En ocasión del Premio de periodismo Cultural Fernando Benítez, 5 de diciembre 2016, FIL de Guadalajara.

 

Queridos amigos,

Este premio reconoce el esfuerzo de muchas gentes asociadas a mi desempeño como periodista cultural. Pero hay dos sin las cuales lo que se premia hoy aquí simplemente no existiría. Son Luis Miguel Aguilar y Rafael Pérez Gay. Este premio les pertenece a ellos en realidad. Quiero reconocerme aquí simplemente como su intermediario.

La palabra que acompaña el nombre de Fernando Benítez en mi memoria es la palabra felicidad. La siguiente es alegría, síntoma de la primera. La felicidad es por definición efímera y, al revés de la desgracia, carece de buena memoria. Nuestras desgracias tienen más fuerza en el recuerdo que nuestras felicidades. No es así en mi memoria de Benítez. Su recuerdo viene siempre a mí en andas del humor y de la gracia, precedido por el eco impostado, malicioso, risueño e inolvidable de su voz: “No hagas caso, hermano: son unos miserables”.

“Siempre estaba contento”, dice su esposa Georgina, “como si estuviera jugando”. Así está en mi memoria, jugando y hablando, comparando, por ejemplo, la última edición del suplemento Sábado, que hacía él en unomásuno, con la última edición de la revista Nexos, que yo hacía con Enrique Florescano: “Los hicimos pedazos, hermano”.

Tenía el don de la alegría, el don del humor, el de la elocuencia, el del insulto, el de la picardía. Y en todos era ligero y penetrante, con frecuencia memorable.

En sus años finales cuando iba a someterse a una revisión que incluía la puesta de una sonda en las vías urinarias dijo a su médico: “Piedad, doctor, para este pajarito, que en tan alegres jaulas ha cantado”.

Decía haber descubierto un modo revolucionario de hacer cabezas noticiosas. Había que renunciar al mito de las cabezas cortas y llamativas. Había que hacer cabezas tan largas como fuera necesario para que la noticia quedara clara. Fue así como en algún diario que dirigía ordenó imprimir esta cabeza: “Javier Flores, pariente político del presidente Adolfo López Mateos, y modesto burócrata de Ferrocarriles de México, gana en esa empresa más que el director”.

Desbordaba una altanería contagiosa, llena de gracia y poder seductor. Cuando Carlos Fuentes era sólo el autor de Los días enmascarados, a sus veinticinco años, un ambulatorio Fernando Benítez le dijo con displicencia, al cruzarse con él en la Avenida Juárez: “Con un librito de cuentos no se salva nadie”. Siguió de largo, recuerda Fuentes, “paseando su elegancia y recomendando a los políticos que se cruzaba en el camino: —¿Por qué no se hace usted sus trajes en Macazaga, como yo?”.

Al mismo Carlos Fuentes le dijo en los años setenta: —No voy a escribir más novelas, hermano. No puedo competir contigo, con García Márquez, con Cortázar, con Vargas Llosa.

En medio había ya la tierra grande y firme de la amistad con Fuentes Cuando Benítez fue corrido de México en la cultura, el suplemento del diario Novedades, hizo un viaje largo con Fuentes. Tomaron un transatlántico en Acapulco rumbo a Holanda A bordo viajaba una de las dueñas del barco, una joven a la que todos llamaban lady Grace, y de la que Benítez y Fuentes se hicieron amigos. Los esperaba en la cubierta por las tardes para tomar un drink antes de la cena, echada sobre una tumbona, envuelta en gasas azules, y comiendo chocolates.

Benítez que era capaz de todo menos de no hablar, ensayó una advertencia en inglés para la dama comelona. Le dijo: “Lady Grace, do not it mani more chocholeits becos you can diterioreit yur siluet”. A lo que, Lady Grace contestó, según Fuentes : “Oh, what a charming russian dietist”. A lo que Benítez replicó: “Aiam not a russian dietist, madmuesel, but a praud mexican criollo. Guach yur uords”.

“Yo no sé si esa mujer nos quería seducir o tuvo alguna aventura con Carlos”, dijo Benítez a Carlos Marín en una divertida entrevista, varios años después. “Las mujeres han desempeñado un papel definitivo en nuestras vidas. Muchas mujeres. Yo me casé tardíamente a los 55 años con Georgina, que tenía 25. Antes tuve amantes y Carlos tuvo todas las que quiso. Era muy guapo, extraordinariamente simpático y de un genio formidable. Daba unas fiestas en su casa cuando estaba casado con Rita Macedo verdaderamente colosales. Escurría el semen por las escaleras”.

La hipérbole era parte del genio de Benítez, de la animación elocuente, inolvidable de su voz.

A propósito de las mujeres lo recuerdo diciéndome:

“Las mujeres, hermano, qué fuerza de la naturaleza. Piensa nada más que echan sangre y echan leche por su cuerpo. Están trenzadas a la tierra, hermano Son la tierra. Y nosotros, comparados, no somos nada, unos huérfanos, unos parias, unos miserables”.

