La elección de Donald Trump a la presidencia del país más rico y poderoso de la tierra plantea problemas fundamentales para ese mismo país, para el mundo y, particularmente, para México. La imprecisión, contundencia y forma de sus planteamientos durante la campaña electoral;  su propia biografía; y el temperamento que ha revelado a lo largo de su presencia en los medios y ya como candidato son fuente de incertidumbre y de riesgo difíciles de evaluar. También lo es su falta de experiencia en la esfera política y en la conducción de asuntos públicos, así como la imprudencia e impericia que lo caracterizan. Hay esperanzas de que finalmente se imponga un cierto pragmatismo en su quehacer presidencial y que el peso de esta responsabilidad lo obliguen a adoptar posiciones más ponderadas en torno a las complejas disyuntivas que habrá de abordar. Por lo que toca a México, muchos de sus pronunciamientos en relación a mexicanos, a la frontera entre ambos países y a los arreglos que estructuran su comercio bilateral causan profunda preocupación.

La intensidad y asimetría de las relaciones bilaterales entre los dos países condicionan y subrayan la vulnerabilidad de México. A los problemas que nos atañen de manera directa deben agregarse otros más generales —de políticas internas y externas— que inciden de manera indirecta, pero no menos relevante. El Estado mexicano, diversos agentes económicos y la sociedad tendrán que hacer frente a amenazas  específicas y dar respuesta a problemas que se han venido acumulando y que ahora aparecen con mayor nitidez al analizarlos en el contexto de contingencias imprevistas.

petroleo

Ilustración: Víctor Solís

El tema de esta nota son asuntos ambientales y energéticos. No obstante, en primer lugar se ofrecen breves comentarios contextuales respecto a la posible evolución de la política migratoria estadunidense, las actitudes del presidente electo frente al libre comercio con México y su postura en relación al acuerdo nuclear con Irán. A corto plazo, la relación con México se verá afectada por la incertidumbre que generan la posibilidad de ciertas acciones en relación a estos temas. Más adelante se abordan asuntos relacionados al medio ambiente y el calentamiento global. Un apartado versa sobre el comercio de hidrocarburos entre los dos países y el siguiente esboza posibles efectos coyunturales sobre los flujos de inversión extranjera al sector energético mexicano. Al final se presentan algunas conclusiones tentativas.

Contexto

Siempre hay una brecha entre los planteamientos y las promesas de una campaña electoral, las políticas que se articulan una vez en el gobierno y lo que efectivamente se logra instrumentar. En el caso de la elección estadunidense de hace dos semanas está brecha  podría ser particularmente amplia. En primer lugar, porque muchos de esos planteamientos obedecían a ocurrencias que tenían como objetivo básico mover a la opinión pública y no eran propuestas precisas, cuidadosamente elaboradas. En otros casos, fueron el simple resultado de la ignorancia y de prejuicios primarios respecto a la dirección que debería seguir la política pública. Ahora se inicia un proceso de selección de opciones de política que las contextualice y justifique más formalmente, y que establezca un orden de prioridades acorde con la agenda del partido republicano. En algún momento, ya como presidente, Trump tendrá que regresar a su base electoral para refrendar una agenda más depurada y para obtener el apoyo del Congreso. Existen dudas fundadas de que al presidente electo le faltan la disciplina y el carácter para completar una transición ordenada en este proceso. Más adelante vendrá la difícil tarea de instrumentar las decisiones, superar obstáculos, someter a prueba la capacidad para enfrentar frustraciones y realizar ajustes oportunos a fracasos parciales que necesariamente se presentarán. Son todos elementos propios del arte de gobernar.

El presidente electo está mal preparado para ello. Carece de experiencia relevante, no parece capacitado para el puesto que asumirá y no se sabe bien lo que efectivamente intentará lograr. Hasta ahora ha enunciado vagas aspiraciones. Su comportamiento personal alienta dudas. Es precisamente la incertidumbre el principal problema que enfrentamos a corto plazo. Los riesgos asociados a ésta son difíciles de aquilatar, afectan transacciones económicas, el clima de inversión y la buena marcha de la relación política bilateral con México. Una conducta impredecible de la que Trump se ufana magnifica las repercusiones de la indefinición política que se nutre de pulsiones populistas de derecha, así como de un supuesto pragmatismo empresarial.

