Te deseo el sentido del tiempo que tienen las estrellas, leí en medio un ruido ciego a cualquier palabra. …el temple de las hormigas, la duda de los templos… casi grité. Con ese nuevo acento seguí como quien disimula un tropezón. Te deseo la locura, el valor, la impaciencia.

—No se oye —dijo alguien en la primera fila.

—Aquí tampoco —avisaron los de más atrás.

Te deseo la fortuna de los aventureros y el delirio de la soledad. Leí cerca de pegar un alarido. Luego me detuve.

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Ilustración: Gonzalo Tassier

Mi primer encuentro con la FIL de Guadalajara fue casi un desencuentro. Intentaba leer dos páginas de un libro para el que inventé unos personajes que se volvieron parte de mi familia. No quería lastimarlos insistiendo en la lectura de sus trifulcas frente a un público generoso, pero a disgusto.

Afuera, aunque en el mismo viento, había un grupo de guitarras eléctricas y percusiones extraviadas haciendo un estruendo carente de compasión. Que al otro lado alguien tratara de contar un cuento no estaba en sus cuidados. Tal vez ni siquiera sabían que allá atrás una escritora destanteada, en la mitad de la vida, tenía pavor de estar entregando un libro al que quién sabe si alguien querría acercarse. Casi terminaba el año 1996.

La sala era un inmenso galerón y del techo colgaba una foto mía, estruendosa de tan grande, que convirtió en timidez lo que debió ser aplomo. Y no había remedio. Nada qué hacer más que dejar la lectura, que se pretende otra música, y cambiarla por una conversación propicia.

¿De qué se trataba mi libro? No ya cómo estaba escrito, sino qué decía.

Fui contando. La guerra, la juventud, la patria. Las dudas, la niñez, la familia. La medicina, la pasión, el impensable deber de elegir. Mis obsesiones de siempre. Lo que fuera fui tramando entre el ruido.

¿Para qué hacemos libros? Yo, ¿para qué había escrito ese libro? Peor aún, ¿por qué había aceptado presentarlo en una feria? Porque aquello era una feria, de eso ni duda. Y si acaso alguien creía que faltaba la rueda de la fortuna, es porque aún no estaba claro que ésa la tenían en sus manos los lectores. Tantos y tantas veces como aquella noche, poniéndonos a salvo con su sola presencia. Acompañándonos a subir o bajar en la rueda del diario afán que es escribir como a tientas. ¿De qué otro modo?

Terminamos aquella conversación entre abrazos. Un alivio y un desafío.

Así empezó mi trato con la FIL. Como un atisbo de lo que sería esto que con los años se ha vuelto para muchos de nosotros, lectores y escritores —todo el que pasa por la feria es las dos cosas—, al mismo tiempo una fiesta y un compromiso, un deber, un abismo, una promesa.

El juego se le había ocurrido al entonces rector de la Universidad de Guadalajara. No diré su nombre. Sólo quiero nombrar a nuestros muertos. Esto no tendría que contarlo, porque lo sabe casi todo el mundo. Sin duda todos los editores y la gran mayoría de los escritores. Ahora no todo el público, porque su creación ha rebasado lo imaginado. No sé si por él, que siempre ha sido de sueños grandes, pero sí por muchos otros.

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara se ha convertido en la más grande de Iberoamérica.

A pesar de que casi todos los aviones que llegan de otros mundos pasan por la Ciudad de México, muchos, pero muchos de quienes llegan a Guadalajara ya no se detienen en el monstruo. No les interesa. Van al encuentro de lo que les concierne: los libros, los autores, la conversación con los amigos, de todas partes, a los que sólo se encuentra por ahí.

Yo no puedo pensar en la FIL sin recordar con una mezcla de nostalgia, devoción y alegría a Carlos Fuentes y a Gabriel García Márquez, sin reconocer de qué modo y con cuánto entusiasmo ellos acudían a los lectores y a los amigos con una puntualidad a prueba de cualquier contratiempo.

Repito que fueron ellos quienes acordaron ceder el precio de las becas que el gobierno mexicano les dio como creadores eméritos para fundar una Cátedra Latinoamericana que llevara el nombre de Julio Cortázar, ese gran inventor de palabras que acuñó, para nuestra imaginación, una sola para nombrar a los seres como él. Cronopio. Cortázar, el bien amado.

Nunca he oído a nadie hablar mal de Cortázar, así como nunca oí a García Márquez hablar mal de nadie. Ni remedio, escribo su nombre y las enormes piedras como huevos prehistóricos vienen a mi memoria con Mercedes diciéndonos: “Es que son así. Yo creía que Gabo las había inventado, pero no. Es que así son”.

Estábamos desayunando en un jardín bajo los árboles. Y su novio, nuestro más querido, asentía con el gesto de serenidad juguetona que fue ganando con el tiempo y que rige sus libros desde siempre. Y nuestra memoria hasta que la perdamos.

