Empatía es una bella palabra. Mucho significa. Bello no implica apego. En la actualidad, poco se ejerce. Aunque es motivo de estudio, sobre todo en las áreas de la filosofía, del arte y de la medicina y, sin duda, preocupación de las religiones, su aplicación, en la cotidianeidad, es mínima. Los usos y costumbres de la modernidad bregan en contra del valor y la trascendencia de esa cualidad. Quienes aseguran que esa facultad no se puede enseñar, sostienen que se nace con ella y se fortalece en los primeros años de vida, ya sea por las enseñanzas en casa, en la escuela o con los amigos. Empatía no es palabra moderna; su uso infrecuente denota el enjuto valor que se le da. Demasiado desapego hacia la otredad se requiere para decapitar a personas ni siquiera conocidas.

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Ilustración: Kathia Recio

La definición que ofrece el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española es buena pero fría (como deben ser las definiciones): “Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado anímico de otro”. Hay otras más dinámicas y más vivas. Muy vivencial es la visión de Martin Buber: la empatía se ejerce cuando “yo y tú” se transforma en “yo soy tú”, o al menos, “yo podría ser tú”. Buscar las vías para que la empatía adquiera importancia debe ser reto de la medicina contemporánea.

Muestra de esa necesidad son los discursos de graduación ofrecidos a las nuevas generaciones médicas. La mayoría de los doctores, al hablar a los graduados, enfatizan el valor de la relación médico paciente, de la empatía y de la compasión; en esas disertaciones pocos ensalzan el poder de la tecnología. No podría ser de otra forma: durante mucho tiempo se consideró que la empatía era la esencia de la medicina.

Cuando los médicos carecían de fármacos o cirugías para tratar a sus pacientes lo único que podían ofrecer era su presencia, su compañía y su escucha. La incapacidad para escuchar, signo de los tiempos modernos y del “exceso” de tecnología, es, en muchos sentidos, la antesala de la pérdida de empatía. Famosa es la frase de George Bernard Shaw: “No conozco a ninguna persona bien informada y pensante que no haya sentido que la tragedia de padecer una enfermedad lo expone, sin remedio, a las manos de una profesión de la cual se desconfía profundamente”. Quienes favorecen la empatía y se alarman ante ideas como la de Shaw suelen recordar que la empatía y la compasión son principios fundamentales de la medicina.

Los doctores preocupados por la mala reputación de la medicina contemporánea lo enfatizan: compasión y empatía forman un binomio indispensable. Los galenos que además dedican algunas horas a la enseñanza (en latín, doctor proviene de docere, educar, enseñar) explican que debido a los inmensos logros de la tecnología algunos médicos, quizás demasiados, han modificado su capacidad de mirar y escuchar. Las prioridades han cambiado. Con el tiempo los médicos dejaron de pensar en el paciente como persona, después olvidaron al ser humano y se dedicaron a los órganos y, posteriormente, enfocaron su atención a las células y a las moléculas.

Al lado de esas omisiones, los logros científicos y económicos acabaron sepultando a la persona. El ser humano dejó de importar y perdió presencia; su lugar fue ocupado por la enfermedad. El viejo dogma que advertía “no hay enfermedades, hay enfermos”, ha sido desdeñado. En el trayecto de la aventura tecnológica la escucha quedó enterrada y la empatía olvidada. En la actualidad las enfermedades, su diagnóstico y tratamiento no requieren empatía: basta sabiduría, dinero para estudiar la patología y destreza para recetar. Quienes requieren empatía son las personas. Los médicos empáticos curan y acompañan. Curar es una ciencia. Acompañar es un arte.

En la actualidad la medicina enfatiza mucho más la habilidad de mirar que la de escuchar. Aunque lo que se mira debe ser trascendental, lo que se escucha compromete de otra forma y nunca es impersonal. Mirar en medicina exige menos compromiso que escuchar. La escucha convierte al interlocutor en testigo del otro y de sí mismo. Quien escucha se conoce mejor. El viejo arte de conversar sigue siendo, a pesar de la magia de la tecnología, una de las mejores herramientas de la medicina clínica. Si bien es cierto que la empatía en la mayoría de las sociedades se encuentra erosionada, en la medicina bregar por ella, sembrar y fomentarla ante las amenazas de la creciente despersonalización, es valor primordial. La mayoría de los enfermos requiere médicos empáticos, no médicos tecnológicos.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

 

4 comentarios en “Empatía: Notas sin sosiego

    • José Antonio:
      Concuerdo contigo. Lamentablemente, creo que eso no sucederá. No conozco, ni con mucho, todos los programas de enseñanza de las Facultades de Medicina de nuestro país, pero, estoy seguro, que el tiempo dedicado a la enseñanza de valores éticos es mínima, casi nula.
      Gracias,
      Arnoldo

      • Totalmente de acuerdo la empatía vulgarmente dicho es “ponerte en los zapatos del otro” para entender su sentir y su pensar…. Así como lo he pensado en tantos terrenos (urgente en la sociedad actual y en la clase política ni que decirlo) en la medicina me sorprende con agrado leerlo y lo aplaudo. El pediatra de mis hijas es empatico al 100%, razón x la cual disfrutan sus visitas y decir eso no es cualquier cosa.

        • Amanda:
          Una de las armas principales de la medicina es la empatía. Lo que cuentas acerca del pediatra es bello. Sin duda el médico de us hijas conoce su oficio. Con la empatía se nace -casa, amigos, escuela-. Y se fortalece si tienes inclinación hacia ella.
          Saludos,
          Arnoldo

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