Los primeros nombramientos a puestos gubernamentales son ominosos, al igual que las designaciones de un buen número de miembros del equipo de transición de Trump. Todos apuntan a la probabilidad de que se integre un gobierno formado por conservadores extremistas en materia de seguridad nacional, derechos humanos, medio ambiente y energía. El procurador general de justicia, Jeff Sessions, es un conocido racista de Alabama que apoya la más estricta observancia de las ley en relación a los migrantes indocumentados; el principal estratega de la presidencia, Stephen Bannon, tiene una reputación bien ganada de racista y anti-semita; el asesor de seguridad nacional, Michael Flynn, manifiesta una profunda fobia anti-islámica, al igual que el nuevo director de la CIA, quien reniega de los protocolos que intentan dar mejor trato a prisioneros islámicos y ha recibido apoyo financiero de los multimillonarios hermanos Koch, ideólogos libertarios; y Harold Hamm, el petrolero de Dakota del Norte, es el principal candidato a secretario de energía o del interior.

A su vez, uno de los asesores del vice-presidente, Marc Short, hasta hace poco manejaba Freedom Partners, el grupo de donadores a causas políticas de los Koch; dos cabilderos conservadores, Michael McKenna y Michael Catanzaro, forman parte del equipo de transición energético; y Myron Ebell, un activista anti-ambientalista encabeza el equipo de transición en el Environmental Protection Agency, quien descalificó la encíclica papal sobre medio ambiente en los siguientes términos: “es científicamente mal informada, económicamente analfabeta, intelectualmente incoherente  y moralmente obtusa”.

A lo largo de la campaña, Donald Trump hizo muchas declaraciones agresivas contra México y los mexicanos, que aumentan el grado de incertidumbre respecto a las acciones punitivas que el presidente electo  podría llevar a cabo en relación a la deportación masiva de migrantes indocumentados de Estados Unidos. Las reiteradas expresiones sobre nuestros paisanos revelan el profundo racismo que ha caracterizado a Donald Trump a lo largo de su vida y a buena parte de su equipo. Entre nosotros despiertan temor e indignación. El gobierno de México no puede permanecer pasivo. Tendrá que tomar una postura firme e inteligente. El 13 de noviembre Trump afirmó que de entrada va a deportar de dos o tres millones de indocumentados que  según el tienen un historial delictivo, son miembros de pandillas y también narcotraficantes. Alcanzar este objetivo supone la integración de una infraestructura logística que regrese a los migrantes a sus países de origen. Para lograrlo tendrían que llevarse a cabo redadas indiscriminadas; sin embargo, una política de este tipo implica, por ejemplo, que podrían desbordarse el aparato judicial y los centros de detención. Introducir este proyecto de manera súbita y acelerada negará a muchos ciudadanos mexicanos el debido proceso y afectará los derechos civiles de una población mucho más amplia. Muchos negocios que emplean a migrantes indocumentados se verán severamente afectados. Las autoridades municipales de Los Ángeles y Nueva York ya declararon que no brindarán apoyo a las agencias federales en esta materia.

La pesada atmósfera que todo esto podría crear ampliará e intensificará el terror que padece buena parte de la población hispánica en Estados Unidos. Hay dos preguntas obligadas: ¿Qué hará el gobierno mexicano y las autoridades fronterizas un vez que se inicien las deportaciones masivas? y, ¿cómo se está preparando el gobierno para hacer frente a esta contingencia? La gravedad de la situación no permita la pasividad gubernamental y obliga a frenar la propensión del personal político mexicano a transar, no importa en relación a qué, con los poderosos. No olvidemos que todo esto va a afectar a personas de carne y hueso, y a sus familias. En peligro esta la dignidad de los mexicanos, un componente central de nuestra autoestima como ciudadanos.

Otra gran amenaza que pesa sobre México se encuentra en el área comercial. El presidente electo ha dicho que el TLCAN ha sido un desastre, que es el peor acuerdo de la historia, que su firma fue una de las peores cosas que le han sucedido a la industria manufacturera estadunidense y que lo renegociaría o, en su caso, denunciaría. Durante la campaña afirmó que podría imponer un arancel de 35 por ciento a todo automóvil o autoparte exportado de México a Estados Unidos. No puede eliminarse la posibilidad de que estas declaraciones y amenazas sean  sólo un artificio para extraer concesiones en una negociación sobre aspectos específicos del TLCAN o para inducir mayores inversiones de empresas multinacionales en territorio estadunidense. Conviene advertir que estas posturas no coinciden con las posiciones tradicionales del Partido Republicano que siempre ha sido favorable al libre comercio.

La renegociación o denuncia del acuerdo nuclear con Irán podría tener graves consecuencias para la estabilidad política del Medio Oriente e, indirectamente, para el comportamiento del mercado petrolero. Desafortunadamente aumenta la posibilidad de que Donald Trump decida confrontar a Irán y a sus propios aliados en relación a un tratado multilateral que busca contener el avance del programa nuclear de dicho país. No debe olvidarse que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas dio su apoyo unánime al acuerdo. El nuevo director designado de la CIA tuiteó, un día antes de su nombramiento, “Me entusiasma la perspectiva de dar marcha atrás al desastroso acuerdo con el principal patrocinador estatal de terrorismo en el mundo”. Poco después, al designar a su asesor de seguridad nacional, el presidente electo declaró que el general Flynn “estará a mi lado cuando trabajemos para derrotar al terrorismo islámico radical”.

