Publicamos el discurso que Norman Manea leyó en la ceremonia de entrega del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, durante la inauguración de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2016.

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Estimado Señor Presidente, apreciado Jurado, amantes de la literatura, señoras y señores:

“Vengo de una región donde vivían personas y libros”, dijo un gran poeta del exilio. Estas palabras podrían haber sido dichas también en sus respectivos exilios por Joyce o Nabokov, Dante o Victor Hugo, Thomas Mann o Czeslaw Milosz, o por Solyenitzin, Joseph Brodsky o Bashevis Singer. Fueron pronunciadas de hecho por Paul Celan, el más importante poeta en lengua alemana del siglo XX, nacido en mi cosmopolita Bucovina, que se suicidó durante su exilio en París. Me atrevo a repetirlas yo también hoy, en esta festiva celebración de la creatividad, como un homenaje a los escritores de ayer y hoy, obligados a abandonar su país y su lengua materna, sin olvidar no obstante las raíces lingüísticas y espirituales de su biografía y bibliografía.

Bucovina tomó su nombre de la palabra latina “Buk” y es representada por los hayedos Silvae Vaginales que le dieron fama. Impresionado por la singular belleza de la región, el emperador austriaco decidió en 1775 incluirla en su imperio. Bucovina fue reconocida como provincia con estatuto propio y también con parlamento propio —Dieta— con una representación democrática de las minorías, rumanos, polacos, judíos, ucranianos, algo no muy frecuente en la época. Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1918, Bucovina volvió a Rumanía, y durante la Segunda Guerra Mundial el norte fue ocupado por la Unión Soviética. La capital Cernauti llegó a ser el ucraniano Chernivtzi después de haber sido el austriaco Czernowitz. Esta migración de la pertenencia se refleja también en la de la población: hoy se encuentran a menudo en internet mensajes de Australia y Estados Unidos, Alemania, Israel y América Latina, a través de los que bucovinos exiliados en todo el mundo intentan establecer vínculos y recuerdos, incluidas recetas de cocina, del pasado una vez compartido. Hoy Bucovina se divide entre su parte norte, ucraniana, y su parte sur, rumana, con la capital en Suceava, donde nací y pasé mi infancia.

La presencia de Rumanía aquí y ahora no es sólo un feliz azar. La lengua rumana es una lengua latina, traída por los romanos que llegaron al Danubio y a los Cárpatos desde el primer siglo después de Cristo. El propio nombre de “rumano”, derivado de la palabra latina “Romanus”, se refiere al único pueblo latinófono en una zona de muchas mezclas étnicas y lingüísticas. “Los latinos del Este”, populous romanus, remite a la etnicidad romana, y lingua latina a la latinidad lingüística, en la variante neolatina de la Edad Media. El poeta Ovidio, exiliado a Tomis, a orillas del Mar Negro, dijo que había llegado a comprender la lengua de los “bárbaros” geto-dacos del sur de la Romania, con los cuales había sido forzado a vivir. Después de seis años de convivencia parece que compuso un elogio al emperador en la lengua local.

Como única lengua latina en un gran territorio eslavo, la lengua rumana tuvo que enfrentar muchas presiones internas y externas que tendían a diversificar y desviar sus opciones y sus valencias; la raíz latina resistió heroicamente a las tensiones. La psique rumana estuvo sin embargo dividida por la conjunción contradictoria entre la lengua latina como vínculo con Occidente, la Europa Occidental (Roma, París, Madrid) y la religión cristiana ortodoxa del Este (Rusia y Grecia). Una relación compleja y más de una vez conflictiva, pero que añadía matices originales, sorprendentes y creadores al tesoro espiritual central, enriquecido por estas alianzas imprevisibles y fascinantes. No menos estimulante fue también la pertenencia a la Europa Central del antiguo Imperio Habsbúrgico, a través de Transilvania y Bucovina, zonas multiculturales efervescentes y elevadas.

