I. Diálogos del ocurrente y el boticario

En ocasión de la entrega del Premio Nacional de Literatura a Octavio Paz y de la entrevista que Julio Scherer sostuvo con el poeta por ese motivo (Proceso nums. 57 y 58), la pujante y desmedrada opinión pública mexicana recibió como obsequio de Año Nuevo la primera polémica notable que el medio cultural y periodístico del país ha producido en diez años. (La última que recordamos: el intercambio entre los editores de la revista Política y un grupo de intelectuales: Fuentes, Flores Olea, González Pedrero, López Cámara, Benítez quienes decidieron suspender sus colaboraciones 1964). “Monsiváis es un hombre de ocurrencias”, dijo Paz. “Paz es un hombre de recetas” con eso Monsiváis adecuándose al método.

Carlos Monsiváis contra Octavio Paz: El Ocurrente vs. el Boticario.

La polémica -no era para menos- despertó expectativas profundas pero terminó sepultado en la bruma y la desilusión. Nos entregó la imagen de un Paz que inventaba los cargos ajenos para mejor deshacerlos, a la vez que rehuía los puntos realmente difíciles, y a un Monsiváis notoriamente inhibido en el uso de su repertorio crítico, respetando a Paz mucho más de lo que Paz lo respeta a él. Para evitarse lo que sería -suponemos- el intolerable escarnio de rectificar en público tres o cuatro opiniones mal formuladas Paz se dedicó en sus respuestas a generalizar su punto de visto y a matizar, como al paso y al descuido sus rotundos juicios previos. Monsiváis se aferró a las frases de Paz que habían originado su réplica y luchó infructuosamente durante tres artículos por restituir en el lector al aliado imposible: la memoria de lo dicho una o dos semanas antes por él o por Paz o por el cobeceador de Proceso, (nums. 59, 61, 62, 63, 64). La polémica se fue desdibujando: entre las generalizaciones de Paz y la falta de recursos de Monsiváis para obligarlo o particularizar la impresión final de muchos lectores fue que las diferencias entre ambos eran después de todo de maíz. (Y aquí de inmediato la explicación muy difundida de que la razón fundamental de la polémica era la lucha por el poder cultural.) Pero, por un lado, las diferencias entre Paz y Monsiváis son bastante mayores de las que cabrían en simples matices -aunque el público de ambos sea igualmente minoritario, sectorial. Por el otro, las razones de la polémica van muchos más allá de lo que supondrían esas versiones que imaginan al medio cultural y literario como una Mafia jerárquica regida por la vanidad y los odios de los capos respectivos.

Lo menos que puede decirse es que en el trasfondo de las diferencias de Paz y Monsiváis hay una diferencia básica de intención y de proyecto cultural (sin mayúsculas). Las oscilaciones son notorias: de los refinamientos de la Alta Cultura a las grotecidades de la cultura de masas de los temas universales de la cultura moderna y la nítida resonancia internacional de una obra a la radicación geográfica, temática y lingüística de la otra; del Edén poético a los “basureros” del periodismo mexicano; de la crítica moral e histórica de la vanguardia a la crónica demorada de Agustín Lara o las mitologías televisivas. De la Historia como escenario de las ideas encarnadas a la historia como crónica de particularidades tangibles. Del conservadurismo político a la solidaridad expresa – anarquizante y sentimental- con las luchas populares. Del escritor como conciencia lúcida y no comprometida de su tiempo al escritor como testigo multidisciplinario de su sociedad y su hora. De El laberinto de la Soledad a Amor Perdido. En fin, de la percepción de la cultura como suma de prestigios y jerarquías, con un Oráculo Mayor en la cima, a una percepción de la cultura como documentación y registro precarios de lo que un Olfato sin Programa Explícito juzga revelador y estimulante.

Lo notable, por ausencia en la polémica de Paz y Monsiváis es que el rumbo de la discusión no haya tomado abiertamente el curso de esa explicación de sus diferencias culturales y en cambio se haya inclinado sólo al comentario de sus diferencias de opinión sobre la realidad política mexicana y las “deformaciones del socialismo”: una discusión que debiera darse no entre dos escritores sino, fundamentalmente, entre las fuerzas que efectivamente luchan y se definen en su militancia con relación a esos problemas. Con todo, lo cierto es que la disponibilidad a la discusión y la polémica de una sociedad no puede surgir sino de la efectiva apertura del conjunto de su vida pública. Si no hay espíritu de lucha, hábitos polémicos, ni naturalidad para la disidencia en el Congreso, los partidos políticos, la prensa y los medios masivos, ¿por qué habrían de existir esas capacidades entre los individuos y los grupos, dónde podrían aprenderlas y ejercerlas sino en situaciones de excepción y como por milagro? Por eso, otro aspecto interesante de la polémica de Paz y Monsiváis es que no se dio estrictamente en el vacío ante el mutismo azorado o gozoso de sus muchos espectadores. Paralelamente a la polémica se dejaron oir y se definieron otras voces.

