Abro con un pasaje de la novela La guerra de Galio. Lo hago porque, viéndolo bien, es el libro de Héctor Aguilar Camín en el que concurren tres de las vertientes en la obra de Fernando Benítez: la narración —la escritura misma—, la historia y el periodismo. Como recordamos, la novela está narrada por un historiador, maestro del protagonista Carlos García Vigil. En el pasaje se refiere cómo García Vigil, estudiante de historia, al leer una relación sobre los reales mineros zacatecanos del siglo XVIII, lee una cosa distinta a la de los otros alumnos. Dice el narrador: “Ahí donde sus compañeros habían reconocido sólo las alusiones obvias del documento —el valor de los salarios o la escasez de la carne—Vigil encontró datos suficientes para bosquejar el perfil de una sociedad precaria, signada por la imposibilidad de la vida señorial, cuya presunción era un lugar común de los colonialistas de la época. Reparó, por ejemplo, en que la administración del real minero estaba a cargo de una mujer, que firmaba la carta: una viuda cincuentona en trance de casarse otra vez, cuya decrepitud codiciada echaba luz sobre las mujeres en un mundo remoto. Para llegar a él se requerían catorce días de viaje desde la Ciudad de México, según dedujo Vigil de la requisitoria virreinal que la viuda contestaba. Esos catorce días de viaje incluían el asedio de los llamados indios bárbaros, como podía desprenderse de las quejas de la propia viuda, quien había perdido así a su marido y a un hermano. La observación dramatizaba los rigores de una colonización epidérmica, todavía mal afianzada en lo militar, pese a la imagen del siglo XVIII novohispano como un cenit de paz y plenitud del dominio colonial”. Y traigo el pasaje para asociarlo con el premiado no porque el nombre de Carlos García Vigil suelte un eco de su propio nombre, sino porque en efecto esa cualidad de leer más o distinto donde otros leen menos o igual, aparece en todas las zonas donde Héctor Aguilar Camín ha puesto pie. No es entre-leer o leer entre líneas; a ese verbo yo le diría o inventaría como transleer. Y de una vez para apresar a ese verbo en sustantivo: Aguilar Camín es un translector de la realidad literaria, de la realidad histórica, de la realidad política, de la realidad periodística, de la realidad editorial, de la realidad-realidad. Añado algo a esto de la cualidad translectora. Hace muchos años Héctor Aguilar Camín presentó su examen de doctorado en El Colegio de México. Presidía la mesa del jurado Don Daniel Cosío Villegas. Recuerdo perfectamente su primera intervención. Con su voz seminasal le hizo a Héctor un gran elogio: “Usted aquí es una rara avis, porque sí sabe escribir”. Pero como además de ser una institución Don Daniel era un viejito cabrón, le ecualizó digamos el elogio a Héctor al plantearle, más que preguntarle, si leía muchas novelas policiacas o de detectives ya que su tesis estaba mechada por todas partes del verbo detectar. Tiempo después recuerdo a Héctor en el cuarto de arriba que compartíamos en nuestra casa de la avenida México 15 en la ciudad de México, corrigiendo su tesis, mejor dicho, detectando sobre todo el verbo detectar y sacándolo de las extensas cuartillas, mientras convertía esa tesis en un libro; libro que fue, desde su aparición en 1977, un clásico de la historiografía mexicana: La frontera nómada. Sonora y la Revolución Mexicana. Pues bien, restituyo tal verbo no para sugerir que haya de incrustársele en la próxima edición de La frontera… sino por el uso oportuno: Aguilar Camín es un experto consumado en detectar, en todas sus zonas de incumbencia, qué cosa va con qué cosa, qué cosa no va con qué cosa y, claro, y más importante: qué cosa, aunque al parecer no va con qué cosa, va con esa qué cosa.

Segunda cualidad. Hará un par de semanas en que al recibir el Premio Juan Pablos al Mérito Editorial de la Caniem, Aguilar Camín leyó un texto donde mencionaba la extrañeza de algunos ante su optimismo frente a la situación del país. Él lo explicó con una frase de F. Scott Fitzgerald: “La verdadera prueba de una inteligencia superior es poder conservar simultáneamente en la cabeza dos ideas opuestas, y seguir funcionando. Admitir por ejemplo que las cosas no tienen remedio y mantenerse sin embargo decidido a cambiarlas”. Mientras Héctor enunciaba la frase establecí el siguiente nexo. El legendario crítico Lionel Trilling asoció lo escrito por Fitzgerald con una de las hermosas cartas de John Keats donde el poeta inglés habla de la capacidad negativa. La capacidad negativa no es a lo que suena; ocurrió que Keats discutía con un amigo que intelectualmente era demasiado doctrinario. Alguien ávido de certidumbres, de asideros; alguien, dice Keats, “que nunca llegará a una certeza mientras viva, porque siempre está intentándolo”. Y dice Keats que mientras discutían (en traducción por cierto de Julio Cortázar) “de pronto me sobrecogió esa cualidad que integra plenamente a un hombre; quiero decir capacidad negativa, o sea, cuando un hombre es capaz de ser en la incertidumbre, los misterios, las dudas, sin ninguna irritada búsqueda tras los hechos y las razones”. Pero más allá de que Keats considerara esto un elemento de poder intelectual, lo unió antes que nada al poder creativo, al decir que Shakespeare poseía grandemente esa cualidad. Pienso entonces en Aguilar Camín al pensar también que un gran novelista sólo puede serlo si cuenta con esa capacidad negativa. Ya mencioné una novela suya; vuelvo a ella para decir que un personaje tan logrado como Galio Bermúdez sería imposible si el novelista le hubiera impuesto sus verdades o certezas; si no se hubiera dejado habitar por él. Entonces, la segunda cualidad de Aguilar Camín es la capacidad negativa.

