Bob Dylan juega ajedrez para no tener que hablar con desconocidos. Viaja con una pequeña caja que lleva las 32 piezas dentro y al abrirse forma el tablero. Si en algún lugar público algún extraño quiere abordarlo, saca su tablero y juega una partida contra alguno de sus músicos. Entonces, al verlo con la cabeza entre las manos y la vista fija en los escaques, nadie se atreve a molestarlo.

Bob Dylan llegó a Kalamazoo el sábado 20 de abril de 2013 por la mañana en su camión para dar un concierto como parte de la gira promocional de Tempest (2012, último álbum que ha publicado con canciones originales). Tomó una siesta y al mediodía fue a un café ubicado a las afueras de la ciudad. Un establecimiento viejo dirigido por ajedrecistas amateurs que Bob Dylan suele visitar cuando está en Michigan. No hay peligro: es un café de carretera, al que van los mismo siete u ocho granjeros que discuten sobre Bobby Fischer. Que me hubiera inscrito en su encuentro mensual de ajedrez los desconcertó mucho; me vieron con una hostilidad rayana en la ira. El pitazo me lo dio una amiga cantante que creció en la zona: es probable que Bob Dylan, bajo el seudónimo de Jack Frost (con el que ha producido sus últimos discos), vaya a jugar ajedrez. Y fue. Mi tercer partido lo jugué contra él. Le tocaron las negras. Lo ataqué con violencia. El clima se prestaba: lluvia y nieve y viejos michiganders de campo acechando mis movimientos (no fuera a grabarlo; a pedirle un autógrafo…). Yo sólo quería obligarlo a rendirse. Matar a Bob Dylan.

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Ilustración: Ricardo Figueroa

Hay que imaginarlo escribiendo solo, aislado, en su cuarto dentro de un camión. Es un músico encerrado en sí mismo; su arte nace de introspección radical y, sin embargo, desde 1964 pasa tres cuartos de su vida en carreteras (da 100 conciertos al año), de pueblo en pueblo, cantando ante las masas. El ajedrez es su protección contra un mundo que lo aclama.

Bob Dylan es un jugador precavido. Y mañoso. Las cosas, al principio, se le pusieron feas. Logré poner mi alfil alineado en diagonal a la espalda de mi dama en el centro del tablero y provoqué un intercambio de peones y caballos que le aclararon —a mi dama— el panorama para prometer la destrucción del enroque enemigo. Entonces Bob Dylan se puso de pie —por un momento imaginé que se rendía— y fue a servirse más café. Prendió un cigarro. Comenzó a dar vueltas. Y yo me distraje. Pensé en las cosas extrañas que ocurren en “Highlands” —la pieza de casi 17 minutos que cierra Time Out of Mind (1997)—; en la sensación de estar atrapado sin salidas en una jaula mientras tu corazón late lleno de ilusiones con una vida en las altas tierras gentiles y justas que entre ríos se abren en el altiplano. Y la prisión y la angustia adquieren la forma de un restaurante en Boston tan parecido a ése en el que jugábamos ajedrez; una semejanza sensual: aislado, vacío, descolorido. A la mitad de la canción, el prisionero pide huevos hervidos y sostiene durante 35 versos una inquietante conversación con la mesera. Ella quiere que él le haga un retrato. Se lo exige: le da lápiz y una servilleta; luego posa. Ella tiene lindo rostro y brillantes piernas largas y rosadas. Así la retrata, pero ella grita: “¡No me parezco!”, y luego lo reta: “nunca lees a mujeres, ¿verdad?”. “Leo a Erica Jong”, dice el prisionero y aprovecha que la mesera se va a atender a un nuevo cliente para escapar. Y otra vez afuera, entre jóvenes hermosos de ropa colorida que beben y bailan, perdido, sin nada que decir, amenazado por un perro con rabia, bajo la luz de un sol que cada vez le parece más triste, se pregunta, durante un monólogo tortuoso, sobre cómo podrá encontrar el camino hacia las altas tierras gentiles y justas que entre ríos se abren en el altiplano. Pero su corazón ya descansa ahí, y por el momento con eso —con la ilusión— le basta.

Joven sin dinero, provocativo y hambriento de atención; famoso hermético, ilegible y arrogante; divorciado hostil y rabioso cocainómano; polémico converso: cristiano ferviente tras haber sido judío descontento; cincuentón distraído, entregado a ambiguos sonidos colaborativos sin dirección, caóticos y espontáneos, o sardónico viejo elegante, lírico y abierto por primera vez hacia la procacidad… La imagen que sea, en cualquier década, así ha vivido desde que es Bob Dylan: sin domicilio fijo, errante entre ciudades. En el camino… ¿De quién huye?, ¿a dónde desea llegar? A pesar de los millones, a pesar de su edad, Bob Dylan no deja de moverse. ¿A qué le teme?, ¿qué necesita encontrar? Le encanta cantar en pueblos de los que nadie conoce el nombre; cantar para estadunidenses remotos a los que nunca ve, a los que no les dirige la palabra —ni hola ni gracias—. Aunque su espectáculo también está en movimiento eterno. Hay nueva música todo el tiempo, e incluso las antiguas canciones las canta con renovador desenfado, como si las hubiera escrito por la mañana. La interminable gira parecería estar planteada como una escapatoria. ¿Por qué Bob Dylan corre en silencio?, ¿quién lo quiere cazar?

