Miguel de Unamuno se reconocía antipático. Hacía gala, tal vez, de serlo. Sabía bien que su escritura incomodaba. “La simpatía se cobra muchas veces a costa de la autoridad y del respeto”, decía. No escribía para ofrecer alivio sino lo contrario: el desconsuelo. Quiso provocar ideas sabiendo que es lo que menos busca un lector. Quien lee no quiere que se le impongan dudas, que lo invadan ideas. El lector quiere, casi siempre, corroborar lo que ya sabe, confirmar sus prejuicios, recibir halagos del escritor. Cuando lee el periódico lo hace, en realidad, para no enterarse. Toma el diario en el desayuno para matar el rato, para confirmar que hay pillos, que llovió anoche, que se dictan nuevas leyes. Lo que menos quiere es que la lectura fastidie su rutina. Al lector, como a todo el mundo, le molesta que lo contraríen, que lo desvíen de su camino. Por eso el lector suele preferir al escritor simpático: agradable, complaciente, lisonjero, inofensivo.

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Ilustración: Adrián Pérez

Toda idea, cuando es nueva, duele. Se abre espacio desgarrando el tejido de nuestras creencias. “La rotura de una asociación de ideas, escribe el filósofo, es como la rotura de una asociación de células corpóreas y puede producir desde una ligera molestia hasta un agudísimo dolor”. Desprenderse de una idea es sufrir el duelo de una vieja compañía, sentir la ausencia de un ser amado. Unamuno entendía su misión intelectual —espiritual debería decirse, tal vez— como la del escritor que se empeña en romper los entendimientos más arraigados. Un proveedor de dolencias. Sus ensayos no son cirugía: extracción preparada con anestesia y ejecutada con la precisión milimétrica del bisturí. Son algo muy distinto: tirones. En ocasiones, sugiere, hay que desgarrar el músculo, arrancar los tejidos, quemar la piel. Ahorrarse el dolor es esquivar la lección.

En sus ensayos Unamuno alienta su “instinto de charla”. Su encantador arcaísmo exprime las posibilidades de la paradoja. Su “afirmación alternativa de lo contradictorio” le permite escapar de la tenaza positivista. Enemigo no solamente del sentido común sino también de la lógica y hasta de la razón, acerca su filosofía a la poesía mientras la aparta de la ciencia. En sus diarios íntimos reconoce que perdió la fe pensando en los dogmas y la recuperó meditando en los misterios. En sus tirones, el agonista se permite extraviarse en la arboleda de sus párrafos pero no es nunca infiel al llamado de la provocación. No busca resolver, intenta complicar. El autor de El sentimiento trágico de la vida sabe que todo remedio es falso. No creo en las soluciones concretas, dijo enfáticamente. Todos mis ensayos son, en realidad, prólogos. Lo son pero, no porque sean la puerta de textos amplios, ordenados y sistemáticos que vienen de la misma pluma, sino porque cada uno de ellos es un pellizco que suscita reacciones en el lector. Preámbulos al desasosiego de un desconocido. Prólogos porque preludian la fértil perturbación de su lector. “Mi labor ha sido siempre inquietar a mis prójimos, removerles el poso del corazón, angustiarlos, si puedo”. Escribir para germinar el desconcierto. Que los remedios técnicos le desinteresaran era claro. Su intervención en las cuestiones públicas de su tiempo fue una “sucesión de fracasos” dice Jon Juaristi en su notable biografía del pensador vasco. Más aún, insiste Juaristi, Unamuno encarna mejor que nadie “la ineptitud del intelectual moderno para arreglar cualquier problema colectivo”. Además de antipático… torpe.

En su intenso lenguaje religioso apenas se esconde la impiedad. La razón no le basta, la fe no lo consuela: “No quiero morirme, no; no quiero, ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí”. “Narcisista trascendental”, lo llama Savater. Juaristi, por su parte, le propina una pareja de esdrújulas: “megalómano titánico”. El enamorado de sí mismo no aceptaba el desprendimiento de la vida, la fusión del alma en Dios. Lo dice mejor en un par de líneas de un poema: 

Querría, Dios, querer lo que no quiero;
fundirme en Ti, perdiendo mi persona

Su amor por el misterio lo hizo aborrecer la “ideocracia” como la más odiosa de las tiranías. El imperio de las ideas conduce muy pronto a la persecución de las ideas. La convicción misma es ya una esclavitud. Hay que vivir con todas las ideas, ser su dueño no su vasallo, como lo son, a fin de cuentas, todos los sectarios. El derecho íntimo más precioso es el derecho que tenemos a contradecirnos: poder ser, cada día, distintos. “¿Por qué debo ser, preguntó, pedrusco sujeto a tierra, y no nube que se bañe en aire y luz?”. Monstruoso es el ideal de morir por una idea. Quien piensa es siempre más valioso que lo pensado.

Detestó las etiquetas pero si alguna toleraría sería la de ideoclasta: rompeideas. “¿Qué cómo quiero romperlas? Como las botas, haciéndolas mías y usándolas”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

Un comentario en “Tirones de Unamuno

  1. Qué magnífico texto sobre el filósofo español! Es una síntesis, sí, de lo inabarcable que es todo ser humano. No obstante, la profunda escritura de don Jesús Silva Herzog nos revela aspectos torales de esa personalidad compleja del sabio español. Además, nos incita a releer su formidable obra. No se puede pedir más!