivan, incluso aceptando la permanencia de la dictadura, tampoco pueden imaginar un mejor escenario. ¿Cómo se reconstruye algo de la nada, con nada y sin nadie?

Si bien en Siria el futuro es difuso, desde afuera se pueden dibujar pocas probabilidades evitando la irresponsabilidad de especular. Supongo que quienes afirman que Assad está ganando, se refieren al mero terreno de batalla y su triunfo como un asunto de banderas. Ser el dictador de un país de escombros no es gran victoria. Es cierto que la recuperación de Alepo, militarmente, es la prueba de la efectividad de las alianzas entre Damasco y Moscú. También es probable que para quitarle al Daesh sus posiciones, el esquema se replique en Palmira y en Raqqa. Lo mismo hacia las ciudades y pueblos controlados por las milicias relacionadas con Jabhat Fatah Al-Sham. Más muertos, nuevos corredores humanitarios. A diferencia de Alepo, tendrán que atravesar el desierto.

No pasa un día en que no me lleguen mensajes preguntando qué se puede hacer para ayudar a Siria. Insisto, Siria ya no existe. Es la gente. Están las exigencias que describí unas líneas arriba. Está levantar la mirada y dejar de comparar la realidad de cada país como si las desgracias tuvieran que ser unas u otras. Están las pocas organizaciones que tienen presencia en la zona y necesitan recursos para rescatar a cuantos puedan. UNICEF, la Media Luna Roja (nuestra versión de la Cruz Roja).

Son varios los pronósticos que desde occidente se inclinan a creer que tras el triunfo de Trump, la nueva relación entre Moscú y Washington abrirá la puerta para una solución política al conflicto. La vía militar les ha dado suficientes razones para no considerar esa opción, pero incluso si la aceptara, eso le daría a Putin el control absoluto del país, sobre los intereses de Estados Unidos y Europa. En Alepo, el mundo ha visto el resultado de esa alternativa.

Sin respuesta adecuada, la fragmentación de Siria puede significar la creación de pequeñas burbujas de lo más parecido a la paz que se pueda aspirar, al menos a mediano plazo. Desde afuera, me queda aguardar a que eso suceda. Tal vez el único futuro que puedo conjugarle al país sea en el que el sur aproveche su cercanía a Israel y a Jordania, para que su posición sea suficiente para evitar un Alepo que tendría consecuencias más graves. Un futuro en el que la salida al Mediterráneo siga en manos del régimen o de su continuación, bajo auspicio de los rusos. En el que el este, por su frontera con Irak, encuentre con el control de la OTAN la manera de contener al Daesh, encapsulándolo en el desierto. El norte ya está perdido. Pero si este futuro tiene algo de probable, veremos la verdadera derrota del siglo XX; seis años atrás ya temíamos la balcanización de la guerra.

Siria es coraje y es tristeza. Es la rabia que no se contiene. En Alepo los jabones eran célebres. Fabricados de la misma forma desde hace unos miles de años. De la ciudad me quedan un par de barras, mi historia y el recuerdo. Todos son pasados. El futuro detesta su relación con el presente, para conjugarse en medio de la vergüenza de no haber hecho nada antes.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado: Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente y El jardín del honor.
@_Maruan

 

Un comentario en “Siria y el no futuro

  1. Me parece un buen análisis, sin embargo, creo que hay empeño en culpar sólo a Rusia, a Irán y a la dictadura de lo que se vive en Siria, cuando es evidente que hay otros actores también responsables . Nada se dice del papel belicoso jugado por Estados Unidos, qué, como pasó en Afganistán, parece ser que es quien apoya a la oposición armada, incluso a los radicales del DAESH. Y ya hemos visto lo que hace DAESH en los territorios que ellos ocupan; y de eso tampoco se comenta. Considero que la situación en Siria es culpa no sólo del régimen, de Rusia e Irán; las potencias occidentales juegan un papel de primer orden y tienen responsabilidad al alentar y armar a la oposición (no importa si es moderada o radical) con tal de derribar a Al-Assad. Y ya vemos los resultados de la injerencia de Occidente para derrocar a algunas tiranías (digo “algunas” porque hay de tiranías a tiranías en el esquema de las potencias occidentales. Hay otras tiranías en el Medio Oriente que no son nada cuestionadas por Occidente, incluso son apoyadas porque son aliadas de Estados Unidos. El pecado de Al-Assad no es su tiranía en sí, sino su falta de cooperación hacia Occidente.), me refiero a lo que está pasando en Libia, por ejemplo.