05-quince

Ávila, Santa Teresa de. En mi país no dicen: “Estás desvariando sino difariando”. Nada de pensar tan coherentemente con demasiadas estricteces hispánicas. Desvariar implica a la imaginación, según Santa Teresa de Ávila, a quien adoro: “La imaginación es la loca de la casa”. Me gusta lo que escribió Santa Teresa de Ávila porque no es literata: ella se quedó oyendo el murmullo de sus paisanos.

Breton. Surrealismo y política se enlazan profundamente, o mejor dicho, se vincularon con profundidad ya en el primer manifiesto de Breton, pero especialmente en el segundo manifiesto podemos verificar una comunicación entre pensamiento político y pensamiento poético surrealista. Lo que yo amé siempre en el surrealismo, en el gran momento de ese grupo surrealista francés, fue justamente la libertad, el proyecto de libertad que ellos tenían y que nunca estuvo vinculado a las ideologías estrictas. Por supuesto que ellos estaban más cerca del pensamiento marxista que de un pensamiento liberal o conservador. Pero el punto de vista de ellos frente a la libertad era mi punto de vista, es decir, el del socialismo utópico de Charles Fourier y de los grandes filósofos y pensadores utopistas del siglo XVIII y comienzos del XIX, como por ejemplo, Claude Henri Saint Simon. Ellos eran más bien socialistas utópicos.

Cuchillo. Antes de sentarme a escribir, lanzo a una mesa de madera un filoso cuchillo: si se queda clavado significa que cuento con la suficiente concentración para silabear interiormente, para dedicarme a la poesía. Pero si esto no ocurre, dejo a un lado mi cuaderno y me pongo a hacer otra cosa.

Desocupado lector. Cervantes tiene razón al usar ese término en el prólogo a Don Quijote. Para mí, el buen lector es así, desocupado; que no venga con ese pensamiento majadero que dice a ver qué le voy a encontrar aquí, a ver por dónde registro las lecturas del poeta. El encuentro con la palabra tiene que ser con asombro, con conciencia. Yo considero al lector, al oyente, otro poeta: todos lo somos.

Esdrújulas. Cuando me di cuenta de  mi cercanía con el lenguaje, seguramente también nació mi adhesión a las palabras esdrújulas que son como una caída, como una esencial del barroco.

Físicos. Los físicos son los únicos parientes que tenemos los poetas, ellos hablan de la indeterminación. Sólo los necios positivistas o los respetables cartesianos pueden pensar que todo ha sido fundado en la proporción armónica. ¿A qué proporción armónica se refieren si todo está estallando siempre?

Goethe, Einstein y Paz sabían del principio de indeterminación. Esto mantiene un vínculo con una frase brillante de Heráclito: “Ambigüedad, aproximación”. Los poetas decimos aproximación y por eso evitamos referirnos a la exactitud. El riesgo de la lucidez es que se caiga en una exactitud y en un esquema. Yo no comulgo con eso…

Hölderlin. Recuerdo una frase preciosa de Hölderlin que Heidegger usó más tarde para acceder a su pensamiento: “Para esto le fue otorgado al hombre la palabra, el más peligroso de los bienes, para que dé testimonio de lo que él es”. Nadita menos; ésa es la palabra de nosotros, de los poetas. Con la palabra del poeta no se juega, no se puede relevar una palabra por otra. De repente en un texto prosístico, por hermoso que sea, es posible cambiar una palabra, pero en poesía no se puede. La palabra se hace con sílabas, vibraciones, vocales, consonantes, fonemas vivos.

Ícaro. La poesía tiene mucho del riesgo de Ícaro, el que se quema las alas y se rompe la nariz para luego reinventarse.

Juego. Yo soy un poeta genealógico. No soy un poeta lírico ni telúrico. Soy genealógico porque creo en la progenia. Creo que en el fondo todo esto es un gran coro (y por eso no creo gran cosa en la famosa originalidad) y que todo se me ofrece como un ejercicio de rescate. Eso me lo dijo Julio Cortázar. Tampoco es que diga que soy familiar ni de Chaplin ni de Nietzsche, pero ellos cercanos a mí. Hay dos formas de tener parentela: la sanguínea y la imaginaria, que es preciosa y te amarra en un juego lindo de hilos invisibles.

Kafka o Rulfo. De repente en la obra de grandes autores hay rupturas y silencios, ahí es posible ver cómo está funcionando el mecanismo de ser y callar: hablar y como un torrente y de momento hacer una pausa.

