¿Es posible que el escepticismo a ultranza nos proporcione alguna clase de conocimiento? Quiero decir con escepticismo la posición que nos lleva incluso a dudar de los datos exactos de la ciencia o de que el positivismo nos haya entregado certezas inamovibles acerca del mundo que nos contiene (o del mundo que es igualmente una extensión de nuestros sentidos y de nuestra condición humana). Es claro que un escepticismo de tal envergadura produce sólo un conocimiento privado y muchas veces no transmisible. Sin embargo, tal escepticismo puede aceptarse como una manifestación patológica peculiarmente humana y extravagante. Hay que ponerse en los zapatos del otro antes de descartar sus fobias, intuiciones o narraciones míticas. Si se aprende algo a lo largo de la vida, según yo, es que si uno se mantiene alerta y es atento al carácter humano, puede encontrar conocimiento en el ser más estúpido e incluso hasta en el más inteligente. Bernard Williams escribió en un ensayo acerca de la ignorancia lo siguiente: “Se dice frecuentemente, en particular por parte de los positivistas, que la filosofía es virtualmente, por definición, el hogar de la ignorancia”. A mí no me molesta tal descripción y de inmediato la modifico a mi gusto: en filosofía la ignorancia es necesaria para darse a la tarea de construir preguntas interesantes, prácticas o, al menos, que nos tornen todavía más ignorantes (lo que no quiere decir seres malvados o inclinados al mal). A Williams no se le escapa que tal definición podría ser utilizada por los escépticos para acentuar su posición absolutamente desconfiada respecto a la explicación exacta o precisa de los hechos y de las cosas del mundo que les conciernen.

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Ilustración: Sergio Bordón

El sencillo problema de la conciencia, del yo que se mantiene a lo largo de una vida y se reconoce como un yo particular, no será resuelto porque no se trata sólo de un dilema científico, sino también de una urdimbre del lenguaje. Hay quien sospecha que que el problema de ofrecer una descripción coherente y explicativa de la conciencia humana es irresoluble porque la estructura del cerebro es tal que probablemente no pueda aprehender este aspecto de sus propias operaciones. En otras palabras: los seres humanos tenemos —como lo pensaba Wittgenstein— la capacidad de construir preguntas irresolubles. Como ustedes saben bien, esto es ya un asunto viejo y habrá entre los lectores quienes deseen ahondar en él por su propia cuenta. A mí, por lo pronto, me interesa más el tema del escepticismo y de la memoria. Escépticos hay de varias raleas, pero el que me parece menos subjetivo e imperdible es aquel que, como lo describía Cioran, sabe diferenciar entre los matices de lo peor. El sentimiento de soledad irresoluble, el desasosiego íntimo, la desdicha de existir o la certeza de que somos absolutamente prescindibles en el mundo, no necesariamente representan hechos o problemas explicables o reales para los demás. Y, sin embargo, quienes los sufren pueden llegar a ser capaces de crear duda y conocimiento en los más diversos aspectos del saber humano. El arte, por supuesto, es el ejemplo más evidente de lo que intento describir.

Si Bernard Williams, en el final de su ensayo, nos recuerda o advierte que, quizás, el mayor problema al que se enfrentan los seres humanos es que no saben vivir juntos. Yo creo, como un escéptico parcial que, en algunos casos, sí lo pueden hacer, pero que en general se enfrentan a diferencias morales en muchos aspectos irreconciliables. La memoria no es la misma en el caso de todos los hombres, ni tampoco la memoria histórica o la fisiológica (que incluye toda la complejidad cerebral); y ni siquiera podríamos expresar con certeza los hechos de nuestro pasado mismo. ¿No es entonces la memoria una mezcla de conocimiento de hechos pasados, capacidad cerebral, pero sobre todo de construcción mítica? ¿No elegimos del pasado los hechos que nos convienen para crear un sendero moral? Y si esto último tuviera algo de sentido, ¿no sería entonces la memoria una gran mentira narrativa cuya función es ayudarnos a sobrevivir? No lo sé, pero después del triunfo electoral de Trump en USA estas preguntas se han acentuado, aunque sea de forma pasajera. ¿Las instituciones civiles, los derechos del hombre, la política compleja consecuencia de los conflictos y acuerdos en el devenir de la historia, y el progreso moral forman parte de alguna clase de memoria privilegiada, pero no compartida? Voy a transcribir un párrafo de Carl Amery (Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?) que quizás les parezca sacado de la manga, pero que yo considero pertinente ahora: “Que Stalin acabase con muchas más personas y que construyera un Estado del terror y de vigilancia mucho más sólido que el de Hitler es innegable; pero lo construyó sobre los fundamentos de una mentira humanista, de una amputación oportunista de su propia teoría y tradición, no sobre un dogma de la cría proclamado abiertamente”. Yo comprendo esta aseveración de esta manera: uno impuso el terror desde el humanismo (Stalin) y el otro desde la eugenesia (Hitler). No me consuela llegar a esta conclusión, aunque el escéptico que vive en mí se pregunta si a estas alturas, ya respetables del siglo XXI, la memoria histórica que edifica valores morales para la supervivencia y el buen vivir de todos los seres humanos está en declive. No lanzaré una carcajada cínica o nerviosa con respecto a las recientes elecciones en Estados Unidos, ni diré, como lo haría cualquier escéptico respetable: “¿Y qué querían?”. Prefiero, al menos en este momento, la salida retórica que le escuché a Bryce Echenique y que repito como un refrán deslavado, mas vigente: “Nunca te irá tan mal que no te pueda ir peor”.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.