Ahora, los tres orgullos. En este punto agradezco a los organizadores de la FIL la invitación a la mesa porque me dan igualmente la oportunidad de algo; y ese algo es deponer mi vanidad retórica de modo que su hermano menor honre cual debe a su hermano mayor. Oportunidad de declarar en público mi admiración desencadenada por Héctor Aguilar Camín. En relación con Héctor tengo el orgullo de apellidarme como el definitivo escritor que es él, aunque yo haya quitado el Camín de mi nombre por razones de farándula artística o bien de salud mental, puesto que durante toda mi vida al conocerme las personas me habrían preguntado nada más: “¿Eres hermano de Héctor?”. O como me dirían en nuestro pays natal, Chetumal: “¿De qué te toca Héctor?”. Fui testigo privilegiado de los comienzos de Héctor como escritor y de saberlo, antes que nada y en lo que viniera eso: un escritor. Como referí, hubo un tiempo en que Héctor y yo compartíamos los cuartos de arriba de la casa en avenida México 15. Y varias veces, en cuanto yo estaba seguro de que Héctor no sólo no estaba sino que tardaría un buen tiempo en regresar, yo echaba mano o pie de la silla puesta junto a una mesa vieja que en el cuarto funcionaba como escritorio, y trepado en ella alcanzaba el ropero donde Héctor guardaba celosamente una carpeta negra, con lomo ajustable y prensil para las cuartillas, que contenía sus cuentos. Durante su ausencia yo los leía en secreto y con asombro para luego devolver la carpeta a su escondite como si nada hubiera pasado. Aquí me delato porque ahí me di cuenta del tamaño de escritor que era Héctor. Después de tantas lecturas subrepticias llegué a aprenderme de memoria pasajes de sus cuentos que me encantaban. Dos en especial, dos finales. Un cuento que Héctor publicó después, muy corregido a como yo lo recordaba, sobre una muchacha alemana que se suicida lanzándose al río Rhin en la ciudad de Berlín, a la altura de la calle Oberländerufer. Un mal escritor habría dicho que se había feamente suicidado y que su cuerpo flotaba bocabajo sobre el agua como un fardo de muerte y destino maldito. En cambio, el inolvidable final de Héctor decía, luego de referir cómo la muchacha había ido a aumentar las filas de suicidas: “Son muchachas translúcidas, espectrales; y llevan los ojos abiertos Oberländerufer abajo, abajo para siempre”. El otro cuento era uno que Héctor nunca publicó y se llamaba “Póstuma moralia”; historia de una muchacha a la que matan de un balazo. El narrador se dirige a la muchacha del relato en las líneas finales: “Llamándote Marga, ¿quién fuiste tú? Casaca de becerro anaranjada; alcohólica anónima. Hablas, vives fuera de mí. Un día, apenas, te fabricas ese pájaro abierto que te sangra en el pecho”. Me sigue encantando esto. Y lo menciono porque si uno ve la obra narrativa de Héctor encontrará que en sus libros, aparte de la riqueza literaria, hay otra riqueza que es como una junta de oficios: el oficio de historiador, el de investigador periodístico, el de cronista, el de ensayista, incluso el de aforista. Y bueno, hay igualmente una mano de poeta, como pudo oírse en los finales anteriores. El segundo orgullo requiere de una anécdota previa, casi como desprendida de su libro Adiós a los padres, que cuenta de modo impar la historia de nuestra familia, y que incluye momentos en que nuestra madre, Doña Emma, pero sobre todo nuestra tía, Doña Luisa, se daban con gran naturalidad a lo sobrenatural. De niño, durante un tiempo doña Emma no me dejó salir a jugar al parque frente a nuestra casa de México 15. Y es que había soñado que me iba al parque y me perdía para siempre. Poco después me levantó la veda. Años más tarde doña Luisa me explicó por qué se había tranquilizado doña Emma; y es que doña Luisa tuvo una precognición, o una videncia, o diríase una videncia acústica, ya que fue auditiva. Una voz le dijo a doña Luisa que nunca me pasaría nada y que, y porque, pese a la diferencia de diez años en edades Héctor y yo iríamos juntos por la vida. Pues fue profética doña Luisa, porque éste mi segundo motivo de orgullo ha sido trabajar durante alrededor de cuarenta años con un formidable empresario de la cultura llamado Héctor Aguilar Camín. Voy al tercer orgullo; tercero por numeración pero nunca por orden de importancia. Así, no sólo me apellido como el definitivo escritor que es él; y no sólo mi apellido ha caminado junto al suyo en varias empresas culturales, sino que también, también, como diría Alfonso Reyes de Pedro Henríquez Ureña: también me apellido de su amistad.

Muchas gracias.

 

Luis Miguel Aguilar