Ofrecemos en este número un montaje de la discusión de Paz y Monsiváis, ordenado según los temas específicos en que ellos definieron sus diferencias. Es sólo una posibilidad, entre muchas, de restituir la información y releer la polémica. Hemos optado por centrarla en torno a las argumentaciones, poniendo aparte los golpes de ingenio o los recursos retóricos inherentes al género. Alrededor de ese montaje central, hemos intercalado párrafos que nos parecieron pertinentes de las otras voces que merodearon la polémica. No son todas, acaso tampoco sean las más representativas. Son las que pudimos recoger. Por último: todo montaje implica una mutilación del texto original, una supresión en cierto modo arbitraria de su conexo. Vayan en compensación de estas coerciones textuales, las facilidades de comprensión que algún lector encontrará en el resultado.

II. Carlos Monsiváis según Octavio Paz

Paz: Monsiváis no es un hombre de ideas sino de ocurrencias. Su pecado es el discurso deshilvanado, hecho de afirmaciones y negaciones sueltas. Su ligereza con frecuencia se convierte en enredijo y aparecen en sus escritos las tres funestas fu: confuso, profuso y difuso. Con todo, algo hay de qué alegrarse: al fin abandona la murmuración y se decide por la discusión abierta. Acude a un método similar al de la “amalgama” utilizado antes por ciertos radicales ya no tan jóvenes que tuvieron a bien expulsar del “discurso político” a un grupo de “intelectuales liberales”. El método de Monsiváis consiste en aislar un párrafo del texto, darle un carácter absoluto y así condenar al autor.

No es que sea miope sino que para él la realidad es siempre ideológica. Incluso cuando parece referirse a lo que está pasando, habla siempre de otras cosas. De ahí que se escandalice (¿fingidamente?) de algunas de mis opiniones sobre el tradicionalismo mexicano y ejerza una lectura fantasiosa de otras. Por lo demás Monsiváis en general es más ocurrente de lo que permite imaginar el estilo chicloso de algunos de sus frases. Da un poco de vergüenza recordarle a un hombre inteligente como él en qué consiste el ascenso de las burocracias modernas y cómo el Estado es su encarnación más amplia pero no la única.

Monsiváis nunca había expresado con tanta claridad su antiestalinismo; ningún lector de sus escritos se hubiera imaginado que tenía esas convicciones políticas. Lo que no se atreve a decir es que no hay socialismo verdadero en los países llamados socialistas. Por otra parte su forma de servirse de los “detenidos, torturados y desaparecidos como arma de discusión para impedir la crítica intelectual es indecente. En fin le irrita que yo hable de una izquierda murmuradora, pero dedica su talento y quién sabe cuántas horas a hurgar en los basureros del periodismo para pepenar declaraciones ridiculizables que él adereza con burlas y sarcasmos baratos. ¿Esta es la “defensa beligerante” de las “conquistas irrenunciables” del socialismo? Pura murmuración. Con todo, hay que alegrarse de que al menos en este caso, Monsiváis haya tenido valor civil.

III. Octavio Paz según Carlos Monsiváis

Monsiváis: Paz es un hombre de ideas (fijas y de las otras). Su talento, con ser universal, no es omnisciente aunque suela pretender dogmáticamente el monopolio de la discrepancia e insista en inscribirse en el género grande por el tranquilo método de confinar a sus contrincantes en el hoyo populista del género chico. Con todo, sería imposible negar a minusvaluar los alcances de una obra tan importante. Gran escritor y poeta, Paz es, sin embargo fiel a sus obsesiones: necesita exhibir el estalinismo y la intolerancia de sus adversarios descalificándolos mediante el simple procedimiento de distorsionar, inventar o despojar de cualquier contexto sus razonamientos. Destierra del Edén a los “desfachatados” que merodean por las “afueras de la literatura”, su sistema de generalizaciones lo conduce con frecuencia a una serie de vigorosas inexactitudes la razón que le asiste en muchas ocasiones se diluye por su manía generalizadora y su debilidad por la frase redonda.

Paz nos legó el gesto extraordinario de su renuncia diplomática después de la matanza de Tlatelolco y abandonó junto con su equipo de escritores la revista Plural, como acto de dignidad al consumarse el golpe pistoleril contra el Excélsior dirigido por Julio Scherer. Pero tiene por pésimo consejero al afán de pontificar y su problema es la ilusión de totalidad, su capacidad de reducirlo todo para mejor entenderlo. Por ello saber leer sus generalizaciones dogmáticas sobre política es adivinar sus rectificaciones inminentes. Acaso le convendría informarse antes de pontificar y dejarse ya de prescindir de la realidad para hablar de ella. Sus generalizaciones simplificadoras aportan tanto al conocimiento de nuestra realidad política como los sarcasmos de Por mi madre Bohemios a la literatura mexicana. Una duda final: ¿Creerá de veras que para contestarle lo que hace falta es valor civil? Más bien paciencia de lector.

