Norman Manea —galardonado con el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances— inauguró el Salón Literario de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Publicamos el texto que leyó en la apertura.

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Traumática dislocación y desposesión, el exilio es una experiencia humana esencial. Los textos antiguos nos hablan siempre de esta historia radical y extrema. Abraham en la Biblia y Ulises en la mitología griega son sólo dos ejemplos de esta vasta bibliografía vieja y nueva sobre el exilio humano. La modernidad aumentó y aceleró esta realidad “móvil” a través de muchos desastres naturales, conflictos y revoluciones, y la intensificación de la circulación mundial entre personas y civilizaciones. El “exilio global” se ha convertido hoy en una realidad cotidiana.

Las recientes migraciones desde Oriente y África nos recuerdan de nuevo esta perturbadora dinámica, que no es sólo una tensa desestabilización, sino también una oportunidad potencialmente benéfica de revitalización y transferencia espiritual. No olvidemos a los célebres exiliados Picasso y Brancusi, Einstein y Marie Curie, Bartok y Rachmaninov, Joyce y Nabokov y muchos, muchos otros.

Si miramos hoy las calles de las grandes ciudades nos encontramos al mundo entero, masas de extranjeros, razas y lenguas diferentes. Evidentemente, la temática del “extranjero”, del “otro”, llegó a ser el centro de disputa y reanimación de nuestra evolución presente y futura, el sentido primordial del proyecto humano de confrontación y cooperación universal. 

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Al principio fue el verbo —nos dicen los antiguos—. Para mí, el verbo inicial fue rumano. El médico y los asistentes que cuidaron de mi difícil alumbramiento, hablaban en rumano. En casa de mis padres se hablaba rumano: la mayor parte del tiempo la pasaba con María, hermosa hija de campesinos, que me cuidaba y me mimaba en rumano. No era, por supuesto, la única fonética que se oía a mi alrededor. En Bucovina, antes de la última guerra mundial, se hablaba alemán, yiddish, ucraniano, polaco y la extraña jerga eslava de los rutenios.

Cuando mi abuelo preguntó, para evaluar las probabilidades de supervivencia que tenía el recién nacido, si yo tenía uñas, supongo que lo hizo en rumano y en su librería se vendían sobre todo libros y periódicos en rumano.

A mis cinco años, al ser deportado a Transnistria junto a toda la población judía de Bucovina, no hablaba más que rumano. Junto a mí, en mi primer éxodo, allende el río Dniéster, se exilió la lengua rumana.

En el campo de concentración aprendí el yiddish de los viejos que me rodeaban y el ucraniano de los niños del lugar. Tras la liberación por el Ejército Rojo, cursé un año de primaria en lengua rusa, bajo la administración soviética. De regreso a Rumanía, en 1945, continué los estudios básicos, por supuesto en rumano; pero pronto mis padres me pusieron un profesor privado de… alemán. Bien sabían ellos que lo que nos había sucedido en aquellos años de terror, en Transnistria, tenía su origen en el Berlín hitleriano pero sabían también distinguir entre lo permanente y lo coyuntural, entre el odio y la cultura.

Durante mis estudios de bachillerato aprendí francés y olvidé casi por completo el ruso, hastiado de profundizar en lo que me parecía conocer de sobra. Además, el ruso se había convertido en la lengua de los “ocupantes”; por ello, en mi adolescencia me obligué a perfeccionar el francés, para facilitar mi contacto con la prensa y con los libros occidentales.

Pero, en la práctica, esta difusa potencialidad plurilingüística no ha multiplicado mis posibilidades de expresión. Las ocasiones pasajeras y relativamente superficiales no lograron profundizarse. Ninguna de las lenguas por las que he vagado ha llegado a ser en verdad una lengua interiorizada por mí. La sordina del subconsciente “cosmopolita” sólo se deja escuchar hoy en escasos instantes privilegiados, cuando, sin darme cuenta, afloran bruscamente a la memoria las frases requeridas en un diálogo casual, que mantengo en una de las lenguas extranjeras que me es más o menos familiar. Lenguas extranjeras, al fin y al cabo, aunque parcialmente accesibles.

La lengua-domicilio sigue siendo una sola, la lengua rumana.

La escritura es una ocupación pueril, que incluso puede convertirse, como les sucede a los niños, en una tarea excesivamente seria.

El largo camino hacia la inmadurez empezó un día de julio de 1945, pocos meses después de haber salido del campo de concentración. Un verano paradisíaco, en una pequeña ciudad moldava. La milagrosa banalidad de la vida normal, la exaltación de estar al fin a salvo. Una tarde perfecta: sol y quietud. En la penumbra de la habitación escuchaba una voz que era y no era la mía. Me hablaba un libro de cuentos populares rumanos, con su cubierta verde de tapa dura, que alguien me había regalado hacía unos días, al cumplir yo la importante edad de nueve años.

Pienso que fue entonces cuando se produjo en mí el milagro de la palabra, la magia de la literatura. Herida y consuelo a la vez.

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La lengua en la que nací, exiliada conmigo, había padecido en Transnistria el acoso de la cacofónica desesperación de los deportados y de las órdenes ladradas por los guardias. El campo de concentración había significado una fractura en el calendario, pero también la invasión de sus idiomas: el yiddish, el alemán, el ucraniano, el ruso.

En 1945 el exiliado fue repatriado junto con la lengua salvada. Una lengua infantil, pobre, anémica, indecisa y desorientada, como yo mismo, en espera de inyecciones de normalidad. Volví a descubrir la comida, los juegos, la escuela, la ropa, los parientes, pero sobre todo la lengua. Estaba ávido de libros, diarios, revistas, carteles, exploraba nuevas palabras y significados.

