“Este es tiempo virtuoso y hay que fundirse en él”
(Leyenda de un cartel en un puente peatonal de la Habana, camino al aeropuerto)

Excusatio non petita…

Tengo un genuino respeto hacia Cuba. En diferentes momentos de mi vida, me ha encandilado la historia de la Isla. Atrapan mi atención los temas clásicos: su vida política, sus expresiones culturales, su transformaciones sociales. Pero, sobre todo, me interesan las interpretaciones, lecturas, debates y polémicas que despierta ese archipiélago caribeño. De hecho, confieso que he admirado y detestado momentos y decisiones de su gobierno y ese ánimo pendular empaña mis ponderaciones y juicios políticos sobre ese pequeño país que ha pesado —como si fuera un continente— en el devenir del mundo contemporáneo.

Estoy consciente de que la isla ha ocupado la atención de cabezas más sesudas que la mía, es objeto de estudio de expertos obsesivos y desata pasiones encendidas. Así que escribo estas líneas —que son poco más que notas de viaje con cautela y temor reverencial hacia la “cuestión cubana”. Mi excusa para adentrarme en esta pendiente resbaladiza es simple y banal: acabo de visitar la isla en dos ocasiones y  las circunstancias me permitieron mirar —al menos eso creo— aristas interesantes de un proceso de cambio que ya está sucediendo pero que no termina de mostrarse. En Cuba se ha fecundado una creatura con una fusión genética de pronóstico reservado y pronto dejará ver sus formas y tamaños. 

cuba-salazar

Dos veces en la Habana

La vida académica tiene muchas bondades. Una de ellas es que permite viajar. Los profesores prestigiados de todo el mundo acumulan miles de millas de vuelo anualmente porque asisten a seminarios, congresos, encuentros, coloquios y exámenes de grado en todos los continentes. El desarrollo tecnológico, aunque resulte paradójico, ha potenciado esa tendencia que —a mi juicio— es positiva y alentadora. Al menos en el ambiente de los estudios jurídicos la movilidad de los académicos ha fragmentado obsesiones parroquiales y ha potenciado debates con orientación universal. Esto, en el mundo integrado que habitamos, es crucial para que el derecho siga siendo un instrumento útil para civilizar la convivencia. 

Quienes tenemos cargos directivos podemos viajar menos y, por lo mismo, debemos elegir con tiento a dónde y para qué se viaja. Yo acepté hacerlo a Cuba para asistir a dos eventos distintos con menos de veinte días de distancia y no me arrepiento.

Primera incursión: huésped del Estado

El primer viaje a Cuba en 2016 se lo debo a la invitación del Tribunal Supremo Popular para participar en el VIII Encuentro Internacional Justicia y Derecho organizado en el Palacio de Convenciones de la Habana. Acudí, en compañía de un destacado colega y ex-presidente de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos, para dictar una conferencia y aprovechamos mi estadía para firmar un convenio de colaboración que promete interesantes intercambios académicos venideros.

Nos hospedaron en el Hotel Palco —sobrio, grande, un poco decadente— dentro del mismo complejo arquitectónico que alberga al Palacio de Convenciones. Un impresionante recinto que, por lo que me contó en el avión un simpático y dicharachero compañero de vuelo que vive en México e iba —por primera vez desde que salió para casarse con una mexicana— a visitar a su familia, ha sido el foro de grandes momentos de la historia contemporánea de la isla. Pude imaginarlo cuando me adentré en la sala principal que, por sus dimensiones e infraestructura, me recordó al recinto de la Asamblea General de la ONU. Ambos espacios pueden albergar a miles de personas, están diseñados con una arquitectura inclinada que culmina en la palestra y, por su forma y decoración, transmiten solemnidad inmediata. Además, comparten un equipamiento tecnológico de tiempos idos (por ejemplo, ofrecen un servicio de traducción simultánea con auriculares de plástico que evocan las aventuras de Maxwell Smart).

El peso de lo dicho (y lo callado)

En esa Sala Plenaria tuvieron lugar el discurso inaugural del Presidente del Tribunal Supremo y Popular, Rubén Remigio Ferro, y algunas conferencias magistrales de personajes polémicos e interesantes, como el juez Zaffaroni de la Corte Interamericana o el Dr. Viacheslav M. Lébedev, Presidente del Tribunal Supremo de la Federación Rusa. Ninguna de las ponencias tuvo desperdicio pero me impresionó de manera especial el discurso del Presidente del Tribunal por su solidez teórica, su claridad argumentativa y, sobre todo, por el mensaje contundente de que el sistema constitucional cubano tiene que cambiar.