IV. Ángeles y querubines

Ángeles Mastretta: Paz responde molesto, con tono de papá disgustado ante la primera sublevación de un adolescente, (…), y la razón con lo que puede convencer pierde tamaño tras su decir que Monsiváis no es un hombre de ideas sino de ocurrencias y que carece de valor civil. A los espectadores no nos parece limpio el juego. El atractivo estaba en el uso de lo que precisamente falta en el medio: las razones, la reflexión las palabras que nos ayuda a discernir, a tomar posiciones no en el “cállate niño que tú no sabes, no entiendes, eres tramposo” (Ovaciones, 2a. Edición, enero 6, 1978)

Juan Garzón Bates: A quienes amamos las redondeces, la entrevista de Julio Scherer a Octavio Paz no sólo nos resultó grata sino aleccionadora. Y entre quienes amamos las reacciones viscerales, las respuestas de Monsiváis, Luis González de Alba y Jose Joaquín Blanco alimentaron la esperanza en que nuestros intelectuales de mayor talento demostrado abrirían el debate político-ideológico del que estamos ayunos. Ahora bien parece que nos quedaremos con hambre después del aperitivo. (Uno más uno, 26 diciembre 1977).

V. Los partidos políticos independientes

Octavio Paz: Alegar la dominación del PRI para explicar y justificar la naturaleza espectral de los partidos independientes es un recurso de mala fe. También lo es achacarla a la pobreza de nuestro pueblo, a su ignorancia o al imperialismo norteamericano (nuestro chivo expiatorio). (Vuelta, num. 10)

Carlos Monsiváis: No, no es un mero recurso de mala fe (…) El PRI es también la CTM y quienes han luchado por un sindicalismo libre de los ferrocarrileros de Demetrio Vallejo a los electricistas de Rafael Galván, saben que la dominación PRI-CTM incluye golpizas, ceses, desalojos brutales, intervenciones policiacas, asesinatos. Nadie que yo sepa le ha achacado a la pobreza o ignorancia del pueblo el estado presente (no tan espectral de cualquier modo) de los partidos independientes. Pero tampoco encuentro muchas tesis en favor de la idea del imperialismo como “nuestro chivo expiatorio”. (Proceso, num 59).

Paz: En ningún momento he negado la influencia nefasta del PRI y del imperialismo norteamericano sobre la vida política de México. No ignoro las golpizas y las detenciones arbitrarias. Tampoco soy un enemigo del sindicalismo libre. (…) Lo que he dicho es que la influencia del PRI y del imperialismo -por más poderosa, negativa y opresora que sea- no basta para explicar enteramente la debilidad de los partidos políticos mexicanos. (Proceso, num 61). Monsiváis: Así está mejor. (Proceso, num. 62).

Paz: En ese mismo artículo (…) señalaba que en otros países había una vida política más sana, a pesar de que habían padecido dictaduras más rigurosas que la dominación política del PRI. Citaba el ejemplo de España -donde después de cuarenta años de franquismo, hay un poderoso partido socialista y un activo partido comunista. Y el de Venezuela. (…) Mi observación -pues no era más que eso- terminaba con una interrogación: ¿por qué? (Proceso num. 61).

Monsiváis: España después de Franco y Venezuela. O sea lancémonos a la política ficción (lo que será México después del PRI) o repitamos el conocido juego “lo que pasaría si México se llamara de otro modo, no hubiera tenido nunca al PRI, no viviera ya bajo una dictadura y habitara en otra parte”. (…) La debilidad y la naturaleza (de nuevo: no tan) espectral de los partidos independientes se explican en lo fundamental por la fuerza de corrupciones, asimilaciones y represiones. El sectarismo, el dogmatismo y la provocación de muchos grupos de izquierda, (…) son causas menores frente al cacicazgo los latifundios y sus guardias blancas, los fraudes electorales, la intimidación, la despolitización como promesa de seguridad personal, el control del movimiento obrero, el acoso y los no infrecuentes asesinatos de líderes independientes, la sumisión de la casi totalidad de la prensa, la manipulación de los medios masivos, los ceses y despidos o los trabajadores de clara o intuída filiación política, (Proceso num. 62).

VI. El letargo intelectual de la izquierda

Octavio Paz: La izquierda sufre una suerte de parálisis intelectual. Es una izquierda murmuradora y retobona, que piensa poco y discute mucho. Una izquierda sin imaginación. (Entrevista con Julio Scherer, Proceso, núm. 58).

