“¡Otra Navidad que llega, otro año que se va! —musitó el químico—. Más cifras en la interminable suma de recuerdos que rememoramos sin cesar para nuestro tormento, hasta que la ociosa muerte los embrolle todos, y los borre todos. ¡Así es, Philip!”.

—Charles Dickens, El hechizado

Una vez más ha llegado diciembre, y con él el llamado “espíritu navideño”, un fenómeno observable en el repertorio completo de las obras con las que Dickens posiblemente promovió la forma en que ahora celebramos esta fiesta tanto o más que la muy posterior imagen refresquera de Santa Claus. Fue el espíritu navideño el que se despertó en personajes dickensianos como el químico Redlaw y el más famoso Scrooge, y es también este ponche de alegría, nostalgia, empatía y deseos de comer en exceso y como en buffet lo que, además de hacer que broten como duendes investigaciones alusivas a la celebración, se ha convertido en tema central de una de ellas.

El espíritu navideño está en tu mente

“… Tú y yo no hemos tenido ninguna querella, al menos por mi parte; pero he hecho esta prueba en honor a la Navidad y mantendré el espíritu de la Navidad hasta el final…”.

—Charles Dickens, Cuento de Navidad

Además de las tradicionales galletas danesas, en diciembre del pasado año Dinamarca aportó evidencias de la presencia en nuestro cerebro del espíritu navideño. Neurólogos daneses compararon mediante imágenes por resonancia magnética funcional las zonas del cerebro que se activaban en personas que celebraban la Navidad con respecto a otras que, por su formación religiosa y cultural, no incluían esta tradición en su lista de festejos de fin de año.1 A todos los participantes se les mostraron imágenes navideñas, como calles y casas con adornos, y únicamente en el cerebro de quienes festejaban Navidad se activaron áreas como los lóbulos parietal derecho e izquierdo, que otros estudios han mostrado que están asociados con nuestra predisposición a la autotrascendencia o, en otras palabras, a la espiritualidad.

Otras zonas activadas fueron la corteza premotora y la corteza somatosensorial: la primera permite la empatía con otros al copiar mentalmente su estado corporal (con las famosas “neuronas espejo”) y, en el caso específico de la Navidad, posiblemente recordar los movimientos de nuestra boca al masticar la pierna de cerdo adobada durante la cena de hace un año en casa de la abuela. La corteza somatosensorial permite que reconozcamos emociones faciales, algo de gran importancia cuando estamos pensando en las caras de los niños al abrir los regalos de Santa. Los neurólogos daneses consideran que, en conjunto, estas áreas cerebrales constituyen la red neuronal responsable de lo que el resto de nosotros llamamos “espíritu navideño”.

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Ilustración: Oldemar González

La navidad aquí y en China

Desde hace algunas décadas la globalización es responsable de que, más allá de las creencias religiosas que se tengan, más allá de que uno sea un acérrimo ateo o un émulo de personajes como el Scrooge o del Grinch, sea imposible ignorar —ya que no celebrar— la Navidad aquí y en China; esto no es sólo una expresión, pues sociólogos, antropólogos y economistas chinos han llamado la atención sobre cómo, en un país donde 1% de la población es cristiana, el espíritu navideño se materializa en pavos, juguetes, árboles, tarjetas, villancicos, adornos y demás parafernalia propia de la festividad.

A pesar de que no faltan chinos que llaman al boicot de una tradición ajena a su cultura, la conclusión de los académicos es que gastar dinero dentro de China es bueno para la economía doméstica de una nación cuyo modelo económico se basa mayormente en exportaciones. De acuerdo con uno de estos científicos sociales “… la cultura china es suficientemente fuerte para absorber todas las costumbres del mundo y darles características chinas”.2 Seguramente algo similar puede decirse de Halloween y el Día de Muertos en México, aunque sea una misión de James Bond la que inicie un desfile “tradicional” en esa fecha.

Santa y sus renos

“Cuando hubo descendido por las chimeneas de todas las casas en ese pueblo, y dejado un juguete para cada niño dormido, Claus encontró que su gran saco aún no estaba medio vacío.
—¡En marcha, amigos! —llamó a los renos— debemos buscar otro pueblo”.

—L. Frank Baum, Vida y aventuras de Santa Claus

Para otros científicos, impregnarse del espíritu navideño significa aplicar sus conocimientos y habilidades en la resolución de problemas tan trascendentes como averiguar el efecto que sobre la salud de Santa tiene el cargar durante horas un saco lleno de regalos, o explicar la razón de que la nariz de Rodolfo sea roja.

Y es que un personaje de la edad y complexión de Santa —quien, todo parece indicar, luce como un sexagenario obeso— tiene un alto riesgo de caer y lesionarse, según un estudio de expertos en medicina del deporte de la Universidad de Basel, Suiza.3 Experimentos hechos por estos investigadores con personas disfrazadas como Santa, quienes tuvieron que cargar un saco de 20 kilogramos mientras intentaban recordar ciertas palabras de una lista, todo esto para reproducir de la manera más fidedigna posible que el personaje “real”, anticipándose a los conductores multitask que manejan mientras textean en su smartphone, repasa mentalmente una y dos veces su lista de regalos al repartirlos a sus destinatarios. Los resultados del estudio muestran que tan sólo cargar un saco tan pesado incrementa significativamente la probabilidad de que Papá Noel caiga y tenga que dejar a más de un niño sin juguete. La carga cognitiva (tratar de concentrarse en recordar algo mientras camina con su carga) perjudica también su desempeño neuromotor, por lo que Santa no debe echar en saco roto el consejo de someterse a un entrenamiento prenavideño que incremente su fuerza, equilibrio y agilidad mental.