Como otras provincias rumanas, mi Bucovina natal significa no sólo las ricas premisas lingüísticas y librescas de un paisaje espléndido, sino también un estimulante híbrido cultural, de una gran originalidad. Los extraordinarios monasterios rumanos, monumentos Unesco, con sus frescos de más de 500 años de antigüedad, el viejo cementerio judío de Siret, el también monumento Unesco, más impresionante desde un punto de vista estético que el viejo cementerio judío de Praga, son sólo dos ejemplos, de los muchos posibles, de una herencia multicultural en la que tampoco pueden faltar el poeta nacional rumano Mihai Eminescu y el compositor George Enescu, el poeta yiddish Itzik Manger, el inolvidable Abraham Goldfaden, el fundador del primer teatro judío del mundo, el escritor alemán Gregor von Rezzori, los poetas alemano-judíos Paul Celan y Rose Auslander, los escritores israelíes de lengua hebrea Aharon Appelfeld, Dan Pagis y Yoel Hoffman. No por casualidad esta zona fue llamada “la placenta de la literatura” y Cernauti tuvo la fama de una nueva Jerusalén cultural, la “Jerusalén del río Prut” pero también, según el gran poeta polaco Zbigniew Herbert, “la última Alejandría de Europa”.

La historia de Rumanía y de Bucovina está trágicamente marcada por el horror del Holocausto, cuando toda la población judía de Bucovina fue deportada por el gobierno pro nazi y antisemita de Rumanía a los campos de exterminio de Transnistria, y los bucovinos que se hallaban bajo la provisoria administración húngara de Transilvania, a Auschwitz.

La mañana del 9 de octubre de 1941, después de que el Gran Monstruo de la cruz gamada había declarado la guerra, fui incluido entre los enemigos de la humanidad y expulsado, junto con la familia y los demás condenados del mismo origen, en el vagón de ganado que nos iba a llevar al otro lado del Stix, llamado Nistru, al apocalipsis. En el camino sin fin la masa de desesperados se lamentaba entre heces y oraciones —una primera y esencial lección sobre vida y horror—. El campo fue un continuo ejercicio de deshumanización, humillaciones y salvajadas, donde reinaba la incertidumbre: no podías estar seguro de que en el próximo momento no se decidía el final del juego de la muerte. La relación entre cautivos estaba dominada por el espanto y el hambre, la enfermedad y las tumbas; la solidaridad estaba vencida por los instintos primarios de la supervivencia a toda costa. La relación con los guardianes evolucionaba desde el terror a la corrupción, y de nuevo al terror y a la muerte; la corrupción probaba, en aquel siniestro experimento del crimen, los eventuales efectos salvadores. Fue mi primer exilio, mi primera iniciación en la pesadilla siempre repetida del odio del hombre hacia el hombre. Sobre este largo episodio criminal, el alcalde cristiano de Cernauti, Adriana Popovici, uno de los pocos oficiales rumanos que se opusieron a la deportación, escribió: “Como atravesando los milenios, un trágico destino unió la esclavitud babilónica y el infierno del hambre, la enfermedad y la muerte de Transnistria”.

El regreso al lugar del que fuimos echados fue para mí una mágica resurrección; descubrí de nuevo la maravilla de la banalidad, la comida y el calor, la escuela, la amistad, los libros. Me sería difícil olvidar el día de 19 de julio de 1945, cuando cumplía la solemne edad de nueve años y recibí como regalo un libro de cuentos del gran cuentista rumano Ion Creanga. Fui hechizado al instante por la lengua de la ficción, tan diferente de la de la calle o de la ruidosa retórica política del momento y deseé con desesperación ser aceptado por la familia de los hacedores de libros y evasiones librescas.

Mi primer texto fue lo que Roland Barthes llamaría “un discurso amoroso”, destinado a una compañera de clase, de coletas rubias y ojos azules, que me seguía en el catálogo: Manea Norman, Norman Bronya. El poema fue leído una espléndida tarde de otoño, en el bosquecillo de hayas en las afueras de la ciudad, delante de la musa indiferente y de un grupo de púberes admiradores. Siguieron otras producciones líricas pueriles, más vehementes y políticas, dedicadas a la Revolución mundial, al padre de los pueblos que vigilaba en Kremlin y al feliz futuro de la humanidad.

En la primavera de 1944, cuando el Ejército Rojo nos liberó del campo, no se nos permitió el regreso a Rumanía, así que seguí el primer curso en lengua rusa antes de volver, en abril de 1945, al lugar de donde fuimos expulsados. La readaptación significó una corta y feliz transición, rápidamente terminada por la dictadura estalinista que devastaba el país y a la gente, instaurando la propiedad del estado sobre los principales medios de producción, cultura y educación, imprentas, terrenos deportivos y casi cualquier forma de asociación.