Vestía bien y se comparaba victoriosamente con otros bien vestidos. No conmigo, desde luego, que fui blanco de su crítica filantrópica en esta materia. Estábamos en el patio de alguna ceremonia y él estaba sentado atrás de mi. Me tocó el hombro y me dijo. “Hermano: Busca un sastre que te arregle las arrugas que se te hacen en la espalda. Tú eres un príncipe, no mereces esas arrugas”.

Y siguió: “Yo soy un dandy, hermano, pero no me visto como dandy por vanidad, sino por amabilidad con los otros. Aprende esto: el mundo ya es suficientemente feo como para además tolerar a un viejo mal vestido”.

Trato de transmitir algo de la persona extraordinaria que reflejan estas palabras y esta voz. Lo que quiero decir es que Fernando Benítez era un personaje superior a la suma de sus talentos.

Cumplía como pocos el dictum de Ezra Pound según el cual un autor debe ser superior a lo que escribe. Benítez era superior a todas sus facetas, en cada una de las cuales era extraordinario: como periodista, como escritor, como animador de la cultura, como biógrafo de Lázaro Cárdenas, como cronista del mundo indígena y del mundo novohispano. Hizo un libro también, extraordinario, sobre la destrucción del patrimonio artístico y cultural durante las desamortizaciones de la reforma.

 Me dijo: “Nuestros próceres liberales saquearon las  iglesias, hermano, y yo saqueé al Niño Guillermo Tovar y de Teresa que me dio todo el material de este libro único porque nadie ha dicho esto claramente, hermano: nuestros próceres liberales eran unos miserables”.

Celebramos aquí su herencia como periodista cultural, pero la obra del historiador, del cronista y del novelista, son un tesoro aparte, el legado de un autor de energía, imaginación y elocuencia infatigables.

Escribía muy bien, buscaba el rasgo único y el hecho sorprendente. Combatió toda su vida los estigmas de la desigualdad social, de la discriminación indígena, de la ceguera y la insensibilidad de su medio a la injusticia, al abuso político y a la exclusión económica. Entendió y narró como muy pocos la riqueza fundadora de la Nueva España, el albor de los primeros mexicanos, y dio cuenta como nadie de la realidad de los indios de México realmente existentes cinco siglos después, tan marginados como desconocidos en su privación, en su aislamiento, pero también en su riqueza ignorada: cultural, religiosa, mitológica, literaria, vital.

Me consta que el mundo indígena le pagó bien. Le devolvió la vida al menos una vez. Serían los primeros años ochenta y Fernando entró en un remolino de gastritis, inapetencia, crisis nerviosa y extenuación progresiva. Perdió poco a poco el mayor de sus dones, la palabra, y en vez de los torrentes rotundos y memorables que eran peculiares de su genio verbal, sus amigos se acostumbraron a oírlo tartamudear, y a que las palabras salieran trabajosamente por su boca, como si escupiera piedras en lugar de las flores de antes.

Un día se despidió de nosotros, los que trabajábamos entonces en el diario unomásuno, diciendo que regresaba con “sus” indios a morir. Más de uno asumió la declaración literalmente, porque había en el cuadro del deterioro de Fernando un algo efectivamente ominoso, terminal. Desapareció semanas, quizá meses, no lo recuerdo bien, ni si fue a echarse en manos de sus manos huicholes o de sus coras, pero recuerdo perfectamente su regreso, el regreso de un hombre radicalmente distinto al que se fue, un hombre rejuvenecido varios años, como si lo hubieran lavado y limpiado por dentro y le hubieran devuelto, mejorados, todos sus bienes físicos y mentales.

Era tan buen editor como escritor. Era buen editor porque era buen escritor, porque reconocía en otros la calidad que había en él y se arrojaba sobre ellos para atraerlos. En su trato con escritores y creadores no lo guiaban la competencia o la envidia, sino la admiración y la empatía. Servía con humildad lo que lo superaba, y ofrecía sin reticencias su precioso bien escaso: un lugar donde publicar, donde conectar con lectores y editores. Nadie abrió tantos espacios a otros como Benítez en su paso por el mundo cultural mexicano.

A Carlos Marín le contó, cómo reclutó a Alfonso Reyes para el suplemento México en la Cultura del diario Novedades: “Me dirigí al autor de Las mesas de plomo y le hice ver que sus libros circulaban muy poco (con frecuencia pagados por él mismo) y le ofrecí un público de cien mil lectores. Aceptó y hasta su muerte fue nuestro mas constante colaborador”.

Nadie hizo tanto por la animación profesional de la cultura, en la segunda mitad del siglo XX, tanto como Fernando Benítez. Nadie fue tampoco tan eufórico y alegre editor de lo que se llamaba entonces La Cultura, eso que Benítez convirtió para siempre, hasta ahora, en periodismo cultural.

Nadie fue mejor intermediario que Benítez entre los lectores, la torre de marfil de los letrados y los intereses de la prensa empresarial. Imposible ahora pensar en tantos dueños de medios indiferentes a las cuartillas de Alfonso Reyes, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, José Emilio Pacheco o Carlos Monsiváis que se publicaban por primera vez en las páginas de sus revistas y periódicos.