Además, resultó sintomático —como me lo hizo notar mi colega mexicano— que en los discursos de apertura no se hiciera mención alguna a la Revolución ni a ninguno de los comandantes que la encabezaron. Los nombres de Fidel y de Raúl brillaron por su ausencia.

Esta fue la constante de los mensajes oficiales y de las charlas de sobremesa. De los primeros merece la pena subrayar la claridad y la ausencia de retórica para aludir a un cambio constitucional inminente y necesario. Lo mismo vale para las reuniones protocolarias en las que departí con funcionarios locales e invitados internacionales en los que la constante fue hablar del proceso de transformación en curso de la sociedad y de la política cubanas. Un cambio —se dijo— que ya es una realidad y que no hay forma —ni intención— de detener. Sin embargo, poco se sabe de la dirección que orientará esa transformación. De hecho esa desconexión entre el movimiento y su destino encierra las encrucijadas de la Cuba actual.

Lo único que me quedó claro es que la mutación y su destino serán influenciadas por una lógica de apertura que viene de la mano del salto tecnológico. De hecho otro tema recurrente, en esas y otras charlas, fue la presencia creciente de internet en la vida de los cubanos: el número de teléfonos celulares en poder de los jóvenes, el uso generalizado del correo electrónico y la familiaridad con el uso de redes sociales —como Facebook— entre las nuevas generaciones.

Los gestos y las formas

A lo largo de los tres días que duró el encuentro recibimos un trato amable y respetuoso. En ningún momento percibí acoso ideológico ni padecí obsesiones con el tema de la seguridad. Nada de despliegues de autoridad y mucho menos desplantes autoritarios. Por el contrario, la sensación era de camaradería entre iguales con cierta obsesión por el bienestar de los invitados. Creo que esto refleja algunas dinámicas y realidades subyacentes.

Por ejemplo, los funcionarios del Estado —del más alto nivel como nuestro anfitrión— tienen equipos de apoyo para la gestión de sus tareas pero no cuentan con cuerpos de seguridad y, según me dicen, perciben salarios equivalentes a los de los funcionarios con responsabilidades menores. Eso se traduce en una dinámica de horizontalidad que resulta desconcertante en un país que tiene un sistema político tan vertical.

Sobre el tema de la seguridad también hay algo que decir. Cuando abordamos el tema nos explicaron que no era un problema relevante. Ello, entre otras razones, porque en Cuba no hay armas de fuego. Las pocas que existen están en manos del Estado y ello explica —al menos en parte— que la violencia tenga un rostro muy distinto al que ha venido adquiriendo en otras latitudes.

Por eso su sistema de justicia penal —basado en la oralidad— logra procesar muchos de los conflictos —pleitos, robos, abusos— a través de la mediación y con medios alternativos a la prisión. Se trata de un dato que no podemos ignorar en México ahora que estamos implementando un sistema de justicia penal similar pero que operará en una realidad tristemente muy distinta. Esa fue la preocupación que orientó la intervención —sólida, docta y experimentada— de mi colega, Sergio García Ramírez, en el congreso.

Mientras lo escuchaba me atrapó una angustia fundada.

Una discusión memorable

La cereza del pastel de ese encuentro tuvo lugar en el seno del congreso. En la mesa en la que me correspondió participar intervino también la profesora Martha Prieto Valdés, a quién yo no conocía y quién me dejó impresionado.

La profesora resultó una constitucionalista leída, actualizada y con ideas modernas, a pesar de hacer sido redactora de la constitución vigente desde 1976. En su discurso reconoció el valor de los derechos colectivos pero reivindicó con contundencia la importancia de los derechos individuales. De hecho, el tema principal de su ponencia fue la ausencia —cuyas razones históricas explicó con claridad— de un recurso de protección de esos derechos ante los actos de autoridad.  “En Cuba es necesario un recurso como el amparo mexicano (para no referir el habeas corpus de origen anglosajón)”, sentenció. Por eso propuso que ese recurso se introduzca en la (nueva) constitución y argumentó a favor de que se oponga también frente a los abusos cometidos por los particulares.

