Con frecuencia en los archivos uno no encuentra lo que busca, pero encuentra lo que no busca. Así me topé con los pagarés de juego del padre de un secretario de Estado (que parcialmente explican su fidelidad al presidente que salvó al jugador del desahucio) el expediente militar del que desertó, o el acta de nacimiento en país extranjero de un presidente (que resultó apócrifa). Entre los papeles de un presidente de Estados Unidos descubrí una carpeta vacía que sólo tenía la nota manuscrita de alguien, probablemente una secretaria, que advertía: “El presidente [Johnson] estaría muy incómodo si este documento se leyera”. Me falta menos que eso para echar a volar la imaginación.

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Ilustraciones: Patricio Betteo

Mi hallazgo más reciente ocurrió en el Archivo Diplomático Genaro Estrada de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Buscaba datos acerca de las actividades del embajador ante la OEA, Luis Quintanilla, quien a finales de 1945, por encargo de Ramón Beteta, jefe de la campaña presidencial de Miguel Alemán, dedicó buena parte de su tiempo a la promoción del candidato del PRI en Estados Unidos. Lo hacía pese a que el presidente Ávila Camacho expresamente se había comprometido a que los recursos públicos no serían utilizados para acciones proselitistas. El embajador también contrató un servicio de prensa para recoger notas alusivas a la elección mexicana y a los candidatos, y él mismo empezó a publicar una columna quincenal en el Washington Post para defender a Alemán de los feroces ataques de la prensa Hearst, que aborrecía al aspirante presidencial del PRI.

El expediente del embajador Luis Quintanilla contiene informes, reportes, permisos, alguna referencia a su pasado literario (fue el primer poeta estridentista mexicano, firmaba Kyn Taniya. En 1923 publicó “Radio, poema inalámbrico en trece mensajes” cuyo último verso es “…IU IIIUUU IU…”)1 y un documento inesperado titulado “MEMORANDUM ULTRACONFIDENCIAL. (Para ser depositado en la caja fuerte de la Secretaría de Relaciones Exteriores)”, mecanografiado, negro de tachones, porque el embajador no quiso dictar sino que él mismo escribió las “Revelaciones hechas por el Presidente de Nicaragua, General Anastasio Somoza al Embajador Luis Quintanilla, Presidente de la Comisión Investigadora de la OEA” . 

A lo largo de nueve cuartillas reprodujo de memoria la conversación que sostuvo el 17 de enero de 1955, el mismo día en que escribió el reporte, en la que el dictador nicaragüense le narró los acontecimientos que concluyeron con la caída del gobierno guatemalteco de Jacobo Arbenz, en junio de 1954. Piero Gleijeses,2 autor de la investigación más seria, equilibrada y penetrante sobre la tragedia guatemalteca de 1954, apunta que no se conocen con detalle los planes que Somoza presentó al gobierno de Estados Unidos para provocar la caída de Arbenz.3 El embajador Quintanilla colma esa laguna con ese memorándum, y gracias a él tenemos la pieza que hacía falta: la versión de Tacho Somoza de la caída de Arbenz, y de su papel en ese drama.

Cuando recibió las confidencias de Tacho Somoza, Luis Quintanilla era presidente de la Comisión Investigadora de la OEA que tuvo a su cargo defender a Costa Rica de las incursiones militares de los nicaragüenses contra el gobierno de José Figueres, cuya intención era reproducir la experiencia de Arbenz. No obstante, en este caso la conspiración fracasó. La OEA intervino —con apoyo de Estados Unidos—, invocó el Tratado de Río y con la amenaza de sanciones obligó a Nicaragua a renunciar a sus pretensiones.

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Según Quintanilla el trato diferenciado que Washington aplicó a Costa Rica y a Guatemala —donde patrocinó el golpe— lo que llevó a un Somoza descompuesto a contarle la historia al mexicano: “Que tú —le dijo— me des un jalón de orejas por lo que he hecho en Costa Rica, lo acepto y está bien. Eres embajador de México y tu patria no sólo ha denunciado la intervención sino que se abstiene de practicarla, pero que estos gringos tales por cuales se escandalicen hoy por lo que ellos mismos han estado haciendo toda su vida, eso sí me indigna y no lo puedo aceptar. Mira, hermano, me siento tan injustamente castigado que te voy a contar todo…”.4

Según Luis Quintanilla el dictador estaba tan enojado que llegó “a llorar de coraje”. En medio de sus lágrimas —que también conmovían al embajador— le contó que meses antes del golpe a través de su representante en Washington —que era también su yerno— y del embajador de  Estados Unidos en Managua había “sondeado” cómo “acabar” con la infiltración comunista en América. Washington no podía estar más de acuerdo. Sólo tenía una diferencia de opinión con los nicaragüenses. Mientras para éstos urgía “acabar” primero con el gobierno de Figueres y seguir contra Arbenz, para los americanos era más urgente “acabar” antes con el guatemalteco. “Somoza cedió gustosamente y desde ese momento, con la colaboración adicional de la United Fruit  y la simpatía del generalísimo Trujillo, la indiferencia del gobierno de Honduras y la promesa de colaboración en material y dinero de la Junta Militar de Venezuela, Somoza, con el pleno respaldo y conocimiento de Estados Unidos, llamó a su buen amigo Castillo Armas para planear y dirigir la Operación Guatemala, entendiendo el propio Somoza que luego vendría como segunda parte de la misma empresa la Operación Costa Rica”.5