Carlos Monsiváis: En 1977 es muy difícil sostener que la izquierda “sufre una suerte de parálisis intelectual”. Por el contraria en los últimos años, ha sido impresionante el volumen de trabajo analítico de esa izquierda. (…) ¿A quien alude Paz con su imagen de “izquierda de murmuradores y retobones”? (…) En México han surgido (…) grupos cuya acción se define legítimamente como de izquierda y a quienes sólo la desfachatez puede aplicarle los adjetivos de “murmuradora” y “retobona”. “Murmuradores y retobones” los militantes de partidos enfrentados en toda la provincia a los odios caciquiles y a la racionalidad homicida de gobernadores, porros y guardias blancas? ¿”Murmuradores y retobones” los miembros de la Tendencia Democrática que han dado con su orgullo de clase, su valentía y su solidaridad un alto ejemplo moral ante el acoso de fuerzas aplastantes? ¿”Murmuradores y retobones” los detenidos y torturados y desaparecidos? (…) La izquierda por más limitaciones históricas que tenga, sigue siendo la alternativa más coherente y valiosa para el país. (Proceso, num. 59).

Paz: La crisis de la izquierda mexicana (…) es, sobre todo, un reflejo de la crisis universal de la idea socialista y muy especialmente del marxismo. (…) Si la izquierda mexicana quiere salir de su propio letargo intelectual debe comenzar por hacerse un riguroso “examen de conciencia filosófica y política” Es lo que están haciendo los europeos.

El mismo Althusser no tiene empacho en declarar que “el marxismo está en crisis”. Servirse de los “detenidos, torturados y desaparecidos” como arma de discusión para impedir la crítica intelectual, como lo hace Monsiváis, es indecente. (…) Mi crítica al pensamiento de izquierda mexicano -no a los militantes ni a las víctimas- es su aceptación a medias de los hechos y su incapacidad para deducir de ellas las consecuencias necesarias. Yo nunca he dicho que no existan fuerzas de izquierda y de derecha en México. Lo que he dicho es que la derecha tiene más interés en sus intereses que en sus ideas; mientras que la izquierda que sí se interesa en las ideas argumenta mal, con timidez y sin rigor ni libertad crítica. (Proceso, num. 61)

Monsiváis: No “impedí” crítica intelectual alguna a la izquierda. Me opuse al pobre reduccionismo capaz de ver en la izquierda sólo ausencia de ideas, murmuración y retobo, para facilitarse la “comprensión” que cabe en una retórica totalizadora. OP tiene todo el derecho a cualesquiera opinión (…) sobre las izquierdas; lo que no puede hacer es encerrar un fenómeno tan vasto, variado y complejo en la imagen de un hato preconspirativo y semiidiota envuelto en la docilidad del rezongo. Obligarlo o recapitular, Paz lo hace un tanto a fuerzas: “Mi crítica es al pensamiento mexicano de izquierda, no a los militantes ni a las víctimas” (…) Algo similar le ocurriría si intentase probar su afirmación de la “parálisis intelectual” de la izquierda. La izquierda, común denominador de diversas tendencias sólo unificadas por la exigencia de cambio, está generando las interpretaciones más críticas, profundas y originales de la realidad nacional y su vinculación con el mundo.

Paz: Pueden leerse en Por mi madre, bohemios

Monsiváis: …también encerrado en sus ghettos revolucionarios, sigue contribuyendo a su propio deterioro con luchas internas, histerias ideologizantes, expulsiones y contraexpulsiones. Al juzgarla de tajo, Paz la simplifica e inventa. (Proceso, num. 62).

Paz: Sí, hablé del “letargo intelectual de la izquierda”. (…) Agregué que sólo un examen crítico del pasado y de la realidad presente semejante al que se opera en otras partes del mundo, podría darle a los partidos de izquierda mexicanos una mayor coherencia.

(…) Una reflexión de (Teodoro) Petkof (dirigente del Movimiento al Socialismo venezolano) ante la realidad latinoamericana: “¿Por qué los movimientos políticos de filiación socialista la mayoría de los cuales se dicen marxista-leninistas, permanecen arrinconados en sus estrechos ghettos, desconectados del pueblo en el nombre del cual actúan, sin comunicación verdadera con aquellos que la jerga izquierdista designa como fuerzas motrices de la revolución?” La pregunta del dirigente venezolano no es muy distinta a la mía (Proceso, num. 63).

VII. Desde la cumbre del Popo

Luis González de Alba: Instalado en la cumbre del Popocatépetl, nuestro más alto poeta (…) vuelve la cara del Atlántico al Pacífico y un murmullo nacional lo aturde (…) Una fuerza subterránea le pasa desapercibida: son aquellos que ignoran a veces hasta el término izquierda, que un día salen a la carretera y emprenden una marcha para exigir tierras; los campesinos asesinados en Sonora, en Hidalgo, en Guerrero; los electricistas democráticos que donan parte de sus salarios para sostener a sus compañeros despedidos; los trabajadores universitarios que ven su huelga rota con doce mil granaderos. Si Paz se refería en exclusivo a los grupos de intelectuales de izquierda qué el trata -esa autodefinida izquierda grupuscular, universitaria, “culta”- retira todo lo dicho. Pero la izquierda es algo más que eso, y hubiera sido necesario aclararlo en la entrevista. (Uno más uno, 21 diciembre, 1977).

