Lo primero que me cosquillea en las yemas de los dedos, al empezar a escribir este artículo, es decir lo mucho que nos gustaría, a todos quienes le conocimos, que Gonzalo estuviese aquí con nosotros para celebrar su primer centenario, como hace poco Kirk Douglas con los suyos.

Y lo segundo que quizá debiera añadir es que estamos celebrando su centenario en la fecha que debe ser, y no en la que insisten en dar por cierta algunos pecios del diluvio universal de datos donde navega el nuevo arca de Noé pilotada esta vez por la intrépida Miss Google: “personaja”, la llamaría Gonzalo.

Pienso que sería hora de que se vayan corrigiendo todos los archivos donde diga que Gonzalo Rojas nació en 1917. La fecha correcta es el 20.12.1916. La razón de la discrepancia es que sus padres recién lo inscribieron en el Registro Civil de Lebu (inscripción #31 de ese mes) el día 16.1.1917. Lo que más adelante condujo, allá por los años 30, a que un funcionario confundiese los números y escribiera en su documento de identidad “Nacido el 20.12.1917”.

“Según le oí decir a mi padre en mi infancia”, me contó Rodrigo Tomás, hijo primogénito de Gonzalo y buen amigo mío, “alguna vez hizo un intento fallido de corregir la equivocación; más adelante no le pareció mala la idea [que lo rejuvenecía un año] y no insistió en ello. Pero no fue esta la única variante de la fecha real de su nacimiento. Una de las más tardías data de comienzos de los 90, cuando otro funcionario descuidado confunde el día de la inscripción en el Registro con el del nacimiento, y lo hace nacer el 16.1.1917. Pero para desmentirlo, junto a los documentos que atestiguan su natalicio en 1916, existe en nuestro poder una carta de Celia, su madre, a su hija mayor, María Elisa, que se hallaba de viaje, carta fechada el día 15.1.1917 donde le dice: ‘Gonzalito muy grandecito, se ríe solito cuando lo baño todos los días a la 1 de la tarde’”.

Así, habría que corregir todos los libros, antologías, diccionarios, enciclopedias, resúmenes biográficos, tanto virtuales como aquellos en soporte papel, que circulan viciosamente con la fecha equivocada, por más que la poesía en sí no precise para nada de este tipo de exactitudes cronológicas de la vida del autor. Aunque sí es interesante resaltar que, a pesar de haber conocido ese dato biográfico, algunos investigadores que han escrito abundantemente sobre Gonzalo y su obra no quisieron abordar el hecho mientras él aún vivía.

Es esta, pues, definitivamente, la fecha en que festejamos el primer centenario del nacimiento de aquel eterno joven que fue Gonzalo. Pero recuerdo de su poema “Féretro y más féretro” unos versos que dicen: “A ver tú, paisano mío, hijo de Catalina, Emili o Emilián,/ como te digo yo, bisnieto mío/ Rojas Hauser nacido ayer en Köln, Deutschland,/ según ese mail ¿qué es por último / nacer?”. Y lo recuerdo porque Gonzalo Rojas está naciendo cada vez que lo leemos.

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“Por otro lado”, siguió platicándome Rodrigo Tomás, pocos meses después de la muerte de su padre, “son incontables las confusiones y las aseveraciones erróneas en torno a su persona. Hay desde quienes aseguran que no habría nacido en Lebu sino en Ovalle, al norte de Chile, hasta quienes fabulan que vivió parte del exilio en la Unión Soviética. Otros aseguran que habría presidido la Sociedad de Escritores de Chile o que habría dirigido revistas literarias que nunca dirigió”.

Más: hay bibliófilos que han buscado infructuosamente ejemplares del dizque fue su primer libro, publicado en 1936. Tal libro no existió. Lo que sucede es que en alguna entrevista él habló de ciertos poemas escritos en su juventud, que habría llevado en lo que llamó “un cuaderno secreto”. Esto fue interpretado por algunos de manera literal y se creó el mito de un libro desaparecido. Incluso hay notas biográficas donde encabezando su bibliografía se encuentra el título Cuaderno secreto, poesía, Gonzalo Rojas, Lebu –Golfo de Arauco–, 1936, con todas las de la ley.