Si ese día yo hubiera trazado a lápiz un retrato de Bob Dylan en una servilleta, el acento se lo hubiera marcado en los ojos: demasiado pequeños, verdes y rápidos e inquietos, de expresión sufriente, desconfiados, vivos y ardientes, escondidos bajo largos y rizados cabellos plata —blancos y negros en cantidades iguales—, sucios y enredados con un descuido juvenil casi ridículo; el cuerpo sentado: esbelto, ligeramente encorvado hacia delante; sin reloj, sin anillo y sin corbata; la piel de la cara muy arrugada, los brazos delgados, las manos gruesas y rugosas, de nudillos heridos y largos dedos de huesos chuecos; piernas estiradas con insolencia y los pies descalzos, uno sobre el otro. Las botas vaqueras en el piso, muy cerca. Así se veía Bob Dylan cuando jugué ajedrez contra él en Kalamazoo. 

A la curiosidad responde con mutismo arrogante. Y en épocas antiguas, cuando daba entrevistas, Bob Dylan mentía sin control ni decencia; cínico, cáustico y burlón, decía: perdón por haber llegado tarde, pero es que llegué manejando un tren de carga lleno de búfalos y se me complicó frenarlo, ya sabes cómo es eso… pero crecí en una jungla neozelandesa, viví desnudo hasta los 11 años…

Tras ponerse de pie, dar la vuelta por ahí y servirse café, Bob Dylan volvió a sentarse y miró el tablero fijamente; alertas sus ojos que sufren, como si los alfiles fueran a saltarle sobre el cuello. Con equilibrio y mesura salvó la destrucción de su enroque y equilibró las posiciones; después propuso el sacrificio de uno de sus caballos. Un sacrificio que al principio se me hizo de un heroísmo exagerado, de jugador romántico. Pero me quise tomar mi tiempo antes de decidir y le jugué la misma carta: fui por más café, di la vuelta entre las mesas y salí un segundo bajo la nieve. Cuando regresé vi el sacrificio con ojos distintos: cruel y ladino. Si tomaba su caballo, él adelantaría el peón de la torre del rey de tal manera que, de mantener su juego sin errores, la coronación —tras siete, ocho, nueve turnos…— sería inevitable. Y las coronaciones lentas son las más humillantes. Ignoré el sacrificio y aproveché mi ligera ventaja de su caballo desubicado para dominar el centro del tablero. Bob Dylan obligó un intercambio de damas. Estrechamos manos. Acordamos tablas.

Bob Dylan quiere morir sin haber dado respuestas. Jugar ajedrez contra él es la única manera de invadir su intimidad.

Desde entonces la idea del sacrificio me perturba. Busco su música religiosa —ésa que ha sido denostada— y es la que más me interesa. Encuentro un elemento fascinante —por insólito y honesto— de su poética: la inocencia. En su trilogía de álbumes cristianos —Slow Train Coming (1979), Saved (1980) y Shot of Love (1981)— Dios es cruel y amoroso; es tan dado a la compasión y al abrazo como a la furia y a la venganza. Y no existe la culpa: el humano es un ser creativo, erótico y nostálgico que limpia su alma a través del pecado. La calma y la pureza son aborrecibles. Destruir la paz, oscurecer la alegría, ser adúltero o asesinar a un miserable, son vidas necesarias: permiten remontar las tinieblas, y eso —ascender de un abismo hasta recuperar la luz perdida— es lo único importante para aspirar al perdón y a la vida eterna. En esta siniestra poética religiosa Bob Dylan canta como un niño: es pueril y tierno; canta, por ejemplo —en “Man Gave Names To All The Animals” de Slow Train Coming—, sobre cómo, en el inicio de los tiempos, Dios creó a los animales y los humanos, juguetones y asombrados, le fueron poniendo nombres a cada uno de esos animales: “He saw an animal leavin’ a muddy trail/ Real dirty face and a curly tail/He wasn’t too small and he wasn’t too big/ Ah, think I’ll call it a pig/ Man gave names to all the animals/ In the beginning, in the beginning” (Vio a un animal que escapaba por un camino lodoso/ Cara muy sucia; la cola rizada/ No era demasiado grande, no era demasiado pequeño/ Ah, creo que lo llamaré cerdo/ El hombre le dio nombre a todos los animales/ En el principio, en el principio). 

Durante los trayectos entre un pueblo y otro, por la ventana de su cuarto rodante Bob Dylan ve muchos animales. Venados, águilas, conejos, cuervos, gatos, perros, zorros, vacas, caballos, toros, osos, ardillas, gaviotas y búfalos. A veces ve animales muertos. Y ve como testigo —en su frenético viaje sin tregua con su ajedrez portátil bajo la cama— las innumerables formas de un mundo incontenible y cambiante: vías, montañas, periódicos deshechos, rayos, trenes, barro, cabañas, estaciones de gasolina, basura, madera, cables de luz, boñiga, motocicletas, sauces, pordioseros, pipas de agua, helicópteros, fuego, veleros, magnolias moradas y blancas, faros, restaurantes, coches convertibles, cabinas telefónicas, arena, hoteles de paso, molinos, rascacielos, triciclos rotos, humo, yates, canchas de beisbol, rosas, accidentes, desiertos, parques, fuentes, niebla, paraguas abandonados, mares y volcanes.

 

Hugo Roca Joglar
Autor de la columna sobre música clásica “Vibraciones”, que se publica en el suplemento cultural Laberinto de Milenio. Premio Nacional de Periodismo 2014 en la categoría “Crónica”.

 

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