Tal vez algún lector de Tolkien concuerde con el juicio lapidario de Virginia Woolf cuando escribió, en 1905 en una reseña del suplemento literario de The Times titulada “Literary Geography”: “El país de un escritor es un territorio dentro de su propio cerebro; y corremos el riesgo de desilusionarnos si intentamos convertir esas ciudades fantasma en ladrillo y cemento tangibles”.

Tal vez. Pero es muy probable que ese mismo lector deambule por el desértico Gorgoroth —localizado en Mordor, al lado del volcán Orodruin y al suroeste de la fortaleza de  Barad-dûr— perdido sin la ayuda, no digamos de GPS y Google Maps: ni siquiera del equivalente a una Guía Roji impresa del lugar. Y es que si, más allá de un simple lugar, estamos ante un mundo entero imaginario, un mapa no es sólo necesario sino indispensable para sumergirnos por completo en él. Trátese de la Tierra Media de J.R.R. Tolkien o del Mundo de Hielo y Fuego de George R.R. Martin, en estos casos los mapas son parte integral de la historia.

Que uno esté más o menos acostumbrado —o, en todo caso, que no nos parezca extraño— a ver mapas, muchos de ellos elaborados por los propios autores, en libros de fantasía y ciencia ficción, no significa que la ciencia interdisciplinaria de la geografía literaria se encuentre marginada a estos géneros.

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Ilustración: Oldemar González

Siendo justos, cuando hablaba de geografía literaria Virginia Woolf se refería, más que a los territorios del género fantástico, a la imposibilidad de estudiar objetivamente lo que tradicionalmente se ha visto como una experiencia subjetiva y personal: “En verdad”, seguía diciendo ella en el mismo texto, “ninguna ciudad es tan real como esta que hacemos por nosotros mismos y para la gente a nuestro gusto; e insistir en que esto tiene su contrapunto en las ciudades de la Tierra es robarle la mitad de su encanto”.

Así, para Woolf, y para muchos otros escritores y críticos literarios, tratar de hallar con ayuda de un geógrafo las reglas de una cartografía basada en la descripción de Cortázar del París que recorre La Maga de Rayuela es, en el peor de los casos, un sinsentido y, en el mejor de ellos, un reduccionismo banal. En el otro extremo, y apoyando a los modernos geógrafos literarios, tenemos a James Joyce; de acuerdo con el pintor Frank Budgen, en James Joyce and the Making of “Ulysses”: “… es esencial para Joyce que no sustituyamos nuestra propia ciudad natal por la suya, y sin embargo en Ulises él ni la pinta ni la fotografía para guiarnos. Ésta debe crecer en nosotros no a través de nuestros ojos y memoria, sino a través de las mentes de los dublineses que alcanzamos a escuchar hablando entre ellos. […] Nombres de calles y suburbios, alusiones a la vida íntima del lugar, están constantemente en sus labios”. En resumen: si mañana de Dublín no queda más que el nombre, denle a un cartógrafo literario un ejemplar de Ulises y nos regresará, sin mayor dificultad, una versión joyceana tridimensional e íntegra de esta ciudad en computadora.

¿Qué tienen que hacer los expertos en sistemas de información geográfica1 mapeando el Dublín de Joyce o el Londres de Dickens? ¿Qué conocimiento nuevo, valioso y distinto del generado por los eruditos de las humanidades puede generar una ciencia como la geografía en territorios ignotos para ella, como son los de la literatura? Tampoco está de más cuestionarnos: ¿Por qué ahora?

Polémicas aparte, lo cierto es que toda historia ocurre en algún lugar, y ya en 1904 el escritor William Sharp había elaborado un mapa de Escocia en el que ubicaba los lugares en que ocurrían varias de las novelas de Walter Scott, si bien no fue hasta 1998, cuando el crítico Franco Moretti publicó su Atlas de la novela europea, que se evidenció que los resultados de este cruce entre ciencias y humanidades en verdad podían servir para obtener mapas como herramientas de interpretación que permitieran visualizar algo de manera única y evidente.2 En su Atlas, Moretti ubicó los lugares en los que transcurrían algunas de las novelas de Jane Austen y, gracias a este mapa, observó que sus historias ocurrían en una región bastante limitada del sur de Inglaterra, caracterizada por sus campos y sus pequeños pueblos, un escenario muy congruente con las acciones de sus personajes. Si el resultado no es demasiado sorprendente, esto puede deberse a que Moretti no contaba aún con una herramienta suficientemente poderosa para analizar espacialmente y de manera semiautomática, más que unas cuantas novelas de algunos autores, cientos de ellas abarcando a la gran mayoría de los autores de un país por, digamos, unos dos siglos. Las computadoras incrementaron en unos cuantos años la complejidad de este paisaje y añadieron a la geografía literaria el adjetivo digital.