Tanto Donald Trump como el Partido Republicano consideran que el acuerdo es profundamente defectuoso. El presidente electo enfrenta ahora tres cuestiones fundamentales a las que está obligado a responder: ¿Es posible que Irán ceda aspectos modulares del acuerdo como parte de un proceso de negociación?, ¿qué concesiones requiere Trump de los iraníes para estar en condiciones de declarar éxito en esta materia?  y ¿qué riesgos está dispuesto a correr para lograr sus objetivos? 1 Ante las elecciones iraníes del próximo mes de mayo, en las que el presidente Rouhani aspira a reelegirse, este político liberal difícilmente podría acomodar lo que vaya a exigir el gobierno de Trump y, en cualquier caso, el líder supremo no lo permitiría. Si la renegociación es un espejismo sólo quedaría la denuncia del tratado.2 La confrontación  con Irán podría ser una de sus primeras aventuras internacionales que marcarían a su gobierno y una fuente de apoyo a las fuerzas más conservadoras de ese país.

Medio ambiente

Las industrias productoras de combustibles fósiles se verán beneficiadas por las políticas de desregulación radical propuestas por el equipo del presidente electo, en particular las relacionadas a la protección del medio ambiente y el calentamiento global, así como las de expansión de infraestructura relevante para el sector energético, la flexibilización de limitaciones al envío a la atmósfera del gas natural y a las emisiones fugitivas de metano, las restricciones al fracturamiento hidráulico de esquistos y arenas compactas, y la apertura de tierras federales y el acceso a regiones marinas hasta ahora vedadas a la perforación exploratoria. El beneplácito explícito o implícito de muchas empresas ya se deja sentir.

Las iniciativas de mayor riesgo anunciadas por el candidato Trump se encuentran en el espacio ambiental y en el del cambio climático. A largo plazo,  las consecuencias de éstas pueden ser mayúsculas, ocasionando un daño planetario difícil de prever y, más aún, de remediar. El presidente electo rechaza la evidencia acumulada y compartida por la comunidad científica y considera que los riesgos  del cambio  climático son un cuento chino, inventado por los chinos, para limitar el desarrollo manufacturero de Estados Unidos. Esta creencia lo ha llevado a repudiar acuerdo de París.  Este desconocimiento de que estos complejos problemas fundamentales obedecen a fallas de mercado, cuya solución requiere intervención estatal y una decidida cooperación internacional, son un grave paso atrás. En Estados Unidos esta perspectiva privilegia respuestas descentralizadas delegadas a gobiernos estatales que no cuentan con los instrumentos necesarios ni, en muchos casos, la vocación para abordar problemas complejos de largo plazo que afectan importantes intereses en el corto plazo.

Resulta irónico que Donald Trump haya hecho sus temerarios e imprudentes planteamientos en el marco de la entrada en operación del acuerdo de Paris el 4 de noviembre pasado, la conclusión de la Conferencia de las Partes en Marrakech en la segunda semana del mes, así como de los pronósticos recientes de que en 2016 se romperán nuevamente récords globales de temperatura, y de otros indicadores climáticos de largo plazo como son la creciente concentración de gases efectos invernadero acumulados en la atmósfera, el bajo nivel de hielo en el mar Ártico, así como el fuerte y temprano deshielo en Groenlandia. Es incomprensible que el 22 de noviembre Trump haya declarado al New York Times que está estudiando con cuidado el acuerdo de París y que tiene una actitud abierta al respecto.

Las posturas de Trump en torno a cuestiones ambientales tendrían también consecuencias a más corto plazo. Después del liderazgo asumido por el Presidente Obama en las negociaciones que desembocaron en el acuerdo de París y del apoyo financiero que prometió, la hostilidad o, incluso, la ausencia de Estados Unidos en los esfuerzos de cooperación internacional dificultan el avance global en materia de cambio climático. Incide también en políticas a corto y mediano plazos en relación a la protección del medio ambiente. El gobierno estadunidense podría seguir otorgando subsidios y estímulos fiscales a la producción de combustibles fósiles, y disminuir o desfasar los recursos destinados a fuentes renovables de energía. Podría también reducir el indispensable apoyo a actividades de investigación y desarrollo en esta etapa crítica del avance de fuentes renovables de energía. Pueden eventualmente relajar normas y regulaciones ambientales y revisar la siguiente generación de estándares vehiculares de eficiencia energética. En términos más generales, estas posturas —y prejuicios— orientarán políticas que afectan la calidad del aire, de suelos y del agua.