La necesidad de ficción del adolescente que no había sido alimentado a tiempo con cuentos llevó a la atracción hacia la Utopía. El cándido niño con la corbata roja de pionero y después el activo joven con carné rojo benefició sin embargo a los 16 años de la terapia del sentido común, un drástico despertar del aturdimiento, la separación definitiva del dogma totalitario de la “felicidad obligatoria”. Al final del instituto estaba por completo curado de la ceguera, pero encadenado a una nueva quimera, la literatura, que hasta hoy me ha tenido cautivo.

En el así llamado periodo de “apertura” aparecieron mis primeros volúmenes de prosa, que acentuaron la desconfianza de la Autoridad hacia el solitario sospechoso que yo era. El comunismo rumano fue una parodia burlesca basada en complicidades y cinismo, oportunismo y terror, vigilancia y desconfianza, y la difícil transición hacia una sociedad democrática sufrió y todavía está sufriendo las reminiscencias de este convulso y degenerado periodo. Antes de abandonar Rumanía, que en 1986 se encontraba ya en caída libre hacia el abismo, intenté un experimento pueril. Entré en una librería y pedí un ejemplar del Manifiesto del Partido Comunista de los patriarcas Marx y Engels. La vendedora se quedó de piedra durante unos minutos, convencida de que se encontraba delante de un provocador, un deficiente mental, o ambas cosas. Después preguntó: “¿Qué ha dicho? ¿El manifiesto? ¿Del Partido? No tenemos eso… Tenemos los discursos del camarada Ceausescu. 20 volúmenes”. Me mostró la espléndida serie encuadernada en piel roja que nadie compraba. Lo que quedó después de 40 años de dogmatismo y corrupción es la más extraordinaria colección de bromas y anécdotas insólitas sobre la jaula donde se podía ver, en el patio de la cárcel, nuestro circo totalitario, pero también el archivo con los cautivos asesinados o inválidos para toda la vida, e igualmente las medallas, los premios, los actos de enriquecimiento y gloria de la casta dirigente.

La caída del comunismo europeo me encontró muy lejos, pero exaltado por el cambio inesperado. Sin embargo, fui y sigo siendo escéptico con respecto a los nuevos eslóganes sobre la muerte de la ideología y el comienzo de la armonía universal. Mientras exista la humanidad existirán ideas e ideologías, conflictos y rebeliones, el ciclo de proyectos de la radicalización del futuro no se detiene en cualquier fase prometedora. Quise también volver a Rumanía cuando el fantasma del comunismo se alejaba, pero la rapidez con la que los retratos oficiales del Partido fueron reemplazados por los de la derecha nacionalista de medio siglo atrás me convenció a preferir la apatía y la indecisión.

El destino me legitimó al fin y al cabo como escritor de la actualidad, entendida como exilio planetario, que viví por etapas en el exilio fascista de mi infancia, después en el exilio interior de la dictadura comunista y al final en el exilio global del libre mercado, con la doctrina mercantil de compraventa de cualquier cosa, en cualquier lado y en cualquier momento. En mi escritura se aliaron la experiencia biográfica de la exclusión y la opresión con la alegría libresca de la literatura, sobre todo la literatura de Europa Central y Europa del Este, como testimonio espiritual de primer rango de la vulnerabilidad, la melancolía y las ambigüedades de la existencia. Mi página tiene la cicatriz de los traumas pero también la firmeza de la resistencia a ellos. La tragedia tiene como inmediata consecuencia estética el cliché, el peligro astuto y populista en contra de la auténtica creatividad. Fui siempre muy circunspecto frente a los riesgos de la canonización, la oficialización y la comercialización, la vulgarización del sufrimiento y la manipulación ideológica. No por casualidad la primera monografía escrita sobre mí tiene como título La estética, una este-ética. Aproveché en la escritura, todo lo que pude, la autoironía y el espíritu moral judaico, la movilidad cultural rumana, los efectos cartesianos y cosmopolitas del pensamiento occidental, la fisura moderna en el arte como apertura hacia la innovación y el experimento.