En el auditorio —compuesto en buena medida por estudiantes universitarios— las ideas de la profesora Prieto generaron expectación y debate pero ninguna clase de censura. Acaso cuando la moderadora la conminó a respetar los tiempos, la profesora Prieto Valdés, contestó —no sin cierta ironía— que había que moderar con más democracia y menos dictadura ya que “por edad me corresponde ser indisciplinada”. Su ponencia —merecidamente— fue el centro de la discusión y la causa del mayor número de comentarios y preguntas por parte de los asistentes.

No podía ser de otra manera porque la profesora Prieto propuso cambios y reformas constitucionales concretas. Para ella la ausencia del recurso de garantía referido solo puede subsanarse con alguna de estas acciones: a) un cambio psicosocial que lleve a los jueces a entender que son garantes de los derechos constitucionales de las personas frente al Estado (“necesitamos jueces con cabezas nuevas aunque apliquen normas viejas”); b) crear una Sala de Control constitucional en el Tribunal Supremo que inaplique normas inconstitucionales; c) una reforma constitucional para crear un verdadero Tribunal Constitucional con capacidad de derogar normas inconstitucionales.

Esas ideas provocaron que se discutiera sobre el método para aprobar una nueva constitución, la orientación ideológica de la misma e incluso temas relacionados con la jerarquía entre las normas, incluido el derecho internacional (control de convencionalidad, lo llamamos los abogados).

Yo no dejaba de pensar que estábamos en la Habana, que ellos eran cubanos discutiendo abiertamente sobre el presente y el futuro de su país y que esos mismos debates —sobre todo los de las jerarquías normativas y el derecho internacional— se les enmarañan de mala manera a nuestros ministros de la Suprema Corte de Justicia mexicana.

Segunda incursión: en el Salón 1930 del Hotel Nacional

Cada año, desde hace más de una década (en mi caso), nos reunimos un amplio grupo de académicos de diferentes países —en su mayoría latinoamericanos— para discutir temas y problemas relacionados con la política y el derecho.  La institución promotora de ese encuentro —el SELA— es la Universidad de Yale y, por lo mismo, en el grupo se cuenta con un destacado contingente de profesores norteamericanos. La experiencia suele ser interesante por lo que se discute, por quienes discuten y porque, año tras año, cambiamos de ciudad en el continente americano para sesionar. Este año, el tema fue “Derecho, medio ambiente y las crisis actuales del capitalismo global” y el seminario tuvo lugar, precisamente, en la Habana.

Así que aterricé de nuevo en el aeropuerto internacional José Martí con un nutrido y entusiasta colectivo de colegas y amigos para hospedarnos y sesionar en el —elegante, señorial, cómodo— hotel El Nacional.  Mi habitación, con vista al mar, era un pequeño recinto con muebles de época al que solamente —supongo que desde hace muy poco— lo ha invadido una pantalla de plasma. Por lo demás, cama incluida, podría haber sido una habitación visitada por mis abuelos en sus viajes de juventud. En verdad memorable.  

El discurso y la estrategia

Como todos los años, el evento inició con una cena oficial en la que, en esta ocasión, desentonó el idioma del discurso de bienvenida. Me explico. En ese seminario existen tres idiomas oficiales —inglés, español y portugués— por lo que no era necesario que las palabras inaugurales fueran leídas por un joven cubano, estudiante de doctorado, en pésimo inglés. Supongo que lo planeó como un gesto de cortesía pero provocó incomodidad entre propios y extraños y fue motivo de comentarios en los días por venir. El problema —que quede claro— no era su escaso dominio del idioma sino la valencia simbólica —un poco de claudicación o renuncia— que para algunos tuvo ese gesto que nadie esperaba y que resultó políticamente incorrecto.

En  contrapartida, desde el día siguiente, la delegación cubana —que ya era parte del seminario y está compuesta por cuatro profesores y una profesora— nos obsequió un ejemplo de trabajo en equipo. Se sentaron juntos en todas las sesiones y coordinaron sus participaciones en corro. Ello, sin provocar problema o malestar alguno, contrastó con la dinámica de acomodos e intervenciones del seminario que suele seguir la lógica del individualismo libertario y no la de una cooperativa comunitaria como la que fue adoptada por nuestros inteligentes —y filosos— colegas locales. Los mexicanos, por ejemplo, somos diez y buenos amigos, pero solemos sentarnos desperdigados por la sala e intervenir sin referencias nacionales ni tácticas solidarias. En contraste, la estrategia cubana parecía la de una representación nacional ante un organismo internacional.