Muy pronto, demasiado pronto, soñaba con formar parte, yo mismo, de la familia de los magos de la palabra, esa familia secreta que acababa de descubrir.

Mi primera “composición” literaria fue, naturalmente, un “discurso amoroso”, como diría Barthes. La dediqué cuando hacía primero de bachillerato, en 1947, a la muchacha rubia que me seguía en la lista de la clase (Manea Norman-Norman Bronya). Leí el texto con pasión en presencia de la amada y de un reducido círculo de cohibidos compañeros. Después, en los primeros años de la “dictadura del proletariado”, escribí poemas dedicados a la Revolución y a la paz universal. Con la ingenuidad propia de la edad aspiraba ya, sin saberlo, a “algo distinto”, más allá de lo cotidiano, impaciente por descubrir mi verdadero yo entre los varios individuos que habitaban en mí. Las lecturas me salvarían de la idiotización que promovía la “lengua de madera” de la dictadura. El romanticismo alemán, el realismo crítico francés e inglés y especialmente la gran literatura rusa, abundante y excelentemente traducida en la Rumanía de aquellos años, incendiaron mi imaginación. Tolstoi y Gonchárov, Gógol y Pushkin, Chéjov, Gorki y tantos otros. El verdadero Dostoievski llegó a mis manos apenas en el periodo del “destape” de los sesenta, junto a los grandes modernos: Joyce, Proust, Faulkner, los latinoamericanos, los surrealistas y la literatura rumana moderna, rehabilitada al fin tras largos años de brutal censura.

Las lecturas habían de oxigenar mi existencia de desgraciado estudiante del Politécnico y de ingeniero infeliz. La ingenua ilusión de que una profesión sólida me protegería de la Autoridad socialista se esfumó en un santiamén, pero cuando, después de la soledad juvenil, renuncié a expresarme en verso, nacieron mis primeros textos en prosa.

Finalmente sentía mi propia voz en mi propio libro, que por casualidad también tendría la cubierta de color verde.

Exiliado del todo, finalmente, en el enclave de mis propias páginas, encontré el tan ansiado refugio, mi verdadero domicilio.

La lengua ya no era la misma. La defendí todo lo que pude de la presión de la jerga oficial, y más adelante tuve que protegerla de la suspicacia y la hostilidad de la censura, que en cada nuevo volumen me masacraba frases, párrafos o capítulos enteros, si no más. La imbécil jerigonza del Poder, que estuvo dominando durante décadas, alcanzó una nueva productividad en los discursos torrenciales del Dictador nacionalsocialista, el Payaso Supremo, que infestaba los periódicos y las emisoras de televisión, orientaba las leyes, los “debates” del Partido y las clases en el parvulario, las marchas deportivas y los peritajes filatélicos, las solicitudes de pensiones y los expedientes de la policía secreta.

Los magos de la palabra me ayudaron sin embargo a reencontrarme con mi yo y con mi lengua.

Mi primer cuento “Plancha para planchar el amor”, apareció en 1966, en una minúscula revista literaria cuya publicación fue suspendida luego del sexto número; el argumento se centraba en una atormentada secuencia erótica, donde yo intentaba restablecer una normalidad temática y de lenguaje. El texto fue de inmediato atacado en la prensa por apolítico, absurdo, estetizante, cosmopolita.

Al cabo de veinte años, en 1986, antes de salir para Occidente, propuse en mi novela El sobre negro una alegoría de la vida cotidiana en el socialismo, de marcado acento político, en una época en que la dictadura protegía al escritor “esteta”, alejado de la realidad del momento. El manuscrito conoció el calvario de una censura histérica y el autor abandonó el país.

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La supresión de la propiedad privada, bajo la dictadura del proletariado, significó la generalización de la estatal, y no solo sobre los recursos económicos sino también sobre el diálogo público, es decir, sobre el lenguaje.

En 1948, junto con la nacionalización de los medios de producción y los bancos, el cierre de las escuelas privadas y de las editoriales particulares, se instauró la censura —la policía de la palabra— como suprema fuerza ideológica y política que regulaba la vida social.

El Partido Único se apoderó del idioma de la sociedad. El espacio privado se restringía cada vez más, expuesto a la sospecha y la vigilancia de las Autoridades.

El escritor y su semejante, el lector, tuvieron que enfrentarse al omnipresente control sobre el lenguaje.

Las bibliotecas fueron depuradas de los libros “sospechosos”, se bloqueó la circulación de las publicaciones procedentes del extranjero, las editoriales fueron obligadas a acomodar su plan de edición conforme a criterios impuestos por los ideólogos del partido. La prensa se constituyó en megáfono del Dogma. Hacía falta el genio de un Andrei Platonovpara que, asumiendo la farsa de ese vocabulario limitado y ridículo, intentara expresar la cándida idiotización de los que creían con ciego entusiasmo mesiánico en el milagro de la Utopía y, a través del donquijotismo de aquellos pobres extraviados, expresar además el gran vacío, hinchado de pérfidas palabras y de pérfidos crímenes, que era el “futuro luminoso” del comunismo. En Rumanía la revolución había sido un producto de importación, impuesto a la fuerza y ajeno a la idiosincrasia cotidiana, más bien hedonista y bizantina, de los rumanos.

En 1945, la vuelta a la “normalidad” después del campo de concentración, no significó para mí el reencuentro con la imponente biblioteca familiar. En cambio para muchos de mis coetáneos, que no sufrieron el “desarraigo” que fue para mí la deportación, la biblioteca de la familia constituyó el extraordinario sustituto del censurado Foro público de las letras. Un santuario secreto de salvación.