Si ahora cambiamos a Santa por sus renos como objeto de estudio, tenemos que médicos noruegos (tratándose de renos, no podían ser de muchos más lugares) metieron sus narices, o más bien sus instrumentos, en las fosas nasales de dos renos adultos anestesiados (todo sea por la ciencia) y determinaron que las narices de la especie Rangifer tarandus, a la que pertenece el famoso Rodolfo de los villancicos, está densamente vascularizada (25% más que la de la especie Homo sapiens), por lo que fisiológicamente permite proteger a éste y a sus congéneres de congelarse al tirar del trineo de Santa, además de ayudar a regular la temperatura del cerebro “renal”.4

El espíritu navideño, para tu desgracia, se aloja en todo tu cuerpo

“Mientras Gabriel y la señorita Daly intercambiaban platos de ganso y platos de jamón y ternera sazonada, Lily iba de invitado en invitado con una fuente de papas harinosas calientes y una servilleta en el antebrazo. Había sido idea de Mary Jane, que también había sugerido una salsa de manzana  para el ganso…”.

—James Joyce, Los muertos

Menos festivos que los estudios citados son aquellos que nos advierten sobre nuestros excesos navideños al estar frente a la mesa, pues las comidas y cenas navideñas en nada envidian los banquetes orgiásticos paganos de la antigüedad. En una de estas rigurosas investigaciones, mientras que uno de sus autores contaba con exactitud todas las calorías que ingería durante un almuerzo típico navideño, el otro contaba las calorías que gastaba y los pasos que recorría en su campamento base en el Everest.5 El almuerzo incluyó una copa de vino rojo, otra de champaña, sopa de vegetales, cerdo, pavo con relleno, salchichas, gravy, quesos de diferentes tipos, galletas, pan, budín, mantequilla, col, brócoli, chícharos, salsa de arándano y chocolates, o sea, nada fuera de lo común desde los tiempos en que James Joyce escribió su cuento navideño. El total de calorías fue de tres mil 295. Y a la par que uno comía, el otro caminaba en el Himalaya y determinaba con un podómetro que, en un día promedio, tras una caminata de ocho horas hecha mayormente a paso “normal”, su gasto energético era de dos mil 746 calorías. Es altamente probable que no necesitemos leer las conclusiones de estos investigadores para sacar, correctamente, las propias, que tampoco son como para suicidarse. Y, ya que mencionamos esto, según otro estudio, el número de suicidios el día de Navidad es el menor del año. Al menos en Austria.6

“¿Es esto ciencia? ¡Bah, pamplinas! No es más que trivialización de la cultura científica”, tal vez dirán quienes hayan sido contagiados con el síndrome Pamplinas (o patrañas y hasta paparruchas, según la traducción que se prefiera de humbug) que aquejaba a Scrooge, pero esperamos que todos los lectores experimenten el espíritu navideño en una o varias de sus manifestaciones aquí mostradas. ¡Feliz Navidad!

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía de la Universidad de Guadalajara. Es autor de Ciencia Pop, La física del Coyote y el Correcaminos, y más ciencia (y muchos más dibujos animados) y de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas.


1 Hougaard, A., U. Lindberg, N. Arngrim, H.B.W. Larsson, J. Olesen, F.M. Amin, M. Ashina y B.T. Haddock, “Evidence of a Christmas spirit network in the brain: functional MRI study”, British Medical Journal, 351, pp. 1-6, 2015.

2 Li, L. y G. Zhang, “A reflection on ‘Christmas fever’ in China in the globalizing world”, International Journal of Sociology and Anthropology, 2(10), pp. 244-247, 2010.

3 Donath, L., R. Roth, E. Lichtenstein, C. Elliot, L. Zahner y O. Faude, “Jeopardizing Christmas: Why spoiled kids and a tight schedule could make Santa Claus fall?”, Gait & Posture, 41, pp. 745-749, 2014.

4 Ince, C., A.M. van Kuijen, D.M.J. Milstein, K. Yürük, L.P. Folkow, W.J. Fokkens y A.S. Blix, “Why Rudolph’s nose is red: observational study”, British Medical Journal, 345, pp. 1-6, 2012.

5 Pillay, J.D. y W. Brown, “Calories and steps! How many days of walking/hiking
in the Himalayas does ONE Christmas lunch translate to?”, South African Journal of Sports Medicine, 27(4), pp. 118-120, 2016.

6 Plöderl, M., C. Fartacek, S. Kunrath, E.M. Pichler, R. Fartacek, C. Datz y D. Niederseer, “Nothing like Christmas-suicides during Christmas and other holidays in Austria”, European Journal of Public Health, 25(3), pp. 410-413, 2014.