VIII. La derecha mexicana y el crepúsculo de los proyectos

Octavio Paz: La derecha mexicana ha dejado de pensar en términos políticos desde la muerte de Miramón. Es una clase acomodaticia y oportunista. Su táctica lo mismo en la época de Díaz que ahora consiste en infiltrarse en el gobierno. Es una clase que hace negocios pero que no tiene un proyecto nacional. El país, para ellos, no es el teatro de su acción histórica sino un campo de operaciones lucrativos. (Entrevista con Julio Scherer, Proceso, num. 58).

Carlos Monsiváis: (Paz) visualiza el consejo de ancianos del Partido de Acción Nacional y afirma -precisamente en el momento y en el sexenio de mayor influencia de la derecha desde hace muchos años- que la “derecha mexicana ha dejado de pensar en términos políticos”. ¿Qué es derecho” entonces? ¿Se puede trivializar llamando “acomodaticios y oportunistas” a quienes le declararon en 1976 la guerra al Estado y lo han combatido con rumores, fuga de capitales e identificación de Iniciativa Privada con batalla de los puros contra la corrupción de la Reforma Agraria misma? ¿Se puede decir que “carece de proyecto nacional” una derecha que transmite y ratifica a diario sus valores a través del control de casi todos los medios masivos y que hoy enarbola, arrogante y amenazadora la ideología empresarial como la salvación de México? El proyecto nacional de la derecha, abierto y galopante incluye como última etapa el fascismo de la dependencia, pero en sus etapas intermedias exige la sumisión, el orden a como dé lugar, la vuelta al respeto del Empresario, la cesación incluso de la demagogia de la Reforma Agraria, la ejecución al pie de la letra de la política restrictiva del Fondo Monetario Internacional. Vaya que la derecha mexicana tiene un proyecto (…) (Proceso, num 59).

Paz: Monsiváis tuerce mi idea acerca de la muerte del Proyecto (con mayúscula) y la confunde con la existencia de luchas episódicas entre las clases, los grupos y los individuos. Pero una cosa son los intereses y la lucha por los intereses, otra la elaboración de proyectos históricos que sean, simultáneamente una imagen de la sociedad y un modelo de lo que quiere ser. (…) La constitución de los Estados Unidos, la Declaración de los Derechos del Hombre 1879, el Manifiesto Comunista: esos son proyectos históricos. Las querellas entre Jefferson y Adams, los girondinos y los jacobinos, Bakunin y Marx son episodios centrales pero no son proyectos.(…) En México, los grandes proyectos conservadores se hicieron añicos durante las guerras civiles y extranjeras del siglo pasado. Desde entonces las clases propietarias no tienen ideas propias y viven, intelectualmente, de retazos de la ideología progresista del capitalismo norteamericano. Tienen, eso sí, intereses vastísimos y luchan por confiscar completamente el Estado post-revolucionario, como antes durante el porfiriato confiscaron el Estado liberal. Pero tener intereses y luchar por ellos no equivale a tener un proyecto histórico. (Proceso, num. 61).

Monsiváis: Le repito (a Paz) su definición concluyente: “La derecha ha dejado de pensar en términos políticos desde la muerte de Miramón. (…) Es una clase que hace negocios pero que no tiene proyecto nacional”. ¿En dónde está la grandilocuencia del Proyecto Histórico con mayúsculas? Paz habló de la ausencia de un pensamiento político y le respondí que sí veo ese pensamiento político y en forma por demás evidente. No es un pensamiento organizado o audaz pero es el que se necesita para un proyecto nacional de dominación. (…) Sólo ocurre que estamos ante un proyecto histórico mundial: la supervivencia del capitalismo que, en sus términos de retención y conservación vaya que es “una imagen de la sociedad y un modelo de lo que quiere ser”. (Proceso, num. 62).

Paz: Claro que hay una conexión entre los intereses de los grupos sociales y los proyectos históricos; sin embargo esa conexión no reduce el proyecto o mero reflejo mecánico de los intereses del grupo. A veces los proyectos son realmente universales -tal es el caso de la Declaración de los Derechos del Hombre en 1789- y trascienden a las clases que los formularon; otras veces el proyecto se evapora y deja a los protagonistas históricos -las clases, pero asimismo las naciones y los Estados- literalmente en cueros. Es lo que ha sucedido ahora con la idea de Progreso y otras análogas que heredamos del siglo XIX”. (Proceso, num. 63).

IX. Ecos de París y Angangueo

Daniel Dueñas: Por aquí por París todo mundo hace grandes elogios de Octavio Paz de quien se admira también su madurez ideológica, su auténtico progresismo sin compromisos facciosos o reverencias dogmáticas. Se recuerda que Paz ha sido el intelectual mexicano que mejor ha comprendido las necesidades y requerimientos de nuestro proyecto histórico nacional (…) Los más enterados comentan con aplausos el “repaso” que Octavio Paz acaba de poner o Carlos Monsiváis, quien al intentar criticarlo lo único que ha logrado es hacer resaltar su grandeza intelectual y humana. (“Solarium”, El Sol de México, 8 enero, 1978).