Asiduo y solitario escarbador de librerías y bibliotecas públicas o privadas, me dediqué fascinado y con ahínco a la caza de libros y palabras, malgastando el tiempo en muchos rodeos inútiles por entre la bazofia de la “literatura comprometida” hasta dar con la presa más valiosa. En mi adolescencia me hicieron feliz los clásicos rusos, accesibles en excelentes traducciones rumanas, y luego, en mis tiempos de desadaptado e infeliz estudiante del Politécnico, las bibliotecas de Bucarest, donde habían sobrevivido algunas estanterías con libros valiosos.

El mundo concentracionario había despertado en mí una intensa necesidad de alegría, pero también de perpetua incertidumbre. Finalizada la guerra, los temores se reabsorbieron paulatinamente, pero sin desaparecer por completo. Parcialmente anestesiados, aletargados, esperaban la sacudida que reavivara el horror.

La retractilidad de guarida, expresión del universo larvario en el que vivíamos todos, encadenaba el presente con el pasado en un contubernio tenebroso y tenaz. El efecto estético de esta “retracción” aflora, en algún momento, en algún lugar, en la chispa fosforescente de la repulsa y la oposición. La excesiva codificación, la opacidad excesiva, pertenecen a la estética del cautiverio asumido.

Después de escapar a Occidente, Paul Celan —que atravesó una parte del mismo periodo traumático— renunció al mercado libre de los versátiles valores de consumo cultural de la posguerra, buscando el lenguaje fisurado y oscuro de lo indecible, el idioma intransitivo del trauma. Vivió en la herida no cicatrizada de la perplejidad, emitiendo apenas señales discontinuas, solitarias, en el código sordomudo del sufrimiento. Este rechazo de la retórica y de la “racionalización” era, de hecho, la lengua acallada del cataclismo que, posteriormente, en la arena de las conmemoraciones, aparecía bajo el rótulo de “Holocausto”. De esta pesadilla, Samuel Beckett en 1949, una vez terminada la guerra, había dicho: “There is nothing to express, nothing with which to express, nothing from which to express… together with the obligation to express”.

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Pero ¿y el escritor prisionero que yo era, en la colonia penitenciaria del Este? En la sociedad cerrada del “socialismo real” se celebraban periódicamente sesiones de “dialéctica”, destinadas a atenuar los sangrientos “errores” de la edificación del paraíso. Una retórica de los cambios de rumbo. Negarse a formar parte del mundillo de la verborrea que poblaba el púlpito escarlata de la Autoridad, negarse a ser cómplice de la demagogia culpable, podía llevarle a uno a aquella retractilidad mediante la codificación. Una forma, por ilusoria que fuese, de esquivar, de protegerse de un mundo exterior contaminado, el de los censores al acecho. Un lenguaje del subterráneo que perpetuaba su sordina, su lamento, que aspiraba al sarcasmo justiciero, que pretendía adjudicarse de vez en cuando. Individualidad marginal, marginada, independiente, refugiada en el silencio del exilio “interior”.

Sin embargo, en esta aventura evasiva y evasionista de una cotidianidad amurallada, las alegrías no fueron pocas, ni pobres las amistades. Las lecturas, el amor, las bromas, la melancolía de la duda se mostraron generosas, vivificantes, de valor duradero.

Recuperar en medio del carnaval totalitario la propiedad privada sobre la lengua, la búsqueda de la voz propia, significaron para mí un esfuerzo prolongado e ingrato. Una prueba de integridad siempre recomenzada. Dentro de todo ello no faltaron los momentos de desencanto, de desconcierto, de frustración.

Pese al tiempo perdido en redescubrir lo elemental, que en otros lugares estaba al alcance de todos, el balance no abunda en sentimientos de amargura. La vida de un ser humano no es, en definitiva, ni más ni menos que eso. El tiempo generoso en pruebas es también un tiempo privilegiado de intensidades, un aprendizaje envidiable.

“A algunos se les exige un precio exagerado por la entrada para un espectáculo de circo”, solía decirme un amigo de aquellos años. “Tal injusticia puede ser tomada como un honor. Significa que eres capaz de pagar cualquier precio que se te pida.”

La vulnerabilidad se vio, pues, obligada a inventarse trucos que hicieran verosímil este tipo de situaciones indeseables.

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Para el escritor, un exiliado por excelencia, la lengua es su placenta. Mucho más que para cualquier “extranjero” en su propio país, la lengua es para el escritor no solo una lenta y exaltante conquista, sino su legitimación, su domicilio espiritual. Es la lengua la que le otorga raíces y libertad, solo por ella confraterniza con sus virtuales interlocutores por doquier. La lengua representa su verdadera ciudadanía, su sentido de pertenencia —la casa y la patria del escritor—. El exiliado de este último y esencial refugio se enfrenta a la más brutal dislocación de su ser, a una “cremación completa” (Holokaustos) que afecta el meollo mismo de la creatividad.

Dudé demasiado hasta abandonar la “colonia penitenciaria” socialista porque era lo suficientemente ingenuo como para creer que no vivía en un país sino en una lengua.

La liberación iba a amputar drásticamente, bien lo sabía, la propia libertad. En el aeropuerto de Bucarest, en diciembre de 1986, al subir al avión con destino a Berlín tuve la certeza de que había cedido a una transacción siniestra: a cambio de un pasaporte, se me cortaba la lengua. El hecho de haber aceptado, al final, tan demoníaco intercambio, dice bastante, probablemente, sobre mi urgencia de escapar, a cualquier precio, del “burdel en llamas”, como Cioran había denominado a los lugares nativos que había abandonado, sin sospechar siquiera qué podía ser la combinación socialista entre el burdel, el circo y la prisión.