Así las cosas, los colegas cubanos, pudieron comentar entre ellos lo que se estaba discutiendo y elegir quién, a nombre de todos, colocaría sus argumentos en la mesa de deliberación. Al final casi todos sus puntos provocaron cavilaciones y debate generalizado y, como pretendo dar cuenta a continuación, nos permitieron aprender mucho del momento y los dilemas que se viven en Cuba.

Mutatis mutandis

Al escuchar las discusiones confirmé lo que había aprendido en mi viaje precedente: la transformación cubana es imparable pero su destino es incierto. Las consignas “sin prisa pero sin pausa” y, “¿cuándo?: no lo sé” son la directriz discursiva de actores políticos y sociales sobre el cambio en la Isla.

Para explicar los detonadores de la mutación hay que mirar varios factores pero dos son determinantes: las nuevas tecnologías y la crisis económica mundial de 2008-2010. El gobierno cubano se dio cuenta de que “para atender las vulnerabilidades” debía iniciar un proceso de “actualización” que ya está en marcha. Se trata —según se insistió en las sesiones— de un cambió sobre todo político porque, en Cuba, “ningún cambio es 100% económico”. Ahí la política es el factor que se impone y modula tanto a la economía como al derecho. A mi juicio esta es una clave de interpretación fundamental para comprender lo que está pasando —y lo que puede suceder— porque, aunque los factores que mueven al cambio sean exógenos, el procesamiento político será determinante para definir el futuro de país. 

En ese proceso la presión generacional juega un papel relevante. Actualmente el promedio de edad en la Asamblea Nacional es de 70 años pero en las provincias gobierna una nueva generación que tiene 46 años en promedio con una presencia creciente de mujeres (vgr.: el 70% de los juristas —jueces, abogados, etc.— son damas). El problema es que la edad no garantiza un cambio de mentalidad. Por ejemplo, el actual vicepresidente tiene 30 años menos que Raúl pero tiene 13 años de experiencia en el buró político. En ese cuerpo, de hecho, el promedio de edad es de 63 años y la presencia de jóvenes es escasa. Así que la renovación generacional debe suponer un cambio cultural que —aunque algunos vislumbran— no se ha verificado.

Esto ayuda a comprender algunas dinámicas con las que se han procesado los debates para encauzar las reformas. Por ejemplo, en el Congreso más reciente —el séptimo— del Partido Comunista de Cuba, los documentos básicos fueron elaborados y procesados por las instituciones de elite —dominadas por la generación mayor— y no, como había sucedido en el congreso anterior,  discutidas por tres y medio millones de personas (en su mayoría jóvenes). Creo que ese cambio de estrategia fue producto de un fino cálculo político: ahora están sobre la mesa de discusión temas muy delicados que sí pueden ser objeto de soluciones alternativas. Para definir la ruta de esas disyuntivas la variable generacional puede ser determinante.

El resultado del Congreso fue un documento con perspectiva a 30 años que —según se dijo— puede comprarse en los puestos de periódico y que yo, lamentablemente, no encontré.

Reconstitucionalización a la vista

Hoy, en Cuba, todos hablan de una reforma constitucional integral pero no hay acuerdo sobre el método para aprobarla y tampoco existe claridad sobre su orientación ideológica.

Sobre el método, una opción es que la nueva constitución sea propuesta por el gobierno ante la Asamblea Nacional. El riesgo en este escenario es desfondar la legitimidad del nuevo documento. Recordemos que la constitución de 1976 fue aprobada por el voto referendario aprobatorio del 97% de los cubanos. Así que el acuerdo cupular puede ser mal visto por el pueblo. Entonces queda abierta la posibilidad de repetir la ruta del referéndum. Pero, ¿qué pasa si la gente no sale a votar? El fantasma de la ilegitimidad campea de nuevo. Por lo mismo no será fácil salir del laberinto metodológico pero es la primera cuestión que deben resolver antes de abrir el debate —todavía más espinoso— sobre los contenidos constitucionales.  