Lucidez. Sé que a veces toco la lucidez, pero más bien es una aproximación. En el poema “Fragmentos” está condensada toda mi poética. Fragmentos no en el sentido que sean trozos de una parte más, la palabra fragmento en buen latín quiere decir quebrarse. Este mundo en realidad es una quebrazón. No es tan cabal ni completo, no hay cabalidad ni totalidad.

Mandrágora, grupo surrealista al que pertenecí.

Neurosis infantil. Cuando era niño padecí de una dificultad respiratoria (resultado de una neurosis infantil) que desembocó en una tartamudez. Como no podía pronunciar los fonemas duros como t, p, k, entonces todo era difícil. Querer decir y no alcanzar es lo mismo que decía San Juan de la Cruz: “Volé tan alto, tan alto que me di a la caza”. Yo no volé y no le di a la caza alcance. Eso quiere decir que no llegué. Arribar quiere decir caer en el espejismo del éxito. En ese sentido, prefiero pensar en las sílabas que no podía pronunciar y creer que el mundo lo hemos hecho a pedacitos.

Octavio Paz. El día que se anunció el surgimiento de la fundación que lleva su nombre, el poeta difarió. Sabía que pronto iba a morir y aprovechó para despedirse bajo esos árboles que siempre lo acompañaron en su poesía. Ahí salió el poeta enorme, el Paz que me gusta recordar, con amor a su México y a todo. Parece que todavía lo veo, con cierto arrebato en su rostro, tocando el sinsentido porque eso es lo que hacemos nosotros los difariantes: así demostramos que no le tenemos miedo al miedo.

Poesía. Quien no parpadea vocálicamente no entiende lo que es poesía.

Relámpago. Heráclito decía que “el relámpago gobierna la totalidad del mundo”. El relámpago ilumina todo de golpe y muestra lo efímero del tiempo. Pensar en el relámpago me remite a una escena de mi niñez: vivía en una casa de madera, éramos ocho hermanos, mi padre era minero y mi madre apenas si podía cuidarnos. Una vez estábamos los ocho jugando en un corredor, afuera llovía, se escuchaba cómo caía el granizo sobre el techo de la casa y era posible presenciar una tormenta de lluvia y electricidad. Recuerdo que uno de mis hermanitos me dijo en ese momento: “Re-lám-pa-go”. Después de escuchar ese tetrasílabo me quedé con cara de niño sorprendido, porque en ese momento descubrí el intrasentido del relámpago, con toda esa torrencial lluvia y lo pavoroso que podía parecerme la cohetería del cielo. En ese instante, siendo niño, percibí el sentido fonológico de la palabra relámpago y, desde ese momento, me quedé pensando en esa palabra.

Sartre. Como dice Sartre, a los poetas, las palabras se nos ofrecen como cosas: las palpas, las hueles, las tientas, las concibes.

Torreón del Renegado es el nombre que yo le puse a mi casa. El río se llama Renegado y a mí y a mi mujer nos gustó levantar una casita que tiene la fisonomía de un torreón viejo.

Utópica. Mi adhesión al surrealismo fundamentalmente fue por la defensa del proyecto de libertad, pero de una libertad un poco anárquica, quizá utópica, pero no una libertad vuelta hacia los partidos políticos sectarios.

Valéry, Paul. Me gusta esta reflexión de Valery: “En un poema, la primera línea del verso, lo dictan los dioses o le es dado a uno, y después empieza el poeta a hacer lo suyo”. Esto lo dice como para indicar que el punto de arranque es un punto verdaderamente de vivacidad subconsciente, pero más adelante hay que urdir, como la araña teje su hilo, hay que urdir el espacio verbal.

Yo sobre todo fui un lector de Breton. Él fue el que más me importó. Hay otros buenos poetas, pero ninguno tiene la vivacidad crítica y la locura creadora que tiene Breton. Igualmente, Benjamin Peret, con el cual tuve la oportunidad de dialogar en París.

Zángano. Cada escritor tiene un pequeño bestiario. Tanto las abejas como los zánganos se aproximan al callamiento. Las abejas cuando está en su panal no están moviéndose mucho, lo hacen cuando alguien las molesta, se erizan y entonces se vuelven ruidosas. El zángano es una figura que me encanta porque remite a la idea del ocio; yo soy un animal ocioso, celebro el ocio, el otium romano tan adverso al nec otium (negocio). Los poetas no somos gente de negocio. También en mi bestiario aparecen mariposas que no son como las vemos comúnmente, sino lepidópteros que todavía son orugas. En este sistema imaginario lo que me importa es la metamorfosis, pero no la metamorfosis del progreso sino de lo mismo: porque todo es igual a todo.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.

*Las entradas de este abecedario provienen de una entrevista realizada por la autora en 1998.

 

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