Guillermo Samperio (1948-2016) era un tipo extravagante. Cuando lo conocí era director de Literatura del INBA: usaba unas corbatas espectaculares, con paisajes y flores que podían convertirse en escenarios de algún relato improvisado, aunque en el fondo le servían para sabotear sin excesivo escándalo el porte burocrático requerido por su puesto. La primera vez que hablamos disertó un buen rato sobre los zapatos de las mujeres, que según él debían ser rojos y sólo en caso de necesidad extrema condescender a otras posibilidades. Luego descubrí que tenía una colección de sombreros. De bufandas, chalecos y collares sería mejor no hablar. La última vez que lo vi llevaba seis o siete pulseras de colores en el brazo tatuado y se había pintado el pelo de un tono rubio muy favorecedor. Tal vez así combinaba mejor con el nombre que usó en los últimos años: Guillom, el sucesor de Willy.

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Fotografía cortesía Milenio.

Para él era difícil dejar de contar cuentos. Tal vez los que publicó son una parte mínima de los que estaba componiendo, se le estaban olvidando, todavía no acababa de tener completamente claros, eran la continuación del último, en realidad no valían tanto la pena pero ya estaban en camino para ayudar a entender por qué la tetera estaba despostillada o dónde habían quedado sus apuntes o qué clase de música estaba ramificándose en la voz del piano. A veces se le llenaban los ojos de lágrimas o se moría de risa contando esas anécdotas que se encabalgaban a través de una tarde y del humo de muchos cigarros. Otro café.

No sé si alguna vez me contó que había sido mago o si lo estoy inventando porque uno de sus libros se refiere a la ventriloquía (aunque está lleno de fotos de maniquíes) y en otra novela hay unos anteojos que permiten ver dimensiones ocultas para la mayoría. O será su amor por los disfraces: casi siempre parecía a punto de sacarse algo de la manga.

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Portada de Maravillas malabares, Madrid, Cátedra, 2015.

Es por influencia suya que me estoy desviando. Del tema. Quiero decir que asistí a sus talleres literarios en Erongarícuaro: dos o tres días dedicados a leer, escribir, oírlo hablar de lo que estaba leyendo, aventurar una página temerosa —pero para mí (y creo que para muchos, a juzgar por los comentarios en las redes) ese miedo se desbarataba ante la generosidad de sus respuestas. Tal vez eran los años de práctica, la sensibilidad, un tanto de oficio y otro tanto de irreverencia, mucha imaginación. Una capacidad notable para sugerir algo que asomaba la nariz en el ejercicio de cada tallerista, para recomendar lecturas, ayudar a esclarecer por dónde se podía seguir explorando. Y luego todo esto se convertía en un juego con cada palabra, que seleccionaba con una especie de gula. Sí, le gustaban los dulces y se nota en mucho de lo que escribió. Muchas veces lo vi corregir un texto, agregar una pieza, quitarla, cambiarla por otra, volver a ponerla. Era divertidísimo, pero también aprendí, aprendimos mucho, tantos que asistimos a esas sesiones a través del tiempo. Empezamos a creer en nuestras escrituras.

Qué triste escribir esto, qué fea sorpresa fue leer la noticia ayer por la mañana. Hace tiempo que no lo veía, pero no me hubiera extrañado encontrarlo en cualquier esquina, cualquiera de estas tardes. Ya no sucedió, y en cambio me toca darle las gracias por tanto aprendizaje, por los libros que me ayudó a descubrir, por miles de conversaciones, por animarme a seguir. Y por haber dejado en tantos de nosotros el ejemplo de un trabajo tan obstinado y tan gozoso.

 

Adriana González Mateos
Narradora y ensayista. Es autora de El lenguaje de las orquídeas, Borges y Escher. Un doble recorrido por el laberinto y Cuentos para ciclistas y jinetes.

 

Un comentario en “Guillermo Samperio en una corbata

  1. Tengo emociones encontradas al leer este artículo. Ayer, al saber de la muerte del Willy, me di cuenta que cuando uno deja “para después” buscar a un viejo amigo, esa búsqueda se queda pendiente para siempre. La última vez que lo vi fue precisamente cuando era director de Literatura en el INBA, en los 80 el siglo pasado. Después lo perdí de vista durante muchos años, hasta que en esta maraña cibernética volví a verlo y pensé en buscarlo. En fin.
    Lo conocí por 1973, en un taller de cuento del IPN que sesionaba en la Escuela de Enfermería en el Casco de Santo Tomás. Fuimos compañeros de letras en esos años hasta que cada uno siguió su propio camino. Recuerdo con claridad cuando presentó al taller su cuento “Cuando el tacto toma la palabra” que me parece fue publicado en la revista efímera “Juego de Palabras”. Todas esas extravagancias que se mencionan en el artículo las ignoraba yo, pues como digo nunca lo volví a ver. Ni modo. Muchas gracias por recordarlo, Adriana.