Las tendencias básicas de la producción y el consumo de carbón en Estados Unidos no van a modificarse por las promesas del presidente electo de reanimar esta industria en franca declinación. Si bien dicho país tiene las mayores reservas de carbón del mundo y actualmente es el segundo productor después de China, su ocaso se debe a una cada vez menor demanda de este combustible fósil, en particular la que proviene del sector eléctrico. En la presente década su consumo en Estados Unidos ha sido desplazado por un mayor uso de gas natural debido, entre otras cosas, a que los precios de éste han caído significativamente. Aunque en menor medida, el carbón también ha sido desplazado por fuentes renovables de energía, cuyos costos bajan con rapidez. Aun cambios importantes de la regulación que limita la generación en plantas carboeléctricas en operación sólo lograrán reducir temporalmente la tasa a la que declina la demanda de carbón. Difícilmente se construirán en Estados Unidos nuevas centrales eléctricas que quemen carbón. En términos políticos, la oferta de apoyo a dos de las regiones productoras más importantes —los Apalaches y Wyoming— estaba dirigida a un electorado blanco y pobre en esas regiones. Hay, sin embargo, otros mecanismos de apoyo más eficaces para apoyar a estas regiones y comunidades marginadas que subsidios adicionales al carbón y el relajamiento de las regulaciones que frenan las emisiones de carbono y la restitución de suelos. Además, no parece compatible alentar simultáneamente la producción de carbón y de gas natural.

El presidente electo se ha comprometido a propiciar fuertes inversiones en la renovación y ampliación de infraestructura. Un primer ejemplo es la construcción de oleoductos y gasoductos que  permitan acomodar un incremento de la producción y el suministro de petróleo y gas natural. El nuevo gobierno se propone terminar la construcción del oleoducto Dakota Access cuyo promotor es Energy Transfer Partners, empresa en la que Trump ha hecho importantes inversiones. Este ducto permitirá llevar más directamente crudo ligero y extra-ligero de Bakken a los principales centros de refinación de Estados Unidos, disminuyendo drásticamente el transporte de crudo por ferrocarril.

Simbólicamente más importante es el compromiso de autorizar la construcción del oleoducto Keystone XL, denegada por el presidente Obama, que permitirá llevar crudo pesado canadiense a la costa del Golfo, intensificando con ello la competencia en el mercado de crudos pesados y amargos como el Maya y deprimiendo sus precios. Otra área de interés la constituyen los ductos que llevarán gas natural de los prolíficos yacimientos no convencionales —Marcellus y Utica— de los Apalaches a plantas de licuefacción en el Golfo, para su exportación como gas natural licuado (GNL). Nuevos ductos permitirán también desplazar gas natural canadiense del Medio Oeste y alentar la exportación de gas de esta región a las provincias centrales de Canadá. En cambio, su apoyo a infraestructura necesaria para el desarrollo de fuentes renovables, particularmente la red de transmisión eléctrica, no parece tener por ahora la misma prioridad. Aún así, todo parece indicar que bajo Trump se fortalecerá de manera significativa la infraestructura energética de Estados Unidos.

Flujos comerciales de hidrocarburos

La postura mercantilista del nuevo gobierno de Estados Unidos alentará la producción y la exportación de hidrocarburos, y hará lo posible por reducir las importaciones de petróleo crudo, alentando el suministro continental. En relación al gas natural licuado, un periodista le preguntó al candidato Trump sí favorecía su exportación. El contestó reveladoramente que apoyaba sin lugar a duda la exportación, para luego preguntar ¿qué es el GNL? Desde el Proyecto Independencia de 1973 propuesto por Richard Nixon, todos los presidentes de Estados Unidos  soñaron o prometieron reducir su dependencia de la importación de petróleo, cuando no eliminarla. Donald Trump no es la excepción. Sin embargo, en su caso, esta aspiración domina el conjunto de lo que podrían ser sus políticas energéticas y ambientales, ahora cuenta con mayores posibilidades de éxito. La expansión de las exportaciones de crudo, de productos petrolíferos y de gas natural cuenta con el apoyo de la industria petrolera estadunidense. Si bien los productores independientes de Estados Unidos han sido tradicionalmente proteccionistas, a diferencia de las grandes empresas petroleras integradas comprometidas con el libre comercio, ahora apoyan sin reservas una mayor exportación de petróleo y de gas natural.

Ya aparecieron los primeros indicios de que Estados Unidos está por convertirse en un exportador neto de gas natural. Durante unos días, en septiembre pasado y la primera mitad de noviembre, las exportaciones estadunidenses de este combustible superaron las importaciones. El crecimiento de las exportaciones a México, y el inicio de las exportaciones de gas natural licuado de la costa estadunidense del Golfo, contribuyeron a este cambio, así como una menor importación de gas canadiense. Se espera que a partir de 2017 se consolide su condición de exportador neto. Sin embargo, prevalecen dudas fundadas de que puedan acomodarse los requerimientos, a más largo plazo, de un amplio número de plantas de licuefacción que han solicitado  permisos de construcción y de que el mercado internacional pueda absorber dichos volúmenes.

En materia de hidrocarburos líquidos la conversión de Estados Unidos de importador a exportador neto todavía es lejana. Un primer paso se dará cuando Norteamérica en conjunto se convierta en un exportador neto de hidrocarburos. Si bien aumentan las previsiones de que esto podría ocurrir en el transcurso de la próxima década y de que continúe la disminución de la dependencia estadunidense de importaciones de petróleo crudo, estas proyecciones se fundan en la pronta recuperación y fuerte expansión de la actividad productiva  en depósitos de esquistos bituminosos y arenas compactas, y una baja en el ritmo de crecimiento del consumo de petróleo.  En 2015 la importación neta de hidrocarburos líquidos descendió a 4.7 millones de barriles diarios (mmbd), cifra equivalente al 24 por ciento del consumo interno de petróleo, el nivel más bajo desde 1970. Cabe recordar que estas importaciones alcanzaron un nivel máximo de 12.5 mmbd en 2005, diez años antes. En los primeros tres trimestres de 2016, el volumen de importaciones repuntó ligeramente, dada la caída de la producción causada por los precios bajos del petróleo que prevalecieron en este periodo.

Estados Unidos ha favorecido las importaciones de petróleo crudo del hemisferio occidental. En 2015 esta región fue el origen de cerca del 75 por ciento de las mismas y más de la mitad de sus importaciones de crudo provinieron de Norteamérica. Esta preferencia se basa en ventajas logísticas inequívocas y en consideraciones geopolíticas. Pemex debe de aprovechar su cercanía física a la costa estadunidense del Golfo, el principal mercado de crudo de Estados Unidos y que se especializa en crudos pesados y amargos como el Maya. Hay evidencias inequívocas de que Pemex no está aprovechando plenamente los beneficios de su posición geográfica ni maximizando el valor de la exportación de crudo. No obstante, dada la coyuntura deberá mantener abierta la posibilidad de redirigir volúmenes de exportación a otras regiones. Puede evitar ponerse en una situación como la de Canadá, que sólo puede exportar su crudo pesado al vecino que tiene al sur.

Comercio de hidrocarburos con México

El comercio de hidrocarburos de México se caracteriza por crecientes asimetrías y por profundos cambios estructurales a los que ha estado sujeto. Si bien el actual ciclo de precios los ha revelado con mayor nitidez, dichos cambios lo trascienden y la nueva estructura de la balanza de hidrocarburos tenderá a consolidarse en lo que queda de la presente década. Las exportaciones de petróleo crudo han disminuido en términos volumétricos y aún más en cuanto a su valor, dada la caída de los precios. En cambio, las importaciones de productos petrolíferos aumentan a un ritmo acelerado al igual que las de gas natural.

En 2016, Estados Unidos se convirtió en un exportador neto de hidrocarburos líquidos a México. En los primeros ocho meses del año el saldo positivo fue de 115 mil  barriles diarios (mbd). Adicionalmente, exportó 3.6 miles de millones de pies cúbicos diarios (mmmpcd) de gas natural a nuestro país, por un valor superior a los 2 000 millones de dólares a pesar de su bajo precio.3 Esta tendencia de la balanza comercial bilateral es consistente con el estado que guarda, a partir de la segunda mitad de 2014, la balanza total de hidrocarburos de México, cuyo saldo deficitario ascendió a 3 800 millones de dólares en los primeros nueve meses de 2016. Estos cambios estructurales obedecen a bajos precios del petróleo crudo, a menores volúmenes de exportación de petróleo crudo y productos petrolíferos, a la creciente brecha entre los precios de los productos importados y los del crudo exportado, y al aumento de las importaciones de gas natural. Es altamente probable que estas condiciones prevalezcan por lo menos hasta 2020. Queda claro que, desde la perspectiva de la balanza comercial, el petróleo ya no es lo que era antes.

Las actividades de PMI, la empresa de comercio exterior de Pemex, se han visto afectadas por estas tendencias, así como por la liberalización del mercado de productos petrolíferos y de gas natural. El monopolio de comercio exterior de hidrocarburos que Pemex ha detentado tiende a desaparecer. Lo que ahora está en discusión es el ritmo al que dicha empresa perderá participación de mercado. Esto dependerá, en gran medida, de la velocidad a la que se desarrolle una infraestructura logística alterna y a la apertura de la existente a los requerimientos de particulares sobre bases competitivas no- discriminatorias. En el caso de las exportaciones de crudo, México está siendo desplazado del mercado del Golfo, perdiendo volúmenes colocados y participación de mercado. El mecanismo de determinación de precios hasta ahora empleado está sujeto a presiones crecientes y su eficacia se ha visto notablemente mermada. Por todas estas razones Pemex está obligado a hacer una revisión a fondo de su estrategia de exportación, de sus formulas de precios y de su posible vinculación a un nuevo patrón de importaciones de productos petrolíferos.

México perdió una parte sustancial de su mercado tradicional de crudo pesado en la costa estadunidense del Golfo y fue desplazado por otros países productores, destacando entre ellos el Canadá. En 2016 logró un ligero repunte al colocar más crudo ligero en mercados de la costa del Pacífico y del Atlántico. Este fenómeno se dio simultáneamente con una mayor diversificación a Asia y a Europa de crudos pesados que no cumplían con las especificaciones del Maya. Para ello ofreció descuentos importantes respecto a los precios que obtenía en Estados Unidos. Es posible argumentar que de no haber redirigido sus flujos fuera de Estados Unidos los precios en el Golfo hubieran sido más bajos de los que se registraron. Sin embargo, PMI tendría que dar una explicación puntual y detallada del cambio de destino que se inició desde antes de que cayeran los precios en el segundo semestre de 2014. Es posible que la baja de calidad y su inestabilidad hayan obligado a colocar Maya fuera del Golfo para proteger clientes en esta región, así como a vender una mayor proporción de crudos ligeros —básicamente Istmo— que compensaran la perdida de calidad. La diversificación no ha sido menor. Si bien las exportaciones que se dirigían a Estados Unidos en 2009 eran el 86 por ciento del total de las exportaciones de crudo, en los primeros nueve meses de  2016 esta proporción disminuyó a 49 por ciento, nivel que no se alcanzaba desde 1984.

Estados Unidos se ha convertido en el principal productor y exportador de gasolina del mundo, si bien sus exportaciones sólo representaron en agosto de 2016 el 3.5 por ciento de la producción. La perspectiva desde México es muy diferente. Nuestro país es el principal importador de gasolina estadunidense, pues en dicho mes llegó a absorber el 62 por ciento de las exportaciones de ese país. Para efectos prácticos todas nuestras importaciones de gasolina provinieron de refinerías americanas. En este mismo periodo, dichas importaciones aportaron el 64 por ciento de las ventas internas de México. La dependencia de las importaciones también es elevada en el caso de productos como el gas LP y el diesel, aunque no en el misma grado que la gasolina.  
En la actual coyuntura, la relación bilateral de México y Estados Unidos obliga a repensar la conveniencia de mantener la alta dependencia de importaciones de gas natural, gasolina, diesel y gas LP provenientes principalmente de un solo país. Cuando menos es necesario considerar los riesgos políticos que esta concentración entraña. Sobresale el caso del gas natural. El 88 por ciento de estas importaciones provienen de Estados Unidos, participación que tiende a aumentar. Excluyendo el uso propio de Pemex, el 70 por ciento del gas consumido por terceros es importado. Gran parte de este flujo es quemado de manera inevitable en centrales eléctricas de ciclo combinado. Como se mencionó antes, la gasolina importada ha superado el umbral del 60 por ciento del consumo interno y pronto podría alcanzar las dos terceras partes. La importación de diesel superó el 50 por ciento del consumo interno en los primeros nueve meses de 2016 y cerca del 90 por ciento es de origen estadunidense. Así, aumenta la dependencia de México de las importaciones de productos petrolíferos y gas natural de Estados Unidos a la vez que se reduce la dependencia de dicho país de las importaciones de crudo mexicano.
El volumen del excedente exportable de productos petrolíferos, particularmente en la costa del Golfo, hace poco probable que particulares inviertan en nueva capacidad de refinación en México. Si las refinerías mexicanas fueran altamente eficientes podría justificarse la inversión en capacidad de conversión para transformar la producción de combustóleo, un producto de bajo valor, en productos destilados como la gasolina y el diesel. Pero este no es el caso ni lo será a mediano plazo.  Esto explica en parte que las refinerías mexicanas operen a niveles tan bajos —y cada vez más bajos— de capacidad. Se importan productos por que no hay capacidad y producción disponibles en México y no se amplían éstas porque importar resulta menos costoso, dada la bajísima eficiencia de las refinerías. En cambio, las exportaciones a México contribuyen a mejorar los resultados de las refinerías estadounidenses que, en promedio, operaron en agosto pasado a 92 por ciento de capacidad. Esta cifra contrasta con la utilización de la capacidad de destilación equivalente de las refinerías mexicanas de sólo 62 por ciento en 2015, un indicador inequívoco del lamentable estado que guarda la refinación en el país. Escapar de este círculo vicioso no va a ser fácil. Además, estos problemas tenderán a agudizarse con el inicio de la apertura a importadores privados del mercado interno de productos petrolíferos.