Según el decepcionado dictador toda la operación se organizó en Managua. Castillo Armas y él informaban regularmente al embajador de Estados Unidos, John Peurifoy, que siempre brindó “entusiasta cooperación”. Somoza dijo que también había sido responsable de varias operaciones de desembarque en las costas guatemaltecas y que todas las noches Castillo Armas acudía a reportar los acontecimientos del día y a recibir instrucciones. Tacho lo recompensó y lo hizo jefe de la Junta Militar, y luego sería presidente de Guatemala. Lo impuso a Elfego Monzón, el ministro de Guerra de Arbenz, que era el agente secreto de la embajada de Estados Unidos que mantenía a Washington informado de todo lo que ocurría en el gobierno guatemalteco. “Pero estos gringos, dijo Somoza, no entienden nada de revoluciones centroamericanas aunque les gusta provocarlas”. El nicaragüense fue inflexible, el Departamento de Estado, el embajador, el gobierno de El Salvador insistían en que el jefe de la Junta que sustituiría a Arbenz tenía que ser Elfego Monzón, pero la terquedad de Somoza triunfó y Castillo Armas fue designado.

Una vez concluida exitosamente la Operación Guatemala, Somoza dio por hecho que ya no tenía que pedir permiso a Washington y “con mayor experiencia” decidió “acabar” con el régimen de Figueres. Organizó, entrenó, transportó a territorio costarricense, por aire y por tierra, los elementos bélicos que, a no ser por la OEA, “habrían acabado” con “el comunista Figueres”. Pero sus aliados, los americanos, le negaron su apoyo, a sus ojos, lo traicionaron y no entendía por qué. “Si la intervención en Costa Rica era un crimen, también lo era la intervención en Guatemala”, clamó Somoza en un estado de exaltación que quedaría para siempre impreso en la memoria de Quintanilla, según escribe. En pleno paroxismo declaró que si la OEA aplicaba sanciones militares contra Nicaragua y contra su gobierno, él mismo tomaría un rifle para luchar contra Estados Unidos y se volvería “aliado de Rusia”.

Quintanilla trataba de calmarlo. Le aseguró que si Nicaragua colaboraba para salvar el prestigio de la OEA y dejaba de agredir a Costa Rica, la Comisión Investigadora se daría por satisfecha. El Tratado de Río sólo se aplicaba si había una agresión extranjera, y si ésta cesaba, el Tratado dejaba de ser aplicado. Le aseguró que no estaban contra Nicaragua ni contra su persona. Entonces Somoza prometió cooperar. El embajador mexicano le agradeció su confianza, sus manifestaciones de amistad y su promesa de colaboración con la OEA.

En el cierre del documento el embajador declara que ha redactado el informe “por indicación del señor secretario Padilla Nervo”. Añade que sólo lo conocen el presidente Ruiz Cortines, el subsecretario Gorostiza y el oficial mayor Campos Ortiz. “Dejo pues cumplidos los deseos de la superioridad”. Al paso de los meses se le olvidó lo que él mismo había escrito, que la importancia histórica de la narración de Somoza era mayúscula y que “debe ser durante muchos años guardada en el más absoluto secreto”, y contó todo a otros. El secreto era tan grande que desbordó la reserva del diplomático. El estridentista de antaño se apoderó de él y en octubre de 1955 en una comida de amigos le contó la historia al ex presidente Cárdenas.6

 

En su libro de 1992 Guerres et paix en Amérique Centrale, Alain Rouquié sostiene que en Centroamérica la política cotidiana no conoce fronteras, que de hecho nunca ha sido estrictamente nacional porque la dimensión regional se impone invariablemente. Por eso los gobiernos centroamericanos intervenían en la política del vecino sin remordimientos, escrúpulos ni tapujos; con frecuencia complotaban unos contra otros. Si le creemos a Somoza, el golpe contra Arbenz fue más que un conflicto de Guerra Fría una disputa centroamericana más o menos habitual, disfrazada de intervencionismo estadunidense.

Es posible que Somoza haya exagerado su papel en la tragedia guatemalteca de 1954. Sin embargo, su relato muestra que los centroamericanos no eran títeres de Washington, que utilizaban a Estados Unidos para sus propios fines tanto como Washington podía utilizarlos a ellos; también es un ejemplo de cómo los políticos locales manipulaban a los embajadores, pero les hacían creer que eran ellos los que hacían bailar a las marionetas. La pregunta de quién manipulaba a quién queda en el aire.

El presidente Adolfo Ruiz Cortines hacía lo mismo: escuchaba las apasionadas advertencias del embajador White de que los comunistas mexicanos eran un peligro. Lo miraba fijamente, como si tomara dictado. Pero luego le aseguraba que si quería en cinco minutos podía meterlos a todos a la cárcel; retomaba aire de seriedad y reiteraba su inequívoca lealtad al combate anticomunista de Washington.

