El año que está por terminar ha sido particularmente desastroso para el país en general y para la presente administración en específico. Seguramente no lo recordaremos sobre todo por un hecho en particular (como recordaremos 2014 por Ayotzinapa), pero en conjunto 2016 da la impresión de ser el peor año de la presidencia de Enrique Peña Nieto. No solo porque fue el año más violento desde 2012, sino también porque el saqueo de las arcas nacionales por parte de algunos gobernadores alcanzó unos niveles que pensábamos inalcanzables. A ello hay que añadir abusos a los derechos humanos por doquier y fosas clandestinas cuyo número sigue aumentando. Es en parte esta situación lo que ha llevado a una serie de cuestionamientos respecto al ejército mexicano, que ya está cansado de estar realizando labores para las cuales no fue creado y que, por tanto, no cumple como debiera. Es cierto que el crimen organizado no puede ser considerado vencedor en su guerra con el ejército, pero está claro que ante el precio que ha pagado la sociedad mexicana en general, lo de menos es a quién declaramos “vencedor” y a quién “perdedor”.

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La sensación de impunidad que vivimos actualmente contribuye más que ninguna otra cosa al saldo más que negativo que en la percepción ciudadana deja este 2016 de lo que es ser un político y de lo que es la política en este país. Sobre todo, nos deja muy mal pertrechados para pensar el futuro; básicamente, para pensar que las cosas pueden ser de otra manera. Esto, sobra que lo diga, es gravísimo y no puede más que contribuir a la desazón y a la desolación imperantes. En este contexto, las fiestas navideñas, que se prestan de algún modo para ser una especie de respiro o un espacio de tranquilidad y recogimiento, no han sido nada de eso.

Fue precisamente en este contexto decembrino en el que los senadores del PRD, haciendo gala de sofisticación político-diplomática y de un populismo demasiado barato, se dieron vuelo pegándole a una piñata de Donald Trump y llenándola de insultos más o menos altisonantes. Fue también en esta temporada navideña en la que los diputados de este país decidieron auto-concederse un bono navideño (¿por qué no?). Afortunadamente, algunos miembros de nuestra clase política se dieron cuenta del despropósito y declinaron recibirlo. Fue también en este contexto decembrino que, a solo cuatro días de la navidad, tuvo lugar una explosión en el mercado pirotécnico de San Pablito, en Tultepec, Estado de México, que hasta este momento ha cobrado más de treinta vidas y en el que hubo docenas de heridos y una decena de desaparecidos.

Lo acontecido en Tultepec es un excelente resumen y una excelente radiografía de lo que es  México en este segundo decenio del siglo XXI: una serie de funcionarios de todos los niveles que no hacen su trabajo, una supuesta administración que funciona porque es permanentemente aceitada con todo tipo de arreglos, mordidas y “vistas gordas”, unos ciudadanos (me refiero a los locatarios y a sus líderes) que participan activamente de estos arreglos y, para no extenderme, unos supervisores que hacen todo menos supervisar (el cotejo de las dos fotos aéreas de lo que era el mercado cuando, se decía, era “el más seguro de América Latina”, y el mercado que estalló la semana pasada, dice más que mil palabras). No faltará quien diga que los locatarios no tenían otra opción. Entiendo lo que se quiere decir con esto, pero también sé que la corrupción en este país, como en cualquier otro, es posible y es “pan de cada día” porque hay ciudadanos que están (más que) dispuestos a participar en actos corruptos; de naturaleza y niveles muy variables, pero es así como la corrupción se crea, se difunde y se legitima. En todo caso, como escribió Luis Prados en El País, lo sucedido en el mercado de San Pablito no es solo una tragedia, sino también una vergüenza. Una vergüenza que cierra un año repleto de vergüenzas en lo que a la política y la sociedad mexicanas se refiere (como se podrá comprobar, por si hiciera falta, en lo que sigue).