Rescato de la hemeroteca una edición del suplemento Laberinto del diario Milenio, del 20 de febrero de 2010. La edición conmemora el año cien del nacimiento de Benítez y el décimo aniversario de su muerte. Me conmueve la precisión de algunos de los testimonios incluidos ahí.

 Su viuda Georgina Conde pone lo esencial: “Siempre estaba contento, como si estuviera jugando. Daba todo lo que tenía. Todo lo que él sabía, lo enseñó. No se guardaba nada, ni siquiera los secretos”.

Lo retrata su coeditor de La jornada semanal, Fernando Solana Olivares:

“Iba tan elegante como siempre con un traje azul marino cortado a la medida una camisa albísima de puños y cuello almidonados y una corbata de seda delicadamente verde con lascas moradas como si fuera una textura de Monet”.

Lo recuerda en clase su alumno de periodismo Gustavo García:

“Teníamos prohibidísimo usar adjetivos (‘Para usar un adjetivo tienen que venir de rodillas desde su lugar hasta aquí y rogarme con lágrimas en los ojos’) En cambio, debíamos narrar un partido de futbol sin repetir una sola vez la palabra balón o sus equivalentes, en un lapso de 10 minutos mientras él se paseaba entre nuestros lugares chasqueando los dedos y diciendo: ‘¡Hueso, hueso!’, para recrear, según él, la presión que habríamos de sufrir en las redacciones.

Recuerda Huberto Batis, su editor de Sábado:

“Con nosotros comenzó a colaborar el argentino Guillermo Schavelzon, quien le traía a Benítez recortes de suplementos de todo el mundo. Un día nos llevó un poema de Borges que había recortado de La Nación de Buenos Aires. Lo que no sabía Benítez es que Octavio Paz le había comprado a Borges el poema en 50 dólares, por lo que al verlo en el suplemento nos llamó de inmediato; estaba furioso y decía que éramos unos piratas. Benítez, muy firme, tal como era, le contestó: ‘Somos pobres y diseminamos la cultura de todas partes del mundo, aquí no hay derechos de autor’”.

Resume su oficio Vicente Rojo, pintor esencial, colaborador de toda la vida:

De pronto sobre su mesa había un manuscrito de Alfonso Reyes, otro de Alejo Carpentier, uno más de Paul Westheim. Fernando los barajaba y, sin poder prever qué textos tendría sobre su escritorio, al entusiasta grito de, ‘¡Toda la carne en el asador!’, publicaba a Reyes, a Carpentier y a Westheim de una vez.

Yo recuerdo su voz resonante, cómica, inolvidablemente magisterial, en algún rincón perdido de la redacción de unomásuno: “Los diarios, hermano, son el epitafio de cada día”.

El suplemento Laberinto, de Milenio, publica una foto de Benítez que es la alegría misma. Benítez está tirado en el suelo, posando como el duende que era, salido de la jungla urbana, y lo miran, lo miramos, sorprendidos y encantados, sus amigos de la nueva aventura cultural.

Se está mudando del diario unomásuno, fundado en 1978, al diario La Jornada, fundado en 1984. Está dejando el diario donde fundó su último suplemento legendario, llamado Sábado porque salía los sábados, y está asumiendo la dirección del suplemento cultural de La Jornada, creado por quienes dejamos unomásuno luego de un pleito de cuyos costos no quiero acordarme.

No hay rastro alguno de aquel pleito en esa foto, hay la gracia de un juglar que cambia de teatro y conserva su gracia. La absoluta gracia de Fernando Benítez, nuestro maestro, nuestro ejemplo, nuestro contemporáneo, nuestra vara de medir.

Qué subrayar de la herencia y el ejemplo de Fernando Benítez. Primero, sobre todo, su espíritu de vinculación, de contacto, de traer la cultura a los diarios y la realidad a la cultura.

Segundo, el espíritu de abolición de las fronteras entre la cultura y la sociedad, los escritores y la vida pública, la novela y el reportaje, la historia y la crónica, el periodismo y la memoria, la denuncia y la celebración.

Tercero, diría yo, el optimismo, la alegría de estar en el mundo en una buena amalgama de entusiasmo y crítica. El   ejercicio dual sugerido por Gramsci: pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad.

Cuarto, la resistencia, la capacidad de sobrevivir en el propósito a través de los años, pasando de México en la cultura de Novedades, a La cultura en México de la revista Siempre!, al suplemento sábado de unomásuno, al suplemento semanal de La Jornada.

Quinto, la generosidad de abrir espacios a otros, de poner y compartir la mesa.

No sé si estamos a la altura de esa herencia. Sé que sin pensar en esto, sin quererlo ni soñarlo, Fernando Benítez puso una vara muy alta para quienes venimos después.

Me hace feliz pensar que mi nombre quedará atado al suyo con este reconocimiento.

Muchas gracias.

 

Un comentario en “En ocasión del Premio de Periodismo Cultural Fernando Benítez

  1. Estimado Héctor, muchísimas felicidades por este merecido reconocimiento… saludos afectuosos… Teresa Gurza…