En esta segunda dimensión gravita con fuerza el peso de la identidad socialista de la actual constitución. Esa identidad está blindada constitucionalmente mediante una cláusula inmodificable (pétrea la llama la teoría constitucional). Pero, diga lo que diga la constitución, en el terreno de la política, la discusión está abierta y, de hecho, algunas decisiones ya anticipan los posibles derroteros del debate. La decisión más importante y más polémica, adoptada durante el gobierno de Raúl, ha sido la de permitir figuras legales de propiedad privada (como los llamados “paladares” a los que haré referencia más adelante) en la estructura económica del estado. Para algunos de nuestros colegas esta decisión constituye una abierta violación al principio pétreo del “socialismo” consagrado en la constitución vigente. Me parece que tienen razón pero parece un cambio sin retorno que anuncia una nueva constitución con orientación ideológica distinta a la actual y eso —que se dice fácil— puede desatar muchos demonios.  

De lo que nadie duda es de la inminencia del ajuste a la constitución vigente que ya que no moldea ni orienta a la realidad política, social y económica del país. Así que los juristas cubanos están llamados a jugar un papel relevante pero su tarea no será fácil porque —como alguien recordó— es, por decir lo menos, difícil entrelazar el materialismo histórico con el constitucionalismo liberal. Cuando escuché esa reflexión pensé en la profesora Prieto, en su lucidez y en lo complejo que será que sus ideas ganen terreno.

Por lo pronto —por aquello del cambio en movimiento— ya están en proceso de discusión una nueva ley electoral, otra de asociaciones, una de familia (en la que se considera incluir el matrimonio igualitario), una más de cultos (muy relevante en un país laico con vibrante pluralidad religiosa) y hasta una ley de empresas.

Un traje a la medida, por favor.

En el plano económico la principal lección que aprendí es que Cuba no va en dirección a un modelo de libre mercado como China o como Vietnam. Y no va —según se explicó— porque no podría hacerlo con éxito. El reto cubano es lograr articular una economía mixta con un fuerte sector estatal y un creciente sector privado (que representa ya el 27% y está presente en sectores como los restaurantes, las habitaciones para hospedaje, la agricultura o el arte).

Además, en Cuba, se iniciaron las reformas contando con una mano de obra barata pero muy calificada y no —como en otros países— con un campesinado inculto pauperizado. “Nuestro problema —se dijo— es que hemos sido buenos formando gente pero no creando empleos”. Lo que Cuba necesita “son pequeñas y medianas empresas privadas que permitan ejercer las profesiones”.  

Así que, de nuevo, reemerge el dilema sobre la propiedad privada. Como ya sabemos, para algunos, el concepto entró por la puerta de atrás pero, incluso en ese caso, faltan los ajustes constitucionales que reestructuren de manera completa el capítulo de la propiedad en el país. En este sentido, hasta los colegas más tradicionales dijeron aceptar la tesis de que “el mundo de hoy no está ordenado/gobernado para el socialismo”; pero nadie puede negar que “algo hemos aportado porque hoy ya no es sospechoso defender derechos sociales”. Así que el reto —mucho ha insistido en ello Ferrajoli— está en encontrar el difícil equilibrio entre la lógica de la propiedad privada y los imperativos de los derechos sociales universales.

Un dato interesante, que emergió a propósito de la comparación con China y Vietnam, es el de la identidad cultural. Ya en mi viaje precedente había constatado con sorpresa el uso del idioma inglés en varios lugares —menú de restaurantes, etiquetas, letreros— y también que la televisión transmitía producciones de los Estados Unidos o, en su defecto, de la televisión mexicana. En los debates emergió esa realidad desde una arista cultural. Alguien llegó a sostener  que, en muchos sentidos, los cubanos tienen una cultura más próxima a los Estados Unidos que ningún otro país de América Latina. Para argumentar el punto recordó que Cuba no es ni ha sido nunca la URSS porque “siempre ha conservado una cultura moderna y occidental de la que Mickey Mouse nunca se ha ido”. En ese contexto, se resaltó el dato de las películas norteamericanas en la televisión estatal.