Tengo para mí que la sensación más desoladora del año que está por concluir es que quien no participa de la corrupción y del latrocinio que la acompaña es un ingenuo y un tarugo. Parecería por  momentos que la vida en general y la política en particular están diseñadas en México para que solo los corruptos avancen, solo los corruptos logren sus objetivos y, de paso y a costa del dinero de todos, se hagan millonarios (literalmente, millonarios); todo esto de manera impune. El caso Duarte es, en este renglón, un manual de descaro, cinismo, corrupción, incompetencia jurídica y procesal de las autoridades “correspondientes” y, como corolario de este último punto, de una impunidad que ofende  e incluso degrada a la ciudadanía (además de, aunque sea por omisión, poner en peligro la vida de muchos de sus integrantes; nada menos).

Que la sensación antedicha la tengamos muchos ciudadanos mexicanos precisamente en el año en que es creado el Sistema Nacional Anticorrupción (con mayúsculas) no es más que otro signo de lo aciago de los tiempos que corren y de las escasísimas luces que se alcanzan a ver en el horizonte. A este respecto, la ya declarada carrera presidencial rumbo al 2018, que debiera ser una luz al final del túnel, dista de ser siquiera una pequeña flamita. Y no porque, repitiendo el conocido apotegma, “la caballada está flaca”, sino porque, hasta donde alcanzo a ver, ninguno de los candidatos o candidatas cuyos nombres se barajan representan en la mente de muchísimos mexicanos un cambio verdadero. Dicho esto, si Manuel López Obrador tiene más posibilidades que nadie de convertirse en el próximo presidente de México no es porque sea más “peligro para México” que cualquier otro contendiente, sino porque al menos en lo que a la corrupción se refiere, representa para muchos algo distinto. Si eso es verdad o no, solo lo podremos saber en caso de que resulte ganador. En todo caso, su ventaja principal o “carta ganadora” es, con diferencia, su honradez (por más que sus detractores estén en desacuerdo). Que este sea el único motivo o criterio que decida quién va a dirigir los destinos de un país durante seis años, da una idea de la magnitud de la crisis político-moral y social que vive México.

Hay otras noticias que han ocupado a la prensa nacional durante el último mes de este 2016. Una de ellas es la especie de circo políticamente correcto y fatuo que representa el proceso constituyente en la Ciudad de México. Hace muchos meses, en este mismo espacio, Salvador Camarena y quien esto redacta escribimos lo que cabía esperar de un proceso que entonces estaba en ciernes. Creo que nos quedamos cortos. No voy a repetir aquí lo expresado en esa ocasión, ni los argumentos que articulistas políticos tan solventes como José Antonio Aguilar Rivera y Jesús Silva Herzog Márquez, entre otros, han puesto en negro sobre blanco con motivo del proceso en cuestión. Lo único que quiero decir en esta ocasión es que considerando la historia nacional (y latinoamericana) en materia constitucional, considerando la situación por la que está atravesando el país, considerando algunas de las “voces cantantes” en dicho proceso constituyente y considerando, por último, la cantidad de asuntos realmente importantes que debería estar atajando la clase política mexicana, la elaboración de una carta constitucional (de una ciudad, no de la nación entera) en un país en el que uno de los deportes favoritos es saltarse las leyes (y salirse con la suya) es, cuando menos, una frivolidad. Que, además, la promulgación con bombo y platillo de esta frivolidad vaya a coincidir con los 100 años de la Constitución más manoseada en la historia de Occidente nos da una medida más de la profundidad de la crisis actual de México.

Pero hay más y no son precisamente cuestiones baladíes. Lo sucedido a la senadora Ana Guevara es otra faceta, nada desdeñable, de la crisis que vivimos. Y no porque Ana Guevara sea senadora o porque sea mujer, sino porque el hecho en sí denota esa violencia cotidiana que vive la inmensa mayoría de los mexicanos y a la cual, como muchos otros aspectos de la crisis por la que atravesamos, parece que nos hemos acostumbrado. La brutalidad y cobardía de la golpiza que recibió Guevara por un incidente de tránsito nos recuerda, por enésima ocasión, la magnitud del naufragio cívico y de valores en general en el que nos encontramos. Que el hecho haya tenido lugar en el Estado de México me sirve para decir algo más. El Estado de México es una auténtica selva, con su ley correspondiente. En esta selva, como siempre, los grupos más desfavorecidos llevan la peor parte (como la tragedia de Tultepec, por cierto, lo muestra bien). Una selva en la que, además, las mujeres han sido uno de los blancos favoritos, pero esto no parece preocupar mucho a las autoridades del Estado, pues las cifras siguen ahí, más que elocuentes, para quien quiera echarles un vistazo. Que el gobernador de dicho estado suene todavía en algunas de las encuestas y proyecciones para la carrera presidencial del 18 es otra muestra de los niveles de deterioro que sufre la sociedad mexicana de hoy.