Mi segundo exilio (esta vez a los cincuenta años y no a los cinco, como el primero), daba otro sentido al desposeimiento, a la deslegitimación. El honor de ser un apátrida iba acompañado de la maldición de mi enmudecimiento como escritor.

Con todo, viajaba conmigo mi lengua, mi casa, como un caracol. La lengua seguiría siendo mi primer y último refugio, el domicilio infantil e inmutable, el sitio de la supervivencia.

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Alemania fue mi primer domicilio lingüístico en el exilio, donde apareció en 1987 Roboter-biographie (Biografía robot), mi primer libro en Occidente. En esa época me hallaba, como becario, en Berlín occidental. Mi viaje hacia lo desconocido se beneficiaba de un comienzo afortunado.

El trauma del desarraigo, dominado por la ansiedad y el desconcierto, fue parcialmente aliviado por mi familiaridad con la lengua alemana, que había sobrevivido discretamente en la antigua provincia habsbúrgica de Bucovina incluso durante los años del socialismo. Algunos amigos míos y de mis padres hablaban alemán. Descubriría exaltado que esa lengua, aletargada durante tantos años, esperaba el momento de revivir, pese a haberla estudiado sistemáticamente sólo un año, en 1946, en unas clases privadas ya bastante olvidadas.

Viendo con alegría mi primer libro en alemán, no imaginaba yo, en 1987, que sería el primero de muchos otros, ni que mi relación con Rumanía se volvería tensa después de la caída de la dictadura comunista y que mi estatus literario se iría definiendo, paso a paso y cada vez más, como el de un exiliado, de un “escritor en traducción”.

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Mi primera aparición pública en Nueva York, en el otoño de 1989, cuando el derrumbe de los países del Este europeo preocupaba a todo el mundo, se produjo en el marco de un debate titulado “La palabra como arma”, organizado por el PEN Club norteamericano y dedicado a la literatura rumana. Desafiando la combatividad coyuntural de la temática, hablé sobre “la palabra como milagro”. Como es natural, evoqué aquella tarde de julio de 1945, cuando descubrí los magníficos cuentos populares del escritor rumano Ion Creangă.

Al cabo de unos días recibí una carta de una distinguida escritora y traductora de origen rumano, que había asistido al debate, y que me señalaba textos y expresiones antisemitas de aquel autor. Yo ya las conocía y conocía otras similares, de otros grandes escritores rumanos. La lengua alemana no era solo la de Goethe y de Schiller sino también la de las SS; la lengua rumana de Caragiale y de Bacovia era también la de Zelea Codreanu, el “capitán” de la Guardia de Hierro antisemita, pero también la lengua de mis amores y amistades y aquella en que seguían hablándome, después de muertos, mis padres y mis abuelos.

Más de una vez escuché reprochar a los escritores judíos que escribieran en “la lengua de sus verdugos”, o a los africanos que utilizaran la “de los colonialistas”. No me sentía culpable por la gratitud que había expresado. La lengua produce y acoge tanto las invectivas envenenadas por el odio, como la metamorfosis prodigiosa. El foco del que sale el arte también contiene ampollas y pus, de manera que lo inefable que de ello se destila resulta aún más maravilloso y benéfico. Las flores del mal de Baudelaire y Las flores de moho del poeta rumano Tudor Arghezi expresan, desde su propio título, esta admirable trascendencia.

El milagro de la palabra al que hice referencia en Nueva York, en 1989, tenía que ver con mi lengua natal, no con la nueva, a la que había emigrado. Las maravillas de esta última no eran todavía accesibles al náufrago tardío.

¿Podía haber sido distinto? ¿Hubiera sido capaz de revivir en inglés la magia de mis nueve años, o de edades posteriores, en la aventura de descubrirme a mí mismo a través del idioma? Hace muchos años, estando de vacaciones en la residencia internacional de escritores de Ledig House, en Suiza, le pregunté a una reputada traductora del ruso al alemán cuál sería la edad en la que la migración a otra lengua permite convertirse en escritor en esa nueva lengua. Nabokov había aprendido varios idiomas extranjeros durante su niñez, Conrad navegó entre puertos y lenguas en una edad aún accesible a los cambios. Sabía, pues, que los ejemplos a mano eran, en realidad, falsos ejemplos.

“A los doce”, me respondió sin titubeos la experta. Sonreí melancólico. “Lo siento, yo ya he cumplido los trece.”

Tenía en realidad más que el doble del doble de aquella edad. El desarraigo y la desposesión que implica el exilio representan un trauma que requiere tiempo antes de que se puedan observar sus eventuales efectos positivos, lo que sucede cuando uno comprende lo importante que es restarse importancia a sí mismo y cuán liberadoras resultan la inestabilidad y la incertidumbre, o el aprendizaje del retorno, desde la madurez a los comienzos, cuando uno se ve obligado a reinventarse su entrada en el mundo, a demostrar de nuevo sus capacidades, como un niño a quien se le han borrado los años vividos y se le ha ofrecido una “segunda oportunidad”, la de experimentar la existencia y la transitoriedad, aunque sin la energía ni la frescura de otros tiempos.

