Pocas palabras han sido tan banalizadas como “tragedia”. La utilizamos para describir el tráfico de la ciudad, el esmog y cualquier otra cosa que nos incomode en nuestra vida cotidiana. Pero, como los griegos bien sabían, la tragedia no es algo simplemente muy malo. Es una cosa distinta. El predicamento de Antígona no es un drama familiar mal resuelto; pertenece a una categoría de hechos morales única. Pocos observadores contemporáneos, como George Steiner, se han percatado de la particularidad de la situación trágica. Una tragedia es un predicamento: una situación en la cual un actor se enfrenta a dos imperativos éticos de igual consideración e importancia que son incompatibles entre sí. En esa disyuntiva, cualquier elección que el sujeto haga lo pondrá en grave falta. En otras palabras, no hay salida correcta al dilema. No podrá salir indemne del trance. Es la mexicana ley de Herodes. La idea de que no hay una solución correcta, por dolorosa que sea, a los dilemas éticos es muy perturbadora para los modernos. Queremos creer que en todo aprieto moral hay una salida adecuada. Así, elegimos ignorar la existencia de los dilemas trágicos, borrarlos de nuestra conciencia. Tapamos el sol con un dedo. La amnesia, con todo, no cambia la realidad. Nuestra vida, social y personal, está rodeada por doquier de dilemas trágicos. Los antiguos lo sabían bien y lo aceptaban; su psique era lo suficientemente fuerte para soportar las consecuencias de la ley de Herodes.

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Ilustración: Belén García Monroy

Un ámbito en el cual la tragedia mexicana se muestra con gran claridad es en el meritorio esfuerzo por reformar nuestro sistema de justicia penal. Uno de los pocos logros civilizatorios del proceso de transición democrática es el reconocimiento del debido proceso. Aunque las garantías procesales nos han acompañado desde la fundación del país la verdad es que éstas eran palmariamente ignoradas. A partir del caso de la francesa Florence Cassez, sin embargo, la jurisprudencia de la Corte estableció que los procesos criminales podían ser declarados nulos si se violaba el derecho al debido proceso. El impacto de hacer valer esta garantía difícilmente puede ser exagerado. El problema, se empezó a ver al poco tiempo, era que las violaciones al debido proceso no eran en México —como sí lo eran en otros países— anomalías en un sistema de justicia que respetaba por norma general las garantías procesales. En México la violación era —es— el modo normal de operación del aparato de impartición de justicia. El resultado de aplicar el principio civilizatorio del debido proceso ha sido —y no podía ser de otra manera— que numerosos criminales cuya culpabilidad había sido demostrada de maneras que violaban este principio empezaron a quedar en libertad. Las consecuencias son de peso: los policías de Cocula e Iguala y muchos de los otros implicados en la matanza de Ayotzinapa deberían quedar libres si somos consistentes.

Las víctimas, indignadas, protestaron. Por ejemplo, Alejandro Martí se quejaba: “qué ceguera tienen aquellos que defienden el debido proceso sin mirar la actuación de los jueces, la revictimización de la víctima y el daño social que se ocasiona al poner en libertad a quienes tanto han dañado a la sociedad?”.1 Los defensores del debido proceso respondieron que valía más tener a criminales en la calle que a un solo inocente en la cárcel. Y la lógica de la respuesta es impecable. El imperativo moral de respetar el debido proceso es, por donde se le vea, indeclinable. Sin embargo, Martí y muchos otros inconformes apelan a otro imperativo igualmente válido. Si el modo normal de operación de un sistema tiene por principio violar el debido proceso, su modificación radical implica que innumerables criminales confesos salgan libres. Y el efecto de ello sobre la moral pública es terrible. Induce una reacción que puede barrer no sólo con el incipiente debido proceso sino con otras garantías procesales que poco a poco han ido implantándose con enorme esfuerzo. Cerrar los ojos ante este efecto es en el mejor de los casos miope. Ver en la calle a criminales cuya culpabilidad no está en duda hace que para muchos sea atractiva la idea de la “justicia sustantiva”, en la cual las garantías procesales y los derechos humanos no son sino “tecnicismos”, subordinados a la verdadera justicia. Si un individuo es palmariamente culpable, ¿qué más da que no se le hayan leído sus derechos? La acometida contra los derechos humanos que gana terreno día a día no puede ser explicada sin entender el profundo malestar de muchos que se indignan ante los efectos inevitables de hacer valer un nuevo parámetro normativo en un contexto tan anómalo como el mexicano. Decir simplemente que quienes así piensan están confundidos o equivocados ignora la naturaleza profunda del dilema en el que nos encontramos. Con todo, ¿podemos renunciar al debido proceso? La nuestra es una auténtica tragedia. Reconocerla como tal por lo menos ayudará a entender mejor nuestra triste condición.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Alejandro Martí, “Con ‘procesos indebidos’ liberan a secuestradores”, El Universal, 2 de mayo de 2016.

 

3 comentarios en “Nuestra tragedia

  1. Estimado Antonio:
    ¿Y porqué no puede ser de otra manera? Bien sabemos que la justacia no es infalible, culpables estan libres e inocentes presos aun en los mejores sistemas-, ¿que pasa cuando el volumen de criminales libres es tal que atenta ya a la estabilidad de una sociedad entera? Tu artículo no toca a la culpable de no llevar el debido proceso, solo la menciona como la causa. ¿Habra otras formas -vistas en orros lados o por descubrirse- de atacar las cuasas raices?

  2. Debemos entender primero, que este cambio de sistema judicial obedece la “obligación” de adecuar al país a estándares internacionales ( al igual que las demás reformas estructurales) y como bien comentas, esta transición esta resultando mucho más dolorosa de lo calculado, y nosotros como sociedad los que mas perdemos, creo que esta reforma esta a un pelín de llegar a la linea sin retorno del fracaso; que no extrañe a nadie la proliferación de “Heroes Anónimos” y salvajes linchamientos.

  3. Alma serena.
    ( last version )

    Alma dulce
    y serena como
    el canto del
    sol en los
    fúlgidos rayos,
    alma dichosa
    cuando el llanto
    del mar en silencio
    regresa revelando
    el perfil de una
    hoja cansada:
    veo los pájaros
    gorjear en el cielo,
    siento la voz de
    una joven mujer
    que dona un suspiro
    a la luz infinita de
    la nueva tristeza…

    Francesco Sinibaldi