También hay quien señala que Gonzalo le habría “puesto letra” a una composición de Violeta Parra, cuando en realidad es al revés. Se trata, como con exactitud lo destaca Ángel Parra en el libro sobre su madre, de un poema escrito por Gonzalo en 1951 y titulado “Sátira a la rima” [antes “Vida social”], que Violeta musicalizó en 1957 durante uno de los primeros Encuentros de Escritores que él organizara por aquellos años en Chile. Luego ella hizo una grabación de ese texto en un estudio de Concepción, un disco de los de entonces, de 78 rpm (¡ay, el frágil acetato!), y del que desafortunadamente ya no existe ningún ejemplar. También en relación con Violeta, ella alguna vez musicalizó el poema de Neruda “El pueblo”, un texto tan conocido que resulta sorprendente y divertido el que ciertas discografías lo adjudiquen falsamente a Gonzalo Rojas.

“Una de las más recientes confusiones”, terminó de contarme Rodrigo Tomás, “que te señalo porque los dos implicados supieron de ella y la celebraron, pasó en la Biblioteca Provincial de Huelva, tu ciudad natal. Un día, buscando una referencia en Internet, encontré en la página web de esa Biblioteca una sección llamada “poemas del ascensor”, explicando que habían tenido la original idea de colgar en sus paredes poemas de autores iberoamericanos para que quien hiciera uso del mismo los leyese durante el breve viaje. Entre los autores elegidos mencionaban a Gonzalo Rojas con un poema titulado ‘Los cómplices’, lo que me llamó la atención porque no sabía de su existencia. Mi extrañeza aumentó al leerlo y no reconocer en él ni su tono ni su ritmo. Como es natural me puse a la tarea de encontrar su proveniencia, y constaté con gran sorpresa que ‘Los cómplices, poema de Gonzalo Rojas’, aparecía en innumerables páginas literarias especializadas, en notas críticas, en blogs, etc. Incluso existen musicalizaciones y videos de intérpretes cantando este texto dizque escrito por él. Por fin, después de larga búsqueda, descubrí que es de la destacada poeta chilena Delia Domínguez. Mi padre, en sus últimos plazos, al oír la historia, sonriendo, me pidió que le contase a Delia, quien nada sabía y reaccionó muy conmovida y honrada al enterarse después de fallecido él”.

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Entretanto, en estos cinco años largos transcurridos desde su muerte, el 25.4.2011, en Santiago de Chile, la obra de Gonzalo Rojas ha sido recogida en dos amplios volúmenes, un verdadero tesoro para quienes lo consideramos una de las voces cimeras de la lírica en lengua de Castilla.

Está en primer lugar Íntegra: Obra poética completa (Fondo de Cultura Económica, México 2012), unas 900 páginas que no tienen pierde. Y está también desde el año pasado, y asimismo en el FCE,el conjunto de su obra en prosa Todavía  [recordemos el comienzo del poema “Por Vallejo”: “Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: Todavía”], un libro que tampoco tiene pierde porque Gonzalo se cuenta en el número de los poetas cuya prosa [y aquí recordemos un verso suyo que dice “Pero ahora, ay, hablando en prosa”] para nada desmerece de su poesía: bastaría pensar en ejemplos tan egregios como los de Juan Ramón y Cernuda, aunque, eso sí, olvidemos piadosamente el de san Juan de la Cruz, quien no tuvo uñas para esa guitarra.

La edición de ambos volúmenes corrió a cargo de Fabienne Bradu, a quien se debe por feliz añadidura la biografía de Gonzalo titulada El volcán y el sosiego, que el FCE acaba de editar, y hay un ejemplar camino de este despacho, pero aún no me llegó: sin embargo ya puedo decir de ella que incluye todas y cada una de las precisiones que llevo hechas en este artículo. Fabienne Bradu, recordémoslo, no sólo ha sido la traductora áulica del poeta al francés, a ella también se debe un libro de pláticas con él, Otras sílabas sobre Gonzalo Rojas, y continúa trabajando en la edición del resto de su obra sin publicar, amén de haber coordinado el amplio y jugoso dossier que le ha dedicado Cuadernos Hispanoamericanos en su número del presente mes.

De ese dossier, representativamente, quiero citar unas palabras llenas de calor humano, del poeta y narrador chileno Mauricio Electorat: “Haber tenido a Gonzalo Rojas al alcance de la mano, al alcance de un texto, al calor de una conversación, no puede sino haber sido un privilegio para todo escritor. Como lo es para todo lector adentrarse en su obra. Yo, humildemente, digo que he aprendido con Gonzalo Rojas mucho más que en ninguna de las universidades que he frecuentado. Como diría Lacan: ‘Ce n’est pas rien’. No es poca cosa. Es mucha”.

Son palabras que, sin ser poeta ni escritor, no puedo sino suscribir.

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En lo que va delante he escrito muchas veces “Gonzalo”, a secas, y es que en nuestra casa Gonzalo Rojas era sencillamente Gonzalo. Desde que nos conocimos en Bonn, a comienzos de los 80, cuando le hice una interviú para mi emisora, y él, al volver a Chile, le comentó muy extrañado a su esposa que lo entrevistó un periodista que había leído a Paul Celan. En su casa, en Chillán, estaba prendida la radio, y justo en esos mismos momentos en que él se lo estaba comentando a Hilda comenzaron a transmitir la entrevista que yo le había hecho. Y él lo consideró, y me lo dijo luego, una señal secreta.

Me lo dijo en Hamburgo, en el otoño del 86, durante una reunión de poetas iberoamericanos donde también participaba Álvaro Mutis, gran amigo personal de Gonzalo y predecesor suyo en el Cervantes. Quería la casualidad que ambos tuviesen que recitar en Colonia luego del evento hamburgués, de manera que viajamos acá los tres juntos en un tren superexpreso que, como todos los que circulan en Alemania, se identifica con un nombre. El nuestro se llamaba Hölderlin. Otra señal secreta.

A partir de ese momento, nuestra correspondencia fue siempre muy nutrida, y uno de los mayores tesoros de mi archivo son los poemas de Gonzalo, que me iba enviando regularmente conforme los escribía y pasaba en limpio. Justamente poco antes de la concesión del Cervantes recibí un nuevo poema suyo, fechado en París, noviembre 2003, y que terminaba diciendo: “De ahí vinimos viniendo los/ poetas malheridos aullando/ mujer, gimiendo/ hermosura, Eternidad/ que no se ve: especialmente eso, muchachos,/ que no se ve”. Y la poesía de Gonzalo es esencialmente éso que no se ve, pero que todos terminamos sintiéndolo muy dentro del corazón, allá donde se refugia y se acendra lo más irreversible del ser humano.

Berlín y Madrid fueron también lugares donde nos hemos encontrado a lo largo del tiempo.

Inolvidable será para nosotros la semana que pasamos acompañándolo en el apartamento berlinés que le habían adjudicado cuando disfrutó allá de una beca de creación. Todo un lujo los desayunos que nos preparaba amorosamente; todo un placer recorrer en su compañía las salas del museo de Die Brücke, que es uno de los lugares secretos, como para iniciados, de la ciudad entonces todavía dividida por el muro; toda una experiencia concurrir con él a una exposición del tico Roberto Lizano en una taberna típica de artistas, y verlo entusiasmado; y también la experiencia de viajar con él a Lübars, un rincón campesino, como de otros tiempos, en el ángulo norte del sector occidental, donde concluía la civilización y comenzaba el socialismo real, y verlo pasear feliz por el pasto, con la escritora argentina Esther Andradi.

Y en Madrid nos volvimos a encontrar el 22 de abril del 2004, a mediodía, en el Círculo de Bellas Artes, la víspera de la solemne entrega del premio en el aula magna de la Universidad de Alcalá de Henares, cuando se celebra el aniversario de la muerte de Cervantes. Pero el día anterior, en el Círculo, comienza también tradicionalmente la maratónica lectura completa de Don Quijote, y es asimismo tradición que el primer párrafo lo lea el galardonado de cada año. Lo veo en la pantalla de la memoria, camino del micrófono, con su paso ligero de joven de 86 años, enfrentar al público, mirar si el micrófono estaba en posición correcta, y bajar la vista al libro posado en el atril. Y su voz diciendo: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”. Pocos han merecido tanto como él pronunciar esa paradoja: tan luego él, que se acordaba siempre de todos los nombres.

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El suyo se ha quedado grabado muy hondo en nuestros corazones. En esta casa donde él ha dormido la noche de la boda de su nieta Catalina, después de que nos bebiésemos una de las botellas de vino tinto de más vieja añada que había en mi bodega, una del año en que nos conocimos.

Siempre me quedé con las ganas de hacerle una segunda entrevista, y en un viejo apunte que recupero hoy, buscando material para este homenaje en su centenario, encuentro que ya tenìa pensado cómo iniciarla. Le diría: “Tu primer acercamiento a la poesía pasa por la palabra ‘relámpago’ y su sonido, pero siendo tú como lo eres alguien en quien el sonido puede más que el sentido (lo has dicho muchas veces), te recuerdo que el relámpago tiene algún sonido más que el de esa palabra que lo nombra: y es el trueno. Háblame del trueno, Gonzalo”.

Y mientras lo transcribo ya sé qué hacer al terminar de transcribirlo: volver a abrir las páginas de Íntegra para oír cómo Gonzalo, casi desde cada verso, me estará hablando del trueno.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

 

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