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A sus veintiséis años, Cioran intentaba apropiarse, como un ávido pirata, de los tesoros de la lengua francesa. Hablando del cambio de identidad lingüística, Cioran lo llamaba “el mayor suceso que puede acontecerle a un escritor, y el más dramático”. “¡Las catástrofes históricas no son nada comparadas a esta!”, confesaría más tarde. “Escribir en otra lengua es una experiencia deslumbrante. Uno se pone a reflexionar sobre las palabras, sobre la escritura. Cuando escribía en rumano, las palabras no eran independientes de mí. Desde que empecé a escribir en francés, todas las palabras se me han vuelto conscientes: las tenía delante, fuera de mí, en sus respectivas celdas y yo las recogía: ‘Ahora a ti y ahora a ti’.”

La ruptura que Cioran anhelaba no era solo lingüística. “Cambiando de lengua, he liquidado de inmediato mi pasado: he cambiado totalmente de vida.”

¿Sería cierto? Convertido en un célebre escritor francés, el gran estilista de la lengua de adopción, Cioran estaba continuamente perseguido por los fantasmas de un pasado que le abrumaba y humillaba. Su victoriosa trasmutación lingüística tampoco había sido, de hecho, totalmente victoriosa: “Aún hoy me parece que escribo en una lengua que no está ligada a nada, sin raíces, una lengua de invernadero. A mi temperamento no le conviene la lengua francesa, yo necesitaría una lengua salvaje, una lengua de borracho”, le confesaba a Fernando Savater en 1977. Lo cual no significa que las turbulencias, las oscuridades y el lenguaje críptico, el lirismo y el humor, la agudeza y los excesos pasionalmente orientales no alcancen en rumano una belleza y riqueza únicas, intraducibles.

Antes de morir, en su lecho del hospital, el expatriado Cioran conversaba ¡en la lengua que, durante décadas, se había negado a hablar! Había reencontrado la lengua rumana, pero sin poder encontrarse ya consigo mismo. Vivía la embriaguez paradisíaca de la amnesia. La felicidad suprema, el castigo supremo. La felicidad Alzheimer. El fin.

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Llegué a los Estados Unidos casi sin saber inglés. En mis primeros diez años pasaba por crisis de pánico terribles cada vez que debía participar en algún coloquio y leer un texto. No sólo era el miedo a cómo iba a pronunciarlo, sino sobre todo a olvidar el manuscrito en casa o a perderlo. Me identificaba aterrado con el héroe de Pnin, de Nabokov, a quien le parecía que Hamlet sonaba mejor en su ruso natal, que en inglés.

Recuerdo perfectamente cómo, en 1991, invitado a una conferencia internacional en Turín, la maleta donde tenía el texto de mi ponencia no llegó a su destino. Yo tenía que hablar al día siguiente. Angustiado, solicité a los organizadores que pospusieran mi intervención hasta después del mediodía. Entre tanto, el equipaje llegó al hotel, pero además, para mi felicidad, descubrí que en la sala había traductores del rumano al italiano y que, dado el caso, tendría la posibilidad de improvisar lo que se me ocurriese. Un epílogo afortunado, hay que reconocerlo, mejor que el del pobre Pnin, quien no sólo se equivoca de tren, tomando otro que el que debía llevarle al college donde iba a leer su conferencia, sino que, además, al llegar finalmente a su destino, descubre que traía consigo otro texto en vez de aquel que le hacía falta.

Los escritores intraducibles son numerosos y entre ellos hay algunos de gran talla, incluso en la literatura clásica rumana y entre mis colegas de hoy, condenados —o quizás privilegiados— a vivir solo en su lengua.

La legitimación que te ofrece la traducción a otra lengua es distinta si vives en tu país o fuera de él. Estando “en casa”, las traducciones son un regalo que te llega desde lo desconocido. Un escritor traducido a muchos idiomas no posee control alguno sobre la calidad de las versiones; él vive en su lengua, allí ha encontrado su voz, su estilo, su impronta, allí transcurren las etapas de su vida, allí ejerce su trabajo sobre la palabra. Las transformaciones extrañas del cuerpo lingüístico inicial no afectan esencialmente a su creatividad literaria; los códigos lingüísticos a los que se ve trasladado, a veces sin apenas poder descifrarlos, sólo le deparan satisfacciones.

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En cambio, cuando uno encarna el incierto estatus de escritor desplazado, la traducción viene a ser, en el nuevo país de llegada (y no solo allí), una especie de visado de ingreso, no como ciudadano a secas sino como ciudadano del mundo literario, el tránsito hacia una nueva pertenencia, incomparablemente más ambigua, la residencia de un alien, como suelen llamar las autoridades norteamericanas al foráneo recién llegado.

Como autor traducido, puedes legitimarte lingüísticamente mucho mejor que en las conversaciones cotidianas, accedes a una comunicación más profunda, aunque sea indirecta e imperfecta, con tus nuevos conciudadanos, pero sobre todo con los potenciales nuevos colegas de escritura.

De todos modos, la sensación de simple “virtualidad” no deja de ser abrumadora. ¿Ser un escritor traducido que escribe en el exilio en su lengua materna? Es una hipótesis frustrante, que hace aumentar la incertidumbre. Los “heterónimos” que Fernando Pessoa creó para expresar las valencias múltiples y contradictorias de su creatividad han sido sustituidos por las variantes de un mismo “ortónimo”, que se presenta bajo máscaras lingüísticas diferentes, parcialmente o nada fieles al original, variantes a menudo independientes y quizá complementarias de la “representación”. La integridad y la interioridad del escritor residen en su lengua. Desposeído de ella, se convierte en una nebulosa inestable, vaga. Sus dudas sempiternas pueden ejercer una tiranía abrumadora, debido a la ambigüedad y a las incertezas generadas por la nueva situación.