Me pregunto qué podía pensar el embajador de estos cambios que eran como pasar de un chorro de agua caliente a otro de agua fría y de regreso. Lo de menos era el desconcierto.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

2 comentarios en “El archivo te da sorpresas, sorpresas te da el archivo

  1. Mi padre, Alberto Ordóñez Argüello, poeta y periodista antisomocista, fue muy amigo del presidente Arévalo, el de la Revolución de Octubre; en casa se guardan decenas de cartas que el expresidente le escribió durante el exilio. Mi papa me contaba que estando en Guatemala, como auxiliar y encargado cultural de Arévalo, en 1948 le abrió la puerta a Figueres para que pasara al despacho del Presidente, que conversaron un buen rato y al salir Arévalo le dijo: “No sé de dónde salió este señor, pero me convenció lo que dice y piensa, y le voy a ayudar”. Entonces vinieron las armas de Arévalo a Figueres, no sé si a través de Arbenz, su ministro de Defensa. En los momentos críticos entiendo que cada día de por medio venía un avión de Guatemala a CR con armas. Había un eje revolucionario Guatemala-CR del que poco se habla. El asunto es que esas armas, según compromiso -en el marco de la Legión Caribe- luego iban a ser usadas contra Somoza, quien lo sabía, pero Figueres no cumplió, y eso mi tata nunca se lo perdonó. Pero ambos -Somoza y Figueres- se llevaban tirria, aunque al final hubo como cierto pacto de no agresión tras la invasión de 1955, según entiendo.

  2. Otro comentario, de forma con mucho fondo: Americano no es sinónimo de “estadounidense”, ni América es lo mismo que Estados Unidos. Se presta a ambigüedad y confusiones. Resulta lingüística, lógica y políticamente incorrecto. Aunque en inglés y otras lenguas muchos digan ‘americano’ por estadounidense –no siendo correcto– en español hay que decir estadounidense (o estadunidense) y Estados Unidos, y así debe traducirse. No hay otro pueblo que se denomine así, no hay confusión lingüística. Y hay muchísimos americanos resentidos por la fagocitación del nombre de América por parte de los EEUU. Americanos somos todos los de América.

    El Panhispánico de Dudas es consciente de esta incorrección y señala imperativamente: “DEBE EVITARSE el empleo de americano para referirse exclusivamente a los habitantes de los Estados Unidos, USO ABUSIVO que se explica por el hecho de que los estadounidenses utilizan a menudo el nombre abreviado América para referirse a su país. No debe olvidarse que América es el nombre de todo el continente y son americanos todos los que lo habitan” (http://lema.rae.es/dpd/?key=Estados%20Unidos&origen=REDPD).

    La Comunidad Europea, en su “Libro de Estilo Interinstitucional” en español, en la lista de estados y su gentilicio, se refiere a “estadounidenses” como los habitantes de los EUA (http://publications.europa.eu/code/es/es-5000500.htm).

    Hasta el mismo gobierno de los Estados Unidos lo usa, al escribir en español, dicen: ¿Ha considerado solicitar la ciudadanía estadounidense? (http://www.uscis.gov/es/recursos/recursos-relacionados-la-ciudadania-y-la-naturalizacion/ha-considerado-solicitar-la-ciudadania-estadounidense). E incluso lo dicen en inglés: http://www.uscitizenship.info/us-citizenship/U-S-Citizenship-application-Form-N-400.jsp?r=ga-cpc-cit_world-american_citizenship:m=e&gclid=CKjWs4LtgccCFQ8YHwodAbwLDA

    La misma Comunidad Europea tienen un problema similar, pues andan en busca del gentilicio y adjetivo que los cobije, que no sea la palabra europeo, pues muchos europeos no son de dicha Comunidad y sería un abuso hacerlo. Ellos están claros que es un problema, y tienden a usar la palabra “comunitario” (como decir estadounidense), y no la palabra “europeo”: http://ec.europa.eu/translation/bulletins/puntoycoma/69/pyc693.htm.

    Desde el punto de vista lógico, algunos hacen la equivocada analogía con México o Brasil para justificarlo. Las estructuras formales de EU de América, EU de México, RF de Brasil (es una República Federativa) son similares, pero cuando se analizan los contenidos ya dejan de ser análogas, se cae por lógica de la teoría de conjuntos: América es un continente (conjunto) que contiene una serie de países (subconjuntos), siendo que una parte no puede ser el todo. EUA es un tipo de organización política en un territorio sin nombre propio, utilizando el nombre de un vasto territorio que les supera (conjunto), tal como llamarse República de la Tierra; en cambio México o Brasil son un tipo de organización política en un territorio con nombre propio (subconjunto). Por lo tanto no son análogos, y la similar estructura formal no es excusa para justificar el uso de un general para denominar un particular.

    Sorprende que a estas alturas, y a pesar de estas consideraciones y recomendaciones institucionales, se continúe utilizando o traduciendo americano como sinónimo de estadounidense.