Creo que así como la constitución está desfasada,  al estado cubano lo rebasó el cambio social. Por ejemplo, la creciente disparidad en el ingreso está generando una estructura de clases que ha puesto en jaque al tejido social construido bajo la lógica de igualdad en la precariedad (pero igualdad al fin y al cabo). De hecho, una preocupación constante en las discusiones fue la creciente desigualdad en una sociedad que “ha sido heterogénea pero no desigual”. Ahora, con las remesas y la apertura paulatina al sector privado, las cosas están cambiando (y para mal).

El silencio también se escucha

Algunos temas y debates relevantes quedaron en el aire a pesar de que fueron expuestos por los integrantes de diversas delegaciones (sobre todo de la norteamericana, la peruana y la chilena). Por ejemplo, la discusión sobre la libertad de expresión —entendida como pluralidad de medios— fue desdeñada por nuestros anfitriones y lo mismo el debate sobre la inexistencia de un sistema de partidos plural.

Ambos temas fueron planteados en diversas oportunidades sin obtener respuestas aceptables (al menos desde la perspectiva del constitucionalismo y de la democracia liberales). Pero un par respuestas merecen ser reproducidas por sus dobleces, su filo o su desatino.

Por ejemplo, frente al tema del número de partidos, la respuesta más interesante fue la defensa de una democracia ciudadana, no partidista: “lo que determina la calidad de una democracia es la participación ciudadana, no los partidos”.  De hecho, “en el mundo hay países con diez partidos que no son democráticos y otros en los que hay dos y muy pronto podrían dejar de serlo”. Desde esa perspectiva, el modelo cubano vendría a ser un modelo ejemplar de democracia ciudadana.

Las provocaciones son irritantes cuando pensamos en la tragedia de democracias como la mexicana con su sistema de partidos (plural sí, pero lamentable) o, como se quiso insinuar, en fenómenos como el de Donald Trump en los Estados Unidos. Yo me quedé —y sigo— pensando en cuál es la respuesta contundente que podemos ofrecer a esas objeciones, no desde la teoría democrática sino desde las democracias “realmente existentes” (para citar a Luis Daniel Vázquez).

Sobre el tema de los medios de comunicación hay menos que reportar. Solo merece la pena el lánguido argumento de que “los medios públicos no tienen que ser gubernamentales, por ejemplo tenemos el caso de la BBC”. Sin comentarios.

Colofón: imágenes habaneras.

Las postales de la Habana que guardo en la memoria no son extraordinarias pero —quiero pensar— nos dicen algo más de lo que muestran. Narro algunas impresiones —atesoradas en los dos viajes— sin prelación ni orden cronológico.

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El calor húmedo —casi insoportable— evoca, por contraste, los aires acondicionados que no existen pero que empiezan a aparecer en algunas infraestructuras hoteleras con sello internacional. El tema fue mencionado en una de las sesiones de trabajo como un desafío medioambiental. En el segundo viaje —caminando con amigos—, por ejemplo, nos topamos con un moderno y novísimo Hotel NH que podría estar en cualquier ciudad del mundo. Uno de ellos hizo el recuento de los edificios idénticos que recordaba en otras ciudades. Tutto il mondo è paese.  

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Un tema obligado cuando se habla de Cuba es el de los autos. Si bien persisten los cacharros de época —unos en ruinas y otros ajustados y pintados como si fueran nuevos—, ahora coexisten con una flota de audis, mercedes, toyotas que prometen imponerse como una fauna invasora y depredadora. De los precios pude enterarme poco pero un muchacho taxista que manejaba una carcacha en sus últimas vueltas me dijo que su familia pagó 18,000 dólares por el armatoste.

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Aquél taxista —como todos los cubanos jóvenes con los que platiqué— avizoraba un cambio al que quiere subirse sin saber a dónde lleva. Él celebraba la aparición de los llamados “paladares” que son pequeños restaurantes que compiten entre ellos y que, poco a poco, van desplazando a los comedores del Estado. Esos negocios —a los que ya había hecho mención en otro momento— encapsulan el gen del cambio: son iniciativas de propiedad privada, que pertenecen a personas cubanas y mantienen una fuerte regulación estatal. Son el mensaje de apertura que llegó con Raúl y que no se detendrá. Una cálida noche cené con amigos en uno de ellos: buena comida, agradable servicio y muy barato. Los otros clientes, sin excepción, eran cubanos.