“Mi método infalible para saber cuál frase es buena y cuál no: imagino que me encuentro en medio del Sahara, sin ningún libro conmigo. Solo con una frase escrita en un papelito. Si, leyéndola, comprendo que el desierto ha cobrado sentido y que ya no quiero irme de allí, la frase es buena”, escribió alguna vez un escritor rumano amigo.

En el Sahara del exilio hube de repetir muchas veces estas frases, redescubiertas en un pedacito incandescente de mi memoria. Otorgaban de veras, por un instante, sentido al desierto, me brindaban un anhelado refugio. ¿Echar raíces en la nada? Parecía tan bueno como en cualquier otro lugar, quizás contradiciendo la imagen superficial del “desarraigo” en que creo haber vivido desde siempre. En la grieta, pues, en la incertidumbre, en el desierto en que Lévinas veía la verdadera raíz del espíritu capaz de reemplazar el suelo por la letra. El hecho de que la “letra” fuese de un país diferente de aquel en el que me tocó nacer, parece añadir un detalle coyuntural a una premisa que cuestiona el sentido mismo de nuestra errancia. Y no obstante… En Nueva York, la frase “buena” en rumano había de pasar por las sinuosidades, los desvíos, las metamorfosis, mutilaciones y modificaciones de su versión a la lengua que reviste hoy en día mi identidad. La transformación que me comporta en el plano social podía haber sido, como sucedió en otros casos, penosa, catastrófica.

Los años han fluido como ríos, y yo ya sé cuán inepto soy para ilusiones intangibles y, sin embargo, cuánto las necesito.

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La verdadera dimensión del dilema se me hizo patente el verano de 1991, en Nueva York. La editorial Grove Press preparaba dos libros míos, uno de cuentos y otro de ensayos, que serían mi debut en la escena norteamericana.

Los cuentos habían pasado por manos de varios traductores poco talentosos; intentaba, pues, junto con la editora del libro, seleccionar las variantes más adecuadas y mejorar las elegidas para la publicación. Sobre la mesa teníamos el texto en rumano y las versiones en francés e italiano. Juntos pasábamos de una lengua a otra para reescribir, frase por frase, la versión inglesa. Contaba menos el “cómo” que el “qué” quería decir la oración. Una reducción lógica, “aristotélica”, que podía equivaler a la anulación, una especie de selección darwiniana para la supervivencia, en que precisamente la originalidad podía constituir la desventaja mayor.

La versión en que apareció finalmente el libro era una versión “mixta” de varias contribuciones, que sonaba razonablemente bien en inglés. El autor, que durante aquellos tres meses de tensión y purgatorio estuvo tentado a menudo a renunciar tanto a la traducción como a la escritura, se entusiasmó, pese a todo, cuando tuvo el libro en sus manos.

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A Celan me unen no solo Bucovina o Transnistria, que marcaron de modo distinto nuestro destino. El alemán de Celan ya era una lengua exiliada, llegada a la Bucovina del antiguo Imperio austrohúngaro, en concreto desde Viena y no desde Berlín. El corto periodo que vivió en Bucarest lo llamó, en una suerte de frivolidad y alegría juvenil, la “época del calambur”. Ionesco, por su parte, afirmaba que si se hubiese quedado en Rumanía habría sido un escritor mejor, pero en Francia había llegado a ser un escritor más importante… Mi “calambur” ha ido girando a través de las edades, con sus significados, pasando de la tragedia a la alegría, del peligro al renacimiento, de la apatía a la creación, y de vuelta al drama, a la humillación y al desarraigo.

Cuando se estableció en París, y no en Viena ni en Berlín ni en Zúrich, Celan continuó escribiendo en su lengua alemana exiliada. No nos asombra que dijera que la patria del poeta es la lengua, “aun cuando la lengua sea el alemán y el poeta sea judío”.

Y yo podría añadir, aunque la lengua fuese el rumano y el escritor judío… La lengua rumana no es para mí la de los verdugos de Transnistria, o la de la opresión comunista, ni siquiera la del envenenado periodo poscomunista, épocas que, cada una de un modo distinto, han venido definiendo mi relación con la patria. Las viejas y nuevas tensiones han ido ahondando poco a poco en mí un síndrome de vulnerabilidad. El contacto con la lengua, el sonido, su letra y su espíritu me devuelven invariable, rápida y terapéuticamente a mí mismo. Una redención que me es familiar, pero siempre nueva e incomparable. Si a Paul Celan se le hubiese concedido el Premio Nobel de Literatura, como se merecía, ¿qué país le habría reivindicado? El premio se otorga a la creación individual, individual por definición, y no a un país, ni a una comunidad étnica, religiosa o política. No me sorprendió, pues, cuando Naipaul declaró, al recibir la noticia desde Estocolmo, que no pertenecía a ningún país. Debía haber añadido, creo yo: a una lengua, eso sí. Sospecho que lo mismo hubiesen dicho un Canetti o un Bashevis Singer o Gao Xingjian. Incluso Kafka, si sus extraordinarios criptogramas nocturnos hubiesen llegado, gracias a un milagro, al dudoso Comité de la Gloria Universal.

En Nueva York he seguido viviendo en la lengua rumana, tal como Paul Celan vivía en el alemán, en París.

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Las incertidumbres no dejan de existir ni aun cuando el escritor se expresa en su propia lengua y su propio país, dirigiéndose a un álter ego no siempre semejante. Cuando intervienen la distorsión y el desplazamiento, la situación se vuelve más aguda. Disminuye drásticamente la probabilidad de dar vida a esa sombra fraterna que es el lector, la empresa enfrenta un riesgo mayor, la vanidad reivindica su autoridad.