Cada año se presentan en la feria cientos de libros. En 2015, dicen las cifras de internet, fueron cuatrocientos treinta. Uno de ellos era mío. Qué lección de humildad es la FIL. Ahí no hay mírenme que valga. No hay concierto para una sola voz.

¿Por qué hacemos libros? Sin duda no para ser originales. No para ejercer una profesión inédita. Ya podríamos marchar, los célebres ponentes, cantando: “somos un chingo y seremos más”.

Haciendo así las cuentas, sin duda, cada quien su FIL. Y cada cual sus memorias. Imposible no figurarse que la energía de Carlos Fuentes anda siempre en tal aire. Qué placer era oírlo, deteniendo el mundo con el portento de su elocuencia.

Muchas veces lo que recuerdo son mis pasos corriendo. Queda todo tan lejos. Cuarenta mil metros cuadrados de libros. Y nosotros ahí, a veces exhaustos y veces como enamorados. Con el colibrí aleteando en el centro del cuerpo cuando la fila para pedirnos una dedicatoria se ve larga como una sonrisa. Qué amable, démosle a la palabra lo que significa: qué digna de amor es la gente que espera para intercambiar tres frases y pedir una firma. Eso no hay cómo pagarlo. Si acaso, una pequeña parte, yendo a verlos.

En el viaje para llegar a la feria del 2013 nos dejaron dos aviones. La primera vez, porque dadas las prisas que sufrimos el año anterior, quisimos llegar con tiempo. Empujada por el pánico a ser, como siempre, la responsable de las carreras, conseguí casi por única vez, estar dos horas antes. ¿Y qué hace uno en la sección nacional de la terminal dos durante tanto tiempo? Nada más que distraerse tanto como para que se nos fuera un avión. El primero. Y luego el de tres horas más tarde. Hasta que aprendimos que en los días de la FIL no hay que moverse de la puerta de salida porque buena parte de los aviones despegan desde una posición remota y la misma buena parte está sobrevendida. Conclusión: tomamos el avión tres. Habíamos pasado el día en el aeropuerto. Cuando llegamos a Guadalajara, dentro del auto que nos llevaba a la sala, me cambié la mezclilla por el vestido y llegué hasta la parte trasera del foro con los tacones en la mano. Me los puse antes de cruzar el umbral: “¡Llegué!”, dije con tal gusto que los asistentes se pusieron a aplaudir. No a mí, sino a la tipa que consiguió aterrizar ahí, a las ocho en punto, como habíamos quedado.

Si me pongo a evocar, no sólo el tiempo de hace tiempo, sino el de apenas, hay largas conversaciones. En una, que en mi cabeza preside una mujer con su risa de alondras, estuvimos a punto de aceptar que el país podría desaparecer. En otra, dos jóvenes de cincuenta años oyeron a un adolescente de setenta y dos decir cosas que sus oídos no habían imaginado. Apoyando los codos en el mostrador del sitio que tiene siempre El País, el más apasionado editor del que tengo conocimiento me dijo alguna tarde una verdad que aún me lastima y de la que he de olvidarme porque lo quiero de más. Su voz ronca está siempre en la feria. Sin duda la de un escritor con el que tengo el bien habido placer de conversar a diario. Y la de un editor muy joven que además de ser generoso tiene la bondad de reírse diciendo que lo regaño.

Todos los agostos, cuando como algo ineludible empieza a hablarse de la FIL, yo afirmo que no iré. Digo que estoy cansada y que ya somos muchos y que más ayuda el que no estorba. Pero quién sabe cómo todos los diciembres acabo yendo. Dado lo irrevocable del ayuntamiento que empezó aquella noche de ruidos, este año me daré un privilegio. No voy a decir una palabra en público. Sólo estaré en donde se me dé la gana ir estando. No voy a quitarme los zapatos bajos y de preferencia me pondré un morral. Quiero con toda mi alma ir a la presentación de un libro y a la entrega de un premio. Lo demás es misterio. Y ha de pasar de todo, porque, en ese mundanal, siempre pasa de todo. Incluso el temple de las hormigas, la duda de los templos.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

3 comentarios en “Mi FIL: Una evocación caprichosa

  1. A veces aprisionamos nuestros sentimientos, nuestra libertad y cuando damos rienda suelta a la emoción, aparecen los fantasmas de la incertidumbre. Escribir y platicar lo escrito, creo que es un complemento que no siempre gozan los que escriben, porque después de haber puesto las letras en libertad, después de haber jugado a la divinidad, al hacedor de vidas, hay muy poco que agregar. El lector desmenuza, exige y el autor parece que su deseo es un poco de soledad y libertad.
    P.D. Soy Director de una secundaria en Tula Hidalgo y deseo invitar a la autora a nuestra Feria del Libro en marzo de 2017. Espero sea este el enlace para comunicarnos.