El Ateneo de Angangueo otorgó al presidente Sadat el Premio Nobel de Algebra, dotado con “cien rupias y uno de los indios verdes”).

Manuel Buendía: El Ateneo externó satisfacción por encontrar así solución al problema de qué hacer con el indio que sobraba. Y es que en sesión anterior se había concedido uno de esos indios a don Octavio Paz, como Premio Nacional de Politología y reconocimiento de su hallazgo de que “Por mi madre, bohemios” es símbolo madriguera de lo que él llama “izquierda retobona”. (El Sol de México, 8 enero 1978).

X. Los dos Méxicos

Paz: En 1977 la contradicción entre el México desarrollado y el subdesarrollado se ha vuelto más aguda. No es la contradicción de dos clases sino de dos tiempos históricos e, incluso, de dos países”. (Proceso, 58. Entrevista con J.S.). El proyecto de “modernización” parece enfrentarse a un muro no de piedra sino de cuerpos y almas: el México tradicional, lejos de transformarse, aumenta, se extiende por todo el país y penetra en los reductos de la modernización: las ciudades. (Proceso, num. 61).

Monsiváis: Por el contrario, estoy seguro de encontrarme ante un solo país, el lujo de una de cuyas partes depende de la miseria y la marginalidad de la otra y en donde el tradicionalismo, lejos de seguir inmóvil, se modifica con enorme rapidez. (Proceso 62).

XI. El tradicionalismo mexicano

Paz: Apenas si necesito aclarar que el tradicionalismo no me parece ni bueno ni malo en sí mismo: es un fenómeno social y su influencia, a veces positiva y otras maléfica, depende de los circunstancias y del momento. La creencia en la Virgen de Guadalupe no sólo ha sido un signo de la identidad mexicana sino que ha resistido mejor a la erosión del imperialismo que las ideologías políticas nacionalistas y antimperialistas. No es difícil adivinar la razón: las creencias, en general, duran más que las ideologías. (Proceso, 61).

Monsiváis: Paz dice: “El tradicionalismo no me parece ni bueno ni malo en sí mismo”. No desprendo yo tal cosa de un párrafo (en Plural, num. 58):

“En México no han sido los profesionales del antimperialismo los que han resistido mejor, sino la gente humilde que hace peregrinaciones al Santuario de la Virgen de Guadalupe.

Nuestro país sobrevive gracias a su tradicionalismo”.

He aquí un clarísimo encomio de tradicionalismo: si gracias a él México sobrevive, a Paz debe parecerle bueno (y a todos nosotros). Pero también hay un juicio histórico sobre los “profesionales del antimperialismo”, incapaces de resistir a la erosión imperialista en la eficacia de los peregrinos de la Villa. ¿Qué quiere decir? ¿Que sólo la religiosidad nos evita ser un pueblo colonizado? ¿Que sin la Virgen de Guadalupe, el centro de su tradicionalismo, México hubiese desaparecido? ¿Que los antimperialistas y profesionales hubiesen hecho mejor en ser más devotos? ¿Que hay una Identidad Mexicana inamovible y común a todos los mexicanos sin la cual México se desvanecería? (Proceso, 62).

Paz: No, yo no predico peregrinaciones al Tepeyac, ni propongo el estandarte guadalupano como bandera del frente antimperialista (…) Lo siento, pero no tengo más remedio que repetir lo que dije: sí, las creencias duran más que las ideologías. Decirlo no significa convertirse en guadalupano (como Hidalgo, Morelos y Zapata) ni abrazar el tradicionalismo como doctrina política ni creer que la identidad nacional es una esencia inmutable e incorruptible. (Proceso, 63).

XII. El socialismo: logros y deformaciones

Paz: Yo no rechazo la solución socialista. Al contrario. El socialismo es, quizá, la única salida racional a la crisis de Occidente. Pero (…) me niego o confundir al socialismo con las ideocracias que gobiernan a su nombre en la URSS y en otros países. (…) El socialismo verdadero es inseparable de las libertades individuales, del pluralismo democrático y del respeto a las minorías y a los disidentes. (…) Una de las tragedias del siglo XX es que las revoluciones no han ocurrido ahí donde la teoría las esperaba (en los países avanzados) sino en la periferia, en países con un capitalismo incipiente y con estructuras políticas arcaicas, como la Rusia zarista y el antiguo imperio chino. (…) El socialismo en los países subdesarrollados, como lo demuestra la experiencia de este siglo, se transforma rápidamente en un capitalismo de Estado, generalmente controlado por una burocracia que gobierna de una manera despótica y absoluta en nombre de una idea (ideocracia). (Entrevista con Julio Scherer, Proceso, num. 58).

Monsiváis: (La crítica de Paz) contra la corrupción y deformación del socialismo, justa y valedera en sus inicios, se ha transformado en un programa de verdades o medios. En efecto, el estalinismo asesinó y reprimió bárbaramente a nombre del proletariado; en efecto, las burocracias usurpan el papel de la sociedad en su conjunto y rechazan tajantemente cualquier disidencia; en efecto, el socialismo verdadero es inseparable de las libertades individuales, del pluralismo democrático y del respeto a las minorías y a los disidentes… (Proceso, num. 59).

