Durante la segunda mitad de 2012 viví en Miami. Trabajaba para The Miami Herald y El Nuevo Herald, los periódicos hermanos más importantes del sur de la Florida. La ciudad y la redacción se movían entre el español y el inglés. Las notas que redactábamos para un periódico las traducíamos para el otro. Las entrevistas eran en spanglish y todo mundo se entendía. Decía el cliché local en ese entonces que Miami era la capital de América Latina. Nuestro editor, un cubano que llegó en el éxodo del Mariel, nunca quiso aprender inglés porque no era necesario.

Para esa época, Miami y sus ciudades adyacentes, Doral y Weston –entre otras– recibían más exiliados venezolanos que otra cosa. Fidel Castro empezaba a ser remplazado en el odio colectivo por Hugo Chávez. Pero para los viejos, Castro seguía siendo el diablo mayor. miami En la redacción el obituario ya estaba preparado desde décadas atrás. El borrador estaba en la computadora de uno de los corresponsales más viejos, que lo actualizaba cada que se necesitara. Las XXXX estaban en lugar del día y del año. La causa de muerte igual. Sólo se trataba de rellenar un pedazo de la historia. Todo lo demás ya estaba contado.

Ese mismo corresponsal, un domingo que me tocó guardia, me dijo algo así: “Ahora el gobierno de allá ya es más moderno. Si necesitas saber qué está pasando, revisa esta cuenta de Twitter”. Se refería a una cuenta anónima, que el gobierno utilizaba para difundir información no oficial. Ahí se decía lo que se quería que se supiera sin que se confirmara en verdad. Era la única ruta de acceso a la estructura estatal cubana. Atrás de ella seguro había un impensable laberinto de burócratas. O tal vez uno de los pocos cubanos de la nomenklatura con acceso a internet.

De igual manera sabíamos qué hacer en caso de contingencia. Lo primero era enviar un reportero al Versalles, el restaurante más famoso de la ciudad, ubicado en la sagüesera, o la Calle Ocho Southwest. Ahí siempre estaban los más viejos jugando fichas y siempre estaban dispuestos a opinar sobre cualquier cosa que pasaba en Cuba. Años después, durante los múltiples rumores de la muerte de Castro, era costumbre encender la televisión para ver a mis excompañeros recorriendo los pasillos del restaurante para preguntar a viejitos con café y ficha en la mano sobre el futuro de la isla.

En el Herald también conocí a un fotógrafo que me explicó que él era “escoria”. Su familia había llegado de Cuba en las primeras oleadas. Ellos eran vistos como lo peor de lo peor. Cuando le pregunté si extrañaba Cuba, me dijo que no mucho, porque ni se acordaba. Sus recuerdos los moldeaba la televisión. Aun así, tenía prohibido volver.

Como periodistas, muchas veces nuestros entrevistados se negaban a hablar. No porque la información fuera sensible o importante, sino porque no éramos lo suficientemente críticos con Castro para ellos. Una persona me dijo una vez que había cancelado su suscripción porque nunca pedimos públicamente que Estados Unidos lo asesinara.

A los mexicanos nos veían con particular recelo. Por un lado, como decía el editor que llegó en el Mariel, porque “no hablábamos español como se debía”. Por otro, porque en Miami, como en Cuba, la historia se mueve más lento. Era 2012 pero todavía nos achacaban una decisión tomada por Carlos Salinas décadas atrás. Durante la crisis de los balseros me recordaban, cada que decía que era mexicano, que nuestro presidente había ordenado repatriar a un grupo que había tocado tierra en la península de Yucatán. Era una afrenta que nunca olvidarían. Les habíamos dado la espalda.

Y el reclamo iba más atrás. Mientras más viejo el cubano, más me recriminaba que nosotros habíamos sido el puerto del que Castro partió para cambiarles la vida para mal. Éramos culpables por asociación. Pero dentro de todo el odio, de la vida diaria y rutinaria volteando a la isla, en espera de que sucediera lo impensable, que el diablo resultara no ser inmortal, había un sentimiento con el que se podía tener empatía. Un hombre que entrevisté una vez, para preguntarle cómo veía lo que sucedía en Venezuela a la luz de Cuba, me dijo lo siguiente. Pasara lo que pasara, transcurrieran años y décadas, la parte más triste de todo era “tener la maleta siempre lista debajo de la cama”, en espera de algún día poder volver al lugar donde nació.

Esteban Illades Editor y periodista.