Pero, como no hay bien sin mal, con los paladares se ha activado una dinámica perversa: algunos gestores de establecimientos estatales se niegan a vender los productos que deben ofertar para conservarlos y venderlos por su cuenta en su paladar particular. Una amiga me dice que constató una dinámica similar viajando por Checoslovaquia en 1991: los encargados de los bares —visiblemente vacíos— les negaban la entrada a los turistas alegando sobrecupo. La verdadera razón es que querían almacenar la cerveza para venderla por fuera.

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El tema de la moneda también es un clásico del anecdotario entre los viajeros a la Isla. Que si es mejor llevar euros que dólares porque éstos últimos están castigados por un impuesto (el cambio es de 1 dólar por .87 cuc); que si hay otra moneda —los cup— que sólo es para los cubanos; que si hay dos precios para todo. Todo el galimatías es cierto.  Un pan, por ejemplo, cuesta 1 cuc o 25 cup (que son menos de .20 cuc). Y la vida no es barata para el turista: una cerveza cuesta 1.75 cuc y una comida —pollo con arroz y frijoles— 6.50 cuc. En un par de horas, paseando por la Habana, se me esfumaron 87 cuc (o 100 dólares) en taxis, café y un par de cervezas.

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Por las calles de la Habana pululan los adolecentes americanos que están de vacaciones. Sí, gringos veinteañeros con todo su prototípico estereotipo a cuestas. Creo que su presencia fue lo que más me desconcertó porque no estaba prevenido ni preparado para lidiar intelectualmente con ella. Reproduzco partes de la nota intitulada “En Cuba crucero de EE. UU. Sin un solo turista a bordo” del 6 de mayo en el periódico GRANMA INTERNACIONAL:

“Sin un solo turista a bordo llegó este 2 de mayo a la Habana el primer crucero estadounidense en cerca de cuatro décadas. Las 700 capacidades el Adonia, buque insignia en la línea Fathom de Carnival, fueron totalmente ocupadas por viajeros norteamericanos en programas de intercambio ‘pueblo a pueblo’, varias decenas de periodistas y altos directivos de la compañía con sede en Doral, Florida.

Aunque las leyes vigentes del bloqueo aún prohíben los viajes turísticos de estadounidenses a la Isla, las recientes medidas ejecutivas de la administración de Barak Obama abrieron nuevas puertas para la transportación marítima entre ambos países.

(…)

El recorrido está amparado en la licencia de viajes educativos ‘pueblo a pueblo’, una de las 12 categorías autorizadas por Washington, y busca familiarizar a los norteamericanos con la ‘Cuba real, cercana y profunda’ según su sitio web”.

Una vez digeridos los eufemismos de la nota, en un lapsus futurista, imaginé hordas de Spring Breakers embarcando en su crucero o abordando un avión en el aeropuerto de Miami. El propio GRANDMA INTERNACIONAL activó mis temores:

“En ambas cámaras del Congreso en Washington están en marcha proyectos de ley para permitir los viajes turísticos a Cuba. Además las empresas hoteleras norteamericanas muestran interés por las oportunidades de negocios que se abren. Recientemente Starwood firmó un contrato para administrar el icónico Hotel Inglaterra de La Habana.

(…)

Se calcula que, de abolirse esas leyes, Cuba podría recibir más de un millón de visitantes en cruceros, más allá de si están interesados en sumergirse en su cultura o simplemente en sus playas”.

***

Nunca he logrado trascender la dimensión en la que la sociedad habanera coloca a los turistas. Ellos viven en una dimensión con códigos, lenguajes, prácticas que son inaccesibles para el extranjero y que los cubanos celan con ahínco. Por eso cuando el visitante pretende activar una conversación casual obtendrá sonrisas, bromas y parloteos amables infiltrados por ofertas de habanos, ron o chicas. Si te mueves por la zona de la Habana vieja que ya está restaurada —y es espectacular— las regla es esa y es definitiva.  Si te sales de ahí —que es lo que yo hice para intentar mirar la vida cotidiana— se activa otro mecanismo equivalente: no existes salvo que quieras comprar algo.

