Rómulo fundó la ciudad de Roma el 21 de abril del año 753 a. C., aproximadamente, después de haber asesinado a su hermano. Eso lo sabemos todos. La historia es triste, y desde luego es mentira. Según lo que cuentan todos los historiadores, después de Rómulo reinaron: Numa Pompilio, el gran legislador, el que instituyó las formas de culto; Tulio Hostilio, que organizó el ejército, y se dedicó a la guerra; Anco Marcio, que ordenó la construcción del puerto de Ostia, de los puentes sobre el Tíber, y favoreció el comercio. A continuación Tarquinio Prisco, Servio Tulio, Tarquinio el Soberbio.

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Ilustración: Estelí Meza

El camino hacia el imperio comenzó verdaderamente con la caída de la ciudad de Veyes, después de un asedio de diez años (eso fue en el 396 a. C.). Y se fue haciendo a base de batallas, tratados, alianzas hasta someter a los estados vecinos —etruscos, latinos, samnitas. Es una historia llena de heroísmo y de virtudes cívicas. Demasiado llena. A veces, dice Mary Beard, parece exagerado incluso hablar de batallas. Roma era poco más que un pueblo grande, de veinte mil habitantes, y no había alrededor ni estados ni ejércitos. La mayoría de los episodios de esos años parecen más bien venganzas privadas, pleitos de familia, incursiones para robar ganado, que se convirtieron en batallas más tarde, cuando hubo que explicar el ascenso de Roma.

Las historias dicen, por ejemplo, que Veyes fue vencida al cabo de diez años, cuando los romanos consiguieron aparecer por sorpresa dentro de la ciudad, aprovechando un túnel excavado bajo el templo de Juno. Para graduar la temperatura épica conviene tener presente que Veyes era una muy pequeña ciudad, a 16 kilómetros de Roma. O sea, que aquello seguramente no fue una gran conquista, salvo en los relatos de los siglos siguientes. Pero los diez años de sitio recuerdan al sitio de Troya, lo mismo que el túnel por el que llega el ejército romano. Y a lo mejor se trataba de eso. Quiero decir: Veyes existió, sin duda, y los romanos le hicieron la guerra, más o menos. Pero esa historia es insignificante. Lo que importa es la reiteración del relato de la caída de Troya (después de todo, Roma también podría haber sido fundada por Eneas).

La historia de Roma siempre resulta ejemplar, porque se escribió para ser ejemplar: no sólo para guardar recuerdo de lo que había sucedido, sino para que se recordase correctamente, de modo que fuera útil. No se trataba de coleccionar hechos, sino de explicar el mundo y darle sentido.

La sucesión de los primeros reyes, si empezamos por el principio, es una transposición narrativa de la ideología indoeuropea de las tres funciones (y esto, por supuesto, lo tomo de Dumézil, El destino del guerrero). El orden se despliega en el tiempo. Aparece primero la función soberana, con su doble aspecto terrible y benévolo, de creación y orden (Rómulo, Numa), luego la función bélica (Tulio Hostilio), y finalmente la múltiple tercera función: económica, artesanal, práctica (Anco Marcio). Es claro que puede haber habido una serie de reyes que se llamasen así, pero eso no tiene ninguna importancia. La verdad de la historia no está en los hechos, sino en la idea que se quiere representar a través suyo.

La virtud cívica romana cristaliza en el episodio de los Horacios (el del cuadro de Jacques-Louis David). Tulio Hostilio y el albano Mecio Fufecio deciden que la guerra entre sus ciudades se resuelva mediante el combate singular entre dos grupos de hermanos trigéminos: los Horacios y los Curiacios, que además eran primos —con la complicación adicional de que una hermana de los Horacios estaba comprometida con uno de los Curiacios. La patria, la guerra, el parentesco. Lo cuenta detalladamente Dionisio de Halicarnaso: tras una serie de peripecias, el más pequeño de los Horacios vence a los tres enemigos de Roma; pero al volver se encuentra a su hermana llorando la muerte de su prometido —y la mata, por su falta de patriotismo (con ese motivo se instituye un ritual periódico de purificación).

En otro tiempo, en otro lugar, según lo que cuentan los himnos védicos, Indra decidió que fuese Titra, el tercero de los hermanos Aptya, quien se enfrentase al Tricéfalo, hijo de Tvastr (brahmán, y capellán de los dioses —pariente, pues). Titra salva a los dioses, mata al Tricéfalo, o sea, el tercero destruye las tres cabezas, pero queda manchado por haber dado muerte a un familiar —y tiene que purificarse.

Imagino que no hace falta esforzarse mucho para ver que son la misma historia. Es decir, que no es verdad ninguna de las dos. Pero sirven ambas para explicar otra cosa, mucho más importante, que hace inteligible el presente.

Sería curioso pensar que nuestra manera de escribir la historia reproduce también una mitología —y tratar de averiguar cuál.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo