El escritor serbio Goran Petrović —galardonado con el premio NIN, uno de los mayores reconocimientos en su país— afirma que la literatura es una de las pocas disciplinas íntimas del hombre. En conversación con Alejandro García Abreu el autor de Bajo el techo que se desmorona (Sexto Piso) contrasta el cine, la vida y la escritura

Alejandro García Abreu: “El cine era considerado un milagro. Las funciones se llenaban hasta el último asiento”, escribiste en “El intersticio y el pajarito a punto de hablar”, parte de Bajo el techo que se desmorona. Incluyes dos aclaraciones: “1. Entre 1912 y finales del cine mudo, una película en episodios” y “2. La historia basada en una película, ilustrada con fotografías de esa película”. ¿Cuál es el origen del libro y su relación con el cine?

Goran Petrović: Hay muchos motivos. Nunca hay una sola razón para escribir un libro. Algunas veces un motivo original se olvida y aparecen otras razones. En Bajo el techo que se desmorona quería, desde un tono lírico y una poética en la que me remito al cine como milagro, preguntar si nosotros somos en la vida actores, extras o directores. Porque a veces me parece que no controlamos nuestras vidas de la manera en que un cineasta controlaría la dirección de una película, sino que somos puros extras. A veces me parece que ocurre eso. La esencia de este libro es impulsar al lector a preguntarse qué tanto él decide en su propia vida y qué tanto vive su vida como director de su propia película.

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Ilustración: Belén García Monroy

AGA: En “Prácticamente un diario de filmación” cuentas: “durante los años 2005 y 2006, mientras componía una colección de cuentos, resuelto a incluir en ella el cuento Bajo el techo que se desmorona, decidí personalizar a sus protagonistas, una treintena que estaba viendo una función de cine, interrumpida por el anuncio de la muerte del presidente de la República Federal Socialista de Yugoslavia”. ¿Cómo fue el proceso de escritura de Bajo el techo que se desmorona —el título de la versión incluida en Diferencias fue traducido como “Bajo el techo que se está descarapelando”?

GP: El proceso de escritura de Bajo el techo que se desmorona fue uno de los más extraños que me han tocado. Se mostró que cada versión anterior no fue lo suficientemente larga para abarcar todo lo que yo quería decir. Por otro lado, era una prueba de que la literatura es un ente vivo y los personajes tienen su propia vida; pueden crecer y algo puede ocurrir, aun en contra de la voluntad del escritor. Entonces decidí: si es así, que así sea. Además, quién soy yo en comparación con mis personajes.

AGA: En La Mano de la Buena Fortuna escribiste: “Natalia Dimitrijevi´c se adentró en lo más íntimo y lo más secreto de la vida de Anastas Branica”. Y en una nota en cursivas se lee: “‘Esta novela [Mi legado] tuvo su origen en el enorme y vano afecto hacia mademoiselle Nathalie Houville, una pintora talentosa y cruel amante, por lo que dedico su versión final a mi familia y al bendito recuerdo de mi madre Magdalena, víctima de la fibre maligna el 3 de octubre de 1922. El día de San Juan 7, 20 de enero de 1936 —Anastas S. Branica’”. ¿Cómo ideaste el concepto?

GP: El concepto se basa en un hecho. El pueblo al que yo pertenezco muchas veces es percibido en un nivel exótico por algunos, pero en un nivel real no es reconocido. Como en el caso de México. Me parece que muchas veces es reconocido como un lugar donde la naturaleza es rica, donde hay muchas formas artísticas y artesanales; entonces siempre se mira como algo exótico, pero el verdadero espíritu de México no se reconoce muy fácilmente. Vuelvo a La Mano de la Buena Fortuna. Otra cosa que me motivó es que para mí la literatura es una de las pocas disciplinas íntimas del hombre. En realidad nosotros —como lectores o escritores— estamos conversando a través del libro aunque jamás nos hayamos conocido y vivamos en latitudes distintas.

AGA: ¿Cómo defines el concepto de lectura simultánea planteado en La Mano de la Buena Fortuna?

GP: El concepto de lectura simultánea se entenderá mejor teniendo en cuenta internet. Porque el mundo de la literatura es un ciberespacio mucho más antiguo que el que acaba de inventarse. Una clave es: no nos hemos visto, pero nos reconocemos si hemos leído los mismos libros.

AGA: “Hasta el día de su muerte, mi padre no sólo no habló, sino que no realizó ni un solo movimiento por sí mismo. Mi madre lo cuidó con dedicación”, escribiste en La Mano de la Buena Fortuna. ¿Cómo relacionas enfermedad, muerte y literatura?

GP: Es una pregunta bastante difícil. La enfermedad y la muerte significan la vejez, en algunos casos. Lentamente, despacio, el hombre viejo va perdiendo la curiosidad. Estamos muertos antes de la muerte física cuando perdemos el interés y la curiosidad, sobre todo para conversar, porque se trata de intercambiar relatos. Pero seguimos vivos aun después de la muerte física si se habla de nosotros.

AGA: En el fragmento “Reloj de arena de destinos humanos” del relato “La madre de dios y las demás visiones”, incluido en Diferencias, se realiza un ejercicio de observación: conjeturar la ocupación de cada persona contemplada. ¿Realizas ese ejercicio de observación?

GP: Sí. Realizar el ejercicio de observación es una de las formas que me ayudan a desarrollar la imaginación. Muchas veces me encuentro cuestionando: ¿Y ese hombre por qué está triste, por qué ríe; y éste que parece muy seguro de sí mismo realmente es así o es una máscara, y si es así, por qué?

AGA: “La relación entre la desgracia y la fortuna no ha cambiado en siglos”, se lee en “Entre dos señales”, relato perteneciente a Diferencias. ¿Qué opinas de esa relación?

GP: Pienso que ambas —la desgracia y la fortuna— son definitivas, sólo que están distribuidas de maneras distintas. A veces pienso que no existen el paraíso ni el infierno como se nos ha inculcado y que tanto el infierno como el paraíso están totalmente dispersados por el mundo.

AGA: ¿Cuál es el origen del Cartógrafo de Atlas descrito por el cielo?

GP: También es una pregunta excelente. Uno primero escribe para sí mismo, perdón a los lectores, pero así es. Es como una especie de GPS que indica dónde estás tú ahora en eso que llamamos cosmos, el universo, dónde estás en tu lengua, en tu país, dónde estás cuando hablamos de los sentimientos. Entonces las cajas de hojalata en el libro son una especie de marcadores. Se trata de la necesidad de que el hombre se encuentre a sí mismo situado en algún lugar o, mejor dicho, que no esté perdido en su vida y en su espacio.

AGA: En una nota al pie de Atlas descrito por el cielo titulada “Sin lo que se pueden y sin lo que no se pueden hacer los mapas”. La nota al pie finaliza: “No se pueden hacer sin valentía”. ¿Qué significa esa valentía para ti?

GP: Esa palabra tiene muchos sentidos. Pienso que consiste en dar una parte de uno mismo a otros, en no ser egoísta.

AGA: ¿De qué manera relacionas la literatura con la cinematografía como vehículos narrativos?

GP: Creo que un escritor hace lo que realiza todo el equipo de filmación de una película. Primero escribe un guión, después una parte de él dirige ese guión y otra parte del escritor hace el sonido, arregla, otro álter ego se preocupa por la luz, por las sombras. Y, sentado tras el escritorio, el escritor incluso hace de actor, porque yo leo los parlamentos de algunos de mis personajes.

AGA: Concluyes Bajo el techo que se desmorona con fechas y lugares. “De mayo de 2003 a septiembre de 2010. Kraljevo – Vrnjacka Banja – Novi Sad – Moscú – Belgrado –Lvov – Ciudad de México – Belgrado – San Petersburgo – Sofía – Montreal – París – Belgrado”. En el epílogo narras el proceso de modificaciones. ¿Cómo relacionas las ciudades?

GP: Yo no escribí todo el libro en las ciudades mencionadas al final. Pero en esas ciudades se estuvo abriendo el relato, la narración. La literatura a veces se escribe fuera del escritor, por sí misma. El escritor es sólo el que registra, una especie de contador público.

AGA: ¿Cómo es tu proceso creativo?

GP: Es muy tormentoso. Pero trae muchas alegrías y felicidad también. Uno nace y muere todo el tiempo a través de la escritura. Cada día que uno se sienta a escribir. Lo que más me da placer es cuando un escritor juega mientras escribe.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Traducción de Dubravka Sužnjević.