Thomas Mann nos advertía hace tiempo de que “la libertad es más complicada que la tiranía”. Los que vivieron las complicaciones sangrientas de la dictadura saben que la transición de una sociedad cerrada y militarizada a una sociedad libre, demócrata y competitiva puede hacer equiparables hoy las no pocas y nada delicadas complicaciones de la libertad con las de la patología generada por la dictadura. Creo que podemos decir que, a pesar de la crisis de valores en la que estamos inmersos son preferibles la imperfección y la inestabilidad de la libertad a una autocracia perfecta, opaca y glacial.

El mundo de hoy enfrenta no sólo las contradicciones de una modernidad rápida y rápidamente cambiante, sino también las nuevas contradicciones y los nuevos conflictos de la actualidad: la energía revanchista de Rusia, el desarrollo dinámico de China, las crecientes migraciones desde Oriente y África hacia Europa, la oscuridad belicosa y glacial de Corea del Norte e Irán, la rutina cada vez más rebatida de los principios democráticos en muchas partes del mundo incluidos los Estados Unidos. Necesitamos más que nunca lucidez y coraje, solidaridad y sabiduría. Y, me atrevo a decir, el consejo de la página escrita que inspiró en tiempos difíciles a nuestros antepasados.

¿Dónde podemos encontrar el lugar de la cultura y la literatura bajo el asalto de la vulgaridad, el comercialismo y las maniobras políticas del mundo contemporáneo? Recordé el bloqueo de Leningrado o Petrogrado o San Petersburgo, como quieran, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los cautivos comían ratones y gatos y perros y basura; no se podían defender del frío y las enfermedades, pero sobrevivieron, como iban a testimoniar, leyendo a la luz del candil y las velas a Tolstoi y Dostoievski en las viejas ediciones usadas de sus viviendas. No tenían entonces ni internet, ni Facebook, ni los juegos de azar y sexo de la sociedad de consumo, ni las parodias transmitidas por televisión de las elecciones americanas o el frenesí de la olimpiada brasileña.

Creo que nuestro encuentro espiritual de hoy honra la heroica fidelidad a los valores de la lectura como el más duradero amigo de los solitarios del mundo, un apoyo fiel en tiempos difíciles, una fuente de energía y coraje, de vitalidad intelectual y pura y simplemente de vitalidad.

Hoy en Guadalajara disfruto de un importante reencuentro. En enero de 1990 participé en Ciudad de México en la primera y más amplia conferencia internacional dedicada a la libertad, junto con los más importantes representantes de la disidencia anti-comunista de Europa del Este y la intelectualidad occidental. Un encuentro de una elevada vibración espiritual y profundo compromiso cívico. Entonces y ahora, en México, fui rejuvenecido por la amistad y la hospitalidad y el humor de los anfitriones, por la energía y la jovialidad latina, la fidelidad a los altos valores del humanismo. Y el año pasado, en el centenario de Octavio Paz, pude convencerme de nuevo de la preocupación de la nación mexicana —tantas veces puesta a prueba por agresiones de todo tipo en contra de la paz y el progreso del país— por la cultura y la educación de la nueva generación, reflejada también por la edición amplia y gratuita para alumnos con ocasión de este evento internacional.

Mis libros tratan, espero, el enfrentamiento entre la individualidad y la agresión de la Historia, la fe en la belleza, el bien y la verdad de la creación, la estimulante simbiosis entre Atenas y Jerusalén en el pensamiento europeo, la herencia activa de la literatura centroeuropea en la construcción de la modernidad. Son premisas importantes para mi biografía y mi bibliografía.

México, aunque geográficamente lejano del enclave de mi evolución, es un vecino espiritual cercano a mi corazón. El hecho de que su país dedique inteligencia y tesón a los ideales humanistas en la perpetuación de la cultura es un hondo motivo de admiración.

Estoy profundamente agradecido y doy las gracias por el honor que con tanta emoción y alegría tuve aquí entre ustedes.

 

Norman Manea
Escritor. Ha publicado:Felicidad obligatoria, El té de Proust, El sobre negro, La guarida, Payasos. El dictador y el artista y La quinta imposibilidad, entre otros libros.

Traducción de Ioana Gruia.