Tan extraña situación parece un mero juego infantil. El mensaje ya no está encerrado en una botella tirada al mar con la esperanza de que llegue algún día a una orilla y a un lector, sino en una cápsula volátil, navegando por los espacios del sueño, donde, con suerte, podría inventar, allí y sólo allí, su propia legitimación, y por tanto su destinatario. ¿Un placer gratuito, sin finalidad alguna, que sólo pertenece al yo escindido?

Pero hay que reconocer que el yo refugiado en su casa de caracol necesita trasladar su interioridad hacia el exterior. En el exilio, tal traslado, más apremiante que nunca, puede convertirse en una “traducción” traición, en el sentido antiguo y siempre actual del adagio traduttore-traditore. Este proceso doloroso marca la existencia de todos los exiliados, y con mayor razón, a veces de modo catastrófico, la de los escritores exiliados.

Pese a haber contado con excelentes traductores al alemán, francés e italiano (quizás también a otras lenguas, que no conozco) cada vez le tengo más temor a las traducciones. La diferencia estructural, por ejemplo, entre la expresión anglosajona y la latina (una mezcla latino-oriental, en el caso del rumano) es harto difícil de vencer, pues ello requiere mucho empeño y talento. Los criterios reduccionistas de valoración que dominan hoy, cuando la velocidad de la lectura ha cambiado radicalmente, eliminan las “excrecencias” del producto perfectamente articulado, simplificado, accesible, como todo producto destinado al mercado, vendible, consumible sin gran esfuerzo.

¿Simplificar, pues, el pensamiento y la expresión, a fin de facilitar el acceso incluso a un traductor poco dotado?

La decisión de “simplificarme” para evitar embrollos me hacía empantanarme en un lenguaje de despacho burocrático, depurado no sólo de complicaciones, sino también de ironía, misterio, ambigüedad, estilo. Constataba de pronto que, a fuerza de simplificar mi texto, me volvía yo mismo más simple, más diluido, hasta desaparecer del todo en las hojas descoloridas. Un bloqueo nada fácil de superar, que a lo mejor el vano oficio de la escritura se merece a fin de cuentas; lo que demuestra una vez más cuánta locura es necesaria para perseverar no sólo en esta ocupación pueril, sino también en su absurdo diariamente dilatado por el exilio.

Amenazado por la profunda fractura que lo define, sometido a un intenso autocuestionamiento, el escritor menoscabado por obra del exilio se siente más de una vez con derecho a poner fin a su travesía en el desierto.

La responsabilidad por su infantil persistencia le incumbe por completo. A veces, en Nueva York, cuando se me pregunta en qué idioma escribo, suelo responder en broma, pero sólo a medias: en el de los pájaros.

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Nadie puede quitarte la lengua de tu formación o deformación. Lo que de hecho ocurre en el exilio es la inevitable devaluación social del idioma que posees, la anulación de su función comunicativa. Existe una dinámica de la relación entre la lengua de la interioridad, entre la sordina de los pensamientos y la fonética del mundo exterior, del “coro popular que ríe”, como decía Bajtín, y como diríamos también nosotros.

Entre la lengua rumana en que escucho mis pensamientos o hablo con Cella en nuestro piso de Manhattan, y el inglés de la televisión, la prensa y las cuentas bancarias, la lengua de los amigos americanos, de la universidad donde enseño, del médico de cabecera, la relación no es sólo la que hay entre la intimidad y el escenario social, entre la individualidad y el uniforme del asilo donde uno está alojado, no es sólo la relación “entidad” (interior) versus “identidad” (social), en términos de Gertrude Stein. También es la tensión entre dos medios radicalmente diferentes, en lo geográfico, lo histórico y lo psicológico, y no únicamente en lo lingüístico. Mi inglés es una lengua alquilada para las negociaciones sociales por un Robinson Crusoe obligado a adaptarse lingüísticamente a la tribu que lo acoge.

Separada de su medio natural de existencia, la lengua “vieja” ahora es sólo tuya, es la magia a cuyo servicio has estado en tu vida anterior a la muerte por exilio y en el renacimiento a través del exilio.

A tu alrededor, te asalta ya la lengua de tu vida “póstuma”…

Tampoco hay que pasar por alto las ventajas: nada tiene un solo sentido, bueno o malo, en el azar de la imperfecta comedia humana. Entre la lengua del ambiente circundante y la lengua interior se producen lentamente incitaciones e interferencias positivas. Me ha sucedido más de una vez reencontrar el sentido genuino de una palabra rumana gracias a su equivalente en inglés; otras veces he reestructurado mejor una frase en rumano luego de haberla visto reformulada en inglés, lo que también me sucede a menudo; iluminarme de felicidad cuando releo el original rumano de algún capítulo mío, luego de atormentadas simplificaciones y reformulaciones en su traducción al inglés. Palabras y expresiones rumanas intraducibles y formidables, que nunca había escudriñado en Rumanía (pues las palabras entonces eran independientes de mí, como decía Cioran), de pronto descubren ser inéditas, agudas y originales. La lengua materna, la lengua “con raíces”, trasportada a otro medio lingüístico, no se queda agarrotada, como “conservada” en un invernadero, por su separación del país y de la gente que la renueva a diario, sino que a menudo revela sus bellezas ocultas hasta entonces por la rutina.

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Tampoco es simple la relación entre la lengua natal y su patria, que se ha quedado en alguna parte, lejos, siempre más lejos. El hecho de pertenecer a una lengua no sana las heridas que la patria ha marcado en tu piel, en tu mente o en tu alma.