Miedo y alegría en la City

En 2016 Ryan Heuser y sus colegas de la Universidad de Stanford, interesados en la geografía literaria como parte de lo que ha recibido, entre otros nombres, el de “humanidades digitales”, con ayuda de computadoras y partiendo de lo que se conoce como “inversión geográfica” —el número de palabras en un texto que nombran ciertos lugares en particular—,  elaboraron mapas para determinar cómo estaban asociadas a las distintas calles, barrios y edificios de Londres las emociones de los protagonistas de las obras de ficción escritas en inglés y publicadas en un periodo de dos siglos.3

Heuser y colaboradores digitalizaron cuatro mil 862 obras y escogieron 161 lugares, de un total de 382, que fueron los mencionados con mayor frecuencia en estos textos y que representaban al Londres de los años 1700 a 1900. La identificación de estos puntos cada vez que aparecen en una cantidad tan grande de información sólo es manejable gracias a programas de computadora escritos con ese fin. Sin embargo, fue necesario considerar algunas posibles fuentes de error, como el hecho de que en ocasiones algunos nombres, como “Richmond” podían referirse a dos o más lugares distintos. Cuando ello ocurría y siguiendo con el ejemplo, si se estimaba que “Richmond”, el suburbio, correspondía a un 60% de las menciones en la ficción publicada en un periodo menor, de 1850 a 1899, este resultado se usaba para determinar probabilísticamente el total de veces que “Richmond” se refería al suburbio en el total de las obras analizadas.

Los mapas obtenidos a partir de la información digitalizada permitieron a sus autores determinar que el Londres de la ficción tiene su inversión geográfica centrada en el punto de encuentro entre la City (con lugares como la Torre y la Catedral de San Pablo) y el West End (en el que se encuentran la Abadía y el Palacio de Westminster, entre otros puntos de referencia). Los novelistas de este periodo histórico dieron un mucho mayor protagonismo a esta parte de Londres, lo que no refleja la realidad del desarrollo urbano ni los cambios en la población de esta ciudad durante esos dos siglos, en los que otros barrios crecieron de forma mucho más acelerada. En palabras del equipo de Heuser: “… el Londres de ficción distorsiona su geografía al comprimirla y centrarla en la parte oeste”.

Una vez cartografiada la inversión geográfica, los investigadores determinaron los tipos de emociones asociados con los lugares identificados, restringiendo éstas, para optimizar costos y tiempo de computadora, únicamente a una positiva —felicidad— y a otra negativa —el miedo—. Con este fin, para cada lugar mencionado en al menos 10 fragmentos de diferentes obras de cada subdivisión de 50 años de los dos siglos de ficción analizados, 20 voluntarios leyeron y anotaron si los fragmentos estaban asociados con miedo o con felicidad. El mapa resultante reveló, “a gran escala” o en términos generales, que la felicidad estuvo asociada al West End, y el miedo a la City y al East End (zona en la que un tal Jack destripaba a sus víctimas). Esta asociación se mantuvo intacta a lo largo de los 200 años de ficción analizados.

Una geografía imaginaria sin límites, pero cartografiable

“… Aun los mundos imaginarios necesitan una lógica geográfica; […] Esto significa que ríos necesitan converger conforme fluyen a una costa, montañas forman racimos o líneas, y desiertos que hacen la transición suavemente a bosques”.
—Jonathan Roberts, cartógrafo

Todo lector de autores como García Márquez y William Faulkner sabe que los escritores no tienen ninguna restricción física para crear pueblos como Macondo, condados como Yoknapatawpha, o cualquier mezcla de geografías imaginaria y real, y que nada les prohíbe nombrar, renombrar o combinar lugares en los cuales ocurran sus historias. No obstante, y como bien señala Jonathan Roberts, autor de mapas como el de los territorios abarcados por los Siete Reinos de la saga de J. R. R. Martin, incluso estos lugares pueden ser estudiados por la geografía literaria.

En 2012, por ejemplo, investigadores de la Universidad de Basilea, Suiza, usaron técnicas propias de los sistemas de información geográfica para cartografiar los distintos tipos de vegetación y de clima descritos por Tolkien en El señor de los anillos.4 A partir del mapa generado, determinaron que la Tierra Media sufre un serio problema de pérdida de regiones boscosas, por lo que el desarrollo sustentable en este mundo podría ser un desafío mayor para todas las razas que habitan en él que, inclusive, haberse enfrentado a los ejércitos de Sauron. Tierra Media o nuestra Tierra, geografía literaria o no, los mapas nos proporcionan información que emerge gracias a éstos y que hace que, en la literatura, puedan convertirse en algo más que simples adornos de una obra. Así, si el lector decide leer el Guillermo Tell de Friedrich Schiller no sería mala idea acompañarse de un mapa en que estén señaladas las más de 150 referencias geográficas mencionadas por este autor, así como las decenas de rutas recorridas por sus personajes por los Alpes suizos.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía de la Universidad de Guadalajara. Es autor de Ciencia Pop, La física del Coyote y el Correcaminos, y más ciencia (y muchos más dibujos animados) y de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas.


1 Que permiten, entre otras cosas, la incorporación y visualización en un mapa de varias “capas” que proporcionan, cada una de ellas, diferente información sobre esa región: vegetación, topografía, núcleos de población, vías de comunicación y uso de suelo, entre muchos otros datos.

2 Y este es un buen lugar para distinguir entre la geografía literaria —el análisis espacial de una obra de ficción— como ciencia y la cartografía literaria —la elaboración de mapas— como herramienta. No necesariamente la primera implica la segunda.

3 Heuser, R., M. Algee-Hewitt, A. Lockhart, E. Steiner y V. Tran, “Mapping the Emotions of London in Fiction, 1700-1900: A Crowdsourcing Experiment”, en: Cooper, D., C. Donaldson y P. Murrieta-Flores (eds.), Literary Mapping in the Digital Age, Routledge, New York, 2016, pp. 25-46.

4 Habermann, I. y N. Kuhn, 2011, “Sustainable Fictions: Geographical, Literary and Cultural Intersections in J.R.R. Tolkien’s The Lord of the Rings”, The Cartographic Journal, 48(4), pp. 263-273.