Paz: Ahora, más vale tarde que nunca, Monsiváis admite que, en efecto “el estalinismo asesinó y reprimió bárbaramente a nombre del proletariado. (etc.) Me alegro que lo reconozca. (…) ¿En qué consiste pues su desacuerdo conmigo? (Proceso num. 61). Monsiváis: Para que la crítica a esas aberrraciones tenga pleno sentido debe, si se precisa de autoridad moral, ir acompañada de la participación en el esfuerzo de construir ese socialismo verdadero y, si sólo se requiere de honestidad intelectual, necesita ir acompañada de la evaluación (…) de los grandes logros, digamos el reconocimiento del esfuerzo épico para construir la República Popular China, (…) o de la suma de significados que en América Latina acumuló y acumula la Revolución Cubana. La crítica o las deformaciones del socialismo debe acompañarse de una defensa beligerante de las conquistas irrenunciables. (Proceso num 59).

Paz: (Monsiváis impone) como condición de la crítica al socialismo burocrático “el reconocimiento de sus grandes logros”. ¿Se ha preguntado si esos “grandes logros” se inscriben en la historia de la liberación de los hombres o en la de la opresión? (…) El análisis y la denuncia de las nuevas formas de dominación -lo mismo en los países capitalistas que en los socialistas y en el mundo subdesarrollado- es la tarea más urgente del pensamiento contemporáneo no la defensa de los “grandes logros” de los imperios totalitarios.

Monsiváis: Una teología de la historia acude a los ropajes de la vanguardia: el camino de Dios: la liberación; el camino del Diablo: la opresión. Pero así como México es un solo país también las historia es indivisible y a ella pertenecen por igual los grandes logros y el Gulag, las empresas generosas y heroicas y la represión totalitaria (…) Lo que interesa intelectualmente es entender los hechos, explicarlos y desenredar sus enigmas, no satanizarlos con metáforas. (Proceso, num. 62).

Paz: Naturalmente la crítica de esos regímenes (…) no puede consistir en poner buenas y malas notas: nueve por la industrialización y cero por Gulag (…) Curioso método que reduce la critica histórica o una aritmética pueril y siniestra. La que necesitamos es algo muy distinto: un análisis del sistema para determinar su verdadera naturaleza y saber si efectivamente es socialista o si es una nueva forma de dominación y explotación de los hombres. (…) El problema no consiste en reconocer los logros -sean estos enormes o insignificantes- sino en determinar la naturaleza social de los regímenes que se dicen socialistas. (Proceso, num. 65).

XIII. Un pleito marginal

José Joaquín Blanco: Me gustaría saber, por ejemplo, de qué riesgos está hecha la obra de Paz, y si no, por el contrario, como supongo, es una alevosa capitalización de las glorias prestigiosas sin sus riesgos, es decir, la literatura de Contemporáneos, sin su reto mora, el surrealismo sin el riesgo de la escritura automática, el nacionalismo sin el exceso patriotero, el socialismo sin el estalinismo, etcétera; es decir, una estatua hecha con la flor pero no con las raíces, con el prestigio pero no con los riesgos de otros hombres y movimientos. Paz es una estatua endomingada. (La Onda, suplemento de Novedades, 4 de diciembre, 1977).
Octavio Paz: Para este joven el patrioterismo y el estalinismo son riesgos y oponerse a ellos es una capitalización alevosa. Sus cargos son descargos. El blanco de Blanco son las estatuas. Está bien, pero hay que distinguir entre el picapedrero iconoclasta que las derriba y el perrito incontinente que orina a sus pies. (Proceso, núm. 58).
Blanco: Paz se ha cuidado mucho de desentonar con la imagen de autor “Inmaculado”, trepado en el lado bueno de la historia como en su pedestal particular y exclusivo. Su obra y su personaje están calculados, dispuestos en la pose conveniente para la fotografía inmortal, los premios y los boletines de prensa, los elogios y los homenajes. Así, Paz cultiva un arte culto, hermético, especializadísimo que no lo enemista con la sociedad a la que supuestamente ese arte ataca; por el contrario, Paz consigue con semejante posición estética un mandarinato intelectual mucho más autoritario y suntuoso que muchos cacicazgos. (…) Paz, pulido y discreto, da a su obra, en el extranjero, el aura mágica y pintoresca de un México museográfico; mientras que en México funge como conocimiento europeo desdeñoso de la realidad nacional, a la que sólo recurre para estatizarla. (…) El socialismo de Paz, vagamente establecido como un “justo medio”, una cumbre cimera desde la cual condenar las “abyecciones” de quienes no sean Octavio Paz, le permite malabarismos morales tan poco felices o claras como sus juegos de palabras.
Mi cargo es que Paz se ha descargado de lo riesgoso, de lo aventurero, de lo emocionante, de lo incierto tanto de la tradición como de las vanguardias culturales, para sólo beneficiarse con lo rentable. Mi cargo es que apuesta sobre virtudes seguras, especula con las posiciones medias, pues estar en el justo centro permite acaparar lo beneficios de toda la circunferencia. (Siempre!, núm. 1279, 28 diciembre, 1977).
Paz: J. J. Blanco vuelve a reprocharme en Siempre! no haber sido ni patriotero ni estalinista. ¿Qué puedo contestarle?