Clima de inversión

La inversión extranjera directa en México cayó 11 por ciento en el primer semestre de 2016 respecto al mismo periodo del año anterior. Es probable que en la segunda mitad del presente año la reducción sea aún mayor. La incertidumbre ocasionada por la elección de Donald Trump difícilmente se disipará, para bien o para mal, en lo que queda de 2016 y en la primera mitad de 2017. En estas circunstancias pocas empresas tomarán decisiones finales de inversión. Muchos proyectos, inclusive algunos plenamente maduros, se diferirán hasta que se resuelvan algunas de las principales dudas sobre la política de Estados Unidos hacia México que se suscitaron durante la campaña electoral. Estos periodos de espera podrán prolongarse hasta que se den señales inequívocas de que las amenazas hechas por el candidato Trump hayan sido retiradas o suficientemente acotadas. La retracción del flujo de inversiones —interna y externa—, así como otras fuentes de inestabilidad financiera, moderarán los ritmos de crecimiento previstos para 2016 y, posiblemente, 2017. Dentro de este marco deberá evaluarse la evolución de las inversiones en el sector petrolero.

El gasto de inversión de Pemex sufrió una fuerte contracción en 2015 y 2016, de 27 y 23 por ciento, respectivamente. Para 2017, el monto deberá ser similar al revisado de 2016. El programa de inversión privada en gasoductos continuará su exitoso curso el año próximo, a pesar de algunos retrasos observados en 2016. Las inversiones privadas en actividades extractivas de la industria petrolera en 2016 fueron modestas, dado el calendario de las licitaciones y la naturaleza de los activos licitados. Estas inversiones se mantendrán a niveles relativamente bajos en 2017. Proyectos petroleros de mayor tamaño y complejidad tienen plazos de gestación y de ejecución relativamente largos, los contratos de exploración permiten un gasto moderado durante el periodo propiamente de exploración y los contratos de extracción no son, por ahora, materialmente importantes.

Los flujos de inversión más importantes no se darán sino después de 2018. Si bien el mercado petrolero comienza a reequilibrarse, falta aún un esfuerzo adicional significativo para lograr que los inventarios de petróleo crudo y productos petrolíferos acumulados comiencen a bajar a partir de niveles globales récord. Una vez iniciado el restablecimiento del equilibrio del mercado deberá pasar un lapso de tiempo antes de que se reanimen los niveles de actividad y de inversión en la industria petrolera internacional. Estas condiciones incidirán necesariamente sobre el ritmo de inversión de las empresas que contemplan invertir en México, alentados por la reforma energética.

El plan de negocios de Pemex busca impulsar importantes inversiones privadas en el sector de refinación, y en infraestructura logística, proyectos para los que no cuenta con los recursos del caso. La definición precisa de éstos y la movilización correspondiente de recursos financieros toman tiempo, por lo que el flujo de inversión inicial en 2017 y 2018 será poco significativo. Faltan, además, algunas resoluciones en materia de regulación, y el cumplimiento del calendario de liberalización de mercados de productos finales, antes de que se tomen decisiones de inversión en infraestructura logística de productos petrolíferos.

Sería útil contar con información oportuna sobre el gasto de inversión anual del sector energético, tanto privado como público. En otros países es usual que a principios de año se publiquen resultados de encuestas con estimaciones de la inversión realizada el año anterior y del gasto planeado en el año corriente. Este ejercicio se repite a mediados de año para actualizar los datos. Los participantes de la industria y los analistas dan seguimiento a estas cifras. En México veríamos montos significativos de inversión privada en capacidad de generación eléctrica, tanto de ciclos combinados como de fuentes renovables, así como en gasoductos. En materia petrolera las inversiones privadas en 2016 serían modestas y sorprenderían los bajos montos para 2017, aún incluyendo los proyectos de aguas profundas cuyos contratos se firmarán a fines de 2016. Estos flujos podrían crecer más sustancialmente en 2018 y 2019.

Los artículos 601 al 608 del TLCAN se refieren al comercio de bienes energéticos. Al señalar los principios que deben aplicarse a dicho intercambio las partes confirmaron su pleno respeto a sus respectivas constituciones, reconocen la necesidad de acrecentar el comercio de bienes energéticos a través de una liberalización gradual y sostenida, y subrayan la importancia de contar con sectores energéticos competitivos en sus territorios. Los cambios constitucionales de 2013 en materia energética modificaron de raíz la estructura y funcionamiento del sector energético de México de manera compatible con los principios acordados, abriéndolo a la competencia y a la inversión privada. El avance logrado en este sentido es palpable, el comercio de mercancías energéticas ha crecido de manera notable y muy próximamente se darán cambios adicionales en armonía con los principios y prácticas del TLCAN.