Pero el deambule vale la pena porque esas calles de la Habana Vieja no son un centro turístico sino un núcleo sociológico, cultural y político que se impone a tus prejuicios. Los cubanos han tejido una red social que está cimentada en una especie de orgullo de pertenencia que impide comparar sus dinámicas para hacerse de los dólares del viajero con la avaricia —por ejemplo— que caracteriza a los romanos. La telaraña cubana tiene una dignidad que escapa al mero mercantilismo del local que ordeña al visitante. Estando ahí pienso en Tepito —del que no se prácticamente nada— y me pregunto si habrá algo que comparar.

 

***

Me detengo en la esquina de San Ignacio y O’Reilly ante un edificio espantoso. Se trata de la Universidad San Jerónimo: una especie de caja de zapatos forrada de espejos rodeada de hermosos edificios coloniales. Me pregunto —no sin temor— si ese será el modelo edilicio de la Habana que viene.  Ojalá no. Ahí mismo —mientras tomo una botella de agua Ciego Montero (la número 1 en Cuba, presume la etiqueta) en el bar de enfrente— presencio dos eventos conmovedores que refuerzan mi impresión de que ahí existe un tejido social merecedor de respeto.

Dos niños de cinco o seis años —nena y nene— que había visto antes, calles atrás, pasean despreocupados por los caminos de una ciudad que los vigila y los protege — ¡saluden a la abuela!, les gritan desde un balcón; ¿quieren comer algo?, les preguntan desde la otra acera. Yo los miro con una nostalgia que se trasmuta en envidia.

En la otra acera alguien advierte que un coche estacionado tiene las llaves pegadas en la puerta. En cuestión de minutos, preguntando uno a uno entre los cubanos presentes —porque a mí nadie me pregunta nada—, dan con el dueño que agradece a carcajadas.

***

Terminamos de cenar en la Habana vieja y decidimos pasear un poco. Descubrimos una mezquita en el centro de la ciudad repleta de cubanos musulmanes ataviados con sus ropas religiosas. También miramos grupos de chicos y chicas sentados en el suelo de la calle captando con su teléfono celular la señal de WI FI emitida desde hoteles o restaurantes. Quedé desconcertado.  

***

Regresamos a pie desde la Habana vieja hasta el Hotel el Nacional. Caminamos 45 minutos largos, charlando y  recorriendo un malecón repleto de personas de todas las edades. Un mosaico social completo: jóvenes bailando, ancianos tomando el fresco, familias con niños correteando y uno que otro turista despistado como nosotros.

Tres imágenes exigieron espacio en mi memoria: la cantidad de personas enviando mensajes de texto, la esporádica presencia de policías desarmados con sus perros y la vitalidad intensa del ambiente.  

Una vitalidad ajena a su porvenir y gozosamente explayada en su presente, me pareció que fundiéndose en él. 

Posdata. Terminé de escribir este texto antes de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos y de la muerte de Fidel Castro. Sin embargo, preferí que se publicara tal cuál lo había escrito porque me pareció que las alteraciones del contexto —por más profundas y amenazantes— pueden alterar el rumbo de los cambios pero no inhibirán las transformaciones. Algo pasará en Cuba y en la relación de ese país con los Estados Unidos y con el resto del mundo. Lo que no sabemos es cuánto habrá cambiado, en muy pocos meses, el destino de ese cambio. De hecho, creo que mis notas de viaje pudieron adquirir un cierto valor al registrar lo que se respiraba en la Cuba de junio de 2016 y que probablemente se habrá esfumado en la Cuba de noviembre de ese mismo año. Es tan fuerte el vendaval de la historia inmediata que lo más sensato es esperar a que el impasse entre el pasado y el presente abra brecha hacia el porvenir. Total, si como decía María Zambrano, ningún pasado nos es del todo conocido, al menos que nos sorprenda el futuro. Por el momento, se abrió una brecha en el presente, que nos engulle.

 

Pedro Salazar Ugarte

 

Un comentario en “Cuba x 2

  1. “… alguien advierte que un coche estacionado tiene las llaves pegadas en la puerta.” Escenas como estas también las podemos ver en algunas comunidades de México: Ejido Guadalupe Victoria, Ocozocuautla, Chiapas. Y no se ve en todo el ejido algún dictador embustero, fanatizador y tirano que los controle o dizque los guíe “espiritual y patrióticamente”. / Cuando se analizan con objetividad y en contextos amplios y bastos los hechos, las conductas sociales, las culturas, no hay manera alguna de justificar a ningún dictador, salvo que se trate de fanatismo religioso-político.