XIV. El escritor y su conciencia

Paz: La eficacia política de la crítica del escritor reside en su carácter marginal, no comprometido con un partido, una ideología o un gobierno. (…) La función política del escritor depende de su condición de hombre fuera de las combinaciones políticas. El escritor no es el hombre del poder ni el hombre del partido: es el hombre de conciencia. (…) Yo no creo que los escritores tengan deberes específicos con su país. Los tienen con el lenguaje -y con su conciencia). (Proceso, num. 58).

Monsiváis: Paz erige a la conciencia (definida vaga y más que subjetivamente) como el otro compromiso del escritor (el primero es el lenguaje). En función de esto insiste en la condición marginal ante el Estado, el único elemento que le interesa de modo a la vez alerta y alarmista. Está en su perfecto derecho de darse a sí mismo cualquier ordenanza. Pero no es de su incumbencia saber hasta lo último en dónde reside la eficacia política de la crítica del escritor, y mucho menos exigirle a éste por lo demás imposible desvinculación de una ideología (…) o que desee definirse no sólo ante el Estado sino también ante la iniciativa privada y el derecho de las mayorías”. (Proceso num. 59).

Paz: Nunca he pedido que el escritor “se desvincule de una ideología”. (…) El escritor puede militar en los escuadras de Lutero o en la Compañía de Jesús, jurar en nombre de Hermes Trismegisto o en el de Mao. (…) Pero el escritor tiene una responsabilidad mayor con su conciencia que con sus creencias, su patria, su iglesia o su partido. Si su Obispo miente, si su Rey tortura, si su Patria es injusta, si su Partido oprime -el escritor debe decirlo. (…) Cierto, el término (conciencia) es demasiado subjetivo y de difícil definición. ¿Monsiváis conoce otro? (Proceso, num. 61)

Monsiváis: Erigida la Conciencia en ese todo absoluto de “difícil definición” se acabó el problema. Lo que (Paz) no permite es que alguien prefiera otro término y diga “ideología” en lugar de conciencia porque ya estará hablando de otra cosa seguramente. Paz no acepta vincular la eficacia política o compromisos partidarios, ideológicos o de gobierno. De hecho, está igualando eficacia política con marginalidad o ultranza”. (Proceso; num. 62).

Paz: Lo que he dicho es que el escritor debe hablar si su patria, su partido o su iglesia matan, oprimen o mienten. (…) Esta actitud no puede ser sometida a consideraciones de eficacia política porque el pasado reciente nos enseña que, en el nombre de lo eficacia, cientos de intelectuales de todo el mundo callaron ante la exterminación de millones de hombres durante el periodo estalinista. (…) La conciencia del escritor (…) está situada dentro de unas circunstancias sociales e históricas concretas. Dentro de esos límites, el hombre puede, a veces decir No a los poderes injustos y obrar conforme a su conciencia. La palabra conciencia por más nebulosa que sea, no puede cambiarse por la palabra ideología porque esta última ha sido la alcahueta de los Césares, los inquisores y los secretarios Generales.

Monsiváis: Le recuerdo (a OP) que el término conciencia tampoco ha escapado a la crítica: “Quienes están vehementemente enamorados de sus propiAs opiniones y por absurdas que sean, tienden con obstinación a mantenerlas, dan a esas opiniones suyas el nombre reverente de Conciencia, como si les pareciera inadecuado cambiarlas a hablar contra ellos; y así pretenden saber que son ciertas cuando saben a lo sumo que ello no pasa de una opinión”. Thomas Hobbes, Leviatán (1650).

XV. A primera vista

César H. Espinosa Vera: A primera vista, podría pensarse que se trata de una puja por los presupuestos destinados a la cultura. Pero estructuralmente, la lucha se orienta a buscar la hegemonía cultural, es decir, la capacidad de dirigir los destinos intelectuales del país. (El Universal, 9 enero 1978).

XVI. A segunda vista

Miguel Capistrán: (Asistimos al) fenómeno prácticamente desaparecido en nuestro medio de los discusión de las ideas y de toda la oxigenante cauda de consecuencias que ello trae aparejado para la cultura mexicana (…) y, claro está, para la general vida de un país acostumbrado a callar en público las circunstancias más graves y dejar todo ello para el rumor y los corrillos para, en muchos casos, evadir la actitud crítica por la vía del chisme de capilla y los chistes zahirientes. (El Sol de México, 8 enero, 1978).

La palabra queda abierta…