Por perdurables que fuesen, ni siquiera las heridas anulan el don inestimable que es la lengua en que ha latido toda tu biografía.

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La pantalla, al principio opaca e impenetrable, entre la lengua de la interioridad, que nutre la escritura, y la del exterior, que aloja la nueva existencia del escritor nómada en orillas extrañas, se vuelve poco a poco permeable.

Tras un primer periodo de absoluta perplejidad empiezan a abrirse poco a poco tímidas rendijas de comunicación. El tiempo permite eventualmente una confrontación lingüística benéfica.

Por el contacto con la lengua del exterior se producen pérdidas e innovaciones, reencuentros rutinarios y regeneraciones inesperadas.

La lengua alquilada por el neófito se enriquece, pero también la vieja se regenera, muchas veces paradójicamente, con la confrontación y los préstamos del Nuevo Mundo. La coexistencia de los dos idiomas hibrida parcialmente el patrimonio lingüístico del expatriado.

Al mismo tiempo se produce otra modificación, tal vez más importante, un cambio de acento y significado en la consideración del exilio en sí. El desarraigo y la desposesión que han convulsionado el equilibrio del nómada, se atenúan paulatinamente, sin desaparecer del todo. Relegados a un segundo plano, más profundo, siguen siendo premisas de un entendimiento y una aceptación más amplias del destino. El destino de exiliado genérico, es decir, el exilio como destino humano.

Las referencias se reagrupan y se reformulan en torno a la noción, cada vez más conscientemente asumida, del exilio esencial, irremediable. El exilio geográfico, lingüístico, social o político parece una simple coyuntura efímera, aunque dolorosa. El paciente que se beneficia de una prórroga que alarga su existencia no se sabe hasta cuándo queda vinculado, si no encadenado, a lo esencial, al exilio inevitable, que le fue anunciado desde su nacimiento, al desterrársele del vientre materno. Cada latido del tiempo cronometra el final implacable, la muerte inevitable, sea cual sea la forma o el instante en que se encarnará.

La peregrinación, la condición de refugiado, de nómada, de expulsado, aparece como un privilegio, pues se concentra en lo esencial. Un aprendizaje en el arte del exilio que es la vida misma, el aprendizaje del extrañamiento, preparación para el exilio último.

La lengua exiliada se vuelve, poco a poco, lengua del exilio, en la medida en que el exiliado se resitúa, pasando de lo coyuntural a lo esencial. La coyuntura se ve paulatinamente destronada de su supremacía histriónica, y reducida a un significado menor, aunque cruel, de mero accidente, caos, casualidad, apenas parte, y no necesariamente extrema, de una fatal condena inicial e iniciática. El exilio existencial en sí mismo.

El peso del presente es sustituido por el peso interiorizado, profundo: la asunción de la condición de hombre exiliado, en un mundo que no es otra cosa que los preliminares del exilio ultramundano.

La lengua exiliada deja de ser la de un pasado, trasladado al territorio codificado del presente, y se convierte en la lengua de un extrañamiento íntimo e insoslayable. La alienación es aceptada como emblema de lo real.

Migrando desde el pasado al presente, la lengua del exilio busca su expresión esencial, solicitada por la esencia de la condición humana misma: el exilio.

Sucede entonces lo que el monje Hugo de San Víctor ya formuló tan expresivamente en el siglo XII: “Le grand principe de la vertu, c’est que l’âme apprenne par un exercice progressif à se passer des choses visibles et transitoires, pour pouvoir ensuite s’en détacher complètement. C’est encore un voluptueux, celui pour qui la patrie este douce. C’est déjà un courageux, celui pour qui tout sol est une patrie. Mais il est parfait, celui pour qui le monde entier est un exil. Le premier a fixé son amour sur le monde, le second l’a éparpillé, le troisième l’a éteint” (Hugues de Saint-Victor, L’art de lire: didascalicon, trad. fr. de Michel Lemoine,  París, Éd. du Cerf, coll. “Sagesses chrétiennes”, 1991, pp. 154-155). “Es un gran paso en el camino de la virtud que el espíritu ejercitado aprenda, poco a poco, a intercambiar primero estas cosas visibles y transitorias, para después ser capaz también de abandonarlas por completo. Es débil aquel que todavía se siente atraído por la dulce patria; ya es fuerte aquel que en cualquier lugar se encuentra en suelo patrio; pero es perfecto aquel que en cualquier parte del mundo se siente desterrado. El primero puso su amor en un lugar del mundo; el segundo lo extendió; el tercero lo extinguió” (Hugo de San Víctor Didascalion. Del arte de leer, trad. española de José Manuel Villalaz, Colección 17, p. 72; traducción citada de un documento disponible en internet).

Las últimas palabras que pronunció Chéjov en su lecho mortuorio (“Ich sterbe” [me muero]) no las dijo en el idioma en que había vivido y escrito su obra, sino en el del país en que estaba finalizando su aventura terrenal.

En los pocos sueños en que vuelvo a verles, mis padres siguen hablándome en rumano. No podría prever, sin embargo, cuál será la lengua en la que yo mismo pronunciaré mi adiós. La lengua de la muerte es, a veces, distinta de la de la vida a la que pone el punto final.

Berlín, 16 de octubre de 2016.

 

Norman Manea
Escritor. Ha publicado: Felicidad obligatoria, El té de Proust, El sobre negro, La guarida, Payasos. El dictador y el artista y La quinta imposibilidad, entre otros libros.

Traducción de Victor Ivanovici —originalmente incluida en La quinta imposibilidad (Galaxia Gutenberg) — editada, modificada y completada por Ioana Gruia.