Es muy probable que las consultas respecto a la derogación, renegociación o modernización del acuerdo aprobado hace 22 años se inicien en el primer trimestre de 2017, poco después de las confirmaciones de los titulares del Departamento de Comercio y del Representante de Comercio de Estados Unidos. Un camino que este proceso podría seguir es la negociación de acuerdos de cooperación específicos paralelos al TLCAN, como fueron en su momento los acuerdos en materia laboral y ambiental. En el caso de energía podría formularse un acuerdo paralelo. Este línea de acción sería menos dañino que reabrir la negociación de cláusulas específicas del Tratado. Preocupa, sin embargo, que los candidatos a los principales puestos en materia comercial en el gobierno del presidente Trump son escépticos, si no es que críticos, del TLCAN.

Conclusiones

A continuación se presentan las principales conclusiones de esta nota:

1. El clima de incertidumbre y los riesgos para México que han surgido a raíz de la campaña política y la elección de Donald Trump están teniendo serias consecuencias para la economía y la sociedad. Estas tenderán a agravarse mientras no se resuelvan las diversas dudas en torno a su actitud y sus políticas respecto a México y los mexicanos, dentro y fuera del país.

2. La vulnerabilidad de México ante posibles decisiones que tomará el nuevo gobierno estadunidense es inequívoca. Es resultado de la asimetría y cercanía entre los dos países, así como de políticas gubernamentales que nos han debilitado como nación soberana.

3. La aparente stasis del Estado mexicano tiene que ceder ante la magnitud y naturaleza de los problemas que plantea las posibles políticas de deportación de mexicanos y la renegociación del TLCAN. El gobierno de México está obligado a asumir posturas firmes ante la contingencia que se plantea.

4. Actitudes escépticas del nuevo gobierno respecto al cambio climático y el compromiso de flexibilizar las regulaciones de protección del medio ambiente en Estados Unidos pueden tener graves repercusiones. Sin embargo, revertir acuerdos y regulaciones no va ser fácil ni algo inmediato.

5. En Estados Unidos, las políticas gubernamentales tienen un efecto limitado sobre una industria petrolera que obedece fundamentalmente a condiciones del mercado. No obstante, en el margen, pueden afectar su desempeño.

6.En la etapa actual de su florecimiento, las fuentes renovables de energía requieren de un apoyo decidido del Estado en materia de investigación y desarrollo, así como de la infraestructura en que se apoya. Es posible que el nuevo gobierno prefiera seguir subsidiando a los combustibles fósiles.

7. Las tendencias actuales del mercado de productos petrolíferos y gas natural en Estados Unidos son compatibles con los requerimientos a corto plazo de dichos combustibles en México. A más largo plazo desestimulan la inversión en estos mismos sectores en nuestro país.

8. Pemex tendrá que desarrollar una nueva estrategia de comercio exterior que haga frente a su pérdida de participación de mercado en la costa estadunidense del Golfo y la liberación de los mercados internos de combustibles.

9. El saldo negativo de la balanza comercial de hidrocarburos de México tenderá a sostenerse durante el resto de la década, cuando menos. Sólo un aumento significativo en la producción de gasolinas y diesel en sus refinerías y de gas natural permitiría reducir y eventualmente eliminar dicho saldo.

10. La elevada dependencia de las importaciones de hidrocarburos de Estados Unidos plantea a México riesgos políticos importantes en contingencias imprevistas como las actuales. Convendrá considerarlo y evaluarlo de manera explícita.

11. En los momentos actuales sería de gran importancia conversar con Canadá sobre asuntos de interés común en relación a nuestro principal socio comercial.

12. La incertidumbre es el peor enemigo de la inversión. En la medida de nuestra posibilidades es necesario mitigarla lo antes posible para apoyar decididamente a la reforma energética mexicana. Si la incertidumbre de origen externo se prolonga, se sumaría a la que es inherente a todo proceso electoral como el que tendremos en el 2018.

25/11/16

 

Adrián Lajous
Investigador visitante en el Centro sobre Política Energética Global de la Universidad de Columbia. Fue director general de Pemex de 1995 a 1999.


1 Podemos hacernos preguntas similares en relación a la renegociación del TLCAN.

2 Richard Nephew, The Mirage of Renegotiating the Iran Deal;  Jason Bordoff and Richard Nephew, What Scrapping the Iran Deal Would Mean for Oil Markets; noviembre de 2016.

3 EIA, Exports by Destination and U.S. Natural Gas Exports, ver aquí y aquí

 

Un comentario en “Donald Trump: el petróleo y el medio ambiente

  1. Me gusta el planteamiento que hace respecto a soluciones. Lo malo es que nadie las toma en cuenta.