Antes de terminar con este panorama de la situación actual y a riesgo de ser tildado de quejica, simplista y hasta cursi, debo decir que no tengo en mi mano o en mi cabeza las soluciones a la crisis bosquejada en los párrafos anteriores. De hecho, no aparece ante mi vista nada que me haga pensar que existen salidas relativamente próximas a la situación en la que estamos inmersos desde hace ya varios años (demasiados en cualquier caso). Ahora bien, como muchos otros ciudadanos, veo a numerosas organizaciones de la sociedad civil haciendo un loable esfuerzo para que este país sea algo distinto. Sin embargo, ante el panorama que tenemos ante las narices, no puedo evitar pensar que estos esfuerzos son claramente insuficientes. A este respecto, algunas de estas organizaciones me dan la misma sensación que las admirables mujeres de la pequeña localidad de Guadalupe, La Patrona, en el mismo estado que fuera de Duarte, Veracruz  (a quienes, por cierto, el periódico inglés The Guardian rindió un mínimo homenaje con un breve y elocuente video): en lugar de una política del Estado mexicano respecto a los migrantes centroamericanos (de quienes, cabe apuntar, pocos se acuerdan cuando se les llena la boca hablando en contra de la “política” migratoria de Trump), lo que tenemos son este puñado de mujeres, “las patronas”, tratando de paliar un día de hambre de algunos de los miles de hombres y mujeres que quieren llegar a lo que a partir del próximo 20 de enero dudo mucho sea “the land of liberty” (por lo menos de la libertad que tenemos en mente cuando escuchamos esta expresión). En todo caso, del tipo de actitudes y de acciones que “las patronas” y muchas organizaciones civiles encapsulan es de lo que tenemos que agarrarnos (nunca mejor dicho), hasta nuevo aviso, los ciudadanos mexicanos. Lo cual, dicho sea de paso, no tiene por qué implicar una idealización, ingenua y simplista como lo es toda idealización, de “la sociedad civil”; una costumbre bastante extendida en nuestro medio y que, me parece, nos acerca menos a la sociedad que queremos de lo que algunos plantean.

“Las patronas” y muchas organizaciones civiles son ejemplos cuya labor y dedicación no solo cabe reconocer, sino en los que se puede participar de manera directa o indirecta. Hay algo, sin embargo, en lo que no cabe “participar”, sino que constituye la vida misma; me refiero a la actividad profesional de cada quien, a nuestra actividad de todos los días. Concretamente me refiero a desempeñarla de la mejor manera posible: como miembro de una organización civil, como maestra, como profesor, como albañil, como abogada, como plomero, como editora, como arquitecto, como enfermera, como ingeniero, como doctora, como carpintero, como campesina, como comerciante, como agrónomo, como lo que sea. Es poca cosa dirán algunos; sin embargo, ante el panorama nacional bosquejado, esta  “poca cosa” me parece el único remedio efectivo para “salvarse” uno mismo y para tratar de “salvar” a unos cuantos de nuestros conciudadanos de un entorno en el que la simulación, la trampa, el abuso, la violencia y la depredación (de todo tipo) parecen ser la manera más común y más “inteligente” de vivir (y sobrevivir). La corrupción se combate no solo con mayúsculas tipo SNA, sino también haciendo cada quien su trabajo cotidiano de manera honrada y digna. Que esto no es suficiente o, si se quiere, que es insuficiente, lo sabemos todos, pero ante lo acontecido en México durante este 2016 y ante el legado que este año nos dejará, creo que no estaba de más expresarlo y dejarlo por escrito.

 

Roberto Breña
Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.

 

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